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La guerra o la fiesta
Por por Eduardo Galeano - Wednesday, Jun. 14, 2006 at 12:32 PM

El año pasado murió el hombre más viejo de
Inglaterra. La vida de Bertie Felstead había
atravesado tres siglos: nació en el siglo 19, vivió en el 20, murió en
el
21.

El era el único sobreviviente de un célebre
partido de futbol, que se jugó en la Navidad de
1915. Se enfrentaron en ese partido los soldados
británicos y los soldados alemanes. Una pelota
apareció, venida no se sabe de dónde, y se echó a
rodar, no se sabe cómo, entre las trincheras.
Entonces el campo de batalla se convirtió en
campo de juego, los enemigos arrojaron al aire
sus armas y saltaron a disputar la pelota, todos
contra todos y todos con todos.

Mucho no duró la magia. A los gritos, los
oficiales recordaron a los soldados que estaban
allí para matar y morir. Pasada la tregua
futbolera, volvió la carnicería. Pero la pelota
había abierto un fugaz espacio de encuentro entre
esos hombres obligados a odiarse.

...

El barón Pierre de Coubertin, fundador de las
olimpiadas modernas, había advertido: "El deporte
puede ser usado para la paz o para la guerra".

Al servicio de la guerra mundial que estaban
incubando, Hitler y Mussolini manipularon el
futbol. En los estadios, los jugadores de
Alemania y de Italia saludaban con la palma de la
mano extendida a lo alto. "Vencer o morir",
mandaba Mussolini, y por las dudas la escuadra
italiana no tuvo más remedio que ganar la Copa del Mundo en 1934 y en
1938.

"Ganar un partido internacional es más
importante, para la gente, que capturar una
ciudad", decía Goebbels, pero la selección
alemana, que lucía la cruz esvástica al pecho, no
tuvo suerte. La guerra de conquista vino poco
después, y el delirio de la pureza racial implicó
también la purificación del futbol: 300 jugadores
judíos fueron borrados del mapa. Muchos de ellos
murieron en los campos alemanes de concentración.

Años después, en América Latina, las dictaduras
militares también usaron el futbol, al servicio
de la guerra contra sus propios países y sus
peligrosos pueblos. En el Mundial de 70, la
dictadura brasileña hizo suya la victoria de la
selección de Pelé: "Ya nadie para a este país",
proclamaba la publicidad oficial. En el Mundial
de 78, en un estadio que quedaba a pocos pasos
del Auschwitz argentino, la dictadura argentina
celebró "su" triunfo, del brazo del infaltable
Henry Kissinger, mientras sus aviones arrojaban a
los prisioneros vivos al fondo de la mar.

Y en 80, la dictadura uruguaya se apoderó de la
victoria local en el llamado Mundialito, un
torneo entre campeones mundiales, aunque fue
entonces cuando la multitud se atrevió a gritar,
por primera vez, después de siete años de
silencio obligatorio. Rugieron las tribunas: "Se
va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar..."

...

Hay partidos que terminan en batallas campales,
hay fanáticos que encuentran en el futbol un buen
pretexto para el ejercicio del crimen y en las
gradas desahogan los rencores acumulados desde la
infancia o desde la última semana. Como suele
ocurrir, es la civilización la que da los peores
ejemplos de barbarie. Entre los casos de más
triste memoria se podría citar, por ejemplo, la
matanza de 39 hinchas italianos del club Juventus
a manos de los hooligans ingleses del Liverpool, hace poco menos de 20
años.

Pero, ¿eso da para decir que el futbol incuba
huevos de serpiente? En 1969, se llamó "guerra
del futbol" a la matanza entre hondureños y
salvadoreños, porque la primera chispa de ese
incendio se había encendido en los estadios. Pero
la guerra venía, en realidad, de mucho antes. Y
su nombre mentiroso logró ocultar una historia
larga: la guerra fue la trágica desembocadura de
más de un siglo de rencores entre dos pueblos
vecinos, entrenados para odiarse mutuamente,
pobres contra pobres, por sucesivas dictaduras
militares fabricadas en la Escuela de las Américas.

El espejo no tiene la culpa de la cara, ni el
termómetro tiene la culpa de la fiebre. Casi
nunca proviene del futbol, aunque casi siempre lo
parece, la violencia que a veces hace eclosión en
los campos de juego. Es revelador lo que está ocurriendo en la
Argentina.
La locura de las "barras bravas" no tiene nada de
nuevo; pero se han multiplicado los líos, los
balazos y los garrotazos, desde que se
desencadenó esta última crisis que ha precipitado
al país a una caída en picada y ha dejado a los
argentinos pataleando en el aire.

Los estadios de futbol son los únicos escenarios
donde se abrazan los etíopes y los eritreos.
Durante los torneos interafricanos los jugadores
de esas selecciones consiguen olvidar por un rato
la larga guerra que periódicamente rebrota entre sus países.

Y después del genocidio que ensangrentó a Ruanda,
el futbol es el único instrumento de conciliación
que no ha fracasado. Los hutus y los tutsis se
mezclan en las hinchadas de los clubes y juegan
juntos en los diversos equipos y en la selección nacional.

El futbol abre un espacio para la resurrección
del respeto mutuo que reinaba entre ellos antes
de que los poderes coloniales, el alemán primero
y el belga después, los dividieran para reinar.

...

En Medellín, una de las ciudades más violentas
del mundo, nació y se desarrolló el proyecto
Futbol por la Paz, que durante algún tiempo
funcionó con milagroso éxito. Mientras duró
demostró que no era imposible cambiar balazos por pelotazos.

El futbol resultó ser el único lenguaje
alternativo para las bandas armadas de los
diversos barrios, acostumbradas a dialogar a tiros.

Jugando al futbol los enemigos empezaron a
conocerse entre sí, al principio de muy mala
manera y en cada partido un poquito mejor. Y los
muchachos empezaron a aprender que la guerra no
es el único modo de vida posible.

...

Antes de cada partido, en cada Copa del Mundo,
los jugadores escuchan y tararean sus himnos
patrios. Por regla general, salvo algunas
excepciones, los himnos los invitan a matar y a morir.

Esos cánticos marciales profieren terribles
amenazas, convocan a la guerra, insultan a los
extranjeros y exhortan a hacerlos picadillo o con
gloria sucumbir en heroicos baños de sangre.

Ya vamos para el campeonato mundial número 17. A
lo largo de las Copas del Mundo se ha visto que
no faltan los jugadores dispuestos a actuar como
obedientes soldados, siempre dispuestos a
castigar con feroces patadas a los enemigos de la
patria y, sobre todo, a los que cometen la
imperdonable ofensa de jugar lindamente.

Pero, la verdad sea dicha, la gran mayoría de los
jugadores no ha hecho caso a las órdenes que sus
himnos imparten, ni a los delirios épicos de
ciertos periodistas que compiten con los himnos,
ni a las instrucciones carniceras de algunos
dirigentes y directores técnicos, ni a los
clamores guerreros de unos cuantos energúmenos en las gradas.

Ojalá los jugadores, o al menos la mayoría de
ellos, se sigan haciendo los sordos en el Mundial
que viene. Y que no se confundan a la hora de
elegir entre la guerra o la fiesta.

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