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PURITANISMO Y VIRTUALIZACION
Por klinamen - Tuesday, Feb. 22, 2005 at 4:49 PM

escrito de bifo (audaz como siempre), propone su lectura del conflicto global con Estados Unidos en clave cultural-civilizacional

Extraido de:

biopolitica.blogdrive.com

Puritanismo y virtualización
Franco Berardi “Bifo”

traducción: Emilio Sadier. Buenos Aires, Argentina, Enero de 2005.

original en http://www.rekombinant.org


1. Lo neo-humano contra la humanidad
Norteamérica representa una novedad absoluta en la historia del planeta, y la sociedad norteamericana manifiesta una excepcionalidad cultural que no es reducible al predominio económico, militar y político. La novedad norteamericana es interpretada en el plano antropológico, como una ruptura en la historia evolutiva del género humano. Esta ruptura se inserta en la línea de la cultura judeocristiana, pero introduce una discontinuidad respecto al humanismo moderno.

Por cuanto una definición de lo humano sea impensable, dado que lo humano está precisamente en la continua redefinición de los límites, en la excepcionalidad norteamericana está implícita una ruptura con la herencia del Humanismo. La idea de universalidad y la noción de libertad personal son arrollados en el emerger hegemónico de la tecno-cultura norteamericana. Pero lo que más cuenta es el hecho de que la tecno-cultura norteamericana redefine el equilibrio antropológico entre cálculo y emoción, entre dimensión orgánica y esfera del artificio, entre liso y estriado. Es en la historia cultural del pueblo que se instala en el territorio norteamericano donde podríamos encontrar la génesis de un nuevo modelo de comunidad de carácter sintético. Sintético en un doble sentido de la palabra: la cultura norteamericana representa la síntesis de todas las otras culturas, porque ha importado sobre el propio territorio imaginario y político fragmentos importantes y vitales de las culturas del mundo. Pero esta síntesis se determina sobre un plano artificial, depurado del espesor emocional, psíquico, lingüístico de la historia, de la temporalidad, de la carnalidad del pasado. Ya desde el principio la historia norteamericana manifiesta una tendencia hacia lo neo-humano, con una implícita tensión a liberarse de lo humano como residualidad.



Desde que en el 2003 la administración Bush ha desencadenado la guerra contra Iraq, ha crecido en todos los países del mundo un sentimiento de repugnancia por la arrogancia del grupo dirigente de aquel país. Cuando la guerra estalló, el aislamiento de la presidencia norteamericana se ha transformado en una onda de odio hacia todo el pueblo norteamericano. Cuando, en fin, Bush ha obtenido la reelección con una aplastante victoria electoral, la onda de odio se ha vuelto desprecio por la hipocresía y la ignorancia de aquellos que consideran moral su irresponsable incontinencia, la devastación del planeta, la tortura y la violencia.

La onda de odio y desprecio que las personas decentes de toda la tierra experimentan hacia el pueblo norteamericano es una onda peligrosa porque con ella resurgen arcaísmos e integrismos reaccionarios, pero en esta onda de repugnancia por el modo de ser (el que es identificado como) norteamericano, no se debe ver solamente el rechazo de la política de agresión y de violencia. En el sentimiento anti-norteamericano veo delinearse algo más profundo. No el choque entre las civilizaciones del cual habla el libro más celebrado y más superficial que se haya hecho en los ’90, sino un conflicto profundo e inquietante entre el mundo humano y el mundo neo-humano.



En décadas pasadas, después de la derrota en Vietnam, se había difundido en el mundo un sentimiento totalmente diferente. Concluido el saldo sanguinario de aquella guerra, los EE.UU. habían entrado a una fase de redefinición contradictoria de su imagen. A excepción de pequeñas minorías ideológicamente prevenidas, la mayor parte de los jóvenes del planeta manifestaron en los años ’80 y ’90 una activa simpatía por los Estados Unidos de América, que era primero de todo el efecto de una fascinación por el imaginario norteamericano. Para la mayoría de los jóvenes aquel imaginario representaba experimentación de formas de vida transgresoras, libertad de las agobiadoras herencias tradicionales, ampliación de los horizontes comunicativos, experimentación de nuevos universos tecnológicos y culturales. Hollywood había sabido expresar este mensaje, la música rock lo había transformado en un ritmo planetario. La caída del Imperio soviético y la victoria relativamente pacífica en la guerra fría (la única victoria que los norteamericanos habían tenido en los últimos cincuenta años), fue el momento de máxima expresión de la hegemonía cultural norteamericana en el mundo.

La explosión de Internet, luego, había prometido la cancelación de toda barrera comunicativa, y la creación de un universo perfectamente liso, en el cual las estratificaciones antropológicas habrían podido ser disueltas, canceladas, absorbidas en una pulida forma de comunicación multicultural. La desterritorialización arrastraba el deseo colectivo hacia un nuevo horizonte de homologación cultural en el cual incluso el límite de la identidad humanista podía ser puesto en cuestión. La palabra “humanitario” tomaba el lugar de la palabra “humanista”. Lo humanitario concierne a los derechos, los códigos, las formas abstractas de relación. La palabra “humanista” implica relación con una profundidad de estratos no formalizables: las culturas, las creencias, las tradiciones, la emoción, la corporeidad deseante. La contraposición entre globalización humanitaria y particularismo identitario ha marcado la década clintoniana. En aquella década el optimismo económico prevalecía sobre el sentimiento de inseguridad que iba difundiéndose a los márgenes de Occidente. Pero cuando se ha bloqueado la dinámica expansiva de la new economy, el discurso (identificado como) norteamericano ha terminado por derribarse, y la imagen que aparecía luminosa y seductora ha comenzado a transformarse en una imagen oscura, inquietante, antipática, terrorífica.

Lo neo-humano se había presentado en un primer momento con los sucesos high tech de la conexión en red, de la celularización, de la concatenación electrónica de cuerpos desterritorializados, de la bioingeniería recombinante. La fascinación de una aventura angélica de la Técnica era sugestiva aún si implicaba la cancelación de toda diferencia cultural no homologada.

Durante los años ’90 parecía realista la formación de una biosfera social separada, de una clase virtual cerrada en sus circuitos electrónicos, separada del hirviente territorio planetario. La new economy parecía fundada bajo la idea de que la biosfera social telemática podría sobrevivir autónomamente, y se expandiría pacíficamente sin entrar en conflicto con el organismo humano planetario. Pero el 11 de Septiembre ha desmentido esta promesa. Mundos que debían permanecer separados han entrado en contacto sanguinario. En las primeras semanas que siguieron al apocalipsis de New York, la opinión mundial reaccionó con un sentimiento de solidaridad ambiguo, incierto, titubeante. Algo impensable estaba ocurriendo en el imaginario colectivo, y en los escenarios geopolíticos globales.

Baudrillard ha dicho que con la caída de las torres vuelve a la escena el acontecimiento. El imprevisible acontecimiento que rompe los palimpsestos del Espectáculo global vuelve a la escena cuando dos aviones agujerean el cielo azul de New York. Ante la tragedia norteamericana en muchas zonas de la tierra la población salió a la calle a brindar feliz, en muchos otros países se evaluó el peligro de la nueva situación y se expresaron sinceras condolencias.

Luego, el tono con el cual el Presidente de los EE.UU. se dirigió a los seres humanos de la tierra pareció espantoso, insoportable. La administración Bush ha usado el efecto emotivo del 11 de Septiembre para afirmar el derecho unilateral a la guerra preventiva. De este modo ha agigantado el fenómeno del terrorismo suicida, ha multiplicado la base de reclutamiento, la fuerza militar y, sobre todo, la potencia imaginaria. Desde los días siguientes al 911, el eco de una amenaza extra-humana pareció resonar en las palabras violentas y pulidas del presidente de la risa psicopática. En el imaginario global comenzó entonces la primera guerra entre humanos y neo-humanos.



2. El espacio liso de Newfoundland


El espacio liso de Newfoundland
La desterritorialización del dios mediterráneo, la difusión de fe sintéticas, la progresiva desensibilización a la temporalidad histórica, el reformateo simultáneo videoelectrónico de la mente secuencial alfabética: aquí están los pasajes que marcan la formación de la Norteamérica moderna. En la utopía de Newfoundland parece posible generar una neo-humanidad sintética, portadora de principios lisos, principios que no reconocen la aspereza del terreno histórico y cultural porque actúan sobre un terreno informacional. Anthropos02 es sensible al código, inadecuado para percibir las variaciones analógico-sensibles. Cuando se trata de actuar en el territorio bunkerizado del código, Anthropos02 es hiper-potente, invencible. Pero el planeta no está aún enteramente bunkerizado,. Este es el problema de Anthropos02, actualmente.



La reducción del mundo al cálculo confiere una potencia superior en el campo de la eficacia operacional. Pero para poder actuar según criterios de pura calculabilidad, el cuerpo y sobre todo la mente neo-humana son obligados a reformatearse: deben ser excluidos los circuitos de la interpretación emocional, desactivados los descodificadores analógicos de la diferencia histórica. Esto crea problemas en la relación con el mundo no bunkerizado: psicopatologías de la mutación, conflicto permanente con el universo estriado de las culturas. El mundo no bunkerizado le huye al cálculo, y el inconsciente neo-humano corre el riesgo de entrar en cortocircuito, en el encuentro con lo incalculable. Al mismo tiempo, el universo estriado de las culturas humanas percibe el organismo reformateado como ajeno, y lo rechaza con terror y con repugnancia.

En su segundo libro sobre la democracia norteamericana, Alexis de Tocqueville escribía: “La variedad desaparece del seno de la especie humana. En cada rincón del mundo se vuelven a encontrar las mismas maneras de ser, de pensar y de sentir. Esto no depende solamente del hecho de que todos los pueblos tiene hoy mayores posibilidades de contacto entre sí y pueden por consiguiente copiarse más fielmente, sino del hecho de que en todos los países los hombres, apartándose cada vez más de las ideas y de los sentimientos particulares de una casta, de una profesión, de una familia, llegan simultáneamente a lo que depende de la constitución misma del hombre, el cual es en todas partes idéntico.” (A. de Tocqueville: De la democracia en América, Paris, Gosseline Coquebert, 1840).

Tocqueville aprehende la manifestación de un proceso de progresiva abstracción de la infinita gama de las diferencias analógicas, de los matices sensible, y aprehende la progresiva reducción de las formas de vida sociales a una naturaleza común, a una identidad abstracta del ser humano que se puede reducir al código binario. Tocqueville percibe en la construcción cultural norteamericana la búsqueda de una pureza que está más allá de las innumerables impurezas culturales de la historia humana. De estas impurezas el pragmatismo funcionalista debe emanciparse, para maximizar su traducibilidad y su eficiencia.

Si queremos reconstruir la génesis cultural e histórica de esta mutación neo-humana de la cual el comportamiento norteamericano parece ser la manifestación o quizás la utopía, debemos partir de la historia de la formación de un espíritu público norteamericano y de la influencia que el puritanismo tuvo, desde el origen de la historia cultural y política de Newfoundland. El puritanismo no es identificado como una específica denominación religiosa protestante, sino que es sobre todo considerado como un flujo espiritual y ético que forma profundamente la vida política de la comunidad de colonos que dieron origen al proceso político del cual nacen los Estados Unidos de América. El puritanismo está en el inicio de un movimiento inglés de reforma escasamente organizado que se pone en marcha a fines del siglo XVII. En las primeras décadas del siglo siguiente, en el choque que opone a la Corona de Inglaterra y al Parlamento, y que implicó a los movimientos revolucionarios reunidos en torno a la figura de Oliver Cromwell, algunos componentes particularmente extremistas decidieron abandonar la isla. Entre estos, algunos emigraron hacia el nuevo continente para fundar una comunidad coherente con los principios que no podían expresarse integralmente en Europa.



¿Quiénes somos?

En un libro llamado Who are we?, Samuel Huntington elabora los principios del integrismo identitario puritano que forja a su decir los fundamentos de la nación norteamericana. Luego de haber analizado el significado del concepto de “identidad” con una serie de banalidades que en efecto no explican nada, el profesor Huntigton reflexiona sobre la alternativa frente a la cual se encuentra hoy la identidad norteamericana. Norteamérica, explica Huntington, ha fundado su historia sobre dos fuentes identitarias: la de la Declaración de Independencia, esto es, el principio iluminista de la libertad y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y la cultura puritana de los primeros colonos que desembarcaron en la costa oriental en 1607 y 1620.



“Se dice que Norteamérica sería una nación de inmigrantes y en segundo lugar que la identidad norteamericana estaría definida únicamente por un conjunto de principios políticos, el Credo Norteamericano… Existe mucha verdad en esto. La inmigración y el Credo son elementos clave de la identidad nacional norteamericana. No son identidades equivocadas, sino que son sólo identidades parciales. Ni una ni la otra nos dicen toda la verdad sobre Norteamérica. Nada nos dice a propósito de la sociedad que habría atraído a los inmigrantes o de la cultura que produjo aquel Credo. Norteamérica es una sociedad creada por colonos del XVII y XVIII que llegaron todos de las islas británicas. Sus valores, instituciones y cultura ofrecieron los fundamentos y el modelo para el desarrollo de Norteamérica en los siglos siguientes. Inicialmente definieron a Norteamérica en términos de raza, etnicidad, cultura, y sobre todo en términos de religión. Luego, en el siglo XIX, debieron también definir a Norteamérica en el plano ideológico para justificar su independencia de sus compatriotas ingleses.” (Huntington, 2004, p.38)



El discurso de Huntington sanciona una mutación política profunda que está claramente puesto en acción en las elecciones de la administración Bush, en el concepto de guerra preventiva, y en la retórica religiosa y agresiva que lo sostiene.



“Los orígenes de Norteamérica se deben encontrar en la Revolución Puritana inglesa. Dicha revolución es en efecto el acontecimiento formativo más importante de la historia política norteamericana. En Norteamérica, observó el visitante europeo Philip Schaff, cada cosa tiene un principio protestante. Norteamérica fue creada como una sociedad protestante precisamente como y por algunas de las mismas razones Pakistán e Israel han sido creadas como sociedad Musulmana y sociedad Hebrea respectivamente, en el siglo XX.” (Huntington, 2002, p.63)



Pakistán e Israel son dos estados integristas, que violan el principio fundamental de la civilización iluminista y moderna según el cual el Estado no puede diferenciar a los ciudadanos en función de su credo religioso. La existencia de Pakistán e Israel marca la victoria de un principio de tipo intregrista-nacionalista que constituye el elemento esencial de la teoría política de Adolf Hitler, despojada de sus aspectos accesorios. Con el nacimiento de Israel y de Pakistán, Hitler ha vencido su batalla política, jurídica, su batalla –por así decir– de civilización. Ahora, el profesor Huntington nos explica que los Estados Unidos de América han nacido de la misma manera, fundando su identidad en el integrismo religioso, en el privilegio político de una fe religiosa y de una pertenencia étnica. La hegemonía norteamericana al comienzo del nuevo milenio marca el fin del Iluminismo y de la democracia moderna. ¿Pero esta hegemonía está destinada a durar?






3. Puritanismo digital

¿De qué cosa querían purificarse los puritanos? Podríamos decir que las vicisitudes mismas de la colonización de 1620 en adelante mostraron que los peregrinos querían crear una comunidad purificada de la tradición cultural; del ethos, de la historia y de las escorias que ella transfería sobre la vida real, oscureciendo los principios morales y religiosos.

La historia norteamericana parece desplegarse sobre una tabla rasa, o más bien sobre una frontera que se desplaza progresivamente en un espacio sin historia. A diferencia de lo que ocurre en Europa después de la Revolución Francesa, en el nuevo continente no existe un pasado feudal del cual redimirse, no existe la fuerza de la tradición que frene e influencie los procesos de transformación social. No existe el peso de las identidades étnicas o de los conflictos religiosos o nacionales que obstaculice el desarrollo de la economía industrial. En la historia política norteamericana no existe un punto de vista conservador, asimilable al conservadurismo de Edmund Burke.

“La riqueza, más que la familia o la tradición, es la determinante primaria de la estratificación social. Además, la ausencia de un pasado feudal quiere decir que no existen clases interesadas en la defensa del orden pasado.” (Degler: 1970, p.5). Sobre el plano político, observa además Carl Degler, “todos los norteamericanos, prescindiendo de su clase social, han compartido una común ideología de liberalismo whig lockeano”.

La fuerza del pasado es reducida a cero: a la que encontramos de frente es a la frontera, el futuro sin contaminaciones y sin resistencias. El puritanismo norteamericano es antes que todo esta pureza del horizonte, este purificarse de toda impureza contenida en el pasado. El origen, que pesa como una ilusión obsesionante en la historia eurasiática, es cancelado en la aventura del Mayflower que atraviesa el océano perdiendo gran parte de su equipaje, para llevar en el nuevo continente sólo los seleccionados, aquellos que, verdaderamente puros, pueden dar vida a una comunidad en la cual cada elección será elegida, absolutamente binaria, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, sin el peso comprometido de las herencias sociales, étnicas, culturales, eclesiásticas. Se va prefigurando un universo llano, predispuesto a una percepción ética de tipo binario.

La racionalidad religiosa y civil se debe emancipar de las emociones de las raíces, de las pertenencias.



La distinción entre religioso y laico es cancelada, y el lugar en el cual ocurre esta cancelación no es religioso, sino más bien secular. Cada cristiano, en su vida cotidiana, en su actividad económica, encarna en su pureza los principios de lo cuales la comunidad saca sus orígenes.

La tecnología no es más que la manifestación del arte divino que se realiza a través del obrar humano: la visión de la tecnología como eupraxia, esto es, como correspondencia entre el arte del hombre y el arte divino anima a los primeros colonizadores y crea los presupuestos de la Tecno-civilización. En su libro sobre la historia de la filosofía norteamericana, Schneider escribe que “la escolástica puritana, criticando el aristotelismo en nombre de un retorno a la pureza de la revelación, concibe a Dios en términos de techne, no de sustancia” (p.32).

Se va así constituyendo un dios mentalista y funcionalista, que actúa sobre la mente de los hombres condición de que ellos purifiquen su mente de toda referencia a las incrustaciones del devenir cultural.



La idea de que la historia sea un texto a interpretar, y que el mundo sea reducible a verbalización, es el pasaje esencial que abre el camino a la instauración de la lógica binaria, puramente operacional. La obsesión de la pureza sobre la cual los peregrinos que desembarcaron en Plymouth en 1620 quisieron edificar el nuevo mundo era pureza cognoscitiva, y puede ser definida como reducción del mundo concreto a la textualidad. Solo lo que es verbalizable es real. Todo lo real es por lo tanto verbalizable. Y lo que no se reduce a lo verbal no existe, o más bien es sugestión demoníaca.

“El problema primario del protestantismo es la fijación sobre la palabra: el estudio de la Escritura es su corazón. Ningún mediador carnal es necesario entre el alma y Dios; ninguna imagen de santos, Madres o divinidad es permitida, incluso si algún retrato del Buen Pastor ha comenzado a infiltrarse en alguna denominación en el último siglo. En el Catolicismo italiano y español por el contrario, existe un constante derecho reclamado a los sentidos.” (Camille Paglia: 1992 p.29)

Esta purificación de la vida de todo elemento de emocionalidad, esta reducción a la abstracción del código crea las condiciones para una potencia operacional que reencontramos en toda la historia norteamericana como potencia de la tecnología.



Mientras la historia de la Revolución Francesa se confrontó con las estratificaciones sociales, nacionales, antropológicas que volvían al espacio europeo densísimo, obstruido por el pasado feudal, la historia de la Revolución norteamericana se despliega en un territorio en el cual no está marcado pasado alguno. Es en este territorio depurado que puede tomar forma un modelo neo-humano, un modelo de ser humano desensibilizado a las asperezas del analógico histórico-emocional. Sensible al código, sin embargo, es por esto hiper-potente, potente a un nivel bunkerizado, a un nivel virtual. Es en el espacio depurado que puede tomar forma la tecnología, la práctica, la cultura y el imaginario digital. Pero para una perfecta operacionalidad y una perfecta security de la existencia social debe cumplirse la digitalización del planeta, y con este fin es necesario remover las estratificaciones, quitar las impurezas acumuladas durante el curso de la historia humana: limpiar el mundo.



Virtualización y solución final
Derrotado el arcaísmo futurista nipon-alemán en 1945 y derrotado el hombre nuevo de la ideología en 1989, esto es, la potencia norteamericana asomándose a la escena del mundo como portadora de un futuro posthumano: la clase virtual ha podido formarse en el mundo puritanizado, y ha asumido la tarea productiva de cuadricular digitalmente el universo. Pero la formación psico-cognitiva de la clase virtual la vuelve progresivamente cada vez más incapaz de comprender y hasta de percibir lo que no es reducible a información, lo que no se presenta como texto interpretable, lo que no se puede leer a través de un código binario. Una ciertamente muy notoria característica de los norteamericanos, su incapacidad de percibir los matices de significado, los guiños, la ironía, es conectada con esta progresiva reducción de la sensibilidad, esto es, de la capacidad de comprender lo que no es verbalizado ni verbalizable. Deriva de aquí la amortiguación de la sensibilidad analógica en la cognición colectiva de la comunidad norteamericana, y la incapacidad de aprehender la historicidad de las culturas y de las formas de vida, de prever y de descifrar las consecuencias emocionales que la acción técnica y política pueden tener en el tejido sensible de la sociedad “humana” (la que es, de paso, no sintética, aún no llevada a la perfección de la virtualidad).

La clase virtual debe reformatear la mente global si quiere entrar en contacto con el mundo. Pero el mundo histórico y cultural resiste a este reformateo no por motivos ideológicos, sino por fuerza de su propia inercia material, carnal, emocional. El enfrentamiento con el Islam es la tercer gran prueba que Norteamérica debe afrontar para cumplir con su vocación de potencia global virtualizante, esto es, capaz de transformar la vida de la humanidad a través de la emanación de algoritmos ético-funcionales, y de transformar el planeta a través de la emanación de algoritmos técnico-operativos. Pero el plano de consistencia sobre el cual se desarrolla el proyecto norteamericano lo vuelve incompatible con la historia humana, porque la clase virtual, encargada de cumplir el proyecto de virtualización del universo, no está en condiciones de comprender lo que no es interpretable en base a un código. El contacto entre lo neo-humano que se manifiesta en el sistema tecno-político norteamericano y lo demasiado humano de la vida planetaria produce por lo tanto un conflicto incurable porque es incomprendido e incomprensible por ambos contendientes. Y en la relación entre Norteamérica y el Islam este conflicto se manifiesta en su forma más explosiva e irreductible. No se trata en rigor de una guerra. La guerra, así como se la ha conocido en el curso de la historia humana, es la confrontación militar entre entidades que se encuentran sobre el mismo plano de consistencia cognitiva y técnica. No podemos definir como guerra, por ejemplo, el exterminio de los indígenas por para de los españoles en el Nuevo Continente. No existían las condiciones de una guerra y el exterminio fue producido preponderantemente por efecto de epidemias virales difundidas involuntaria e inevitablemente por los invasores en el cuerpo vivo de la población colonizada. No fue una guerra ni siquiera el exterminio de la población judía por parte de los nazis. Cuando una comunidad es agredida por una civilización de potencia técnica incomparablemente superior, o cuando la agresión se verifica en términos que no son comprensibles por parte de los agredidos, no se trata de guerra, se trata de “solución final”.

Algo de este género se está verificando al inicio del tercer milenio, y el Islam es la primera víctima de esta solución final de la humanidad por parte del neo-humano. Hiroshima fue una experimentación: pero en décadas sucesivas la bomba atómica ha dejado de ser pertenencia exclusiva de pocas grandes potencias; en las últimas décadas, los poseedores de las tecnologías necesarias para producir mecanismos nucleares se han multiplicado y en las próximas décadas la bomba podría volverse propiedad de organizaciones terroristas y criminales, y hasta podría ser usada para regular conflictos locales de tipo económico o territorial. Este escenario justifica el principio de intervención militar destructivo-preventivo, justifica el exterminio sistemático para que se pueda cumplir la virtuosa virtualización que la potencia norteamericana está intentando imponer al mundo removiendo aquellos obstáculos físicos y cognitivos que son la historia y la cultura humana. Para el bien de la humanidad se ha vuelto urgente la eliminación cognitiva y física de la humanidad.



4. Tortura y puritanismo

De Cotton Mather a Abu Ghraib

Cotton Mather fue uno de los más notorios representantes del espíritu puritano existentes y operó a fines del siglo XVII, y una de las actividades en las cuales se distinguió fue la persecución de la brujería y de los indios piel roja con los cuales tuvo ocasión de ponerse en contacto. En su Historia de la filosofía norteamericana, Herbert Schneider lo describe así:

“Cotton Mather, un viejo y pomposo intelectual teocrático, pensaba que su deber profesional consistía en hacer el bien... Él escribe Essays to be Good, y se pone a dar vueltas de casa en casa haciendo el bien dondequiera que sospechase la presencia del vicio. Se vuelve un concienzudo entrometido... Los puritanos más rígidos y severos concebían la benevolencia como una acción encaminada a hacer el bien a los otros, pensando que Dios mismo estaría interesado no tanto en su gloria como en la felicidad de sus criaturas.” (Schneider, p.48).

Al inicio del siglo XXI, la presidencia Bush pone nuevamente en el centro de la atención política la felicidad de las criaturas de Dios a realizarse a través de una guerra infinita contra el mal, la impureza, primero la islámica y después se verá. El lenguaje de Bush está permeado por la certeza puritana de ser llamado por Dios para imponer sobre la tierra aquella perfección democrática que las culturas históricas humanas no están en condiciones de comprender ni de realizar. La guerra lanzada contra Iraq no tiene las mismas características que la guerra de agresión a Vietnam. En aquel caso se trataba de un intento de contener la expansión del comunismo apoyado por China y la URSS. Se trataba de una guerra bien delimitada, destinada a concluir con la victoria o con la derrota en aquel preciso territorio que es la Indochina. En efecto, cuando los norteamericanos se fueron de Saigón la cuestión se terminó, y los EE.UU. pudieron volver a ocuparse de sus cosas. La agresión contra el pueblo iraquí se inserta en cambio en una situación enormemente compleja, accidentada, y extensa. El bombardeo de la Mesopotamia, el área en la cual se inició el proceso de difusión de la civilización eurasiática, ha acelerado el proceso de formación de un ejército terrorista del islamismo radical. Millones de jóvenes de todo el mundo islámico cotidianamente asisten a las imágenes televisivas de la masacre que Israel lleva adelante contra el pueblo palestino, y a la violencia contra las poblaciones iraquíes. Es inevitable que muchos de ellos se estén preparando para enrolarse en un ejército que en las próximas décadas combatirá contra cada representante de la civilización occidental. Esta guerra interminable es la rendición de cuentas entre el proyecto de un mundo sanitarizado depurado de las impurezas antropológicas, religiosas, sociales, perfectamente recorrible por el flujo de capital (petróleo, mercancías, dinero, información) y un mundo cargado de memoria, de obsesiones identitarias, de resentimiento, de sangre, de sacralidad, y de venganza.

Por el momento esta liquidación del parásito humano por parte de la máquina económico-militar posthumana no está funcionando. La agresión de 2003-2004, que debía constituir la primera etapa de la purificación del Medio Oriente y luego de Eurasia, no da por el momento los resultados esperados: el parásito integrista se refuerza bajo los bombardeos norteamericanos, y se transforma en un ejército terrorista. Cualquiera que sea la conclusión de este enfrentamiento –que venza el integrismo puritano virtualizante occidental o el integrismo misógino antimodernista islámico– la catástrofe para la civilización política moderna y para la democracia está asegurada.

Por el momento, parece improbable que Europa consiga abrir un paso entre los integrismo contrapuestos.



Tortura y puritanismo

En el año 2004 ha hecho su aparición en el mediascape global un nuevo género de espectáculo: el war-porn. Las fotos y filmaciones de Abu Ghraib difunden imágenes de tortura y de humillación de jóvenes iraquíes registradas por los propios torturadores, mientras los terroristas islámicos ponen en circulación secuencias filmadas de decapitaciones.

¿Pero cómo ha podido ocurrir este cortocircuito de tortura-exhibicionismo-pornografía?

La percepción puritana del cuerpo transforma la sexualidad en pornografía y la pornografía en tortura, violencia sobre el cuerpo. Y la tortura se representa como objeto pornográfico, en una espiral asesina. Los bravos muchachos del ejército norteamericano son la parte psíquicamente más frágil de la población norteamericana, rechazados de la sociedad competitiva, pobres diablos alistados para ir a arriesgar la vida mientras alguno recauda las ganancias de la Halliburton y de la Chevroil.

Era totalmente previsible que los marines alistados para arriesgar la vida en una guerra sin sentido se comportasen como psicópatas. Previsible e incluso previsto. El Pentágono no ha solamente escondido la violencia, la ha incitado, teorizado, organizado. Las imágenes de Abu Ghraib nos dicen la verdad sobre el pueblo norteamericano, por lo menos sobre aquella parte del pueblo norteamericano que ha votado a George Bush.

Susan Sontag (http://www.southerncrossreview.org/35/sontag.htm) se pregunta:

“¿Qué cosa vuelve a ciertas acciones representativas y a otras no? La cuestión no es si la tortura es obra de individuos (no lo hicimos todos...), sino si ella es sistemática. Autorizada. Perdonada. Todos los actos son cumplidos por individuos. El problema no es si una mayoría o una minoría de norteamericanos cumple actos de este género, sino si la naturaleza de las políticas perseguidas por esta administración vuelve este tipo de actos probables”.

Y todavía Sontag escribía:

“Quizás la tortura es más atrayente cuando contiene un componente sexual. Las fotos de tortura son mezcladas con imágenes porno de soldados norteamericanos que tienen sexo unos con otros. En efecto, la mayor parte de las fotos de tortura tienen un tema sexual, como aquellas que muestran prisioneros obligados a tener o simular actos sexuales entre sí. Una excepción es la foto de un hombre obligado a estar de pie sobre una caja, encapuchado con cables eléctricos que descienden de sus brazos. Una mujer que arrastra con un lazo a un hombre desnudo extendido sobre el pavimento, es un clásico del imaginario de la dominadora. Es para preguntarse cuánto de las torturas sexuales infligidas a los detenidos de Abu Ghraib está inspirada en el vasto repertorio de imágenes porno disponibles en Internet, que tipos comunes buscan emular, mandando luego grabaciones de sí mismos…

…Es difícil medir la creciente aceptación de la brutalidad en la vida cotidiana norteamericana, pero su prueba está por todas partes, comenzando por los videojuegos de asesinos que son la principal diversión de los chicos (¿para cuando un videojuego intitulado Interrogating the terrorists?), para continuar con la violencia en los ritos de grupo entre jóvenes, que se ha vuelto endémica. El crimen violento ha disminuido, pero la fácil delicia que se puede sacar de la violencia parece haber crecido. De los tormentos infligidos sobre estudiantes en muchas escuelas norteamericanas, descritos en Dazed and Confused de Linklater, del ’93, hasta los rituales de brutalidad física y de humillación sexual de las ligas estudiantiles de las universidades, y en los equipos deportivos, Norteamérica se ha vuelto un país en el cual las fantasías y la práctica de la violencia son vistas como un buen divertimento, fun.

‘Dejar desnudo a un hombre es una broma estudiantil’, dijo un oyente a Rush Limbaugh y a millones de norteamericanos que escuchaban la transmisión. ‘Es lo que pienso también yo’, ha respondido Limbaugh. ‘Aquellos muchachos han sido presionados todo el día, y al terminar la jornada querían divertirse un poco. ¿Jamás han oído hablar de relax emocional?’

Después de todo, estamos en guerra. Guerra infinita. Y la guerra es el infierno, más de lo que habrían esperado aquellos que nos han arrastrado en esta guerra marcha. En nuestra digital habitación de los espejos estas fotos no están destinadas a desaparecer. Una imagen vale mil palabras. E incluso si los gobernantes decidieran no guardarlas, existirán cada vez más fotos y videos. Irrefrenablemente”.


Posted at 08:28 pm by Emilio

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La hipocresía del puritanismo Wilfredo Gutiérrez Tuesday, Feb. 22, 2005 at 8:16 PM
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