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Vidas qom
Por Víctor Delgado / Semanario HOY - Wednesday, Apr. 26, 2006 at 1:38 AM

En la ciudad, simplificando, lo llaman el Lote 68 o el “barrio de los tobas”. A 10 km del casco formoseño, el Nam’Qom ocupa 90 hectáreas. Allí hay 700 familias qom. Casi 2.500 habitantes entre “puros” y mezclados con criollos, venidos del campo, de antiguas moradas o de las últimas trashumancias por la región. La cercanía con la ciudad, que se ha expandido, se les vuelve en contra. Están más expuestos que antes. Y los funcionarios del gobernador Gildo Insfrán no tardaron en hilvanar un plan con supuestas mejoras. Envanecidos por la ignorancia, surtidos con prácticas altaneras y un indisimulado criterio racista, buscan -dicen ellos- reordenar la traza urbana. Acomodar la vida de los qom, como el “progreso” manda. Aprovechando falencias burocráticas del propio Estado, quieren desconocer las viejas escrituras otorgadas a cada poblador, para convertirlos de un plumazo en intrusos. Y el gobierno, en condiciones de entrometerse en sus predios, voltear casas, fraccionar los lotes en tres o abrir calles indiscriminadamente. Para comprar voluntades, funcionarios y punteros del oficialismo prometen viviendas -que desde hace décadas adeudan-, alimentos y otras cosas. Saben de memoria que aquí hay necesidades atrasadas. También la policía recorre a toda hora las calles, atemoriza y manda a dormir temprano a los moradores. Les recomiendan mantenerse alejados de las protestas. Y cada tanto, rodean el barrio con un inusual despliegue de vehículos y motos, sin más sentido que intimidar a los que están dispuestos a defender su lugar. Así viven los qom.


La muerte del viejo Eleuterio

Abandonando la ruta, y pasando por el triángulo está el rancho de don Eleuterio Aguilera. Eleuterio tenía más de 80 años pero igual vinieron a desalojarlo en nombre del reordenamiento. Resistió como pudo hasta que terminó en el hospital enfermo de tristeza. Allí volvieron a apretarlo pero el viejo qom murió sin firmarles nada. Ahora, es su hijo Crespín quien nos muestra, sin pronunciar palabra, el objeto de la disputa: el solar, la sombra de unos cuantos árboles, un fueguito al aire libre, la letrina, y el rancho piso de tierra, un techo bajo con cabreada de palo y enramada; 4 paredes de palmera apuntalada, tacuara, un poco de barro refregado y rendijas por todas partes. Difícil discernir entre el afuera y el adentro. Así son casi todas las viviendas del Lote 68. Son pocas las construcciones de material. El último gesto de dignidad y rebeldía del viejo Eleuterio, su muerte y el pobre entierro, conmovieron al barrio. Templaron la lucha y en ésta se fue revalorizando la palabra de los mayores, que han vuelto a opinar en las asambleas. Como Rufina o Don Francia, quien días atrás alegó: “Siempre que luchemos por causas justas, los dioses estarán con nosotros. Si nos quedamos debajo de una planta, hasta ellos nos van a abandonar”.


Hilario Vega, mariscador

Con un dejo de amargura en la voz, Hilario Vega, a la sombra de un mango, cuenta que nació hace más de 60 años y que no era, al principio, “como indica la carta” (el documento): argentino. Eramos nomás qom”. Nacido en el campo, cerca de un riacho. “Era un desierto que tenía dueño blanco. Cuando falleció vinieron los hijos y mi padre ya no se halló más, entonces hemos venido a Formosa y nos bajamos en un palmar cerca del Puente Blanco, en los campos de Pedro Brunelli. Mi viejo pidió permiso para ubicarnos cerca del agua”. Puente Blanco fue el anterior reducto de los qom a orillas de la ciudad. Hilario dice que no se hallaban “porque el lugar no era propio. Entonces los mayores anduvieron muy mucho para lograr una tierra. Como 4 veces viajaron a Bs. As. hasta que han logrado las tierras del Lote 68 y como reserva para ampliación el lote 34 (hoy mal ocupado por varios camping sindicales). El Ejército, con sus camiones, ayudó a hacer el traslado. Resulta que ahora, en democracia, el gobierno no nos deja tranquilos. ¿Hasta cuándo va a seguir ésto?”. Su queja suena angustiosa. Razones no le faltan. Hilario acaba de pasar 3 años en la cárcel y una temporada larga en el hospital. Prefiere no contar el episodio confuso en el que, por mariscar, una mañana en agosto de 2002 se topó con una patrulla, acabó con una perdigonada en su cuerpo y acusado de dar muerte a un policía. Sólo la lucha de sus hermanos de raza y la solidaridad de varias organizaciones populares, lograron revertir aquel fallo tan saturado de argumentos falsos y discriminatorios. Hilario busca superar el trago amargo, aunque está ansioso y triste porque ya no puede salir a mariscar. Nadie mejor que él para explicar el significado profundo de una práctica tan cuestionada y perseguida por los terratenientes y la policía: “Uno no va a entrar así nomás al monte. Pide permiso. Se arrodilla, deja su arma en el suelo y ora para que le concedan un guazuncho, ñandú, tatú, morito, coatí, o un yacaré… para alimento o remedio. Entonces entro y hay tranquilidad porque mi oración ya está. Cuando me retiro tengo que agradecer y si lo que llevo es más de lo que puedo comer y necesito, tendré que repartir entre mis hermanos”. Hilario se posesiona, se pone animoso. “De dos años empecé a mariscar. Mis padres también eran mariscadores. Y un mariscador, cuando está en la ciudad, no se halla. No podemos estar tranquilos, no podemos estar contentos. Un mariscador está acostumbrado al silencio. En la ciudad hay gente que habla, música, con su moto... ruidos. Cuando me entro a la ciudad ya no me hallo, no tengo voz, me encuentro triste, a veces, me enfermo. Cuando entro en el monte tengo alegría. Tranquilidad en mi vida. Pero los ricos mezquinan demasiado el monte ”. Vuelve a sus días en la ciudad. Recuerda que siempre fue trabajador, que se siente avergonzado ahora que tiene que aceptar ayuda de los compañeros de la CCC para comer todos los días. Al cabo, pregunta por qué no hay tranquilidad para su pueblo. Hilario tiene brazos largos y muy flacos. Como un par de palos, los agita lentos y generosos cuando saluda.


El “corazón” de Felipe González

Dominado por la angustia, esta tarde prefirió quedarse en su rancho. La pena o la indignación, hacen que no encuentre con facilidad palabras para decir en castellano lo que piensa en su lengua propia. Aclara que nos recibe porque estamos acompañados por un dirigente de la CCC. De no, no habríamos pasado el cerco, avisa. Felipe tiene su escopeta alistada y habla de “una guerra”. No puede comprender por qué tanta injusticia. “Acá tengo mi arma. Yo estoy preparado para que no entre ninguna policía. Tenemos problemas con el ICA y con el gobierno. Soy aborigen. Esta tierra nada más estamos reclamando. Nada más. Yo tengo mi título y resulta que ahora me dicen que no soy dueño. La tierra es mi corazón y mi vida”. Con voz carrasposa, de a ratos inaudible, suelta más desazón: “Allí mismo donde funciona la policía fue un edificio para nosotros, levantado al costado del camino, para que pudiéramos vender artesanías. Un año dijeron ‘acá va a funcionar la policía, ya le vamos a hacer otro edificio’. Jamás hicieron”. Arremete con los recuerdos: “Soy chaqueño, señor. De Pampa del Indio. Bajé en 1948 y fui a Puente Blanco donde había más hermanos. Ahí encontré a mi compañera, ella tenía dos nenas. Luchamos mucho. Acá estamos desde el 69, del tiempo de los militares. Ellos no mentían como hacen los políticos ahora que te dicen voy a darte esto, lo otro y después nada. Los militares decían te doy o no te doy ¡Y listo! El decreto que nosotros conseguimos decía que el lote 68 era reserva aborigen. Después hicimos la mensura con parcelas grandes, de 25 por 50. Primero eran 37 familias, después 90. Un funcionario me dijo ‘vos poblá acá’ y desde entonces se que ésto es mío. Ahora me lo quieren reducir porque se les da la gana”. Felipe fue jornalero y cosechero de algodón. Tiene 5 hijas mujeres y más de 15 nietos; “después hay nietos que ya tienen sus hijitos. Ninguno de mi familia consiguió más tierra que ésta”.


Don Tejera

Agustín Tejera ha llegado a los 85 años y también vio nacer el barrio. Nacido en el Chaco, en San Martín, se presenta: “Mi padre trabajaba en el monte. Volteaba y llevaba hasta el río y por allí transportaban la madera. No sé cuántos años hace porque no tengo registro del tiempo. Así nomás vivíamos, sin tierras. No pensábamos en eso. Después, más adelante, hemos visto que los blancos te corren si no hay títulos. Y nos tuvimos que venir porque allá no es bueno, uno molesta. Vinimos a Puente Blanco. Cuando era guapo no me quedo en la toldería, ando siempre trabajando en el campo. Coseché algodón, también fui pelador de caña. En Las Palmas, en Ledesma…, nos llevaban en tren, el señor que viene de allá. Después volvíamos al Puente. Pero ese lugar no es nuestro. Entonces, hemos reclamado al gobierno. Primero era todo no, no, no. Después, casi en los 70, logramos este lugar que era fisco, sin dueños. Vinimos a pie a ver la tierra y aceptamos porque se podía hacer sementeras. ‘Queremos enseñar a nuestra familia a trabajar’, dijimos. Se han demorado en entregar el lote, pero finalmente dieron. En un principio el reclamo fue ayuda para trabajar la tierra, desarrollar artesanía y hacer ladrillos. Nomás ayudaron, al principio, para la artesanía. Después ni eso”. Don Tejera sacude la cabeza, no acierta las palabras para describir sus sentimientos. Confiesa: “Mire, soy pobre pero sé que esta tierra nos pertenece”. Don Tejera tiene 4 hijos, “todos están desocupados”, por suerte, dice, él es sombrerero y hacedor de canastos de totora y palma. Los sábados y viernes, toma el colectivo y va hasta el centro a ver a sus amigos y llevar sus artesanías. Dos pesos cobra los canastos. A 8 y 10 los venden luego. La casa de Tejera es enteramente de madera. El quiere arreglarla, “pero el gobierno no da para mejoras”, se queja.

Publicado el 29/03/2006

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