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Genocidio del pueblo pilagá: Un hecho ocultado por 58 años
Por Semanario HOY - Wednesday, Apr. 26, 2006 at 1:42 AM

La matanza de Rincón Bomba es uno de los tantos hechos ignorados de nuestra historia. Ocurrió en octubre de 1947, en las cercanías de Las Lomitas, en la provincia de Formosa. Allí, cientos de personas del pueblo pilagá fueron asesinados por la Gendarmería Nacional. .

En un fallo inédito en la jurisprudencia argentina y latinoamericana, el juez Federal de Formosa, Marcos Bruno Quinteros, ordenó al Estado nacional argentino que se haga cargo de todos los gastos, erogaciones de la investigación en la búsqueda de restos y las víctimas y fosas comunes, originadas en la denominada matanza de Rincón Bomba.
El juicio que todavía se halla en trámite se encuentra fundado en la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad que habrían sido perpetrados por tropas de la Gendarmería Nacional entre el 10 de octubre al 5 de noviembre, aproximadamente, del año 1947.
Los abogados de la Federación Pilagá Carlos Alberto Díaz y Julio César García, quienes han iniciado también la causa por la masacre qom-mocoví de Napalpí en 1924 (ver recuadro) y por el bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, manifestaron la importancia de la resolución del juez Quinteros, porque es el primer caso en que el Estado tiene que pagar los costos en un juicio sobre derechos humanos. Dijeron que ello permitirá como en este caso realizar las investigaciones por la búsqueda de fosas comunes en un amplio territorio del estado formoseño, que durará aproximadamente más de seis meses. Extractamos esta reseña de la página http://www.incupo.org.ar


Un pueblo sin tierra

Para conocer lo que había sucedido en aquella terrible masacre los dos abogados tuvieron que investigar durante cinco años. Hoy, gracias a ello podemos conocer un poco más la verdad de los hechos… de aquel verdadero genocidio del pueblo pilagá.
Corría el mes de marzo del año 1947. Miles de hombres, mujeres y niños caminaban desde Las Lomitas, en Formosa, hasta Tartagal, en Salta. Rostros curtidos, manos callosas, silenciosos. Eran braceros pilagás, tobas y wichis. Les habían prometido trabajo en el Ingenio San Martín, en El Tabacal. Les iban a pagar 6 pesos por día. Eso sí, había que caminar unos cientos de kilómetros… ¡Pero ellos ya habían caminado tanto en su historia! Tantas veces los habían corrido, echado, ultrajado…

En abril llegaron a El Tabacal, cerca de Tartagal. Se instalaron con sus pobres cositas y empezaron a trabajar en la caña de azúcar. Pero cuando fueron a cobrar les quisieron pagar 2,50 pesos por día. Inmediatamente, los caciques protestaron y recurrieron a las autoridades de El Tabacal. Pero nadie los escuchó ni les hizo justicia. Pocos días después, el ingenio los echó sin ninguna consideración.
Eran miles de indígenas, con niños y ancianos, sin dinero y en una tierra extraña. El pueblo de El Tabacal acudió a ofrecerles algunos alimentos y ropa, y con esa ayuda, los indígenas decidieron volver a Las Lomitas. Otra vez recorrieron esos cientos de kilómetros a pie.


El calvario indígena

Llegaron a Las Lomitas unos 7.000 a 8.000 indígenas. Y se instalaron en un descampado llamado Rincón Bomba, cercano al pueblo. Estaban agotados, hambrientos y enfermos. Las mamás aborígenes se largaron a las calles de Las Lomitas y de los parajes vecinos para pedir un poco de pan.
Por su parte, los pilagás decidieron formar una delegación para ir a pedir ayuda. Al frente se pusieron tres caciques: Nola Lagadick, Paulo Navarro (Pablito) y Luciano Córdoba. Hablaron con la Comisión de Fomento. Y también con el jefe del Escuadrón 18 de Gendarmería Nacional, comandante Emilio Fernández Castellanos.
El comandante los ayudó. Y consiguió la colaboración de los comerciantes y ganaderos. Por su parte, el presidente de la Comisión de Fomento se comunicó con el gobernador de Formosa, Rolando de Hertelendy. El gobernador habló con el gobierno nacional. Al enterarse, el presidente Juan Domingo Perón mandó inmediatamente tres vagones llenos de alimentos, ropas y medicinas. Y dispuso planes de desarrollo social.
Los tres vagones llegaron a la ciudad de Formosa a mediados de septiembre. Pero el delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, dejó los vagones abandonados en la estación. Sólo salieron diez días después porque el gobernador formoseño se enteró y ordenó que partieran inmediatamente.
Los tres vagones llegaron a Las Lomitas a principios de octubre. Pero sólo uno estaba lleno. En los otros dos apenas quedaba la mitad de la carga. Y los alimentos estaban en mal estado. Aún así los repartieron en el campamento indígena.
Pero, al día siguiente, muchos indígenas amanecieron con fuertes dolores intestinales, vómitos, diarreas, desmayos, temblores. Cincuenta personas murieron. En su mayoría fueron niños y ancianos.
Los primeros fallecidos fueron enterrados en el cementerio de Las Lomitas. Pero a los demás les cerraron las puertas. Y tuvieron que ser llevados al monte. Noche tras noche retumbaban los instrumentos de música en las ceremonias mortuorias.
Pensando que los quisieron envenenar, los pilagás fueron varias veces a reclamar. Por su parte, el comandante de Gendarmería le pidió explicaciones al delegado nacional del aborigen. Pero Ortiz le contestó: “¡Pero qué tanto se preocupa si al final son indios...!” La respuesta de Fernández Castellanos fue una cachetada que lo tiró contra la puerta de su despacho.


La masacre

A lo largo de aquellos cinco meses el presidente de la Comisión de Fomento de Las Lomitas fue a hablar varias veces con el comandante. Le decía que el pueblo tenía miedo que los hambrientos pilagás los atacaran… Después de las muertes de los indígenas, este rumor se hizo tan fuerte que la Gendarmería decidió rodear el campamento aborigen con cien gendarmes armados. Y se prohibió a los pilagás entrar al pueblo.
Frente a tanta agresión y a tanto abandono, el cacique pilagá Pablito pidió hablar con el comandante. Era el 10 de octubre. El oficial aceptó encontrarse a campo abierto en el atardecer. Cuando llegó el momento, el cacique Pablito avanzó. Lo siguieron más de mil mujeres, niños, hombres y ancianos pilagás con grandes retratos de Perón y Evita. Enfrente, los cien gendarmes los apuntaban con sus armas.
En ese momento se escucharon disparos de ametralladoras que salían del monte. Eran de un grupo de gendarmes ubicados allí en secreto por orden del segundo comandante del escuadrón, Aliaga Pueyrredón. Este oficial estaba en total desacuerdo con el comandante Castellanos. Para él no había que hablar con los aborígenes.
Además del tiroteo, lanzaron bengalas para iluminar el lugar y poder apuntar mejor sobre los indígenas. Cientos de pilagás cayeron bajo las ráfagas de ametralladora. Otros lograron escapar hacia el monte, pero la Gendarmería se lanzó a perseguirlos “para que no queden testigos” de la matanza.
En los días siguientes, los pilagás fueron rodeados y fusilados en Campo del Cielo, en Pozo del Tigre y en otros lugares. Luego, los gendarmes apilaron y quemaron sus cadáveres. Según los abogados Díaz y García, fueron asesinados entre 400 a 500 pilagás. A esto hay que sumarle los heridos, los más de 200 desaparecidos, los niños no encontrados y los 50 intoxicados. En total, en aquellos tristes días murieron más de 750 pilagás.
Hay que rescatar un hecho. En medio de esta masacre, estuvo la mano tendida de un colono blanco, Nicolás Curesti. El salvó la vida de gran cantidad de pilagás que iban a ser fusilados en Campo del Cielo.
Los diarios de aquel tiempo dieron informaciones muy confusas sobre lo que había sucedido. Y a nivel del gobierno se trató de ocultar todo. Pero la verdad no puede taparse. Aún quedan ancianos pilagás que vivieron la Masacre de La Bomba y están dispuestos a dar su testimonio para que se conozca la verdad.

Publicado el 19/04/2006

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