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Antes de Berlín
Por el topo - Thursday, Jun. 29, 2006 at 11:21 PM

Mañana jugamos contra Alemania por cuartos de final de un torneo mundial. Eso significa que es un partido importante; ganar implicaría que pasaremos a la semifinal, perder representaría el final del camino en este campeonato. “Otro camino más que se termina para nuestro país” -sentenciará, dramático, algún reconocido opinológo ante la derrota. Si ganamos, no se cuantas cosas podría decir.

“Los alemanes nos harán un piquete para no dejarnos pasar a la siguiente ronda” -comenta con ocurrencia desde una placita medieval un joven notero de televisión, uno de los cientos que los medios argentinos enviaron a Alemania a cubrir el acontecimiento. “Si -responde un colega desde el piso (de aquí o de Alemania)- pero seguramente el equipo argentino no aflojará ante el piquete y atravesará los neumáticos quemados a puro toque”. Todos celebran la metáfora y hacen alarde del sincro que hay entre ellos. “Parecemos la selección” –rematará el notero en esta imaginaria situación, pero perfectamente factible en la televisión argentina actual.

Miércoles 28 de junio. Faltan cuarenta y ocho horas para el partido y desde los estudios de Fox Sports Guillermo Andino y Viviana Semenchuk animan la tarde futbolera de estos tiempos. Entra en escena el humorista Mario Sapag, abre su presentación con un chiste de salón: “Usted sabe que yo, así como me ve, medio pobretón, tengo antepasados que pelearon en la guerra del desierto?” –le pregunta a Andino. “¿En serio? No lo sabía” –sigue el juego el presentador. “Si, lo que pasa es que peleaban del lado de los indios y los hicieron pelota” –remata el humorista. Como dije, el chiste es de salón, pero de la sociedad rural argentina. Y la situación no es imaginaria.

El último domingo Osvaldo Bayer escribió en el diario Página 12 un artículo sobre el mundial de fútbol. Algo inevitable si tenemos en cuenta que Bayer pasa gran parte de su tiempo en Alemania y que es un futbolero viejo, autor de una historia del fútbol argentino que fue llevada de las letras al cine. En el artículo, Bayer escribe sobre los que ganan y los que pierden, y anota entre estos últimos a los obreros alemanes que son despedidos en masa por la empresa de seguros Allianz y por la automotriz Volkswagen aprovechando la fiebre futbolera que invade al país. Inevitable, también, que el viejo Bayer relacione al fútbol con el contexto social.

Para los futboleros, dejar de involucrarnos con el mundial es algo difícil. No imposible si los medios siguen intermediando entre el juego y nosotros con periodistas de la calaña actual. “Yo no pagaría un viaje a Alemania para ver a esta selección” –afirmaba hace 30 días atrás el gran Macaya Márquez ante el anuncio de la lista de los 23 jugadores seleccionados por Pekerman. La cara de Fernando Niembro desnudaba su frustración al confirmar que iríamos a Alemania con un equipo de jugadores jóvenes en lugar de los viejos consagrados del markenting futbolístico nacional a los que él tanto ayudó a diseñar sus carreras con su “olfato” menemista. Riquelme por Verón, Maxi Rodríguez por Kily González, Saviola por el Piojo López. Orteguita no es convocado, tampoco el Pupi Zanetti. Están el Cuchu Cambiasso, Burdisso, Scaloni (quién?!!), Cufré (¿¿??), Milito, Tevez, Messi. Jugadores jóvenes, pero sobre todo jugadores de fútbol. Después de la compañía de marines que armó Passarella para ir a Francia 98 y de los atletas y modelos que llevó Bielsa para Japón 2002, este seleccionado de Pekerman es un equipo de fútbol conformado por futbolistas. Suena obvio pero no lo es.

Si seguimos el afán del viejo Bayer de vincular fútbol y sociedad, podemos echar una mirada sobre los seleccionados argentinos que participaron en los últimos mundiales y veremos que todos se nos parecen en alguna aspecto.

Los soldados de Passarella son la reacción orgánica a ese grupo de irreverentes (en la cancha, se entiende) liderado por Maradona que fueron a EE.UU. -nada menos que allí!!- a traerse la copa del mundo en 1994. No fueron a jugar un torneo, fueron a traer la copa. Animados, quizá, por una sociedad enardecida por al apogeo triunfalista y consumista del uno a uno? Quien sabe. Pero en este país nadie dudaba que la copa volvía a casa. Tal vez esa sociedad que cambiaba sus autos y renovaba sus electrodomésticos sentía que merecía ser premiada con una copa del mundo. Y también merecía, claro, el reconocimiento de los países del primer mundo, pues entonces pretendíamos pertenecer a su distinguido club. Pero no pudo ser. La mala conducta de los argentinos (Diego no puede resistir la tentación) nos deja afuera y pone fin al desenfreno creativo de aquella selección del Coco Basile, un técnico de códigos argentos. Una vez más, los argentinos dejamos pasar una oportunidad.

Tras el fracaso, Passarella llega a poner orden (años después lo contrataron con el mismo fin en el Corinthians de Carlitos Tévez, pero se fue a las pocas semanas y el Corinthians salió campeón). El orden de Passarella era tan rígido dentro como fuera de la cancha. Sus jugadores-soldados llevaban el pelo corto y ninguno de ellos se atrevía a romper las filas dentro del campo de juego. Corría el segundo menemismo y la sociedad argentina ya sentía el espesor del consumismo. ¿Había llegado el momento de bajar la panza y parar un poco con las comilonas descontroladas? Las dudas provocaban discusiones, las discusiones llevaban a la reserva. Con Menem habíamos perdido la noción de futuro viviendo una adolescencia de malcriados: nos dimos con los gustos sin medir ni pensar nada. Vivimos un tiempo presente dilapidado. Ahora que nuestro padre no seguiría con nosotros (Menem no podía ser reelecto) tal vez era tiempo de pensar como encarar su ausencia. Además, la convertibilidad empezaba a mostrar sus fisuras. Nos obligaron, de pronto, a pensar como sociedad en el futuro. Algo que habíamos perdido de nuestros hábitos. Entonces necesitábamos una selección que nos trasmita seguridad, aunque no nos garantizara que se traería la copa del mundo como nos entusiasmó cuatro años antes el equipo del Coco. No importaba eso, tampoco que jugara como pudiese cada partido. Necesitábamos sentir alguna seguridad y un técnico como Passarella la brindaba. Como dijo entonces Marcelo Gatman, comentarista de la Rock&Pop, “esta selección tiene personalidad, solo que está sentada en el banco, es la de su técnico”. Nunca mejor definida esa selección de Passarella, nunca mejor expuesto el costado fascista que nuestra sociedad reluce ante las crisis.

Así, tras una nueva decepción por una eliminación en cuartos de final de un mundial (instancia que jugaremos mañana con Alemania), Argentina renueva la conducción en la figura de Marcelo Bielsa, técnico eficiente, reservado y campeón. La gestión de Bielsa atravesó el doloroso período del gobierno de De La Rúa. Trabajador, de perfil bajo, austero en el trato con la prensa, Bielsa armó una selección basada en el despliegue físico. Del cuartel pasamos al gimnasio como decorado que mejor le sienta a la selección argentina de acuerdo a su línea de juego. Corrimos más rápido que todos en las eliminatorias y fuimos los primeros en llegar a Japón como candidatos a quedarnos con la copa del mundo. Otra vez, tras el derrumbe y la crisis del 2001, necesitábamos armarnos de motivaciones y seguridad. Eduardo Duhalde era el presidente de la transición y veía en las figuras de la selección los modelos donde proyectar la reconstrucción del país. Unidos, en equipo, saldremos adelante. Nadie, ni el más encumbrado periodista deportivo, osaba criticar el juego atlético de la selección argentina. Claro está que los digitadores mediáticos –la mayoría de los periodistas encumbrados, precisamente- traficaban elogios y hacían cuentas con la devaluación del peso argentino. Además de turistas, con el nuevo cambio de la moneda se multiplicarían las inversiones extranjeras en los jugadores locales. Así, llegamos velozmente al mundial de Corea-Japón y en la carrera los europeos nos demostraron lo que siempre supimos: que la velocidad es el fuerte de su juego, que son mejores atletas que nosotros y que, por lo tanto, son más veloces. Solo le ganamos a Nigeria (de África), perdimos con Inglaterra (de Europa) y empatamos con Suecia (también de Europa). Sumamos apenas cuatro puntos, suficientes para poner fin a la locura velocista de Bielsa. En Buenos Aires, la falacia devaluadora de Duhalde –“quienes pusieron dólares recibirán dólares”- no tenía freno. Sólo las muertes de Kosteki y Santillán lograron exponer un drama mayor que la eliminación del mundial: los planes económicos de hambre se articulan con el aparato represor de la democracia. Como el diseño eficientista de los planes económicos del neoliberalismo, la selección de Bielsa se derrumbó en corto plazo.

Y junto con Kirchner llegó Pekerman. Pero entre ambos hay una diferencia sustancial: el técnico de la selección es de bajo perfil. Con aires de gestión progre, el gobierno de Néstor Kirchner impulsa cambios con discursos de corte populista, nacionalista y reivindicativo de las luchas sociales. Bajo la sombra de una propaganda positivista, la sociedad argentina parece sentir el impacto de una aparente reactivación y se anima a recuperar la identidad que tanto ajetreo neoliberal le hizo perder. Es tiempo de recuperar la identidad de nuestro juego, parece pensar Julio Grondona, siempre dispuesto a quedar bien con los poderes de turno. Grondona, el más viejo de los gobernantes argentinos, dirige la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) desde los años de la dictadura militar. Desde ese cargo vio pasar a Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De La Rúa y ahora le toca ver de cerca a Néstor Kirchner. Rápido de reflejos, cualidad que identifica por definición al futbolista argentino, Don Julio –como le gusta que lo llamen- entendió que era José Pekerman, hombre tímido y de muy bajo perfil, el encargado de recuperar para la selección los futbolistas que mejor representen el nuestro estilo histórico de juego: la gambeta, el toque y la garra. Algo que la sociedad argentina hoy pretende para sí y sobre lo que la propaganda oficial se enorgullece en coincidir a través del slogan “UN PAÍS EN SERIO”.

En serio, si mañana ganamos, pasaremos a semifinales. Y si ganamos en estas, pasaremos a la final. Y si ganamos la final seremos campeones del mundo. Como en el 86. Y nada de eso evitó que la inflación nos sumergiera en el infierno tres años después. Como las políticas oficiales no pueden o no quieren evitar que la desocupación, el delito, el hambre, la desatención sanitaria, la entrega del medio ambiente y todas las calamidades que dependen de una administración de gobierno sean eliminadas de nuestra sociedad como hacemos con nuestros rivales en el mundial, esa calamidad que suele presentársenos cada cuatro años a los argentinos.

Ojalá seamos campeones, así nos olvidemos pronto de este mundial.

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mb!!!
Por El Polemista - Saturday, Jul. 01, 2006 at 1:41 AM

Muy buen articulo cumpa, excelente las relaciones que haces, muy digno de ser analizado.
Ya terminó el partido, Argentina quedó eliminada, pero lo bueno es que la mayoria sabe reconocer el esfuerzo de este equipo y el gran partido que se jugó en Berlín: estamos , tal vez,dejando atras los falsos triunfalismos, y empezando a entender, que como decía Whalt Whitman, LA DERROTA TAMBIÉN MERECE SUS LAURELES.

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ah?
Por dan mucha risa - Saturday, Jul. 01, 2006 at 2:58 AM

por Dio!!, cuanto comentarista deportivo frustrado anda suelto por interné!!

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Puaj
Por Juan - Saturday, Jul. 01, 2006 at 3:33 AM

Esto es de Bayer? ¡Es una basura!

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Lo mejor es jugar
Por Frustrado las pelotas - Saturday, Jul. 01, 2006 at 3:39 AM

juego 2,3 veces por semana, ni bien ni mal, pero me divierto, me cago de gusto jugando a la pelota. Pero el mundial es otra cosa, banderitas, negocios, intereses. Me lovi casi todo. Perdimos bien. Pekerman fue un avanze, que pena que se va! Viene Bianchi?

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si jugás como comentas, hermano,
Por Dan risa - Saturday, Jul. 01, 2006 at 5:09 AM

te diré que sos de madera; no te bañes seguido, que te vas a hinchar.

No, no viene Bianchi, viene Gepeto, a dirigir el aserradero de la Selección Nacional,

Chau Pinocho.

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la tribuna
Por el topo - Saturday, Jul. 08, 2006 at 9:30 PM

recomiendo el libro "La patria transpirada" de Juan Sasturain.

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