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La comunidad charrúa se organiza
Por El Norte Digital / Paraná - Wednesday, Sep. 19, 2007 at 3:21 AM

17 de septiembre de 2007

Aunque cada una de las casi 500 páginas de Las venas abiertas de América Latina –de Eduardo Galeano– puede conmover hasta al más alejado de las ideas indigenistas, cuando se conversa con alguien que lleva sangre de uno de los pueblos sojuzgados por la espada y la cruz, las sensaciones y las ideas toman otra dimensión y proximidad. Es el caso de Marcelo Luna, vocero de la comunidad charrúa Onkaiujmar –con sede en Paraná– cuyo objetivo es recrear y poner a tono con los tiempos, lo que una cultura se encargó de negar y destruir durante más de 500 años.

—¿Dónde naciste?
—En la ciudad de La Paz, el 27 de noviembre de 1969.
—¿Qué actividades tenían tus padres?
—Son campesinos y yo también me crié en el campo hasta los 15 años, en el distrito Achiras, del Departamento Federal.
—¿Cuándo fue la primera aproximación a la cuestión indígena?
—A los 6 años ya tenía recortes de, por ejemplo, la revista Billiken y Anteojito, que hacen un enfoque terrorífico sobre las naciones originarias. Pero era un tema que sentía y por el cual comencé a tener simpatía. Por eso es un compromiso de vida desde esa edad.
—¿Tus padres tienen sangre indígena?
—Sí.
—¿En función de ello cómo interpretás el 12 de octubre de 1492?
—Como una invasión de hombres, con dos elementos: uno material, que es el aparato bélico producto de ocho siglos de enfrentamientos con los moros, y otro espiritual, que es el cristianismo que legitima la masacre, la violación de mujeres, la invasión de tierras y la destrucción de nuestros lugares sagrados. Vienen curas y soldados. Cuando España nos invade, el 25 por ciento de la población adulta pertenecía al clero.
—¿Cuál es tu pertenencia a la comunidad charrúa?
—Soy vocero de la comunidad Onkaiujmar –que significa Madre Tierra, fecundidad o maternidad– de la ciudad de Paraná, la cual creamos en marzo del año pasado. Hemos puesto en crisis la ideología del mestizaje y del crisol de razas, de que bajamos de los barcos, porque en realidad los únicos que lo hicieron fueron quienes nos invadieron y masacraron. Hicimos una opción por nuestras madres y abuelas charrúas, que preservaron la memoria. La mujer y específicamente la anciana representan el cordón umbilical de la memoria.
—¿Cuándo te enteraste que eras indígena?
—Hace 17 años que estoy en el tema y soy charrúa asumido desde 2003, cuando entré a la comunidad Pueblo Jaguar, de la ciudad de Villaguay. En un principio fue una opción cultural, básicamente organizando actividades en contra de lo que era el festejo del 500º aniversario de la invasión de América. Muchos festejaron. Mi madre –que tiene 71 años– recién me dijo que tenía sangre indígena en mayo de este año. Las abuelas están comenzando a hablar y algunas tal vez nunca lo hagan. Se confirmaba lo que me decía nuestra líder Hué Guidaí Berá en cuanto a que no es fácil que hablen. Mi mamá es muy blanca y yo pensaba que no había sangre indígena, porque desciende de franceses. Si bien tenemos hermanos que son rubios; porque la categoría indígena no es física ni biológica, es una opción cultural. Muchos invasores pasaron a vivir en nuestras comunidades, incluso ocuparon cargos y se casaron con mujeres charrúas, según lo señalan las crónicas jesuitas. Jamás me imaginé que mi mamá tuviera una abuela india.
—¿Porqué la demora: vergüenza, miedo..?
—En primer lugar tiene que ver con un sistema que lleva 515 años de racismo, discriminación y persecución. Las matanzas tuvieron lugar hasta bien entrado el siglo XX, principalmente en los departamentos Tala, Nogoyá y Villaguay. Pero también porque se ha construido un estereotipo –atravesado por el euro centrismo, que subestima todo lo que no pertenece a la tradición Occidental. Generalmente la gente no está dispuesta a asumirse indígena, entonces hay mucha vergüenza porque los modelos no concuerdan con el que nos enseñaron. Nuestro rol es devolverle el orgullo de ser indios a nuestros hermanos. Venimos de ser parte de la sociedad nacional y nos hemos reindianizado.
—¿El hecho familiar te sirvió para confirmar ciertos conocimientos que ya tenías?
—Confirmó el porqué de mi pasión por los pueblos originarios, de porqué a los seis años jugaba a los indios con piedritas y carozos, y siempre los indios derrotaban a los blancos. No sé de dónde saqué eso, porque –por suerte– no tenía televisión. Como me decía Hué Guidaí Berá, “era el llamado de la sangre y de las abuelas”.
—¿En tu medio y en tu familia había costumbres que se preservaron?
—Hay muchas no sólo en las zonas rurales sino urbanas. El problema es que se ha negado el origen indígena de nuestra cultura. En mi familia había muchas prácticas.
—¿Por ejemplo?
—El manejo sustentable del monte, el conocimiento de las plantas, distintas formas de curar o manejar los caballos con la palabra. El indio jamás le pegó al caballo. Cuando un varón nacía, el primer regalo que recibía era un caballo. Se criaban juntos y si el caballo no aceptaba al indio, se le regalaba otro. Mi padre los manejaba con la palabra y los hacía formar, por ejemplo.
—¿Sos bautizado?
—Sí, pero no me considero católico. Soy conciente de cómo entró el cristianismo acá. Que no es el originario sino occidentalizado, amigo de los poderosos y no la opción por los pobres de la Teología de la Liberación, del padre Mujica o de Camilo Torres.
—El charrúa fue uno de los pueblos que más resistió...
—Así es, más de 350 años con las armas en las manos, de lo cual nos sentimos orgullosos y dignos. Después de la derrota militar continuaron otras formas de resistencia cultural. Somos un pueblo nación que hace 13.000 años que estamos en este territorio, que originariamente abarcó el sur del estado de Río Grande do Soul, en Brasil, la República Oriental del Uruguay, el centro-sur de Corrientes y la provincia de Entre Ríos. Hoy sigue siendo nuestro territorio. No somos ni campesinos ni urbanos. En todo caso estamos en otras condiciones por pérdida de soberanía política y de nuestra cultura, porque se han degradado o destruido los ecosistemas que son parte de nuestro territorio.
—¿Niegan el proceso político y cultural posterior a la conquista?
—No, al contrario. La cultura indígena es solidaria por naturaleza. En el continente o en nuestro territorio podemos vivir muchos más de los que vivimos. El problema es cuando se intenta dar como natural determinados procesos históricos. Somos preexistentes al Estado argentino en 12.000 o 13.000 años.
—¿Cuál es la etnia originaria?
—Pertenecemos al grupo Pámpido, un desprendimiento de los tehuelches. Llegamos primero a Entre Ríos, no a Uruguay.
—¿Los charrúas no provienen de Uruguay?
—En Entre Ríos se constituyó la macro etnia, un conjunto de parcialidades que pertenecían a la gran nación charrúa: yaros, minuanes, bohanes, guenoas, balomares, martidanes, entre otros. Vivieron en forma fraterna con otras naciones como chanaes y guaraníes, sin hegemonismos. Tal vez se dijo que eran uruguayos porque los últimos grandes combates se dieron en ese territorio, como las matanzas del presidente Fructuoso Rivera, a partir de 1831. Un grupo disparó al Chaco y al sur de Formosa. En el caso del guaraní es casi contemporáneo con los invasores, aunque hay una creencia que Entre Ríos es guaraní. Lo que sí es guaraní era la lengua general que se hablaba desde el centro de la provincia de Buenos Aires hasta el centro de la Amazonía. Era la lengua madre.
—¿Eran nómades?
—Nosotros decimos que no, que somos preservadores de la diversidad biológica. Para el Diccionario de la Real Academia Española, nómade es un grupo humano que se traslada permanentemente de un lugar a otro que no conoce. Nosotros hacía 13.000 años que estábamos en este territorio pero consideramos a la tierra como nuestra madre, por lo que no se le puede sacar más de lo que puede dar. Por eso nos trasladábamos. La alimentación estaba al alcance de la mano, por eso no hay una diversidad tecnológica como en el caso de la cultura europea.
—¿Qué objetivos se han propuesto en la actualidad?
—Las comunidades son en dispersión y reencuentro. El Estado ha reconocido a la primera comunidad charrúa, que es el Pueblo Jaguar, de Villaguay. Una comunidad surgida por el trabajo de rescate de Hué Guidaí Berá, nuestra líder charrúa, que falleció el 17 de marzo de este año, pero aún es una líder espiritual. Nuestro trabajo es el reencuentro de los hermanos dispersos por genocidio, para lo que viajamos permanentemente. Estamos recomponiendo una gran vasija rota por la invasión de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata, en 1516.
—¿Cómo influye en este resurgir que la historia fue escrita por los vencedores y que el pueblo charrúa no tuviera escritura?
—Juega muy en contra porque quienes escribieron fueron mayoritariamente jesuitas. Hay una idealización de ellos respecto del trabajo con los guaraníes. El guaraní de las misiones es el derrotado militarmente y principalmente las parcialidades tapes de los actuales estados brasileros de Santa Catarina y Paraná. Los jesuitas, a partir de su llegada en 1610, se convierten en los primeros grandes terratenientes. Hay trabajos de investigación donde se dice que 75 por ciento de la población indígena era azotada para trabajar. De hecho, los jesuitas se constituyeron en un gran estado y los indígenas lo único que mantuvieron fue la lengua. La llegada de guaraníes a Entre Ríos aumenta porque son mano de obra barata de los jesuitas, peones de las grandes estancias. Ahí se produce el enfrentamiento con nosotros, porque no sólo venían como peones o gauchos para cuidar el ganado, sino que eran los grupos de choque de los jesuitas. A nosotros se nos denigra porque fuimos los “enemigos y bárbaros”, y jamás aceptamos ser evangelizados.
—¿La tradición oral quedó bloqueada por el miedo y la vergüenza?
—Sí y la escuela también contribuyó a ello. Al Estado y los maestros jamás les interesó que los pueblos indígenas se alfabeticen sino que perdamos el idioma, lo cual lograron. Aunque hoy se está recuperando. Los pueblos originarios perdimos nuestra cultura, idioma y conceptualización oral en el aula.
—¿Cómo es, básicamente, la cosmovisión del pueblo charrúa?
—Común a todos los pueblos originarios, no solamente de América sino del mundo, en cuanto a que el ser humano pertenece a la tierra. Es una cosmovisión holística, de totalidad, donde ningún elemento es analizado por separado y ninguno es más importante que otro. Todos son parte de todo. Aunque lo más importante es la madre tierra; jamás se nos ocurriría –y me parece que al blanco tampoco– dividir a la madre en pedazos. Por eso es inconcebible el alambrado y la propiedad privada. Esto en cuanto a nuestra cultura originaria. Pero hoy estamos en otras condiciones.
—¿Cuál fue el trabajo de Hué Guidaí Berá?
—Es una docente, que para el mundo blanco su nombre es Rosa Albariño y tiene una abuela charrúa. Inició en 1980 un proceso preguntándose por qué tanto silencio en torno a la nación charrúa. Hoy las condiciones son que hay dos comunidades organizadas en la provincia: la Pueblo Jaguar, que es una referencia, la madre de todas, con más de 20 familias organizadas en zona rural y urbana de Villaguay, y alrededores como Villa Clara. Y la nuestra que surgió el 1º de marzo del año pasado, que tiene familias acá y en La Paz, porque somos comunidades en dispersión por genocidio. Se es comunidad por forma de pensamiento y de vida. También las hay en Brasil y en Uruguay. El 18 de agosto en Tacuarembó (Uruguay) constituimos el consejo territorial de la nación, que es una organización política para comenzar a marchar juntos. Tenemos el problema de que la nación está dividida entre tres estados, entonces la legislación es diferente. Uruguay es el único país de América que no tiene legislación indígena, ni siquiera la adhesión al Convenio 169 de Pueblos Indígenas y Tribales, que es el instrumento jurídico más importante con el cual contamos los pueblos originarios y que fue sancionado en el marco de la Organización Internacional del Trabajo en 1989.
—¿Qué propugna este documento?
—Habla incluso de la autodeterminación de los pueblos indígenas y de tener el manejo del territorio. El 26 de setiembre es la fecha límite para aprobar la Declaración Universal de Derechos de los Pueblos Originarios, en el marco de las Naciones Unidas.
—En este contexto, ¿cómo se podría calificar al proceso de los charrúas?
—Es muy interesante y hay varias familias en un montón de lugares como Sauce de Luna, Bovril, Santa Elena, La Paz, Federación, Concordia, Federal, Concepción del Uruguay, Gualeguay, Gualeguaychú, Maciá, Durazno, donde como mínimo hay dos familias. Estamos refundando una nación.
—¿Qué estimación se puede hacer de la población existente en la plenitud de la nación, tras la aniquilación y dispersión, y actualmente?
—La población charrúa y de los pueblos originarios era muy alta, porque por un lado están los datos de la historia oficial y por el otro hay estimaciones que tienen que ver con la lógica. El arqueólogo Cerutti –que es anti charrúa y anti indígena– habla de 3.000 charrúas como máximo para Entre Ríos. Creemos que es una locura, además de una falta de respeto. Éste (el de Corrientes, Entre Ríos y Uruguay) es uno de los territorios con mayor diversidad biológica, hay más de 2.000 plantas; la diversidad ictícola también es muy grande... Comparado con otros territorios donde es mayor la población y con zonas de menor diversidad biológica, el porcentaje sería altísimo. Hay un científico uruguayo, Danilo Antón, que hace comparaciones con zonas de escasa producción de alimentos y estima que para todo el territorio charrúa debiera haber como mínimo 100.000 personas antes de la invasión. Hay algunos datos de los cronistas: en 1536 una confederación de pueblos indígenas destruye Buenos Aires –fundada por Pedro de Mendoza. Ulrich Scmidl –cronista oficial de la expedición– dice que en la confederación participan 23.000 guerreros, y estamos hablando de las comunidades aledañas a Buenos Aires, querandí, guaraní, chaná y charrúa. Estamos hablando de 23.000 familias en esos alrededores. Cuando se encuentran por primera vez los españoles con los mocoretaes, que poblaban una zona del río Paraná entre la desembocadura del río Feliciano y el Guayquiraró, se encontraron con 18.000 guerreros mocoretaes en sus canoas. Estamos hablando de 18.000 familias más, como mínimo. Dentro de los guerreros no estaban los ancianos y los niños. Hay una intencionalidad de minimizar la población indígena.
—¿En cuánto fue diezmada esa población?
—Un mínimo de 60 millones en toda América. De los nuestros tenemos constancia que cayeron miles defendiendo el territorio, tanto mujeres como hombres. Porque a partir de los 12 años y del momento de mayor acorralamiento, los niños peleaban a esa edad. Y por eso eran castrados por los españoles.
—¿No se ha realizado un censo?
—El primer censo nacional indígena comenzó a hacerse en 1963 pero con el golpe de Estado de Onganía quedó trunco. En 2004 las comunidades demandaron una encuesta complementaria de pueblos indígenas –que fue muy cuestionada por nosotros porque no tuvo suficiente difusión. Se tomaron más de 900 casos y 625 se asumieron charrúas. En el último censo nacional de 2001 el Estado introduce la pregunta de si los argentinos teníamos antepasados indígenas. Para el caso entrerriano, más de 4.000 ciudadanos se asumieron indígenas y de ellos, más de la mitad charrúa.
—¿En Paraná puede haber un componente poblacional importante?
—Creo que es alto en todos lados. La gente comienza a arrimarse y contarnos. Fundamentalmente comienza a reconocerse gente joven y que está en la Universidad. Es lógico porque allí hay ideas más críticas y no se siente vergüenza, pero creo que el elemento mayoritario sigue estando en las barriadas y villas.
—¿Qué símbolo o aporte se podría rescatar del pueblo charrúa?
—No de los charrúas en particular, sino de los pueblos indígenas, porque fuimos un todo. Pero hoy estamos en un punto límite de que si seguimos explotando la diversidad biológica al ritmo que lo hacemos, el ser humano tiene los días contados. El mayor aporte es la cosmovisión que tenemos, lo del sentido de no propiedad y de que el hombre pertenece a la tierra. Eso permitirá salvar la diversidad biológica y la especie humana. Igualmente se pueden destacar las técnicas agrícolas. La tecnología no es neutra, aunque sí la podemos adaptar a nuestros patrones culturales. El arado es parte del genocidio. Las lombrices mueven ocho veces más la tierra que ese instrumento. Con él y las maquinarias de origen europeo se destruyó nuestro suelo.
—¿En lo cotidiano, cuál es la mayor violencia o perturbación que sentís?
—Tiene que ver con la velocidad, la de los autos y la gente, el ruido. No permite vivir bien. Nos educan que para ser competitivos y hay que andar apurados. Sin embargo, para nosotros la referencia es la de las comunidades charrúas libres cuando migraban, de que el paso de todos era el del más lento, el de los ancianos, niños y discapacitados. Uno de los grandes problemas del sistema es la velocidad. Vivo acá (en calles Gualeguaychú y Cura Álvarez) y el ruido es infernal durante las 24 horas.
—¿Has rescatado algunos objetos familiares que tengan que ver con la tradición?
—De mi familia no, aunque en mi casa pueden estar las boleadoras de mi viejo, que son un elemento de todos los grupos pámpidos, que nos convertimos en una cultura ecuestre, como los tobas, mocovíes, pilagáes y abipones. También ese rebenque que está colgado y era de él. Los charrúas hacían finos trabajos con cuero de caballo y de vacunos. Tengo piedras y distintos objetos del arte indígena, pero contemporáneos.

La libertad, símbolo charrúa

La llegada de los españoles significó un fuerte impacto para la nación charrúa, al modificar sus hábitos y acervo lógico y espiritual. Se incorporaron a la órbita cultural europea, pero la mayoría la rechazó completamente y resistió con todas sus fuerzas.
—¿Qué características tuvieron las matanzas en Entre Ríos?
—Fuimos uno de los pocos pueblos de América que jamás aceptamos la evangelización y tampoco las encomiendas. Cuando a un encomendero se le llevaban indios charrúas, decía que se los cambie. El proceso de resistencia fue general; las grandes batallas contra los españoles comienzan en 1573, en el sur de Uruguay y fueron casi ininterrumpidas. El territorio era general porque no estaban los límites de los estados nacionales.
—O sea que actualmente están en tres países...
—Somos una nación entre tres estados: Brasil, Argentina y Uruguay.
—¿Cómo definirías a tu pueblo?
—Como una nación que hizo su historia luchando por su libertad, que siempre fue sagrada. Incluso hoy, a nadie se le exige más de lo que puede y quiere dar. La libertad es el símbolo charrúa.

(diario Uno)

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