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La revolución bolchevique no fue una revolución proletaria
Por CICA - Friday, Nov. 09, 2007 at 4:58 PM
cica_org@yahoo.com

Helmut Wagner
Tesis sobre el bolchevismo
http://www.geocities.com/cica_web/consejistas/wagner/bolchevismo/indice.htm

VII. LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE.

43. El bolchevismo llamó a la revolución de Febrero la revolución burguesa, y a la de Octubre la revolución proletaria, para poder hacer pasar su régimen posterior como dominación de la clase proletaria y su política económica como socialismo. La absurdidez de esta división de la revolución de 1917 se hace clara a partir de la sola consideración de que, en ese caso, un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear los presupuestos económicos y sociales de la revolución proletaria en un país que había justamente entrado en el proceso de su revolución burguesa, es decir, sería simplemente saltar toda una fase de desarrollo económico y social que requeriría, cuando menos, décadas. En realidad, la revolución de 1917 es un proceso de transformación sucesiva (Umschichtungsprozeß) totalmente unitario y social, que en su curso más exterior comienza con el derrumbe del zarismo y que alcanza su apogeo en la victoriosa insurrección armada de los bolcheviques el 7 de noviembre. Este violento proceso de transformación sucesiva es el de la revolución burguesa de Rusia bajo las peculiares condiciones rusas, creadas históricamente.

44. En este proceso, el partido de la intelectualidad jacobina revolucionaria tomó el poder sobre las dos oleadas sociales del alzamiento de masas, la campesina y la proletaria, y estableció en lugar del triángulo de poder estallado, zarismo-nobleza feudal-burguesía, el nuevo triángulo gobernante, bolchevismo-campesinado-clase obrera. Así como el aparato estatal del zarismo gobernaba sobre las dos clases poseedoras volviéndose independiente, así el nuevo aparato estatal bolchevique comenzó él mismo a volverse independiente de su doble base de clase. Rusia pasó de las condiciones del absolutismo zarista a las del absolutismo bolchevique.

45. La política de los propios bolcheviques alcanza, en el período de la revolución, su nivel más alto en la recuperación y dominación de las fuerzas de clase de la revolución. Llega a la culminación de su táctica revolucionaria en la preparación y ejecución de la insurrección armada. La cuestión del alzamiento violento se convirtió para los bolcheviques en la cuestión de una acción militar exacta, fijada hasta en la fecha y planificada, cuya cabeza --así como fuerza impulsora y decisiva-- es el partido bolchevique con sus formaciones militares. La concepción, preparación y ejecución de la insurrección armada por los bolcheviques lleva el cuño evidente de la política de la conspiración jacobina (por otro lado, en la Revolución rusa la única posible), es decir, de la insurrección bajo las peculiares condiciones de la ejecución de la revolución burguesa contra la burguesía.

46. El carácter interno de la revolución bolchevique como una revolución burguesa se revela en las mismas consignas económicas de esta revolución. Para las masas campesinas, los bolcheviques representaban, de la manera más radical, la reivindicación de la expropiación violenta de los bienes y tierras de los terratenientes mediante la acción espontánea del pequeño campesinado deseoso de tierras. Ellos expresaron perfectamente en su práctica y consignas agrarias (Paz y Tierra) los intereses de los campesinos sobre la protección de la pequeña propiedad privada -los cuales luchan, por lo tanto, en una línea capitalista- y fueron así, en la cuestión agraria, los campeones implacables de los intereses del pequeño capitalista, y no, por lo tanto, de los intereses proletarios-socialistas contra la gran propiedad feudal y capitalista.

47. Las reivindicaciones económicas de la revolución bolchevique no estaban llenas, ni en lo que respecta a los obreros, de un contenido socialista. Lenin rechazó en varias ocasiones, con especial agudeza, la acusación menchevique de que el bolchevismo representaba una política utópica de socialización de la producción en un país que aún no estaba maduro para ello. Los bolcheviques aclararon que, en la revolución, no se trataba en absoluto de una cuestión de socialización de la producción, sino de control de la producción por los trabajadores. La consigna del control de la producción sirvió al intento de mantener el capitalismo como fuerza de la organización técnica y económica de la producción, pero privándolo de su carácter de explotación. El carácter burgués de la revolución bolchevique y de la autorrestricción bolchevique de este carácter económico burgués -en contraposición a la confirmación bolchevique de los resultados del derrocamiento de 1917-, no podría mostrarse más claramente que en esta consigna del control de la producción.

48. La fuerza elemental del avance de los obreros, por un lado, y el sabotaje de los patronos destronados por el otro, impulsaron, mientras tanto, más allá la política industrial del bolchevismo, hasta la apropiación de las empresas industriales por la nueva burocracia estatal. Lenin describió la economía estatal, al principio estrangulada durante todo el periodo del comunismo de guerra por la sobreorganización (Glavkismo), como capitalismo de Estado. La denominación de la economía estatal bolchevique como socialista es el producto de la era estalinista.

49. El propio Lenin no tenía, con todo, otra concepción fundamental de la socialización de la producción que la de una economía estatal dirigida burocráticamente. Para él, la economía de guerra alemana y el servicio postal eran modelos de organización socialista de la producción, es decir, organización económica directamente burocrática y centralista, dirigida de arriba a abajo. Él vio solamente el lado técnico, no el lado proletario y social, del problema de la socialización. Lenin se apoyó igualmente, y con él el bolchevismo en general, en los conceptos de la socialización propuestos por el centrista Hilferding, que en su «Capital financiero» había esbozado un cuadro idealizado de un capitalismo completamente organizado. El problema real de la socialización de la producción, es decir, de apropiarse de las empresas y de la organización de la economía a través de la clase obrera y de sus órganos de clase, los Consejos económicos, el bolchevismo lo pasó totalmente por alto. Y tenía que ser pasado por alto, porque la idea marxista de la asociación de productores libres e iguales es directamente opuesta, en esencia, al dominio de una organización jacobina, y porque Rusia no posee las condiciones sociales y económicas necesarias para el socialismo. El concepto de la socialización de los bolcheviques no es, por consiguiente, nada más que una economía capitalista apropiada por el Estado y dirigida, desde fuera y desde arriba, por su burocracia. El socialismo bolchevique es capitalismo organizado por el Estado.

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bue
Por aa - Friday, Nov. 09, 2007 at 7:55 PM

bue, ya esta, lo escuche todo

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JA!
Por Cuanto ha pasado?! - Friday, Nov. 09, 2007 at 9:36 PM

Y todavia los hijos de los mencheviques y de toda la Internaciona Amarilla tienen esa "piedra" en el "zapato".... Cómo era? AH! Si.

"Rusia no posee las condiciones sociales y económicas necesarias para el socialismo"

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Extractos de "Leon Trotsky", por Paul Mattick
Por CICA - Saturday, Nov. 10, 2007 at 10:15 AM

Louis Ferdinand Céline ha dicho que las revoluciones deben juzgarse veinte años después. Y haciendo esto, encontró sólo palabras de condena para el bolchevismo. A nosotros, sin embargo, nos parece que una reevaluación del bolchevismo en la actualidad podría bien hacerse sin ninguna clase de moralización. En retrospectiva, es bastante fácil ver en el bolchevismo el principio de una nueva fase de desarrollo capitalista, que se inició con la I Guerra Mundial. Sin duda, en 1917, Rusia era el eslabón más débil en la estructura capitalista mundial. Pero el conjunto del capitalismo en su forma de propiedad privada estaba ya al borde del estancamiento. Erigir y expandir un sistema económico factible del tipo del laissez-faire ya no era posible. Sólo la fuerza del centralismo completo, del gobierno dictatorial sobre el conjunto de la sociedad, podía garantizar el establecimiento de un orden social explotador capaz de una expansión de la producción a pesar del declive del capitalismo mundial.

No puede haber duda de que los dirigentes bolcheviques, creando su estructura capitalista de Estado -que se ha convertido, en veinte años, en el ejemplo de la evolución ulterior de todo el mundo capitalista- estaban profundamente convencidos de que su construcción era conforme a las necesidades y deseos de su propio proletariado y del proletariado mundial. Incluso cuando encontraron que no podrían alterar el hecho de que su sociedad continuaba estando basada en la explotación del trabajo, buscaron alterar el significado de este hecho ofreciendo como excusa una teoría que identificaba la dominación de los dirigentes con los intereses de los dirigidos. La fuerza motora del desarrollo social en la sociedad de clases -la lucha de clases- fue teóricamente suprimida; pero, prácticamente, tenía que desarrollarse un régimen autoritario, enmascarado como la dictadura del proletariado. En la creación de este régimen, y en el esfuerzo por camuflarlo, Trotsky ganó la mayoría de sus laureles. Él se durmió en esos laureles hasta el mismísimo último momento. Sólo es necesario fijarse en el eminente papel que Trotsky jugó en los primeros años estrepitosos de la Rusia bolchevique para entender por qué no podía admitir que la revolución blochevique únicamente fue capaz de cambiar la forma del capitalismo, pero no pudo suprimir la forma capitalista de explotación. Era la sombra de ese periodo lo que oscureció su entendimiento.

En el atraso general que prevalecía en la Rusia zarista, la Intelectualidad tenía pocas oportunidades para mejorar su posición. El talento y la capacidades de las clases medias educadas no encontraban ninguna realización en esta sociedad en estancamiento. Más tarde esta situación encontró su paralelo en las condiciones de la clase media en Italia y Alemania después de Versalles y en pos de la siguiente crisis mundial. En los tres países, y en ambas situaciones, la Intelectualidad y amplias capas de las clases medias se politizaron y se convirtieron en contrapeso del declinante sistema económico. En la búsqueda de ideologías útiles como armas, y en la búsqueda de aliados, todas tenían que apelar a la capa proletaria de la sociedad, y a todos los demás elementos descontentos. La dirección del movimiento bolchevique, tanto como la de los movimientos fascistas, no era proletaria, sino de clase media: el resultado de la frustración de los intelectuales bajo las condiciones de estancamiento y atrofia económicos.

En Rusia, antes de 1917, una ideología revolucionaria se desarrolló con la ayuda del socialismo occidental -con el marxismo-. Pero la ideología sirvió sólo al acto de la revolución, nada más. Tuvo que ser alterada continuamente y reencajada para servir a las necesidades en desarrollo de la revolución capitalista de Estado y sus beneficiarios. Finalmente, esta ideología perdió toda conexión con la realidad y sirvió como religión, un arma para mantener a la nueva clase dominante.

Con esta ideología, la Intelectualidad rusa, apoyada por los obreros ávidos, pudo tomar el poder y sostenerlo debido a la desintegración de la sociedad zarista, la amplia brecha social entre campesinos y obreros, la conciencia proletaria subdesarrollada y la debilidad general del capitalismo internacional después de la guerra.

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Nada màs?!
Por Ja! Nada menos que un diletante - Saturday, Nov. 10, 2007 at 11:23 AM

Un juicio de valor pequeño-burgues? Si:

"Pero la ideología sirvió sólo al acto de la revolución, nada más"

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puré
Por cica - Saturday, Nov. 10, 2007 at 4:38 PM

¿Quiénes somos el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques?

El Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques (CICA) somos un agrupamiento virtual de militantes revolucionarios de diversos países y con diversas influencias, con el propósito de estimular recíprocamente nuestro desarrollo en común y de difundir y actualizar el pensamiento revolucionario de la clase obrera.

El CICA se ha creado en Abril del 2005 y está en proceso de desarrollo a partir de unos pocos militantes revolucionari@s.

Su página web http://www.geocities.com/cica_web, que aún está empezando, pretende constituirse en un medio para expandir internacionalmente las ideas del comunismo antibolchevique, concentrando además los esfuerzos -hasta ahora aislados- para su actualización como teoría y como práctica. Se orienta -por el momento- de forma preeminente a los países latinoamericanos de habla hispana, donde en los últimos años se están dando importantes luchas ascendentes del proletariado y situaciones revolucionarias que exigen, para acelerar su maduración, de la atención y la colaboración de l@s comunistas revolucionari@s de todos los países. Ya está también construyéndose una sección lusófona, y más adelante intentaremos crear otras según las posibilidades y las necesidades.

Quienes colaboran en la difusión del presente documento no son necesariamente miembros del CICA. Llamamos a tod@s l@s militantes y grupos revolucionari@s antibolcheviques a propagar este texto por los medios que quieran. Los miembros del CICA no pretendemos con él más que dar forma a una necesidad de la clase obrera mundial, así como contribuir a clarificar teórica y prácticamente a aquell@s trabajadores/as que se orientan ya a una ruptura consciente con el reformismo y el bolchevismo.

Por el comunismo, por la anarquía.

Ver manifiesto del CICA - Bajarlo en formato Word



Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques

cica_web@yahoo.com

somos un agrupamiento virtual

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puré
Por cica - Saturday, Nov. 10, 2007 at 4:39 PM

¿Quiénes somos el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques?
El Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques (CICA) somos un agrupamiento virtual de militantes revolucionarios de diversos países y con diversas influencias, con el propósito de estimular recíprocamente nuestro desarrollo en común y de difundir y actualizar el pensamiento revolucionario de la clase obrera.

El CICA se ha creado en Abril del 2005 y está en proceso de desarrollo a partir de unos pocos militantes revolucionari@s.

Su página web http://www.geocities.com/cica_web, que aún está empezando, pretende constituirse en un medio para expandir internacionalmente las ideas del comunismo antibolchevique, concentrando además los esfuerzos -hasta ahora aislados- para su actualización como teoría y como práctica. Se orienta -por el momento- de forma preeminente a los países latinoamericanos de habla hispana, donde en los últimos años se están dando importantes luchas ascendentes del proletariado y situaciones revolucionarias que exigen, para acelerar su maduración, de la atención y la colaboración de l@s comunistas revolucionari@s de todos los países. Ya está también construyéndose una sección lusófona, y más adelante intentaremos crear otras según las posibilidades y las necesidades.

Quienes colaboran en la difusión del presente documento no son necesariamente miembros del CICA. Llamamos a tod@s l@s militantes y grupos revolucionari@s antibolcheviques a propagar este texto por los medios que quieran. Los miembros del CICA no pretendemos con él más que dar forma a una necesidad de la clase obrera mundial, así como contribuir a clarificar teórica y prácticamente a aquell@s trabajadores/as que se orientan ya a una ruptura consciente con el reformismo y el bolchevismo.

Por el comunismo, por la anarquía.

Ver manifiesto del CICA - Bajarlo en formato Word



Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques

cica_web@yahoo.com

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muchas
Por @ - Saturday, Nov. 10, 2007 at 4:40 PM

muchas arrobas, pocas ideas y ningún militante...

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autonomismo antibolchevique
Por @ - Saturday, Nov. 10, 2007 at 4:42 PM

Líneas de orientación del
Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques
El Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques es un agrupamiento virtual de militantes revolucionarios de diversos países y con diversas influencias, con el propósito de estimular recíprocamente su desarrollo en común y de difundir y actualizar el pensamiento revolucionario de la clase obrera. Pueden unirse al Círculo y participar como miembros plenos tod@s aquell@s que concuerden en lo general con las siguientes líneas de orientación teórico-prácticas, al margen de su interpretación y desarrollo en términos más concretos:

1. El comunismo no es una filosofía o un programa político al que amoldar el pensamiento y la acción de la clase obrera. Es la acción de la clase obrera misma en cuanto ésta se rebela contra la relación del capital y se convierte, ella misma, en su negación activa y consciente: su negación como relación social que consiste en la subordinación del trabajo vivo al trabajo acumulado -y con ello, por extensión, negación de toda forma de explotación, dominio y alienación humana-. Es en el curso de esta acción antagonista que la clase misma, por su propio esfuerzo y haciendo frente a las embestidas y a la resistencia que ofrece el capitalismo a su transformación, va desarrollando la conciencia concreta necesaria para la superación positiva del capitalismo, que sólo puede llegar a ser masiva mediante -y en el curso de- una revolución.
El comunismo no es otra cosa que la cooperación consciente y autoorganizada de l@s proletari@s contra la alienación de su autoactividad como seres humanos totales; es poner el desarrollo libre de los individuos, con todas sus capacidades y necesidades, como condición del desarrollo de una sociedad sin explotación ni dominación. En resumen, el comunismo es el movimiento real que anula y supera de modo efectivo el estado presente de la existencia humana, movimiento que cobra vida con la tendencia de l@s proletari@s a actuar de modo autónomo y como clase, o sea, a emprender su praxis revolucionaria propia y autodeterminada. El desarrollo del comunismo consiste esencialmente en el desarrollo de la autonomía proletaria más allá de los límites impuestos por el capitalismo.

2. Defendemos el desarrollo de la autonomía de l@s proletari@s en su lucha, en su vida y en su espíritu, contra el viejo movimiento obrero y la teoría-práctica reformista que lo atan al capitalismo, a su existencia alienada como clase dominada, y cuyas formas de lucha, de organización y pensamiento, son sólo válidas para reformar el capitalismo pero no para suprimirlo revolucionariamente.
La actual decadencia del capitalismo significa también la inviabilidad creciente del reformismo, que pierde su carácter históricamente progresivo. Aunque la lucha por reformas siga siendo necesaria para la supervivencia del proletariado y contribuya a construir su unidad de clase, no es ella la que puede hacer madurar al proletariado en un sentido revolucionario. Lo que hace madurar al proletariado en este sentido es el enfrentamiento cada vez más violento y total con el capital, es decir, el desarrollo de la dominación y represión capitalistas a que su lucha contribuye decisivamente y a las cuales se tiene que enfrentar una y otra vez, forzado por el declive del propio capitalismo y la consiguiente intensificación creciente del antagonismo de clases. Es en este proceso, históricamente determinado, en el que el proletariado avanza hacia la conciencia de la necesidad de la revolución (la "transformación de la cantidad en calidad"), al comprobar por sí mismo la degradación persistente de sus condiciones de existencia sociales y la inviabilidad de los métodos reformistas para alterar esa situación o para impulsar un desarrollo en sentido revolucionario. De lo que requiere, entonces, es del desarrollo de nuevas y superiores formas de autoactividad de clase (o sea, el desarrollo de la "calidad" revolucionaria), formas que constituirán las bases futuras de la dictadura del proletariado, de la dictadura del conjunto de l@s proletari@s sobre los remanentes del capitalismo.
La función de l@s comunistas conscientes es ayudar al conjunto de la clase en su autoclarificación acerca de los obstáculos a su desarrollo revolucionario y acerca del modo de superarlos prácticamente.

3. Estamos por el internacionalismo revolucionario consecuente, orientado a la confluencia y unificación orgánica de las múltiples luchas y sectores del proletariado internacional, para formar un sólo movimiento que combine la libre unión y la máxima autonomía de las partes con la necesaria centralización y visión unitaria. De este modo, el proletariado se constituye en clase histórico-mundial y establece los fundamentos de una verdadera comunidad humana mundial. Una condición imprescindible del verdadero internacionalismo es, pues, la lucha en todos los países por la liberación del proletariado de todas las formas de explotación y opresión nacionales y, en general, de la dominación "nacional" de sus burguesías. Pues la existencia misma de la nación burguesa es la negación de la libertad del proletariado en su vida nacional y, es más, si el proletariado de un país colabora en la opresión de sus hermanos de clase de otro país significa que está fuertemente esclavizado por su burguesía.
Al mismo tiempo que el proletariado se desarrolla y eleva como clase revolucionaria en cada país, se separa de la nación burguesa y se constituye él mismo en nación. De este modo, para el proletariado coinciden su liberación como clase y su liberación como comunidad nacional, al tiempo que ambas confluyen de modo natural y necesario hacia la construcción de una verdadera comunidad internacional del género humano, cuya base material será una economía comunista mundial. Al liberarse nacionalmente, el proletariado destruye no sólo la sociedad burguesa, sino también la nación burguesa, y crea con ello una nueva forma de comunidad nacional que supera todas las estrecheces y limitaciones (burguesas) de la precedente.

4. Nos esforzamos por la autoliberación radical e integral de l@s proletari@s, tanto individual como colectiva.
El proceso revolucionario del comunismo requiere no sólo de una coherencia entre los principios, los medios y los fines de la autoactividad proletaria, requiere también de la unidad de las múltiples dimensiones de esa autoactividad: unidad de la liberación material y la liberación espiritual, unidad de la lucha económica y la política, unidad de las luchas laborales con todas las luchas sociales, de la lucha de clase y la lucha de género, de la unidad del desarrollo nacional y el internacional, etc.
La integración de todos estos aspectos en un sólo proceso de lucha con múltiples frentes, exige no sólo la superación de todas las estrecheces y unilateralidades anteriores del movimiento comunista, esforzándonos por su desarrollo teórico-práctico en un sentido verdaderamente integral; exige también la superación de la división entre programa mínimo y máximo, lucha por reformas y lucha revolucionaria, propaganda inmediata y propaganda revolucionaria, etc.. Esta unidad no puede realizarse interponiendo mecánicamente objetivos transitorios entre las reivindicaciones inmediatas y las medidas revolucionarias (al modo trotskista), sino reconociendo en el desarrollo de la autoactividad consciente y organizada del proletariado la condición dinámica de esa unidad y estableciendo, sobre esta base, una continuidad dialéctica entre objetivos mínimos, transitorios y máximos. Esta continuidad programática, que encuentra su base objetiva en el ascenso revolucionario de la lucha de clases, desde las luchas inmediatas hasta la revolución abierta, tiene como principios generales que los objetivos programáticos sirvan al avance sin retroceso hacia el comunismo, a la unidad de la lucha económica y la política (impulsando el desarrollo de formas de poder proletario) y al desarrollo en general de la autoactividad integral del proletariado, especialmente al desarrollo y clarificación de su conciencia de clase.
Asimismo, la puesta en práctica de este programa sólo puede hacerse teniendo siempre en cuenta las condiciones y las tendencias, históricas y concretas, subjetivas y objetivas, que existen en cada lucha o situación. Sobre estos mismos principios y orientación histórico-materialista han de elaborarse la estrategia y la táctica de l@s comunistas.

5. Defendemos la centralidad del proletariado como clase revolucionaria, determinada socialmente como la fuerza de trabajo desposeída de medios de producción y que sólo puede vivir trabajando para el capital. Sin por ello suprimir las diferencias entre los distintos sectores de esta fuerza de trabajo, ni la importancia de estas diferencias de cara al desarrollo del proletariado como clase revolucionaria, nosotros entendemos al proletariado como unidad de esa multiplicidad, que incluye a ocupados, desocupados y estudiantes condenados a la proletarización, y que se extiende en diversas capas semiproletarias a medida que el capitalismo subsume cada vez más todas las formas de producción y trabajo precapitalistas (especialmente hay que mencionar el trabajo doméstico de las mujeres, que en las familias obreras contribuye directamente a incrementar el tiempo de trabajo excedente que puede suministrar el trabajador al liberarle de las tareas domésticas y reproductivas).
Entendida concretamente, la centralidad del proletariado como clase revolucionaria significa además que la emancipación de l@s proletari@s depende solamente de sus propios esfuerzos. No pueden dejar sus propios asuntos en manos de una minoría ilustrada, ni tampoco prescindir del desarrollo de su capacidad intelectual y pensamiento, sin los cuales no pueden actuar realmente de modo autónomo, sino todo lo más formalmente (como ocurre con las viejas organizaciones obreras). Todas las formas de sustitucionismo, sean tipo político o intelectual (el vanguardismo vulgar, el elitismo, la jeraquización y el autoritarismo en todas sus formas), son contrarias a la autoliberación de l@s proletari@s y reproducen una división del trabajo que es el embrión y el esquema fundamental de las relaciones sociales en la sociedad de clases. Por eso, las asambleas autoorganizadas, el funcionamiento de abajo a arriba, la delegación bajo mandato imperativo, la participación más amplia posible de tod@s, son los rasgos fundamentales de la organización autónoma del proletariado, y deben ser siempre los predominantes frente a las asambleas convocadas desde arriba, a las decisiones desde arriba, a la delegación irrestricta y a la concentración de la actividad en una minoría: lo que la lucha de clases establece en ciertos momentos como un imperativo no puede tomarse como una virtud, ni erigirse en principio de la actividad proletaria organizada.

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°
Por cica - Saturday, Nov. 10, 2007 at 7:05 PM

L@s comunistas antibolcheviques nos oponemos a todas las ideologías y programas reformistas y pseudorrevolucionarios.

En primer lugar, no luchamos por restaurar el llamado "Estado del bienestar", ni por reemplazar el capitalismo privado por una forma de capitalismo estatal total, encubierta bajo los nombres de "socialismo" y "economía planificada con el control de los trabajadores".

En segundo lugar, l@s comunistas antibolcheviques tenemos en común, como un punto de partida fundamental, el rechazo frontal y completo del bolchevismo, con toda su conocida fraseología y concepciones políticas, considerándolo una ideología pseudorrevolucionaria y semiburguesa.

La Revolución rusa de 1917 fue, por su contenido social, una revolución burguesa y no una revolución proletaria. El régimen bolchevique destruyó los consejos obreros y la democracia obrera creados por el proletariado ruso, y reprimió al movimiento obrero mediante una dictadura burocrático-policial totalitaria3 para poder imponer su programa de capitalismo de Estado: concentrar todo el capital en manos del Estado, puesto como capitalista general, para acelerar e intensificar en una escala gigantesca la acumulación de plusvalía -o sea, la explotación del proletariado-.

El régimen bolchevique ruso y sus imitadores no significaron, en absoluto, la emancipación del proletariado de esos países, o un avance hacia ella, sino una esclavitud aún más férrea de la clase obrera al capital, ahora en manos del Estado "socialista".

La destrucción a escala internacional de todo impulso o tentativa de desarrollo de la clase obrera como fuerza revolucionaria consciente, en nombre de la defensa de la URSS o del "socialismo", fue el complemento necesario de ese régimen, al que los partidos "comunistas" occidentales sirvieron como instrumento.

La tergiversación brutal de la teoría marxista y la proscripción del anarquismo, que ya se habían desarrollado con la socialdemocracia, alcanzaron su máximo con la extensión del "marxismo-leninismo".

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°
Por ° - Saturday, Nov. 10, 2007 at 7:21 PM

La Revolución rusa de 1917 fue, por su contenido social, una revolución burguesa y no una revolución proletaria

La Revolución rusa de 1917 fue, por su contenido social, una revolución burguesa y no una revolución proletaria

La Revolución rusa de 1917 fue, por su contenido social, una revolución burguesa y no una revolución proletaria

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°
Por ryr - Saturday, Nov. 10, 2007 at 8:00 PM

El mejor libro de historia jamás escrito
Por Eduardo Sartelli - Saturday, Nov. 10, 2007 at 3:29 PM


Trotsky, la Historia de la Revolución Rusa y la revolución argentina

Hace noventa años, en el país más atrasado de Europa, en el baluarte de la reacción política, se producía el paso más audaz, el más inesperado: la destrucción del estado feudal-burgués y la construcción de una sociedad socialista. A los ojos de los grandes jefes de la Segunda Internacional, los constructores de la Rusia soviética eran poco más que un puñado de bárbaros voluntariosos de los que poco podía esperarse. Incluso después de consumada la mayor de las hazañas, esa apreciación no sólo no cambió sino que alcanzó su formulación definitiva en la mezcla de temor y desprecio que caracterizó a personajes como Kautsky o Plejanov. Quienes nos ubicamos del mismo lado que esos “arribistas” de la gran política mundial, por el contrario, profesamos la más sincera de las admiraciones, en particular por el notable dúo dirigente conformado por Lenin y Trotsky. Debo decir que, personalmente, el núcleo de mis sentimientos no se encuentra ni en el reconocimiento a la indudable vocación revolucionaria bolchevique (la “actualidad” de la revolución, diría Lukacs), ni en el coraje a prueba de desafíos históricos de esos hombres y mujeres únicos. No. Se trata de otra cosa. Revolucionarios consecuentes los ha habido de a millones, afortunadamente. No menos millonaria es la cifra de los valientes, obviamente, en la izquierda tanto como en la derecha. Lo que caracteriza a los bolcheviques es la eficiencia revolucionaria, una cualidad rara, sólo compartida por Mao y, probablemente, los vietnamitas y Fidel Castro. De hecho, la “vía rusa” y la “china” han sido, hasta ahora, las únicas estrategias exitosas para la toma del poder. Ese es el corazón del problema que todo revolucionario tiene por delante: ¿cómo es posible la victoria?
Obviamente, la tradición marxista tiene muchos otros nombres y muchas otras experiencias reivindicables y ningún militante serio debiera predicar el abandono de todas las tradiciones pasadas en nombre de una supuesta “renovación”. En la historia nunca hay “borrón y cuenta nueva”. En el mejor de los casos, se da vuelta la página, pero el gran libro de la experiencia humana, para bien o para mal, continúa organizando la vida en general. Se aprende de las experiencias fracasadas también. Es más, la derrota suele ser muy pedagógica. No habría habido Octubre sin la Comuna de París y sin 1905. Pero las experiencias exitosas permiten ver el camino hasta el final. Las revoluciones rusa y china nos muestran, entonces, el resultado de un trabajo bien hecho, al menos en relación a la construcción del poder revolucionario.
También es cierto que la victoria no puede adjudicarse exclusivamente a la estrategia. En más de un sentido, Lenin, Trotsky y Mao han representado el papel de las personas correctas, en el lugar adecuado y en el momento justo. Probablemente existiera más de un Lenin, más de un Trotsky, más de un Mao, que simplemente llegaron demasiado temprano (¿Babeuf?) o estaban en el lugar equivocado (¿Gramsci?). La revolución depende de muchos factores, uno sólo de los cuales es la estrategia. Sin embargo, en determinado momento del proceso histórico, cuando los demás elementos ya están presentes, la estrategia adecuada y sus creadores deben ocupar, más bien pronto que tarde, el centro de la escena. Es el remate de la receta el que asegura su sabor definitivo. Y si Mao descubrió la receta para la toma del poder en un país con las características de China, Lenin y Trotsky inventaron la correspondiente a uno como Rusia a comienzos del siglo XX. Quienes pretenden, a comienzos del nuevo siglo, repetir aquellas hazañas, deben reconocer la naturaleza específica del momento y el lugar y recuperar, del conjunto de conocimientos acumulados, la experiencia más cercana a nuestro presente argentino. De ahí la primacía necesaria de Octubre sobre la Larga Marcha en nuestra no menos necesaria reflexión sobre nuestra estrategia para nuestra revolución. En aquella eficacia pueden encontrarse las bases de ésta.

[…]

¿Por qué la Revolución Rusa hoy en la Argentina?

Teniendo en cuenta las conclusiones del acápite anterior, la pregunta que encabeza éste es completamente pertinente. Si la historia no se repite, si la Argentina no es ni puede ser la Rusia de comienzos del siglo pasado: ¿para qué preguntarse por esa experiencia? La pregunta tiene dos partes. La primera inquiere por la pertinencia de la estrategia bolchevique en la Argentina. La segunda, por la utilidad de pensar un problema tal en momentos en que se supone el capitalismo argentino pasa por uno de sus mejores momentos. Veamos el primer problema en este acápite y el segundo en el que sigue.
¿En qué consiste la estrategia bolchevique? En un país atrasado, en el sentido de una transición incompleta del feudalismo al capitalismo, donde la única clase con capacidad de acción histórica es un proletariado reducido pero poderosamente organizado, con una burguesía débil y una clase feudal en retirada, flotando todas las clases en un mar de campesinos numerosos pero impotentes, en medio del derrumbe del aparato estatal y el traspaso del poder material del Estado a las fuerzas soviéticas compuestas de las vanguardias armadas de las expresiones de las clases subalternas (campesinos-soldados y obreros-soldados), la estrategia bolchevique consiste en la construcción de una alianza de clases con dirección obrera, cuya función es garantizar la insurrección armada que triunfa bajo la forma de conspiración de la mayoría organizada en el soviet. El instrumento de esa estrategia es el partido de cuadros profesionales cuyo objetivo es, primero, la conquista de la mayoría de la clase obrera y, luego, la dirección de la insurrección y su culminación conspirativa. La estrategia presupone la quiebra del aparato militar de la clase dominante, que abre una situación de doble poder, período en el cual se produce la disputa política (el “explicar pacientemente” de Lenin) mediante la cual el partido revolucionario “encarna” en la clase al mismo tiempo que la clase se “hace partido” en el camino a transformarse en Estado. Todo Octubre, en esta estrategia, presupone un Febrero. En ese período intermedio el partido no sólo debe mostrarse capaz de alcanzar la mayoría en el seno de la clase obrera, demostrando ser el único capaz de asegurar el conjunto de sus intereses mediatos e inmediatos, sino también ser el vehículo de la hegemonía proletaria al encarnar el conjunto de las contradicciones secundarias que vitalizan la actividad del resto de las masas que componen la alianza revolucionaria. En el caso ruso, las demandas de paz, tierra y trabajo se sumaban al problema de las nacionalidades para constituir el núcleo del abanico de problemas a las que el partido debía articular. La fórmula que sintetizaba esa tarea era la “revolución permanente”: el pasaje de las tareas democráticas (burguesas) a las socialistas en un mismo y único proceso hegemonizado por la misma clase, el proletariado. La forma institucional que debía asumir ese proceso era la democracia soviética, el continente de la dictadura (supremacía política y social) del proletariado. Un elemento más debe coronar la estrategia: el triunfo de la revolución en Alemania. La revolución permanente presupone, entonces, la revolución mundial.
Como tal, esta estrategia estuvo a la orden del día en más de una ocasión: en la Comuna de París, en la Rusia de 1905, en la Alemania de la revolución espartaquista, en la Guerra Civil española, por mencionar los casos más conocidos. En todos ellos hubo un Febrero, un momento en que las clases aparecen como Fuerza Social. Las clases sociales nunca aparecen como tales en la lucha política, siempre aparecen como alianzas de fracciones de clase que intervienen en conjunto bajo un programa vago, generalmente de carácter “popular”.1 Ese programa suele ser utilizado por fracciones de la burguesía en sus disputas internas. La forma que asume esta intervención burguesa es más o menos decidida según sea el grado de activación de las grandes masas y el poder de la clase que domine la formación social. Cuando éstas se encuentran en un momento de gran despliegue y cuando la clase dominante es particularmente débil, las fracciones burguesas son temerosas, más aún si estas fracciones no se consideran capaces de controlar el resultado de las movilizaciones populares. En estos casos, la burguesía o sus fracciones más movilizadas suelen manifestarse a favor del proceso de manera pasiva, expresándose en una “licencia”, un permiso a la protesta. Se trata, sobre todo, de una relajación de la disciplina estatal que da la apariencia de una complicidad entre las fuerzas represivas y las masas (como cuando los manifestantes atraviesan las líneas cosacas por debajo de las patas de los caballos ante la pasividad de sus jinetes). Ese programa popular tiene como soporte acciones que se producen por fuera del aparato estatal; esa tendencia a la acción directa, superando las mediaciones institucionales, es la que expresa la contradicción entre lo limitado de las demandas, por una parte, con lo avanzado de las formas de acción. Dicho de otra manera, el programa expresa todavía el dominio burgués, mientras las formas de acción tienden a independizar a sus participantes de las formas de conciencia burguesa. Es en este punto en el que los partidos extremos se expresan en el movimiento como dirección moral. Esta contradicción, sobre la que flotan todas las corrientes políticas intervinientes, se hace visible, valga la paradoja, en la ausencia de dirección técnica. Dicha ausencia (nadie “dirige” las acciones) es la que funda la apariencia de “espontaneidad” del movimiento, que semeja una fuerza poderosa sin cabeza alguna, asentada en un amplio “consenso”, pero que oculta las tensiones de clase subyacentes y la disputa por la dirección. El resultado más probable del triunfo es la entrega del gobierno a los partidos “conciliadores”, partidos que expresan en su composición el carácter inestable de la alianza con su dirección en disputa, que por lo tanto no representan orgánicamente (en el sentido gramsciano) a ninguna de las clases movilizadas. Esta disputa es la que estará en primer plano a partir del triunfo de esa fuerza social.
La clave del proceso que sigue está en el entronque del partido orgánico del proletariado con las masas, el pasaje de fuerza social a partido. Este proceso es más importante que cualquier “unidad” de las fuerzas de “izquierda” que no sea resultado de la lucha por la dirección de las masas. En este punto, por el contrario, la disputa por el programa es el elemento central de la vida política. Si este proceso llega a su fin, el resultado será la emergencia del partido de la revolución. Si tal cosa no sucede, normalmente triunfa alguna combinación contrarrevolucionaria.
¿Sirve una estrategia tal a la Argentina actual? Por empezar, la historia no se repite: la Argentina no es la Rusia de los zares. No hay aquí ninguna masa campesina: la transición del feudalismo al capitalismo se produjo ya hace mucho tiempo y fue completa. La Revolución de Mayo barrió con todas las rémoras existentes, no hay tareas “democráticas” pendientes. Más aún, no sólo no existe campesinado alguno cuya masa venga en auxilio del partido del proletariado, sino que tampoco nos encontramos con una estructura en la cual la pequeña propiedad capitalista (la pequeña burguesía) tenga un peso sustantivo. La revolución permanente, al menos en el sentido de la continuidad de las tareas burguesas y su progresión hacia el socialismo, no tiene en la Argentina un campo de aplicación.
¿Significa que la Argentina actual es un país en el cual el desarrollo de la acumulación de capital la coloca en el corazón de la revolución mundial? ¿El grado de desarrollo de sus fuerzas productivas la ubica en la posición de los que deben ir en auxilio de los más atrasados, ejercitando las bondades del desarrollo desigual invertido? No. La Argentina es un país de desarrollo capitalista pleno, en el sentido en que las relaciones sociales capitalistas alcanzan en su interior la mayor extensión posible. Pero es una porción muy pequeña de la acumulación mundial y, por ende, muy dependiente de la cadena capitalista. Dada las escasas fuerzas productivas locales, no hay posibilidad alguna no ya de una revolución triunfante, sino de que el partido revolucionario se sostenga un par de años en el poder. Eso pone en primer plano el problema de internacionalismo proletario, la creación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Ello nos enfrenta, directamente, con el problema de la revolución brasileña. En este sentido, la revolución permanente, como continuidad de la revolución mundial, adquiere para la Argentina una urgencia inmediata.
Al mismo tiempo, la Argentina actual no vive un proceso de industrialización creciente que tienda a constituir un poderoso y concentrado proletariado fabril. Por el contrario, dada la escasa magnitud de la acumulación de capital en su interior, producto de la insuficiente competitividad de la industria, la masa del proletariado se ve expulsada de las fábricas por el proceso de relocalización mundial de las manufacturas (dependientes de fuerza de trabajo barata) y por el crecimiento de la productividad del capital que continúa operando localmente. Al mismo tiempo, la altísima productividad (y la consecuente capacidad competitiva) de la producción agraria, determinan una baja capacidad de absorción de fuerza de trabajo y una tendencia recurrente a la estrangulación de la acumulación del capital local, dados los límites relativos que la disponibilidad de tierras impone. Estas características gestan profundas tendencias a la descomposición capitalista, que se expresan en la expansión de la masa de población sobrante y del empleo improductivo estatal. De aquí se deduce que la preeminencia política de los agrupamientos políticos fundados sobre estas fracciones del proletariado no resulta anecdótica.
Por otro lado, la burguesía argentina es una especie en extinción. Se asienta sobre un Estado poderoso, con un aparato represivo de gran poder material, pero difícil de sostener sobre la base de fuerzas productivas endebles. Ese poder, no obstante, tiene una utilidad meramente interna, no podría enfrentar una aventura externa. La preeminencia abrumadora de la propiedad extranjera pone en la línea inmediata de confrontación a los Estados Unidos, pero la creciente importancia de la propiedad de capitalismos vecinos (Chile y Brasil), conduce inexorablemente a una internacionalización rápida de la respuesta burguesa. La debilidad moral del aparato represivo local, producto del resultado de la lucha de clases en los ’70 y de la restauración “democrática”, probablemente haga más sencillo el triunfo de una insurrección local, pero acelere la respuesta externa. Las fracciones menores del capital local y, en particular, la pequeña burguesía, sufren un proceso de proletarización y, sobre todo, de pauperización profundas. Incapaces de funcionar como “burguesía nacional”, es decir, de postularse como dirección de la nación oprimida contra el imperialismo, pueden ser arrastradas a la alianza con la vanguardia proletaria, en particular por los vínculos que mantiene con las fracciones más movilizadas del mismo, que tienen su origen parcial en la pequeña burguesía, como los maestros.
En este contexto, la socialización de las fuerzas productivas locales más avanzadas, las asentadas en la propiedad agraria, puede realizarse en forma rápida y eficiente y dar una base firme al Estado revolucionario. La amplia extensión y concentración de las estructuras financieras y de comercialización hacen difícil pensar en la desestructuración económica extrema que llevó en Rusia al comunismo de guerra. El principal problema de la revolución argentina es, antes que nada, externo.
Entonces, ¿de qué sirve la experiencia rusa? La revolución argentina asumirá la forma de insurrección de masas urbanas, que repetirá la secuencia Febrero-Octubre, pero sin masas campesinas y, probablemente, sin resolución del problema militar por la experiencia de la guerra. La revolución argentina deberá, entonces, enfrentar la crisis del sistema político sin el beneficio de soviets armados. Esta situación parecería dar pie a la repetición de la experiencia de la guerrilla urbana setentista. Sin embargo, tal conclusión llevaría necesariamente al más grave de los errores. La experiencia de los ’70 demuestra que la estrategia bolchevique de asegurar la hegemonía política de las vastas masas obreras, por medio de la acción del partido revolucionario, es la única que puede garantizar el éxito. Esa hegemonía debe extenderse a las fracciones de la pequeña burguesía, que puede ser arrastrada hacia posiciones reaccionarias o sumidas en la impotencia y la desorganización, como hizo el zamorismo durante el Argentinazo. Esa alianza, que tiene relaciones orgánicas con el aparato represivo, puede quebrarlo políticamente haciendo pie en la crisis moral que arrastra desde el Cordobazo a esta parte.

1905-2001

La experiencia rusa nos lega la estrategia insurreccional, que coloca en primer lugar el problema de la construcción del partido revolucionario y su hegemonía en el interior del proletariado, que construye alianzas con la pequeña burguesía y privilegia la dimensión internacional de la lucha de clases. El doble poder y los soviets son el marco y el escenario en el cual dichos objetivos se despliegan. Esta sabiduría política no brotó simplemente de la cabeza de Trostky, fue el balance de la experiencia del proletariado ruso, fue el resultado de 1905. La Argentina tuvo su 1905: fue el 19 y 20 de diciembre de 2001. No abrió una situación revolucionaria. Tales momentos sólo aparecen cuando la masa del proletariado y de las clases subalternas se moviliza independientemente de la burguesía, al menos en forma incipiente, y constituye su poder en el soviet. Es decir, cuando se constituye una situación de doble poder. Tal cosa no se produjo en diciembre de 2001. El Argentinazo se parece más a 1905, en el sentido en que abre una etapa histórica nueva. En términos de la historia local es equivalente al Cordobazo. La revolución de 1905, que alcanzó un dramatismo muy superior al del Argentinazo, tuvo, sin embargo, las limitaciones propias del inicio de un proceso revolucionario. Un proceso tal se abre cuando las clases subalternas comienzan a desarrollar formas de acción que superan las mediaciones institucionales, es decir, cuando en su acción se comportan, tendencialmente, con independencia política de la burguesía. No alcanzan, sin embargo, a constituirse como poder alternativo, aunque suelen aparecen en este momento, las formas que ese poder se dará si el proceso se agrava y se desarrolla, más adelante, una situación revolucionaria, es decir, un momento de disputa directa y abierta por el poder.
Un proceso revolucionario puede avanzar, retroceder o incluso cerrarse, pero mientras se mantenga abierto las tareas que impone deben llevarse a cabo, so pena de no encontrarse con los instrumentos adecuados cuando la situación revolucionaria se presente. Esta comprensión de la tarea necesaria es la ventaja definitiva que Lenin obtuvo sobre Trotsky.
¿Pero, tal previsión es necesaria para la Argentina actual? ¿Estamos inmersos en un proceso revolucionario? Efectivamente es así, aunque por razones de espacio me veo obligado a remitir al lector a mi libro La plaza es nuestra.2 No sólo el Argentinazo da por tierra con la etapa contrarrevolucionaria iniciada en los ’70, sino que se inscribe en un proceso mundial que empuja en el mismo sentido y que se expresa, sobre todo en América Latina, en las transformaciones políticas que son de público conocimiento.3 Obviamente, todo depende de la marcha a largo plazo de la economía mundial. Lamento tener que remitir al lector, nuevamente, a otro lado, pero aquí no puedo más que exponer la cuestión de manera suscinta.4
La economía mundial entró en crisis en los años ’70 y desde ese momento todas las tentativas de reconstrucción han encontrado un límite en una tasa de ganancia que se eleva lentamente. Ese proceso desencadena crisis recurrentes cada diez años promedio (1974; 1981; 1989; 2001), más crisis parciales que se conocen como “efectos” (“tequila”, “arroz”; “vodka”). Esta lentitud de la recuperación de la tasa de ganancia mantiene la continuidad de la crisis, que todavía espera su desenlace, así como la crisis que se inicia con la Primera Guerra Mundial tuvo la suya en la Segunda. Esta situación de la economía mundial se manifiesta de manera diferencial, país por país y región por región. En los capitalismos más débiles, como el argentino, las consecuencias no sólo son desastrosas, sino que se hacen más agudas con el tiempo. Está en discusión si la crisis mundial se cerró ya, si va en camino a ello o si, por el contrario, va a desplegarse aún con más violencia. Si esta última perspectiva es la correcta, la crisis en la Argentina probablemente supere lo visto en 2001. El gobierno Kirchner no ha hecho más que repetir el ciclo de expansión propio de cada intervalo entre crisis y crisis. Si la crisis mundial se cierra, la economía argentina se estabilizará de alguna manera y las posibilidades revolucionarias se postergarán por largos años. Pero si el panorama resulta otro, la realidad nos obligará a intervenir. En ese trance, el mejor análisis del proceso revolucionario triunfante de la experiencia histórica más cercana a un país como la Argentina, la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky, se volverá un manual imprescindible. Se evidenciará, por su capacidad para iluminar el futuro, como el mejor libro de historia jamás escrito.

Notas
1En su momento de triunfo, las clases aparecen en la lucha como Estado; el momento transicional lo cubre el partido.
2Ediciones ryr, Buenos Aires, 2006.
3Y que el lector puede seguir en Coggiola, Osvaldo: Rojo Amanecer. La lucha de clases en América Latina Hoy, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2007.
4Véanse los análisis de la crisis mundial presentes en varios números de la revista Razón y Revolución y del periódico El Aromo, y en el último capítulo de La cajita infeliz.

http://www.razonyrevolucion.org

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me parece incorrecto
Por Obrero - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 2:06 AM

La revolución bolchevique fue definitívamente proletaria...

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ah, entonces sí
Por obrero sin O - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 2:40 AM

flor de argumentación!

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da para pensar...
Por pico - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 3:22 AM

Uno estaría tentado de decir que esta cuestión es una asunto de “palabras”…si por revolucion socialista o proletaria (que quizás sean sinónimos, pero hilando fino no se…) se entiende masas insurreccionadas concientemente contra el estado y el orden burgués, o, al menos, parte importante de esas masas, su vanguardia, en pos de instalar otro orden social, el socialismo.
En fin, parece que la historia humana, la de las sociedades segrega cambios “puros” como excepciones, y aun las excepciones dan para pensar…. Los tránsitos de un orden social o modo de producción a otro no parecen haber sido alumbrados por “revoluciones” puras o plenamente o parcialmente concientes, la revolucion burguesa “pura” (y no tanto si se la escarba) es la “francesa”, la socialista la “rusa” y no hay que ser muy inteligente para entender que por algo son la francesa y la rusa.
La cosa es que el pensamiento político y social segrega un programa en el caso del socialismo y sobre ese pensamiento, no completo, quedan cosas claras, como por ejemplo disolver las relaciones de propiedad capitalistas (al menos en lo que hace a los grandes medios de producción), quebrar el estado político correspondiente a esas relaciones e introducir formas de participación, dominio y control popular (es cierto que lo de popular da para ser debatido, porque puede reducirse a lo proletario como expresión de lo popular y a lo de la vanguardia proletaria como expresión de lo proletario y al partido o movimiento político predominante en esa vanguardia como expresión de ella…), establecer mecanismos de distribución social de la renta, etc.
Al menos requerimos que esos mecanismos y finalidad se expresen explícitamente en las fuerzas políticas que actuan en los explotados y se proponen ser su dirección, es decir lo que llamamos un programa. Y aun eso no basta, se trata de la trayectoria y de la accion de esas fuerzas políticas si son coherentes con ese “programa” declamado.
Aun así, creo que si nos atenemos a la teoria asumimos que un partido o movimiento no es mas que uno de los factores que hacen a la revolución, incluso un factor “subjetivo” desde el punto de vista del curso histórico, es decir del devenir de la lucha de clases como expresión dialectica del devenir social. Por eso podemos hablar (y es materia de debate) de revoluciones “reales”, “impuras” o como se quiera llamarlas, como la china, la cubana y otras (de resolucion positiva en tanto a modificar relaciones de propiedad capitalistas, cimiento del capitalismo, aunque no todo lo que lo define o “fracasadas”).
Pero creo, para no cansar, que debatir en el orden teorico vale, ahora hablo de argentina, pero mientras tanto la “lucha de clases” nos pone a prueba en tanto teoría y accion, quien estuvo con Uriburu, con braden, con la libertadora o con la rural, teoria o no, se pone en un campo contrarrevolucionario, y no se de que vale hablar de teoria.
Pero claro, la cosa no termina alli, quienes quieren la revolución socialista y la declaman en sus programas, tambien deben hacerla (dialécticamente) en el dia a dia de las luchas y resistencias de los explotados, en facultades, fabricas, elecciones, trabajo “social”, etc, y aquí tambien hay preguntas para hacerse, como lineas ya “históricas” de sectarismo, de autoproclamaciones, de “programismo” teórico, de explicar porque siendo tan rica y efervescente la “lucha de clases” en los ultimos 30 años y siendo uno “parte” de ella, y siendo esta como agua para el pez, se sigue siendo tan marginal e insignificante en la vida cotidiana, no digamos de las masas, sino de la llamada “vanguardia”….
No lo se, pero creo que la linea divisoria de quien sea revolucionario socialista no pasa tanto por la proclamación programatica sino por la trayectoria, es decir una suerte de adn…

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da para pensar
Por pico - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 3:29 AM

Uno estaría tentado de decir que esta cuestión es una asunto de “palabras”…si por revolucion socialista o proletaria (que quizás sean sinónimos, pero hilando fino no se…) se entiende masas insurreccionadas concientemente contra el estado y el orden burgués, o, al menos, parte importante de esas masas, su vanguardia, en pos de instalar otro orden social, el socialismo.
En fin, parece que la historia humana, la de las sociedades segrega cambios “puros” como excepciones, y aun las excepciones dan para pensar…. Los tránsitos de un orden social o modo de producción a otro no parecen haber sido alumbrados por “revoluciones” puras o plenamente o parcialmente concientes, la revolucion burguesa “pura” (y no tanto si se la escarba) es la “francesa”, la socialista la “rusa” y no hay que ser muy inteligente para entender que por algo son la francesa y la rusa.
La cosa es que el pensamiento político y social segrega un programa en el caso del socialismo y sobre ese pensamiento, no completo, quedan cosas claras, como por ejemplo disolver las relaciones de propiedad capitalistas (al menos en lo que hace a los grandes medios de producción), quebrar el estado político correspondiente a esas relaciones e introducir formas de participación, dominio y control popular (es cierto que lo de popular da para ser debatido, porque puede reducirse a lo proletario como expresión de lo popular y a lo de la vanguardia proletaria como expresión de lo proletario y al partido o movimiento político predominante en esa vanguardia como expresión de ella…), establecer mecanismos de distribución social de la renta, etc.
Al menos requerimos que esos mecanismos y finalidad se expresen explícitamente en las fuerzas políticas que actuan en los explotados y se proponen ser su dirección, es decir lo que llamamos un programa. Y aun eso no basta, se trata de la trayectoria y de la accion de esas fuerzas políticas si son coherentes con ese “programa” declamado.
Aun así, creo que si nos atenemos a la teoria asumimos que un partido o movimiento no es mas que uno de los factores que hacen a la revolución, incluso un factor “subjetivo” desde el punto de vista del curso histórico, es decir del devenir de la lucha de clases como expresión dialectica del devenir social. Por eso podemos hablar (y es materia de debate) de revoluciones “reales”, “impuras” o como se quiera llamarlas, como la china, la cubana y otras (de resolucion positiva en tanto a modificar relaciones de propiedad capitalistas, cimiento del capitalismo, aunque no todo lo que lo define o “fracasadas”).
Pero creo, para no cansar, que debatir en el orden teorico vale, ahora hablo de argentina, pero mientras tanto la “lucha de clases” nos pone a prueba en tanto teoría y accion, quien estuvo con Uriburu, con braden, con la libertadora o con la rural, teoria o no, se pone en un campo contrarrevolucionario, y no se de que vale hablar de teoria.
Pero claro, la cosa no termina alli, quienes quieren la revolución socialista y la declaman en sus programas, tambien deben hacerla (dialécticamente) en el dia a dia de las luchas y resistencias de los explotados, en facultades, fabricas, elecciones, trabajo “social”, etc, y aquí tambien hay preguntas para hacerse, como lineas ya “históricas” de sectarismo, de autoproclamaciones, de “programismo” teórico, de explicar porque siendo tan rica y efervescente la “lucha de clases” en los ultimos 30 años y siendo uno “parte” de ella, y siendo esta como agua para el pez, se sigue siendo tan marginal e insignificante en la vida cotidiana, no digamos de las masas, sino de la llamada “vanguardia”….
No lo se, pero creo que la linea divisoria de quien sea revolucionario socialista no pasa tanto por la proclamación programatica sino por la trayectoria, es decir una suerte de adn…

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si... no... quizas... no sé...
Por pico - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 9:18 AM

y al final, del tema en cuestión no digo un pito.

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Al primero de todos
Por 0 analisis metiste - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 1:39 PM

Un monton de boludeces, apuntadas a no hacer un analisis ni medianamente serio. obviamente, les aconsejo que aflojen con la merluza y bajen a tierra.

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es verdad
Por uno - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 1:48 PM

el primer comentario:

bue
Por aa - Friday, Nov. 09, 2007 at 7:55 PM



bue, ya esta, lo escuche todo

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BIP BIP BIIIP
Por ultrasonda - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 2:24 PM

uno=proletario=(A)nticomunista antibolchevique=consejista de Telerman=Juan Calvo=CICA=CIA

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Troskismo y stalinismo, dos caras de la misma moneda
Por un trabajador - Wednesday, Dec. 01, 2010 at 8:26 PM

http://argentina.indymedia.org/news/2010/12/762850.php

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