Paro,
más bien lock-out
agrario, y sojización
Luis
E. Sabini Fernández
Procuremos
entender la beligerancia, el hastío, que refleja tanta
“pueblada”. En un país en que todo eran rosas hasta hace
apenas unas semanas, en donde los sojeros venían con ganancias
inigualadas en el tiempo, donde el gobierno acumulaba calladamente
reservas y más reservas con los excesos bursátiles de
la soja, superando, según algunas fuentes, las mismísimas
reservas que la Argentina había acumulado con la segunda
guerra mundial –y que le permitió a Perón un
distribucionismo inédito–.
Hace
apenas algunas semanas, pocos meses, había inversores que se
reían de las retenciones a la soja del 28 % porque incluso con
ellas nunca habían tenido tantos ingresos netos. Decían
que había que protestar públicamente, claro, por
aquello de que había que parecer esquilmado, pero que en
realidad les estaba yendo óptimamente (reunión de
inversores en la Fundación Rojas, auspiciado por el equipo de
inversión GPS para encarar los mal llamados biocombustibles
que me permití calificar en mi crónica como
necrocombustibles).
De
repente, entonces, la tormenta apareció en cielo sereno.
¿Por
qué?
El
estilo de gobierno K evidentemente no ha ayudado. Ir aumentando las
mal llamadas retenciones, que son impuestos a la exportación,
a medida que se mejoran los precios bursátiles es ligeramente
oportunista e impide a cualquier imponible de tales impuestos
planificar el destino de sus ganancias, algo que suele ser muy
irritante tanto para quienes nadan en lujo como para quienes quieren
pelechar.
El
establecer tales impuestos permanentemente por decreto sin ningún
tipo de socialización previa, sin ningún trámite
parlamentario ni discusión política es propio de un
estilo monárquico o imperial. Por lo menos verticalista.
Y
establecer las tan odiadas exacciones indiscriminadamente, a grandes,
medianos y pequeños sin aplicar criterios de progresividad
impositiva, por ejemplo, como ya se le ha reconvenido al gobierno
reiteradamente, es una desprolijidad, una torpeza o el mal síntoma
de un estilo de gobierno. Sea lo que fuere, lo han recibido con los
brazos abiertos los titulares de todas las organizaciones de
latifundistas, estancieros y grandes terratenientes ahora llamados,
todos ellos, “productores rurales”. Les ha facilitado “la
unidad”.
Y
son precisamente los grandes aprovechadores del boom
sojero
quienes desencadenan la protesta. Con algunos rasgos que merecen
destacarse. Más allá de lo pintoresco que haya
resultado ver a damas de Recoleta y a chicas bian
de
colegios privados enarbolando cacerolas por urbanas calles céntricas.
Esas
imágenes nos orientan, sí, en algo significativo: que
la Argentina blanca, rica, demócrata (partidaria, al decir del
desaparecido Roberto Carri, del gobierno de los demócratas) y
genocida, la de siempre, se ha indignado.
Pero
esa derecha, la clásica, de abolengo, tiene una cualidad
extraordinaria que dentro de lo que se llama genéricamente
izquierda se suele repudiar y con razón, como oportunismo: su
extraordinaria plasticidad.
Es
como con el tango. Era orillero y negro, pero en un momento lo empezó
a bailar la crema porteña. Y lo asumió como propio.
Así,
por ejemplo, estos cortes de ruta se hacen –¡y nosotros ni
lo sabíamos!– mediante un riguroso sistema soviético,
el mismo que el leninismo primero y el estalinismo después,
ahogaron en la Rusia mal llamada “cuna del socialismo”. Los
voceros de las cuatro organizaciones gremiales o corporativas rurales
se remiten permanentemente, a veces en cada frase, a “las bases”.
Ellos son apenas voceros de lo que quieren “las bases”, no se
remiten siquiera a sus pares o a otros dirigentes; a las bases. Y la
mirada se dirige a la peonada que aparece en la ruta, o a los
jóvenes, probablemente rentistas, que palo en mano, van
administrando el bloqueo.
Los
mismos señores que cuando hablan de la fundación del
país siempre se
remiten al Ejército y que si algo los caracterizó fue
la relación amo–siervo,
el orden de los fuertes, de los ricos, del dinero, del poder
discrecional, ahora se han vuelto basistas. Se han mimetizado con el
peronismo de base o con la juventud antiautoritaria de los países
centrales que se rebelaban en Berkeley, en Belgrado, en París,
en Berlín, allá por 1968. O tal vez se han identificado
con el ideario anarquista.
¡Qué
maravillosa plasticidad!
En
la década de los noventa, cuando población desesperada
por la desocupación y la marginación producen los
primeros piquetes, bloqueando rutas, en General Mosconi, en Plaza
Huincul, y tantos otros lugares, los “productores” que hoy cortan
las rutas, quienes los aplauden y los poderes mediáticos
afines sólo recibían voces de condena y escarnio. En
varias oportunidades la represión se hizo sentir hasta llegar
al asesinato de piqueteros.
Aquellos
luchadores habían reelaborado el viejo piquete de los
trabajadores organizados en sindicatos que era
el arma, la herramienta, en las huelgas para aislar a la patronal.
Sin trabajo y sin sindicato, la retomaban ahora para que se los
visibilizara. La derecha se molestó, los condenó por
interferir con el sueño de los satisfechos. Pero ahora vamos
viendo que pasado el tiempo, han ido instrumentando para sí,
el piquete, como el basismo y otrora el tango, cada vez más y
mejor.
No
es tan difìcil de entender tanta plasticidad táctica y
metodológica de quienes son los satisfechos del mundo en que
vivimos. Porque el mundo en que vivimos es invivible para una
abrumadora mayoría: para
los miembros de pueblos originarios (también llamado “cuarto
mundo”), para los campesinos pobres, permanentemente esquilmados
por la expansión sojera, para las poblaciones rurales y
semiurbanas sometidas a un genocidio callado y cotidiano con los
agrotóxicos, llamados tan pudorosamente por los laboratorios
que los producen “fitosanitarios”.
Porque
la soja y sus dividendos tienen un costo, aunque no lo paguen sus
beneficiarios (¿no lo pagarán también ellos?; el
aire es un socializador pertinaz) que es la contaminación
ambiental que asesina peces, ranas, insectos, orugas, arañas,
“yuyos”, pero también perros, humanos… Los médicos
de las zonas rurales insisten con la enorme sobrerrepresentación
de malformaciones congénitas, cánceres, anemias, en la
población argentina actual.
Ante
semejante estado del mundo, cualquier principismo de los dueños
del poder sería suicida. L. Kolakovski lo dice claramente: la
izquierda necesita la utopía, la derecha que no puede defender
lo que existe abiertamente, necesita el engaño. Por eso se
adapta con tanta plasticidad a novedades metodológicas,
instrumentales, tácticas. Nada en la política le es
ajeno.
El
estado bobo, el que reformularon como tal primero la dictadura
militar (bobo pero armado hasta los dientes) y luego el menemato
(bobo a secas, aunque sexy,
dedicado a “relaciones carnales” y en todo caso matando a la
callada, mediante suicidios y accidentes), ese estado bobo, que los K
jamás impugnaron, no tiene herramientas ni para analizar la
contaminación generalizada ni para encarar cuadros
epidemiológicos, para defender la vida en suma.
Por
eso le cuesta tanto al gobierno este efecto
rebote
de la política económica que acríticamente
asumieran como propia; la sojización, precisamente. Cosecha
así algo
de su propia medicina. El ejemplo más prístino es la
política de bloqueos de ruta que el gobierno ha tolerado y en
rigor alentado en el caso de la Asamblea Ciudadana Ambiental de
Gualeguaychú, sencillamente porque el perjuicio caía
fuera de fronteras. El
señor energúemno Alfredo de Angelis es una perfecta
ilustración de la síntesis a que han llegado los dueños
del capital, invocando la ecología en algunos casos y la guita
lisa y llana en otros, siempre piqueteando.
Ahora
el gobierno no tolera, y con razón, ni dos semanas lo que el
mismo gobierno le viene suministrando vía bases bloqueadoras,
al estado fronterizo uruguayo durante año y medio (aunque
justo sea reconocer que lo que se prolonga en el tiempo es a la vez
mucho menor en el espacio).
Es
auspicioso sin duda, que un ex-periodista personero del agribusiness,
como fue al menos el actual ministro de Economía, Martín
Lousteau, enfrente la sojización. Parece ser un caso que va
contra la corriente. Lo más habitual es ver a políticos
hipercríticos acomodándose a los mandatos de las
transnacionales una vez puestos en el gobierno, como vemos en la
vecina orilla con fray Tabaré Vázquez o el premiado por
el Financial
Times
como mejor ministro de Economía del mundo entero, el contador
Danilo Astori. En Argentina, Menem dista de ser único; el
mismísimo gobierno K ha hecho concesiones en ese sentido.
Lousteau parece, empero, estar pasando de un periodismo al servicio
de las corporaciones a un cargo ministerial que procura frenarlas.
Concedamos
al menos que más vale tarde que nunca. Pero, claro, ahora sí
que va a costar. Hay que desandar mucho camino. Hay que afectar mucho
interés creado. Hay que pisar tantos callos. La locomotora de
la soja ha tomado muchísima velocidad.
Y
hay
que desendulzar el gusto. Que hasta en ese aspecto “trabajan” los
grandes consorcios para hacernos cada vez más dependientes,
niños “de pecho”.
Porque
una sociedad en serio no se hace por la vía más cómoda;
envenenando a diestra y siniestra, exportando a lo bobeta, embolsando
guita a baldes.
Y
para cambiar una sociedad que se ha ido forjando al
ritmo de las transnacionales que están desmantelando todo el
planeta, con los consorcios alimentarios o mediáticos que nos
están reconfigurando, a nosotros los humanos, para que seamos
mejores máquinas de consumir y que los dueños del poder
tengan todavía más poder y riqueza, hay que dar una
pelea enorme, omniabarcativa, cultural, que nos cuestione a nosotros
mismos, y el mar de pautas insustentables, biocidas y suicidas que
nos introyectan cada día.