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Las esvásticas del Museo
Por Daniel Badenes / La Pulseada - Wednesday, May. 28, 2008 at 1:45 AM

Mitos y verdades sobre la presencia de nazis en la institución platense

Mientras trabajaba en la identificación de restos humanos para que sean restituidos a sus pueblos originarios, un grupo de estudiantes se llevó una sorpresa: algunos de ellos estaban guardados en receptáculos con la inscripción que identificó a los seguidores de Hitler. Nombrados entrepasillos como “los cajones nazis” aunque su origen es otro, evocan la ocultada filiación de figuras que estuvieron en el Museo antes y después de 1933.

NÚMERO 58 - ABRIL 2008

“Hice abundante cosecha de esqueletos y cráneos en los cementerios de los indígenas sometidos que vivían en las inmediaciones de Azul y de Olavaria, y en Blanca Grande. Aunque creo que no podré completar el número de cráneos que yo deseaba, estoy seguro de que mañana tendré 70. Hoy remito por la diligencia 17 en un cajón, los que harás recoger lo más pronto posible, pues el agente de ella no sabe qué clase de mercancías envío. En otra ocasión, hubiera podido satisfacer mi deseo, pero hoy con los barullos de los indios, es imposible” (F. P. Moreno)

Las palabras de Francisco Moreno, a quien los historiadores nombran como perito por su intervención en la discusión de límites con Chile, recuerdan el infame origen de buena parte de las 10.000 “piezas” humanas que hoy conserva el Museo de La Plata. Inaugurado en 1885, recibió cadáveres y pertenencias de las víctimas del avance militar sobre el sur y el Chaco. Muchos restos fueron saqueados de cementerios. Existieron casos de indígenas asesinados por los propios “científicos” del Museo. Y hasta hubo un grupo, encabezado por el cacique Inacayal, que vivió cautivo en el edificio del Bosque platense. Fue su “alternativa” al destino de otros miles, que terminaron prisioneros en la Isla Martín García o esclavizados en estancias, viñedos e ingenios azucareros. Así, Moreno se vanagloriaba de tener “la serie antropológica patagónica más importante que existe”, que incluía “representantes vivos de las razas más inferiores”, ocupados en “construir su material de caza, pesca y uso doméstico mostrándonos los procedimientos empleados para vencer en la lucha por la existencia en los rudos tiempos del comienzo de la sociabilidad humana”. Una vez muertos, fueron descarnados y expuestos en las vitrinas; y más tarde la “colección” quedó abandonada en cajones de madera arrumbados en depósitos. La Pulseadapublicó una extensa investigación hace un año y medio, cuando cobraban fuerza los pedidos de restitución de restos humanos a sus comunidades de origen, que han avanzado poco y nada.
Para entonces, algunos estudiantes de antropología se autoconvocaron para comprometerse con esa reparación histórica. A fuerza de voluntad y con un respaldo institucional magro, planearon hacer que el Museo tomara la iniciativa de retornar esos “trofeos de guerra” a sus tierras, anticipándose a los reclamos. Se denominaron Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social (GUIAS) y durante todo 2006 trabajaron en el “acondicionamiento, conservación y relocalización de los restos humanos en custodia del Museo, ya que muchos de ellos se encontraban en críticas condiciones de conservación”.

Ahora, Fernando Pepe, Miguel Añón Suarez y Patricio Harrison acaban de publicar “Identificación y restitución: ´Colecciones´ de restos humanos en el Museo de La Plata”, una publicación que registra ese periplo, arduo desde un principio, cuando hallaron el cerebro y el cuero cabelludo del cacique que todos creían devuelto a su tierra desde 1994 (La Pulseada Nº 43)

Prologado por Alberto Rex González, el libro contiene breves textos que acompañan una serie de fotografías impactantes, que van desde imágenes históricas del Museo –por ejemplo, de cuando estuvieron en exposición centenares de cráneos, 80 esqueletos armados y una decena de momias– hasta el registro del reciente trabajo de acondicionamiento.

Finalmente, el anexo incluye una cuestión que no se había difundido hasta hoy: el hallazgo de cruces esvásticas en varios sitios del Museo, originadas en distintas épocas, cuya automática identificación con el nazismo torna aún más tenebrosas a las condiciones de resguardo de esas “piezas” humanas que la institución universitaria considera de su patrimonio.

Además de inscripciones recientes en la mesa de la Biblioteca y de una marca en aerosol en el depósito de Arqueología, los jóvenes investigadores se toparon con varios cajones de combustible con el signo invertido de una esvástica, tanto en un laboratorio del subsuelo como en los bajo-vitrina de la Sala de Antropología Biológica. “Estos cajones estaban llenos de restos humanos; en ese contexto es más violento todavía”, recuerda Patricio Harrison: “No es que estaban en un rincón: estaban en utilidad. Cuando investigadores solicitaban los restos de pueblos originarios, los buscaban ahí. Lo primero que veías eran cajones con svásticas, llenos de cráneos. Es una imagen muy fuerte, sobre todo por la historia que tiene el Museo y el origen de estas colecciones de restos humanos”.

“Más allá de que no pudimos detectar fehacientemente su origen y su fecha de ingreso al Museo, eran conocidos en la mitología del Museo de La Plata como los cajones nazis. Todos los investigadores se referían así”, cuenta Fernando Pepe, otro integrante de GUIAS.

En verdad, los receptáculos corresponden a combustibles que entre finales de los ´20 y hasta principios de los ´30 comercializó la compañía Anglo Mexican Petroleum Products, la misma que construyó uno de los primeros depósitos de petróleo de Dock Sud. Era una filial del Grupo Royal Dutch Shell. La nafta se denominaba “Energina” y se distribuía en latas de 10 litros, que iban dentro de los cajones. El logotipo que distinguía los envases era una esvástica, invertida respecto a la que tiempo después utilizaron los nazis. Difícilmente la Shell estuviera vinculada a las huestes de Hitler: de hecho, los delirantes análisis neonazis, que denuncian un gobierno universal sionista, aseguran lo contrario. Especulaciones por el estilo pueden encontrarse en el sitio libreopinion.com, partidario de Alejandro Biondini. Allí, un tal Guillermo Terrera imagina que tanto Shell como Anglo Mexican son “empresas sionistas sinárquicas que ejercen el control petrolero”. Es una historia de fantasmas, tan ilusoria como la que algunos cuentan en los pasillos del Museo acerca de los “cajones nazis” y que resulta más creíble por una razón: la imagen de la esvástica sobre los añejos envases de combustible es contundente.
Tiempo atrás, un informe de “Telenoche investiga” sobre jerarcas nazis en Argentina tropezó con ese error: ilustró su investigación con imágenes de la Patagonia de los años ´30, donde aparecían tanques de combustible con una cruces esvásticas. Eran productos de la Anglo Mexican.

Pero en el Museo La Plata, otras razones dan cabida a la sospecha: la vinculación con Alemania de quien dirigiera por más tiempo la sección Antropología, Robert Lehmann Nitsche, y la designación como profesor en 1957 del austríaco Oswald Menghin, que había servido al nazismo como Ministro de Educación de su país durante la anexión.

Un verdugo de Damiana

Al esqueleto que lleva el número 5602 le falta el cráneo, y carecía de identificación hasta que GUIAS encaró el ordenamiento de los restos. Entonces se supo que era “Damiana”, una niña de la etnia Aché traída a Argentina luego de que su comunidad fuera masacrada. “Caibú, aputiné, apallú” son tres palabras que pronunció entonces, anotadas por el antropólogo que obtuvo su primera imagen fotográfica. Eran voces para llamar a sus padres. “Damiana” rondaba los tres años. La bautizaron así porque el día de la matanza era San Damián.

La Pulseada contó parte de su historia en una edición anterior: el Museo de La Plata recibió víctimas del ataque que en 1896 perpetraron unos colonos de Sandoa, en el Paraguay oriental, sobre un campamento guayaquí (según la intencionada denominación occidental, que significa “ratones de campo”). El doctor Herman ten Kate midió y estudió el esqueleto de una mujer vieja que nunca tuvo sepultura. Más tarde, el alemán Robert Lehmann-Nitsche, jefe de la Sección Antropología, examinó y dedicó un artículo en la Revista del Museo a la pequeña sobreviviente de aquel ataque. Tras pasar un par de años con los asesinos de su familia, habían traído a “Damiana” al país para servir como mucama en la casa de Alejandro Korn, fundador y director del Hospital de Melchor Romero.

Korn es una ambigua figura de la historia platense. Fue referente de los estudiantes reformistas en los ´20 y como homenaje lleva su hombre una Universidad Popular fundada en el subsuelo del Partido Socialista local. Asiduo asistente a las reuniones del Jockey Club, también fue fundador de Gimnasia y Esgrima, título que comparte con el tristemente célebre Ramón Falcón, el militar y jefe policial que dirigió el asesinato de obreros anarquistas y socialistas de la Patagonia Rebelde. “Estamos pasando de los malones indios, a los malones rojos”, dijo a principios del siglo XX. Antes de eso, Falcón había participado de la matanza aborigen que eufemísticamente se denominó “Campaña del Desierto”, origen de muchos restos humanos conservados aún hoy en el Museo de La Plata.

Alejandro Korn, en cambio, es bien recordado por su labor médica, filosófica y docente, y sorprende leer acerca de la servidumbre de “Damiana”, quien terminó internada en Melchor Romero y luego en una “casa de corrección”.

“No hay nada especial que mencionar hasta que la entrada a la pubertad cambió la situación. La libido sexual se manifestó de una manera tan alarmante que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia resultó ineficaz”, narra en su artículo Lehmann-Nitsche, que la fotografió desnuda a una edad que calculaba en 14 años. Su imagen cabizbaja y sin ropa despierta la sospecha del trato abusivo que pudo haber recibido al pasar de mano en mano. “Consideraba los actos sexuales como la cosa más natural del mundo y se entregaba a satisfacer sus deseos con la espontaneidad instintiva de un ser ingenuo”, apuntó también el jefe de Antropología del Museo, cuyo interés por el caso de la “India Guayaquí” era análogo al que había tenido Ten Kate: medir, observar y comparar con las referencias de las niñas germánicas de la época. El tono de la antropología que producían era claro: querían mostrar la superioridad del occidental, blanco y cristiano.

Poco tiempo después “Damiana” murió de tisis. Pero el trato infame no terminó: en el Museo platense le cortaron la cabeza para obsequiarla a la Sociedad Antropológica de Berlín. “El cráneo ha sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho llegó demasiado bajo”, se quejó Lehmann-Nitsche en su artículo.

Miguel Añon Suárez, del grupo GUIAS, evoca un dato aportado por el antropólogo argentino Julián Cáceres Freyre, que afirma que el antropólogo alemán fue presionado para que colaborara con los servicios de inteligencia de su país. “Comentan que trabajó los últimos ocho años de su vida a los servicios de las SS, y que murió allá en Alemania...”

La sospecha sobre los vínculos de Lehmann-Nitsche y las SS, por otra parte, son abonadas por las fechas. Tras dirigir durante más de 30 años la Sección Antropología del Museo de La Plata, convocado por Moreno, regresó a Alemania en la década del 30, en tiempos en que se producía el ascenso del nazismo.

Los nazis que vinieron

“Un negro nunca podría ser inglés debido a la diferencia racial, aún cuando hablara inglés, viva inglés y tal vez inclusive sienta inglés” (Oswald Menghin, 1933)

Para esos años, el austríaco Oswald Frantz Ambrosius Menghin escribía que “cada pueblo tiene no sólo el derecho sino también la obligación moral de defender su nación”, por lo que “la admisión del judaísmo en la nación alemana (…) significaría exponer a la nación alemana al peligro de modificar su idiosincrasia”. Se trata de un intelectual racista, académicamente dedicado a la Prehistoria, que llegó a ocupar el Ministerio de Educación de su país tras la Ley del Anschluss que lo anexó al Estado nazi. “Austria es una provincia del Imperio Alemán”, dice el primer artículo de esa norma, firmada en 1938 por el propio Menghin entre otros.

Referente de una corriente denominada Escuela histórico-cultural de Viena, Menghin llegó a la Argentina una década después, cuando en Europa estaba acusado como criminal de guerra. En 1957 fue designado profesor titular en la Universidad Nacional de La Plata y se desempeñó en el Museo hasta su retiro. “A través de sus discípulos y estudiantes, su influencia todavía permanece en la Arqueología argentina”, señala Marcelino Fontán en su libro Oswald Menghin: ciencia y nazismo publicado en 2005 por la Fundación Memoria del Holocausto.

Cuando se integró a la Universidad platense llevaba varios años en Argentina y el golpe de 1955 había finalizado el “amplio operativo cultural” que hizo que los referentes de la Escuela de Viena ejercieran “un completo control sobre los estudios y la práctica antropológica”, en palabras de Fontán.

La contraparte de la expulsión de un tercio del plantel universitario, durante los primeros años del peronismo, fue la avanzada de esos cuadros académicos, algunos de ellos traídos de Europa, a sabiendas de sus problemas judiciales. El yugoslavo Vladimiro Males, que venía de investigar temas eugenésicos en Belgrado, dirigió el Instituto de Etnología de la Universidad de Tucumán. El húngaro Miguel De Ferdinand, por su parte, encabezó el Instituto de Arqueología y Etnología de la Universidad de Cuyo. El italiano Marcelo Bórmida se integró como investigador al Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires.

En la UBA, en 1947, se había fundado el Instituto de Antropología de la Facultad de Filosofía y Letras, a cargo de José Imbelloni. “Una de sus principales líneas de trabajo inicial fue el estudio de las características somatológicas de grupos indígenas, a través de mediciones antropométricas, vinculándolas –como corresponde en las teorías racistas– a determinadas características psicológicas y culturales”, caracteriza Fontán. Si el carácter “de época” de esas investigaciones era discutible a fines del siglo XIX (ver La Pulseada Nº 43), en los tiempos de Moreno y Lehmann Nitsche, para entonces eran decididamente retrógradas.

Imbelloni publicó un libro titulado Los patagones. Características corporales y psicológicas de una población que agoniza, a partir de una expedición de 1949 a Santa Cruz, donde el fascista italiano Bórmida se encargó de las mediciones antropométricas.

También fue Imbelloni quien facilitó el ingreso de Oswald Menghin a la Universidad de Buenos Aires en 1948, apenas dos semanas después de llegar al país con un pasaje oficial y obtener su documento de identidad. Venía de la España del generalísimo Franco. Antes, “desde el fin de la guerra hasta febrero de 1947, fue internado en un campo de prisioneros norteamericano, donde dictó –hecho asombroso que habla de una capacidad no común de seducción– alrededor de cien conferencias para soldados y oficiales norteamericanos”.

“No emitió jamás la más mínima señal de reconocimiento público de sus errores ni de remordimiento, no obstante los horrores nazis”, escribió Fontán en su libro sobre el austríaco, donde destaca su importancia “en la formación de los jóvenes universitarios de la ultraderecha católica”, ya que “mantuvo su destacado papel en la carrera de Ciencias Antropológicas de las universidades nacionales de Buenos Aires y La Plata, que no se interrumpió durante las dictaduras militares de 1955-1958 y 1966-1973”.

La vinculación de Menghin con el nazismo no había sido menor, y tuvo larga data. Él mismo había tenido que destacarla en 1938 cuando solicitó su afiliación al Partido Nacionalsocialista. El racconto empezaba con una disertación sobre la cuestión judía que realizó en una delegación del partido nazi, en 1923. Más adelante alojó en su casa, durante dos años, a un estudiante que pertenecía a las SS. Y entre 1935 y 1936, cuando se desempeñó como Rector de la Universidad de Viena, intervino en la defensa de militantes nazis, estudiantes y docentes, que habían sido sancionados.
Finalmente, en 1938 asumió como ministro de Educación de una Austria anexada. Durante los meses que duró su gestión, desarrolló una “limpieza” de las universidades con un signo claro: el 40% del cuerpo docente fue despedido o renunciado por su “origen judío” o por razones políticas. Estableció un cupo para alumnos judíos y poco después propuso la creación de escuelas primarias y secundarias exclusivas.

Los textos publicados en la década del 30 dejan clara la afinidad y la voluntad de compromiso político con el nazismo. En Espíritu y sangre. Principios básicos de raza, lengua, cultura y nación (1934) desarrolla una visión claramente racista y antisemita, y dedica un capítulo a “Los principios científicos de la cuestión judía”. “El escrito tiende a una generalización que lo vuelve una obra sorprendentemente poco científica”, evalúa Fontán y agrega: “La mayoría de las reconstrucciones de Menghin del pasado remoto, asimismo, no han resistido el paso del tiempo. Su Historia Universal del Paleolítico, sus estudios raciales y sus relatos sobre el desarrollo paleoindiano temprano hoy aparecen como curiosos, incorrectos y sesgados por un compromiso ideológico. La mayor parte de la comunidad erudita de prehistoriadores, antropólogos sociales, biólogos evolucionistas, genetistas y antropólogos físicos han rechazado sus teorías”. No obstante, Menghin llegó a ser miembro honorífico de la Sociedad Antropológica de Viena.

Pertenecer tenía sus privilegios: entre 1937 y 1941 utilizó prisioneros del régimen nazi como mano de obra esclava en excavaciones para su Instituto de Prehistoria de su universidad.

Una vez instalado en Argentina, Menghin no alteró la orientación ideológica de sus trabajos: en 1964 publicó en la Editorial Nova su libro Origen y desarrollo racial de la especie humana, en el que insiste: “no cabe duda de que el concepto de raza tiene también sus proyecciones al mundo psíquico”.

Tampoco cambió su estilo de gestión: “En la conducción directa o indirecta que él y Bórmida ejercieron de la carrera, no admitieron ni el pluralismo ideológico ni la libertad de investigación”, recuerda Marcelino Fontán, que fue alumno de Antropología de la UBA en tiempos de Menghin y vivió el choque con el discurso de algunos docentes: “comenzamos a percibir, entre los intersticios de una construcción teórica muy consistente, algunas conceptualizaciones que perfectamente podrían funcionar como justificatorias de las políticas colonialistas. Las materias desde las cuales surgían con más fuerza eran Etnología General y Prehistoria del Viejo Mundo”. La primera estaba a cargo del italiano; la segunda de Menghin. Ambos eran exponentes de la llamada Escuela de Viena. “Esta posición nos resultaba, además de retardataria, claramente acientífica”, pues la bibliografía de las otras cátedras ya mostraba que el concepto de raza era insostenible.

En 1965 un representante estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras, Daniel Hopen, gestionó documentación sobre el oscuro pasado Menghin. La American Jewish Association le envió una carpeta de recortes periodísticos de la época en que fue Ministro de Educación. En algunas fotografías de actos públicos aparecía en el palco con la cruz esvástica. Hopen presentó al Consejo Académico de la Facultad un pedido de “expulsión inmediata de la Universidad de Buenos Aires” de Menghin. “El tema fue siendo diluido por la bancada de profesores, se habló de que ´había que mirar adelante´ y todas esas cosas que los políticos saben decir muy bien”, evoca Fontán, con el dolor de saber que el tema no volvió a tratarse nunca. En 1971, la UBA homenajeó a Menghin, que se retiró como profesor honorario y murió dos años después un Chivilcoy, donde un Museo llevó su nombre hasta hace poco tiempo. Daniel Hopen fue secuestrado y desaparecido en 1976.

“Los discípulos de Menghin, muchos de los cuales fueron apasionados devotos de su maestro, han influenciado intensamente sobre las subsecuentes generaciones de arqueólogos de Austria, Alemania, Argentina y, de manera menos directa, en otros países”, lamenta Fontán.

Resabios

“La mayoría los llama cajones nazis”, reitera Patricio Harrison a propósito de los recipientes con cruces esvásticas en los que el Museo de La Plata conservó restos humanos durante décadas. No es para menos, a juzgar por la sospechada filiación a las SS de su histórico jefe de Antropología, o bien porque hace medio siglo se designó en la cátedra de Prehistoria a un austríaco que había figurado en la primera lista de criminales de guerra.

Por otra parte, no todas son las cruces invertidas de la inocente Energina. En el Laboratorio de Arqueología los integrantes de GUIAS hallaron “un cajón de madera con cerámica perteneciente a Uruguay, con una svástica hecha en aerosol, con la inscripción heil, que es el saludo a Hitler o al jefe”. “Estamos hablando de un lugar de acceso restringido. Acá solamente entran investigadores con autorización expresa del departamento y jefes o subjefes del departamento”, dice Fernando Pepe, que además de las imágenes recientes tiene un registro fotográfico de hace diez años: “Durante por lo menos diez años estuvo esa esvástica. Nadie, por más investigadores que trabajaron ahí, ha pedido que se retire”.

Los tiempos han cambiado pero indudablemente quedan resabios de aquella ideología. Los jóvenes investigadores también mencionan y muestran fotos de inscripciones hechas sobre la mesada de la Biblioteca en los últimos años. Decenas de cruces svásticas, expresiones de adhesión al partido de Biondini y consignas como “muerte a las putas madres de plaza de mayo y a todos los zurdos” fueron talladas sobre la madera.

“Nosotros inmediatamente que las vimos, considerando que las svásticas están prohibidas en Argentina, solicitamos a las autoridades que se retiren. Tuvimos que hacer un pedido formal. Finalmente el Consejo Académico decidió en forma unánime que se borren y se haga un desagravio. Los técnicos de carpintería repararon la mesada, pero el desagravio nunca se hizo”, se quejan los integrantes de GUIAS.

El cuadro se completa con la simpatía hacia el nazismo que tienen dos profesores actuales, según cuentan los alumnos a lo largo de años. Uno de ellos asiste a clase con una agenda que tiene una esvástica en la tapa. Otro, dicen, colgó un stencil del Führer en su laboratorio, junto a la foto del nuevo Papa.

“Esta gente se apropió de algunos de los cajones. En el proceso de investigación, cuando nosotros los sacamos y retiramos los restos humanos, se los llevaron, como un botín. Los mismos cajones que eran conocidos en la tradición oral como los cajones nazis fueron apropiados por estos personajes de conocida trayectoria fascista”. Los cajones nada tienen que ver con el partido de Hitler, pero la historia ha dejado las dudas suficientes para que muchos lo crean.
Volver a su tierra

Cuando los jóvenes investigadores de GUIAS comenzaron su trabajo, el Museo de La Plata tenía identificados los restos humanos de 20 integrantes de pueblos originarios, víctimas del primer genocidio perpetrado por el Estado argentino dentro sus fronteras. Tras un año y meses de trabajo, quedaron reconocidos los restos de 35 personas que fueron unificados y reubicados en un depósito exclusivo, a la espera de que aparezcan pedidos de restitución o se resuelvan los pendientes.
Entre los nuevos, los estudiantes encontraron el esqueleto de “Damiana”, la niña de la comunidad Aché fallecida en Melchor Romero. Figuraba en un catálogo inédito de la Sección Antopología, donde se consigna el envío de la cabeza al alemán Hans Virchow.

A raíz de eso se contactaron con la antropóloga Patricia Arenas, quien en 2005 había impulsado la restitución del cráneo de “Damiana” a su tierra, desde Berlín a Paraguay, donde sobreviven unas 1300 personas pertenecientes al diez veces milenario pueblo Aché: “La dictadura de Stroessner los arrancó de su selva materna, liquidando a la mitad de la población y confinando el resto a condiciones de proletarización forzada”, explicó Arena en un artículo publicado en Radar, sobre la continuidad del sometimiento.

En 2007 las autoridades del Museo recibieron a miembros de la Liga Nativa por la Autonomía, la Justicia y la Ética (LINAJE), representante de la comunidad Aché, quienes solicitaron la “restitución de todos los restos mortales pertenecientes a miembros de nuestra etnia que yacen, desde hace más de un siglo, en las colecciones de la sección antropológica del Museo”. Esto incluye tanto los restos de “Damiana” como los de una anciana llamada “Caibú” y el cráneo de una persona de 25 a 30 años. Además, los miembros de LINAJE reclaman la devolución de todas las piezas aché de las colecciones etnográficas, porque entienden que fueron producto de un saqueo.

Guayaquí fue el nombre que pusieron los conquistadores. Aché significa “los que hablan, las personas”.

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