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Cromañón, crónica de muertes anunciadas
Por (reenvío) Luis E. Sabini Fernández - Sunday, Dec. 14, 2008 at 11:41 AM
luigi14@gmail.com

Lo de Cromañón nos ha expuesto, a todos, como sociedad. a comprobar en nuestro fuero más íntimo, que estamos “regalados”.

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Cada vez más sectores de la población lo teníamos así de claro con la policía, que no ha abandonado las peores mañas de tiempos dictatoriales; han hecho una suma algebraica: han sumado rasgos de abuso y discrecionalidad y a la vez los han atemperado en períodos menos dictatoriales o más democráticos. Frente a la policía sabemos, conscientemente o no, que estamos en “libertad condicional”. Lo saben particularmente los jóvenes (ni qué decir noctámbulos), lo saben los villeros, los desocupados, los que trabajan en la calle...
Pero Cromañón abrió en nuestras cabezas otro abismo: al que nos asomamos no sólo delante de los que ejercen funciones armados sino delante de los que ejercen cualquier función... el abismo del robo sin límites del universo empresario, el de la concepción burocrática de los elencos públicos (que en este caso se ha revelado burrocrática...).
La sensación de sentirnos “regalados” tiene una tenebrosa explicación: que no importamos. Estamos hablando de nosotros, los desconocidos, los que no circulamos mediáticamente, es decir del 99,99% de la población (a la que también le podríamos sustraer la menguadísima capa de los anónimos importantes, los que circulan por otros andariveles; los que habitan lugares reservados y recoletos, que viajan en vehículos especiales por tierra, por agua o aire).

Cromañón puso al desnudo la corrupción del capital dedicado a maximizar ganancias no importa cómo (cerrando puertas para evitar la coladera, tolerando guarderías imposibles, sobornando las palancas que haya que sobornar para funcionar) y la del poder político tan divorciado de las necesidades humanas. A veces por las mismas razones, como en el caso de la corrupción que siempre necesita del par corruptor-corrompido, a veces porque se mueven en otro mundo, de “importancia”, ajeno a las necesidades cotidianas de la gente cualquiera. Fue muy fuerte escuchar a Ibarra a pocas horas de la asfixia autoglorificándose mediante el elogio sin límites a sus inspectores (a lo sumo engañados por empresarios pícaros), al SAME, incluso a los dispositivos de tránsito para facilitar el ingreso y egreso de deudos a la morgue [sic, sic]... uno escuchaba semejante catarata de atrocidades y percibía cuán bajo había caído el “poder” político, en operación de autodefensa, de autopreservación.

Escuchar meses después, recientemente, a la entonces turista Fabiana Fisbyn a cargo del área de inspecciones municipales achacándole a la policía todos los fallos exculpando así a la repartición de inspectores a su mando revelaba otro de los abismos en que nos encontramos. Semejante “deslinde de responsabilidades” (de alguna forma hay que llamar a su alegato) implica dos presupuestos: a) una concepción sumamente cómoda y literalmente burocrática de las inspecciones municipales porque los inspectores revisarían una cosa una vez al año y luego, a desentenderse del estado real de la cosa: me hace acordar las anunciadas “visitas de cárcel”, para inspeccionar no se sabe qué: cuando llegan los “inspectores”, los presos están comiendo la mejor comida del año o en años, y los guardias son todos prolijos, sobrios y suaves; b) el otro es, si se quiere, más grave: si la policía ya no está sólo para encauzar (y ayudar a encausar) a los delincuentes sino también para inspeccionar, revisar no ya acciones delictivas sino aspectos vinculados con la calidad ambiental, administrativa, económica, de seguridad edilicia, la policía tendrá que nutrirse de auditores, arquitectos, contables y otra serie de peritos para llevar a cabo lo reclamado por Fisbyn, con lo cual el presunto progresismo del gobierno Ibarra termina postulando un estado policíaco que recogería la envidia de cualquier estatólatra fascista, calvinista o del signo que sea.

Por otra parte, y confirmando la situación de libertad condicional, de “regalados” que caracteriza la vida de los habitantes en este país, una mujer joven y resuelta, Mariana Márquez, recientemente fallecida, de un cáncer reaparecido pese al diagnóstico, justo después de que una de sus hijas fuera víctima mortal en Cromañón, se lo espetó al mismísimo Ibarra durante la interpelación a la que el namberuán accedió a presentarse (como si se tratara de un monarca pero constitucional): ‘te tocó a vos, como le podría haber tocado a cualquiera’.
Lo mismo podría decirse de Chabán y de Cromañón. Porque el desquicio de las funciones también se aplica a la actividad empresaria. Porque Ibarra y el mismísimo Chabán no son sino exponentes, cada uno a su manera, de la cultura dominante, de las relaciones sociales dominantes, y les toca sobrellevar o asumir lo que pasó, como si hubieran tenido “mala suerte”, es decir como si la buena estrella que tenían hasta entonces (uno como político exitoso, el otro como empresario under igualmente exitoso y estimado) se hubiera trasmutado. Y si la “mala suerte” no los ha convertido en chivos expiatorios es porque ellos precisamente estaban en el lugar en que estaban, porque les parecía tan gratificante, no hay confusión al respecto. Por eso Mariana pudo rematar su justa diatriba espetándole al jefe del GCBA: “Mi hija está muerta pero vos sos un cadáver político”.

El alcalde de la capital, Aníbal Ibarra, insiste en todas sus apariciones en público en recapitular la ristra de lugares donde se han producido hecatombes similares (en lugares nocturnos de ciudades estadounidenses, chinas, suecas, etcétera) donde jamás a nadie se le ha ocurrido impugnar la jefatura de gobierno por lo acontecido. Lo que Ibarra no ha dicho nunca es cuál ha sido la reacción de esas jefaturas o alcaldías; si como él y su elenco afirmaron desde el primer momento que todo estaba del mejor modo posible, si no había nada que criticar de la propia administración y era todo achacable a “otros” o si, por el contrario, ante el alcance de la tragedia, prometieron (siquiera tácticamente) ‘raspar hasta el hueso’, ‘verificar las responsabilidades’, ‘no hesitar en castigar los responsables del nivel que resulten’... Si Ibarra (y sus segundos de a bordo lo imitaron prestamente) no da lugar a ese tipo de investigaciones (dio lugar, pero tardíamente, ante la presión, y algunos jerarcas de su administración como la mencionada Fisbyn, ni eso), toda la presión iba a concentrarse en él, que se apresuró tanto para sostener que todo estaba como si viviéramos en “el mejor de los mundos”. Esas reacciones son lo que en sociología institucional se llama corporativismo, esprit de corps, y un poco más crudamente se lo percibe como abroquelamiento mafioso.

Es difícil rastrear el origen de tal corporativismo, pero sí sabemos que tanto los militares con su discrecionalidad hiperautoritaria como el menemato con su irresponsabilidad criminal y sistemática han sido puntos altos recientes de tan promovido cáncer. La corrupción tiene algo canceroso: su invasividad, todo lo va “tomando”, algo que se observa no bien uno se acerca a áreas de la administración nacional o capitalina. Lo que no sabemos es si avanza como el sindicalismo setentista: “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”, pero sí vemos que avanza. La corrupción así consigue que los que no son motores sean cómplices.

Por su parte, la izquierda política, partidaria, la izquierda con urgencias, la de las múltiples siglas que suelen empezar con “pe”, puso al descubierto sus propias falencias ante el descalabro psico-social de Cromañón: salieron de inmediato “con los tapones de punta”: la culpa la tienen las instituciones (burguesas, neoliberales, estatales: táchese a elección).
Chocolate por la noticia.
Pero esa izquierda, que quiere el juicio “a Ibarra”, se saltea con asombrosa comodidad moral el comportamiento de Callejeros que procuraron presentarse como “demandantes” ante un hecho, cultural, del cual eran protagonistas, responsables (y beneficiarios... hasta que sobrevino lo que sobrevino).
Con razón una laburante afectada por lo que pasó increpó al baterista de la banda que medio “de cayetano” procuraba presentarse en una cola para cobrar indemnizaciones como una víctima más y cualquiera de lo sucedido.
La izquierda se cuida celosamente de distinguir responsabilidad y culpa y prefiere distribuir sus bulas como si fueran pontificias, sin matices.

Las reivindicaciones de “la izquierda”, concentradas en Ibarra y Chabán, son tan estrechas y falsificantes que no sólo descuidan el papel atroz del dueño del hotel donde estaba el local, un ignoto Levy (casi atropellando con su auto a todas las víctimas para sólo recoger “una caja” y desaparecer no sin antes insultar al guardia que “toleró” se rompiera el candado de una puerta lateral que permitió salir a algunos en medio del humo), sino que tienden a fortalecer las estructuras culturales y actitudinales vigentes. Por ejemplo, el gobierno está procurando cooptar a los familiares con “generosísimos” préstamos para cualquier cosa, incluidas viviendas. Si el objetivo de la lucha sigue siendo “Ibarra y Chabán”, las redes de poder que nos usufructúan bien pueden largar algún “hueso”, un jerarca, a los mismos Ibarra y Chabán incluso, y mantener en pie todos los circuitos que hicieron y hacen posibles tantos Cromañones.

Como tantas veces cuando hay realmente problemas y tragedias, un cúmulo de errores y/o deformaciones de distinta naturaleza y origen dio lugar al zafarrancho: no alcanzó que Chabán gritara en el penúltimo minuto, ‘no enciendan las bengalas que se va a incendiar todo’, ni siquiera alcanzó que en el penúltimo segundo hasta uno de los miembros de la banda recogiera la advertencia para evitar el encendido: los jóvenes callejeros, a esa altura, despreciaban los mensajes de la sensatez, de la medianía.
Hay que tener en cuenta que son jóvenes que han captado con todo su ser la falta de futuro que el régimen vigente les ofrece, o mejor dicho a que los condena: si el trabajo no existe o es deleznable, si estudiar no sirve, si ni siquiera los maestros saben... muchos jóvenes no confían ya en nada oficial. Lamentablemente aceptan incluirse en instancias under a menudo astutamente administradas por los mismos privilegiados que a ellos le repugnan...

Y en pocos segundos aquella altanería se les transformó en un durísimo y patético aprendizaje. Porque ante la muerte, nadie sabe. Y una muerte desatada, que no distingue responsables de irresponsables, claro.
Lo acaecido en Cromañón es únicamente un exponente meridiano de lo que pasa en la sociedad, al menos de lo que pasa en la megalópolis que tiene dos veces el nombre de Buenos Aires (capital federal y área metropolitana): estamos “regalados”.

Pero atroz y todo como es, no es un acontecimiento único, inesperado, exclusivo.
Ahora se conocen los anuncios que desde alguna defensoría del pueblo ya se habían hecho antes, acerca de las condiciones de peligro mortal que sí, existían en tantos boliches bailables o de concierto.
En realidad, es exactamente un paso más en la danza macabra que con enorme lucidez y valor decidió recordarnos Enrique Piñeyro con su formidable semidocumental Whisky Romeo Zulú acerca del despegue fallido en Aeroparque. Porque Piñeyro, antes de narrar lo que narra, vivió el desmadre de LAPA y lo advirtió, lo resistió desde adentro, como empleado de la empresa. Recibió únicamente el despido. Él. Pero la sociedad argentina recibió la cuenta de casi 70 muertos y todas las secuelas imaginables para los sobrevivientes.
La prueba de la excelencia de WRZ es que Piñeyro ya ha recibido varias amenazas. Porque la otra Argentina, la de la muerte por intereses creados, aunque callada, existe, y se sigue “moviendo”.

Tanto el desastre de Aeroparque como el de Cromañón son “crónicas de muertes anunciadas”. Anunciadas además en aquel joven transeúnte que cayó en un pozo abierto por alguna privatizada en plena Avda. Corrientes y muerto electrocutado porque los operarios no taparon el pozo que con la lluvia torrencial dejó de verse... anunciada por todos los choferes guapos que “saben” doblar sin hacer la seña correspondiente y a menudo poniendo la trompa y la bocina para “aventajar” al transeúnte que en la esquina tiene, tendría que tener, preferencia... anunciada cuando el ingeniero Lauria zanjó terrenos a pocos cientos de metros de viviendas, en Wilde, para arrojar allí “la basura” (en 1977, bien puede uno preguntarse si arrojaban sólo residuos sólidos domiciliarios): décadas después, los vecinos de Wilde tenían una montaña artificial y tóxica delante suyo, bloqueando la vista del río, amenazando la salud de todos los allí vivientes y diezmando la vida de sus niños... anunciada en Kheivi’s diez años antes; un Cromañón en pequeño sin responsables ni culpables ni nada...
No solo estaba anunciado. Estaba abonado.

La apuesta que nos queda es que Cromañón se constituya en un antes y un después. En otro Nunca Más, del cual se pueda salir, dolientes, como los deudos, los sobrevivientes –que además están procesando la pesada carga de culpa de todo sobreviviente de tan atroces situaciones–, pero más conscientes, más sabios, en suma.

Luis Sabini Fernández

cromañón y un sentido cada vez menos común

Hay un aspecto que podríamos llamar cultural –vinculado con el discernimiento o el sentido común– cuya falencia constituye, a mi modo de ver, otro aspecto clave.
Somos una sociedad plus-informada, superinformada, sobre todo a través de la publicidad y la televisión. Una sociedad sesgadamente informada, en rigor, una sociedad deformada.
Con la atrofia del sentido común, que es lo más cercano a lo instintual que podemos registrar, los humanos nos codeamos cada vez más, con total indiferencia o ignorancia, con elementos nocivos. Carecemos de eso que le permitiera a animales ante la inminencia del tsunami índico alejarse de las costas con mejor presteza que los humanos.

La industria ha inundado el planeta con plásticos y sobre todo con termoplásticos (los de las bolsas de supermercado, de carbón u otras, medias-sombras, envoltorios y un larguísimo etcétera). Sin embargo, sus titulares se han cuidado de informar a la población de los rasgos tenebrosos de sus materiales. Y las instancias públicas que se suponen las encargadas de regular la calidad de los materiales (su digestibilidad, su toxicidad) producidos por “el mercado”, han cumplido el triste papel que Marx les adjudicara hace siglo y medio en el Manifiesto: no han sido sino “la junta que administra los negocios de toda la clase burguesa”, una suerte de sumisa gerencia, y cuando hablamos de toxicidades y expectativas de vida amenazada, verdaderos cómplices.

Por eso, decoradores de interiores usan sin restricción elementos plásticos, y a pocos se les ocurre (se les ocurría) que tirar fuegos artificiales a techumbres de plástico es jugar con fuego.
Menos aún se piensa que ese fuego no es el fuego al que la humanidad estaba culturalmente preparada; el fuego de la madera, incluso el del papel o las telas de origen vegetal o animal. Fuegos que pueden ser atrozmente voraces, abrasadores, pero que en general, no matan por intoxicación y envenenamiento sino por calor, por asfixia. La humanidad, en suma, se ha ido preparando desde sus propios albores para enfrentar –y temer– incendios, pero eran otros incendios: el de plástico quemado no ha sido todavía incorporado culturalmente a nuestro sentido común.

Por eso, cuando hace unos pocos años, se declaró fuego en un basural, del mal llamado “cinturón ecológico”, en Wilde, que duró más de una semana, se lo dejó morir tranquilamente. Sólo tiempo después, cuando se verificó una “epidemia” de cánceres sobre cuerpos infantiles (leucemias, linfomas), empezaron algunos a asociarlos con aquel atroz incendio a cielo abierto, a pocos cientos de metros de los hogares de todos los niños afectados (hubo una veintena de casos, ocho niños fallecieron).

El plástico derretido, volatilizado, ataca de dos modos que desde la medicina se los distingue como agudo y crónico. La intoxicación inmediata, la que ha llevado a la muerte inicua a doscientos seres humanos, y la lenta, a menudo subclínica, que puede procesarse durante años. La forma crónica de la intoxicación con plástico es particularmente insidiosa y altamente relacionada con cánceres. En rigor, el estado de salud de los sobrevivientes deberá ser motivo de seguimiento y control, sabiendo que por lo menos una detección temprana es preferible a una tardía.

Así se liga lo acontecido en Cromañón con nuestro sentido común. O con la falta de él. La sociedad actual, transformada a ritmo creciente, modernizada, histerizada, acelerada por los hallazgos tecnológicos cada día mayores y “más revolucionarios”, no ha logrado acompasar su conocimiento de la realidad con lo cambiante que ella es.

Por eso es tan habitual en los asaditos domingueros echar la bolsa de plástico con el carbón al fuego, suponiendo que “el fuego mata todo” o “en el fuego desaparece”, cuando el plástico así incinerado se ha convertido en un tenebroso festival de dioxinas que se depositará en la carne o en los pulmones más próximos...
Es que nuestro “sentido común” se parece al reflejo del perro de nuestros espacios urbanos, que luego de defecar en hormigón, que es el piso (ya no el suelo) más habitual que encuentra cuando siente aquella necesidad, rasca con sus patas traseras como intentando tapar lo que ha expulsado. Viene corriendo con eras de desventaja...

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Río Turbio, LAPA...

Por suerte hubo en LAPA alguien que la documentó. Con la muy solvente semidocumental Whisky Romeo Zulú, Enrique Piñeyro, ex-aviador de LAPA, logró mostrar los entresijos del empresariado criminal que trata la preservación de la vida como un costo más y por lo mismo, adaptable, reducible, despreciable (si “la ecuación” no cierra), como si se tratara del costo de los azulejos de un baño.

Estamos esperando todavía su distribución en el “mercado libre” de la cinematografía. Se exhibió en el último festival internacional de cine independiente en Buenos Aires (BAFICI por su sigla anglificada, en criollo debería ser FICIBA), y muchos temimos ya entonces que iba a tener muchas dificultades para su circulación legal, comercial y todos los chiches...
Su alegato es tan diáfano y veraz que, aun a riesgo del razonamiento contrafáctico, cabe preguntarse qué habría pasado si la sociedad la hubiese conocido antes del mes de junio de 2004, es decir antes de los turbios sucesos del Río que lleva ese nombre. Porque semejante denuncia bien podría haber actuado como acicate para que los reclamos por la seguridad y contra el desmantelamiento en la mina hubiesen tenido más fuerza, tanta como para impedir la tragedia, o, en todo caso, ante la tragedia consumada y reconocidos los múltiples factores, más que humanos empresariales, que la provocaron –quitar personal de control p. ej.–, la reacción de la sociedad en general habría sido muy otra, menos fatalista y más política.

Lamentablemente, las “muertes anunciadas” no se limitan a estas dos tragedias sobrecogedoras, que llamaron la atención mediática por su impacto. En estos mismos momentos se procesan otras muchas muertes anunciadas por ejemplo en las zonas rurales.

Desde que en Argentina se acrecentara de modo exponencial el uso de agrotóxicos, su riego, aspersión, fumigación aérea, está llevando adelante no sólo un ecocidio sobre las zonas afectadas sino además un genocidio insidioso y lento sobre la población expuesta. Sobre todo, los trabajadores pobres del campo y sus familias. Campesinos con pequeñas parcelas o proletarios rurales resultan el objetivo silencioso de esas muertes no por calladas menos anunciadas.

Lo mismo podríamos decir del desmantelamiento de los lugares de trabajo: la desocupación, con el alcance y la profundidad que ha sacudido a la Argentina es otra causa de muertes, por lo menos prematuras. Sin hablar del genocidio implícito en el desmantelamiento de las redes sociales, médicas, previsionales, tan caro al paleoliberalismo que consolidó el menemato (que habían inaugurado los militares) y del cual parece costar tanto salir.

Y no queremos cerrar estar recordatoria sin echar otra mirada a lo futuro: a otro genocidio en marcha.
La sistemática provisión de comida basura o a puro hidrato a comedores infantiles, municipales, escolares, no hace sino crear las bases de un genocidio que no se asume como tal porque los cuerpos no mueren necesariamente; solo se desnutren y se incapacitan para un ejercicio pleno de sus facultades, físicas e intelectuales. Sólo eso: fabricación de pobres.

artículo publicado en Revista futuros nº7 / Río de la Plata primavera- verano 2004-2005

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