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El mal de la economía o la economía del mal
Por P. Rossineri (Periodico Libertad! de Bs.As.) -
Tuesday, Dec. 23, 2008 at 11:48 PM
Publicado en el N° 50 de LIBERTAD!, diciembre de 2008.
En Miami, Florida, una mujer de ojos llorosos relata cómo perdió un millón de dólares en una semana, “el trabajo de toda una vida”, porque las propiedades en que invirtió su dinero redujeron su valuación a la mitad. No perdió las casas, sí su equivalente en billetes. Un hombre en Los Ángeles mira una pizarra consternado de como las acciones, que eran el componente exclusivo de su fortuna, habían perdido tanto valor que en sus bolsillos tenía más dinero que en la Bolsa de Valores.
La crisis financiera de EE.UU., lejos de anunciar el fin del capitalismo, como esperarían los devotos del economicismo socialista, se resolverá con algunos traspasos de fortuna, absorción de bancos chicos por bancos grandes o por la intervención del Estado, volviendo a viejas pero renovadas recetas keynesianas. Los más débiles perecerán, mientras que los más fuertes resistirán, para vivir una nueva etapa. Darwinismo social liberal o paternalismo estatal intervencionista, según convenga. De toda esta sacudida que despertó al mundo de su creciente, ascendente y dulce prosperidad, poco es lo que se ha reflexionado, si dejamos de lado toda la fraseología de los economistas y la de los políticos, que hoy maldicen sus recetas de la víspera. El repudiado camino de ayer, es la tabla de salvación de hoy. La crisis neoliberal, no es más que la transformación de la larva en una nueva crisálida estatal-capitalista, que parirá un engendro más fuerte y adaptado. El sistema no está en crisis, si por eso entendemos una crisis terminal. Es tan solo una crisis de confianza. Lo que ha ocurrido es que el símbolo monetario, el dinero, ha perdido parte de su anclaje con la realidad. El dinero no representa nada concreto, sin embargo es fuente de riqueza, medio de intercambio, un conservador/acumulador del valor. Es esta relación entre el dinero y lo que representa la que ha entrado en crisis, conjuntamente con las cotizaciones de las acciones en el mercado de valores. El dinero ya no representa oro; aunque la vuelta al patrón oro- como propone la escuela económica austríaca- no sería la solución, sino que agravaría aún más las cosas debido a su tendencia a periodos de alta prosperidad seguidos por terribles crisis (como el crack del 29). El valor del dinero en la actualidad se basa en la creencia subjetiva de que será admitido por los habitantes un país (y de otros países) como medio de intercambio, como forma de acumulación de riqueza y como unidad contable estable. Sin este componente subjetivo, el dinero no podría ser vehículo y fuente de poder, y la sociedad capitalista no podría funcionar en absoluto. El poder del dinero es el poder del símbolo, enajenado por completo de lo que inicialmente representaba. Nuestra creencia, nuestra confianza en él es su verdadero respaldo, no el oro, ni ninguna referencia material. Cuando un boom especulativo genera una burbuja económica, donde el crecimiento económico parece no tener límites, se produce una crisis, es decir, explota la burbuja. Entonces es que sobreviene la incertidumbre de confianza en el dinero o en otras formas de alienadas del valor económico, como son los bonos, los títulos, las acciones y las hipotecas. Se puede observar como el mercado de valores sufre caídas históricas, y pronto parece recuperarse para volver a caer. Las fortunas cambian de mano, se producen quiebras masivas, recesión, desocupación, caída de la demanda, inflación o deflación según los casos, hasta que luego de equilibrarse el sistema por la intervención estatal, comienza un nuevo periodo de estabilidad “intervencionista” (y quizás, de prosperidad). Los que estamos por la liquidación definitiva de este sistema deberíamos romper los moldes de la reflexión a los que se vuelve una y otra vez. La solución no puede pasar por nacionalizar la banca, o por considerar que la estatización es un paso al socialismo, o que hay que fomentar el surgimiento del capital nacional y aliarse con una burguesía local, o que ahora más que nunca hay que apoyar a los movimientos populares, nacionalistas y antiimperialistas (como si con eso se aclarara mucho). La opción siempre se reduce a elegir entre autorregulación del mercado o regulación por el Estado. Las ideas y las experiencias de los sesenta y los setenta, si bien fueron truncadas por la represión, han demostrado su inviabilidad en lo que respecta a alcanzar una revolución comunista anárquica. Debemos pensar las cosas desde otro punto de vista. ¿Hasta qué punto debemos hacernos eco del pensamiento económico? El pensamiento económico ha sido y es en gran medida la ideología de los dominadores, e incluso cuando utilizamos sus herramientas de análisis desde ideologías socialistas, no por eso estamos avanzando en una perspectiva revolucionaria. Hay que deconstruir las ideas económicas, con perdón del galicismo posmoderno. De alguna forma, hay que volver a las fuentes de por qué bregamos por el socialismo y la anarquía, preguntarnos nuevamente ¿Qué es la propiedad?, como hizo Proudhon en su época. O ir a la médula del asunto, como en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, de un joven Marx, aún impoluto de la patraña determinista, cientificista y posteriormente que posteriormente concibió. Debemos pensar la realidad de forma anti-económica, cuestionar nuevamente el valor del dinero, hoy más que nunca un claro medio de dominación. El dinero es percibido por los trabajadores como trabajo acumulado, ya que lo obtienen trabajando. En realidad el dinero no es nada, solo tiene valor simbólico en tanto fuente de poder y riqueza, y ningún valor real en tanto ni siquiera representa algo concreto (oro, trabajo, mercaderías). El dinero se crea de la nada. El racionalismo económico se basa en una ficción en la que todos participamos, sin cuestionar sus fundamentos. La economía no es un fenómeno natural, sino que es una actividad humana, y su estudio está sujeto a las mismas circunstancias a que lo está cualquier artefacto cultural. Y no deja de ser un subproducto de la cultura, de estar atravesada en todos sus aspectos por la cultura específica en la que es producida. La economía no es una ciencia, aunque epígonos de izquierda y derecha quieran otorgarle ese status, sino un saber acumulado sobre un juego bastante más complejo y peligroso que el ajedrez. Las diferencias a favor del ajedrez -y que lo hacen preferible- son notorias: el ajedrez no genera miseria, ni explotación, ni guerras, ni otorga premios Nobel, sino que produce un reducido número de genios y bastante entretenimiento sano. El valor que le atribuimos al dinero no se diferencia en nada del que los nativos de las islas Trobriand le otorgaban a los collares y pulseras de conchas en su comercio ritual denominado Kula, investigado por Malinowski. Estos eran fuente de prestigio y poder, y también surgían de la nada. Pero según la sabiduría convencional de Occidente, ese es un intercambio donde predomina la irracionalidad, a diferencia de las economías de mercado, donde supuestamente la racionalidad es la regla. Cada tanto, las crisis del sistema de explotación capitalista rasgan el velo de la “racionalidad económica” y lo demuestran en toda su absurdidad, en toda su irracionalidad, su perversidad y su estupidez. Si creemos que podemos alcanzar una racionalidad económica tomando en nuestras manos la economía, estamos profundamente equivocados. El pensamiento económico es tan enemigo de la revolución y el comunismo, como lo es el pensamiento político, donde la autogestión y la autonomía perecen bajo la gestión política mediada y la heteronomía. Toda la teoría económica desde Quesnay, Adam Smith, Ricardo y Marx (en parte) hasta nuestros días es hija de pensar la economía desde el dinero, con escasas excepciones. Esto no quiere decir que debemos ignorar el pensamiento económico, sino desestimarlo como una herramienta liberadora, como alguna vez se lo pensó. En cambio, debemos reconstruir el pensamiento social, en donde cuestionar la existencia del dinero no sea considerado un “reclamo infantil”, por aquellos que se sienten llamados a dirigir la economía y la política revolucionaria de la sociedad revolucionaria. Donde el valor social de los bienes sea preponderante, y no el beneficio económico, que inevitablemente es medido en dinero. Donde prime una racionalidad diferente, sobre otros valores: cuidado del medioambiente, distribución según las capacidades y las necesidades, durabilidad de los bienes, planificación sanitaria y cuidado de la salud. Cualquier actividad económica capitalista sobrevive en función de su rentabilidad, no de su valor o importancia social. Hoy, los políticos nos prometen una economía real y productiva, para desentenderse de la economía ficticia de la burbuja financiera, como si ambas no fueran parte de lo mismo. Cuando la burbuja financiera está por explotar, se elevan las tasas de interés y se enfría la economía, con el desempleo y la reducción del consumo consiguientes. Si hay que relanzar la producción se bajan las tasas de interés y se facilitan préstamos e hipotecas, estimulando el crecimiento, generando inflación y una suba de los precios. Estas reglas básicas de la economía, junto a la ley de la oferta y la demanda, conceptos como utilidad marginal, o las teorías de la maximización, constituyen casi toda la cientificidad de la economía; todo el resto del saber economicista son palabras de relleno y notas al pie de los cabalistas expertos, ideólogos de la explotación, tecnócratas de la bicicleta financiera. Socialistas, populistas, keynesianos y nacionalistas festejan hoy el fracaso del neoliberalismo que se inició en los ochenta con Tatcher y Reagan. Suponen que ahora sí se ha demostrado la inviabilidad del liberalismo, y el mundo se encaminará hacia un reparto más justo de las riquezas, donde primará la satisfacción de las necesidades de los desposeídos, los desocupados, los hambrientos y los sin techo. Como si su propia receta estatista no hubiese fracasado previamente a la del liberalismo. En verdad ambos se necesitan: conforman una sola teoría con dos polos opuestos, que se alternan por periodos de algunas décadas. Ambos pensamientos económicos, el intervencionismo estatal (a la izquierda) y el neoliberalismo (a la derecha), conforman un sistema bipartidario cuya alternancia en el poder no deja resquicios ni alternativas, ya que ambas variantes suponen la existencia del Estado, la propiedad privada, el trabajo asalariado y el dinero como medio de pago. Todo lo que se derive de estos axiomas, invariablemente oscilará entre el socialismo (o capitalismo) de Estado y el capitalismo liberal. Lamentablemente, el pensamiento económico se ha convertido en un parásito de las teorías revolucionarias. Según reza la ortodoxia revolucionaria de los partidos marxistas-leninistas, sin análisis económico no hay análisis de la realidad. En el fondo, el Homo Económicus de los economistas formalistas y liberales, ya hace mucho ha evolucionado a su versión marxista-leninista, de planificación estatal de la economía. Ambas igualmente alejadas de una planificación social de la economía. “Todo el poder a los soviets y no a los partidos”, reclamaban en Kronstadt. Los verdugos de la revolución gritaban, “Todo el poder al partido”, aplicando la Nueva Política Económica (NEP), retorno a la senda capitalista. Los economistas y los políticos, de izquierda o de derecha, artífices de la dominación y la explotación.
P. Rossineri
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