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Un texto para Chasqui
Por Fuente: www.chasqui.org.ar -
Tuesday, May. 19, 2009 at 11:57 AM
Por Malena Tytelman.
(publicado el 13 de junio de 2007)
Hace varios días que no llama, que no aparece por casa, como siempre, tocando timbre con cualquier excusa para hacerse pasar.
Cuando supe del asesinato de Chasqui, tres semanas después de ocurrido, Página/12 había publicado hasta el momento tres notas sobre el caso. Clarín, dos. En La Nación. com, ingresar su nombre completo aun hoy da como resultado “ningún resultado”.
Eduardo Córdoba fue asesinado frente a la Comisaría 36ª el 22 de abril, por el subinspector César Pereyra. Viajaba en un colectivo de la línea 76 junto a un amigo cuando recibieron comentarios discriminatorios del chofer, César Díaz, lo que derivó logicamente en un altercado. Díaz resolvió cambiar su recorrido y llevarlos a la comisaría. Allí Chasqui recibió un disparo por la espalda. Su amigo fue golpeado y detenido. Fue puesto en libertad dos días después por orden directa de la jueza a cargo.
El subinspector Pereyra está procesado, acusado de “homicidio simple”. Pero este asesinato no es solamente resultado de la violencia de una institución. El chofer ya declaró que tuvo la idea de ir a la comisaría en cuanto vio a Chasqui y a su amigo, antes de que surgiera una pelea. ¿Quién es esa persona, que maneja un colectivo, que decide trabar las puertas y no dejar bajar a quien le está pidiendo bajar, que considera a la policía única alternativa ante su miedo irracional, que festeja el asesinato de uno de sus oponentes, que luego reclama a los oficiales de matar al otro? ¿Quiénes son estas personas, que con o sin volante en mano, se multiplican en las calles, en los barrios, en los gobiernos, todos los días?
La segunda vez que vi a Chasqui tocó mi guitarra. Por encima de la guitarra, un recitado que él había escrito, con una frase que volvía: Vamos mapuche. Sentía un compromiso enorme en la búsqueda de su identidad, en la cultura de los pueblos originarios. Volvía de un ensayo de su banda de sikuris el domingo que lo mató la policía.
Mi amiga Clara lo conoció el día de su cumpleaños, en febrero. El dijo después que sintió ese encuentro como un regalo, y desde ahí no paró de llamar a casa. Eran llamados con unas pausas larguísimas, que él terminaba siempre más o menos así: “¿El gato ya está mejor?”
Me parecía tan exagerada su manera de agradecer cada cosa, tan pesado su hábito de pedir permiso por todo, tan tierna su alegría de visitar nuestra casa, como si fuera un paseo exótico, como hallando exótica la bienvenida. Cuando vino a casa con su amigo, mientras avanzábamos por el pasillo de baldosas, comentó que “en esta casa dejan pasar indígenas”. Repitió su comentario como un chiste hasta llegar a la puerta. Le dije más tarde ese día: Basta de persecuta Chasqui, que está todo bien, está todo bien.
Ahora pienso en la costumbre. La costumbre de no esperar que la puerta se abra, la costumbre de necesitar pasar desapercibido, la costumbre de leer en los ojos del otro el miedo, el asco, el rechazo, la ignorancia. La costumbre del miedo, porque ya sabía de memoria la mirada de los demás sobre su cara de indio.
Aun recorriendo las mismas calles, la Buenos Aires que él vivía a diario no es la que yo vivo. Creo que no podía ni puedo entenderlo desde mis rulos y mi piel blanca, cuando le pedía que deje de agradecernos el hecho tonto de recibirlo en casa. Creo que él sabía perfectamente que esto podía pasarle un día cualquiera.
Chasqui era artesano y vendedor de la revista Hecho en Buenos Aires. Luego de su asesinato la revista publicó un recuadro con su foto y su nombre completo. Nos sorprendió mucho saber que se llamaba Eduardo. No se ve su cara de Eduardo en la foto, se ve su pelo largo, lacio, negro. No se ve que era medio petiso, que tenía las manos grandes, que hablaba mucho, pausado pero todo el tiempo.
No tengo televisor, pero no por eso me enteré de lo de Chasqui tres semanas después. No salió en ninguna parte. Como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera habido Chasqui, ni sikus ni timbre ni gato ni nada.
Tengo miedo. Pero tengo claro que mi miedo no es el de aquellos que piden a gritos más represión, amparados en la palabra “inseguridad”. Tengo miedo por mí, por mis hermanos, por tantos amigos, por la certeza de que estos hechos existen y suceden todos los días, porque me entiendo frágil, y carente de medios de encontrar la forma de que esto no me toque, no exista, sea parte de un mundo que no es el mío, de un mundo que no es el nuestro.
Tengo miedo, porque intuyo que no me entero, que no se sabe, que nadie quiere saber, y yo tampoco, que todos los días la policía asesina así, que todos los días la violencia sucede en los rincones sin cámaras, sin luces, en los rincones olvidados por todos, apartados, aplastados, y no me entero.
Tengo miedo, porque no hay montaña lejana ni cielo abierto ni mañana al sol que borre la fuerza que aplasta mi fuerza, los tiros policiales, la mirada imbécil de tantos en las calles, que odian por pura ignorancia, que no consideran crimen sentir asco. Que alimentan su miedo todos los días frente al televisor, atrofiando la lucidez simple de saber mirar a la gente.
Malena Tytelman
www.chasqui.org.ar/spip.php?article28
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