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Tres testimonios de militantes que fueron detenidos en la Ex D2
Por Esoj ((i)) - Tuesday, Nov. 10, 2009 at 1:00 PM

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Tres testimonios de militantes que fueron detenidos en la Ex D2 al día siguiente de su liberación.

Extraído del libro Córdoba Acusa. Editorial Anteo / Octubre de 1974

Relato de Jorge Canelles
El 9 de octubre, alrededor de las 19 y 45, me encontraba en el local del Partido Comunista, Treja 354, cumpliendo tareas referidas a mi actividad. Tam­bién en las distintas oficinas estaban trabajando 47 compañeros y compañeras más. A la hora indicada, en la puerta de entrada e escucharon fuertes voces e insultos, como así también numerosos disparos de arma de fuego de grueso calibre. Ante lo que sucedía todos salimos de las oficina y de inmediato divise a un uniformado (parecía de la Guardia de Infantería, de fajina) que avan­zaba hacia el interior, a saltos y disparando una escopeta "Haca"; detrás de él otros uniformados y civiles con metralletas F AL Y pistolas 45, que, como el primero, disparaban sus armas (parecían drogadictos), mientras gritaban: "Bolches hijos de puta, los vamos a matar a todos", "Muera Cuba", "Todo el mundo al suelo", "Cara al piso", etc., mientras que en donde nos encontraban, nos golpeaban con las culatas de las armas y a patadas nos arrojaban al suelo, sin dejar de disparar.
A puntapiés nos hicieron levantar y salir al patio, donde nos obligaron de nuevo a tirarnos de cara al suelo, mientras seguían golpeando. Allí, mientras por dos veces nos intimaban, por tres minutos: "Digan dónde están las armas, si no los fusilamos a todos", nos siguieron golpeando, mientras caminaban sobre nosotros. Yo fui pisado y pateado con el taco por lo menos 15 veces. Se subían sobre nosotros y nos golpeaban con las culatas.
A mi lado estaba una compañera que me aferraba el brazo y fui testigo que se mofaban de ella, levantándole la pollera; yo tenía un policía parado sobre mi espalda y otro manoseaba a la compañera. Frente a mí estaba el compañero Humberto Cordero, a quien un policía le arrebató un reloj pullera mientras le decía: "Bolche, hijo de puta, para qué querés reloj". Preguntaron: "Quién fue la hija de puta que corría con la bandeja" y al repetir la pregunta por segunda vez, la compañera de Humberto Cordero dijo: "Yo, señor". Al instante, mientras la hacían levantar, comenzaron a pegarle mientras ella se quejaba fuertemente. Después de casi una hora nos hicieron levantar mientras decían: "Corran con los ojos cerrados y las manos en la nuca a la calle". Un compañero iba delante mío y los demás atrás; mientras corríamos, a ambos costados estaban unifor­mados y civiles que nos golpeaban a patadas y culatazos; yo recibí patadas en los tobillos y piernas y culatazos en las costillas y brazos, antes de llegar a la puerta cancel nos hicieron arrojar de nuevo al suelo y allí recibí una patada en la _parte superior de la columna vertebral que me hizo perder el conoci­miento por breves instantes, recibiendo otro tacazo en la nuca.
En ese momento escuché a quien parecía ser el jefe que decía: "A ver, uno con credencial de la Federal que salga a la calle", y luego: "Sáquenlos, los primeros al móvil 184". Nos hicieron levantar de nuevo "ojos cerrados y manos a la nuca", "corran", al pasar por el zaguán y en la vereda, nuevos gol­pes en la forma indicada anteriormente. A todo esto continuaban los disparos de armas de fuego dentro y fuera del local, también en los techos y en las inmediaciones. Al hacerme subir a golpes en el citado móvil, ya se encontraba un compañero acostado boca abajo en el fondo, en forma trasversal. Dicho móvil era un carro de asalto sin asientos. Se me obligó a tenderme encima del compañero que ya estaba allí; y luego fueron haciendo acostar a los demás, hasta cubrir todo el piso y encima nuestro hasta el techo: sobre nosotros había varias filas de compañeros y muchos de los que estábamos abajo no podíamos respirar. Durante el tiempo que tardaron en hacer "la carga", escuché lo si­guiente: "qué miras vos", dirigiéndose a un vecino, y al instante una descarga cerrada de armas, en particular F AL. "y ese qué hace que no entra" y otro que le contesta: "Es un oficial de las fuerzas armadas" y de nuevo la contestación "Hijo de puta".
"A éstos los vamos a rociar con nafta así amontonados y les vamos a pren­der fuego". "No tirés más gases a la esquina [Treja y D. Quirós] porque el viento los trae para aquí".
Una vez hecha la "carga", partieron los móviles a gran velocidad, mientras durante todo el recorrido arreciaban los disparos de armas y escuché varios gritos de "Hijos de puta" del público dirigidos a los policías, que se enardecían. disparando más aún.
Al llegar al patio de la Jefatura de Policía, nos bajaron a golpes tirándonos cara al suelo, y recibimos más golpes.
Nos hicieron parar con las manos en la nuca y de cara a la pared y nos ataron una venda en los ojos que nos impedía la visión (la venda era un pe­dazo de trapo sucio y pintado extraído de carteles de propaganda viejos). En ese momento, creo que tres civiles de Informaciones me tocaron el hombro y me preguntaron: "Cuál es tu nombre", a lo que respondí: "Me llamo Jorge Al­berto Can elles y exijo hablar con el Jefe de Policía, 10 que nos hacen es un atropello incalificable". No se me respondió.
A todo 'esto, policías entre los que había también varias mujeres, ,querían obligar a las compañeras a gritar "muera Cuba", "muera Fidel Castro" y como no lo hacían, las golpeaban. Nos hicieron pasar de a uno a una habitación "para que los revise el médico", dij~ron. Cuando me tocó el turno, exigí al médico que se me atendiera y que él no podía complicarse con ese procedi­miento al estilo de las tropas de asalto de la . _ fe dijo que él no podía hacer nada más que constatar las lesiones. Le con e é que en este país todavía hay leyes y que alguien tendría que responder por la brutalidad del procedimiento y que esto es la prueba de que Carda Reyes golp' ta. Y que yo me negaba a seguir con las manos en la nuca y a permitir que se me vendaran los ojos. El policía de civil que me acompañaba me quiso volver a poner la venda, lo que impedí; vino entonces un oficial de Informaciones y luego de una violenta discusión, me volvieron a vendar los ojos a la fuerza y de inmediato yo levanté Id venda, lo que me permitía ver parcialmente.
De nuevo en mi lugar, de cara a la pared y con los brazos al costado, es­cuché: "Todos con las manos en la nuca, y para usted también es la cosa Canelles", a lo que respondí: "Ya le he dicho al médico que no puedo y no quiero poner las manos en la nuca". El policía no volvió a insistir. De allí nos llevaron a una habitación grande y nos tuvieron de pie, a los pocos minutos me senté en el suelo y luego me acosté en las baldosas. Varios de Informaciones venían a verme y dos de ellos me dijeron: "Esta noche te matamos", a lo que respondí: "Hace rato que quieren matarme". Me contestaron tocándome a la altura del corazón: "Pero ahora va en serio, esta noche se te para éste".
Yo sentía fuertes dolores en la columna vertebral y en .la nuca, también náuseas y ganas de vomitar; tuve que pedir que me llevaran al baño para vomitar.
Lo que se veía en todas las dependencias de Informaciones era espeluz­nante. En el patio, con los ojos vendados, 17 obreros y empleados detenidos en las oficinas de Epec, al lado del Sindicato de Luz y Fuerza, mientras esta­ban cumpliendo horas extra en su trabajo.
Los detenidos en Luz y Fuerza estaban en la Secciona! 13. En las demás habitaciones, en los pasillos, etc., decenas y decenas de jóvenes de ambos sexos, esposados atrás y adelante, ojos vendados y tirados en el suelo. "Son del ERP y de Montoneros", decían los policías. Por todos lados ayes de dolor y gol­pes. Yo pensaba, así debían ser las mazmorras del zarismo.
Al día siguiente salieron en libertad los menores de 18 años, menos mi hija Maria Leonor, de 17 años, que también fue brutalmente golpeada; 4 compañeras debieron ser hospitalizadas por la misma policía.
Con nosotros estaban también 17 detenidos del Partido Socialista de los Trabajadores, tan golpeados como no otros. Con Robles,' del C. Nacional del PST, quedamos en pedir una audiencia al jefe de policía y llamamos a un ofi­cial, quien dijo que trasmitieron dicho pedido, luego contestó que seríamos re­cibidos, pero eso no se concretó.
Se nos acusó de "asociación ilícita" y "tenencia de munición de guerra".
Todos nos abstuvimos de declarar.
Fuimos liberados a las 14.30 del viernes 11 de octubre de 1974, menos un compañero y una compañera.

Relato de Mina Fridman de Ruetter
Deseo relatar objetivamente los hechos acaecidos en el local del Partido Comunista el día 9 del corriente y los sucesos anteriores al mismo.
Serían algo más de las 19 y 30 del dia 9.Estaba de ingresar al local partidario. Me uní a un grupo que comento que habían del allanamiento a Luz y Fuerza, y pocos minutos  escuchamos ruidos que no pudimos explicarnos de momento y vimos que compañeros de habitaciones de ade­lante venían corriendo. Como escuchamos disparos nos "ramo cuerpo a tierra y pudimos ver que llegaban uniformados con cascos y provistos de armas lar­gas, que en seguida obligaron a acostarse en el suelo a quienes no lo habían hecho, al tiempo que repartían culatazos y puntapiés a todos los que allí es­tábamos, insistiendo en que nadie levantara la vista, orden que se mantuvo durante todo el tiempo con el máximo de rigor. Durante un momento tomaron nota de las cosas que había en la habitación, rompiendo en seguida una má­quina de escribir. No podría estimar cuánto duró esto, pero fue relativamente breve, ya que pronto nos obligaron a salir al patio, otra vez cara al suelo, donde nos ubicaron primero en montones y después en filas, todo ello en medio de gritos en que se mezclaban las obscenidades más gruesas con alusiones a su patriotismo y su nacionalismo (de los uniformados), que venían "a liquidar a los criminales que querían cambiar la bandera por la que se había matado tanto San Martín por el inmundo trapo rojo". Menudeaban los insultos de todo cariz, las amenazas de fusilamiento y el interrogatorio sobre el lugar donde estaba.., las armas. A este respecto, dentro de mi muy limitado campo visual ví, dar repetidos culatazos en la espalda a un jovencito que estaba a mi lado. En <1eterminado momento oí que habían encerrado (no podría asegurar si ej. el baño o la cocina) a una compañera, a la cual se oyó gritar un buen rato, pero yo desconozco lo que habrían hecho con ella. En esos momentos, uno de estos individuos se paró sobre mí, apoyando uno de sus borceguíes en mi espalda y el otro en la nalga durante un buen rato, de lo cual los médicos pudieron ver las marcas a posteriori. También fui víctima de insultos, tirones de cabello y otros vejámenes. I :¡; í
Este momento fue bastante más largo que el anterior; por los ruidos que escuché presumo que lo dedicaron a destrozar todo lo que tuvieron a su alcance, a la vez que intentaban crear la psicosis de la ejecución. Menudeaban los disparos de armas que no sabría identificar, pero muy ruidosas, igualmente exploto algo que creo sería una bomba de estruendo. Todo se realizaba con un ritmo febril y perfectamente sincronizado. De repente se nos ordenó caminar hasta uno de los pasillos interiores, donde se nos hizo ir cuerpo a tierra nueva­n1ente, repitiendo las preguntas sobre armas y quién era el encargado; en este momento también volví a escuchar ayes de mujer, pero no podría precisar -de dónde provenían.
Esto fue muy breve, después nos obligaron a correr entre una doble fila de estos sujetos, los cuales nos asestaban golpes de culata y también latigazos, -cuyos rastros pueden aún observarse en nuestros cuerpos y caras. Así íbamos saliendo del local, y el último de estos individuos me despojó de mis anteojos, que era 10 único que había podido, conservar conmigo, no lo vi romperlos pero había muchos pedazos de anteojos en el suelo, así que sospecho que habrán tenido igual destino.
Fuimos cargados en los carros de asalto apilados como bolsas de harina o algo así, de manera que 'unos compañeros aplastábamos a los otros y otros, a su vez, nos aplastaban haciéndose muy difícil respirar, como puede imagi­narse. Al llegar, con gran estrépito de sirenas y a mucha velocidad, a la Jefa­tura de Policía, nos hicieron bajar y marchar con las manos a la nuca y sin levantar la vista, menos en un lugar muy iluminado donde nos dijeron que levantáramos la cabeza para que nos reconocieran. Enseguida fuimos concen­trados en un patio, donde se procedió a la identificación de todos y vendado de ojos con trapos sacados de un cartel político, creo que del P.S.T. Como había muchas letras rojas, en el primer momento creí que los compañeros que estaban dentro de mi campo visual tenían heridas sangrantes en la cabeza. Todo esto se realizaba también con bastante rigor, pero es necesario decir que la dureza y brutalidad del trato se redujo bastante desde que ingresamos en la Jefatura. Cuando fuimos llevados a la sección fotografía, las mujeres solamente (creo, porque no podía v ver) fuimos hostigadas durante un rato para que dijéramos 'Viva la Argentina, Viva Perón, Muera Cuba y Muera Castro", cosa que se hacía individualmente. Escuché algunas respuestas muy dignas, de compañeras que no podría identificar.
A eso de las tres de la mañana cesó la orden de manos a la nuca, pero ni por un momento, hasta la hora de salir en libertad, tuvimos permiso de quitarnos la venda de los ojos, salvo para una nueva identificación con fichado dactiloscópico y para formular nuestras declaraciones. Esto debe tenerse muy presente, porque desde las 22 más o menos del día 9 hasta las 15 del día 11 estuvimos prácticamente a ciegas, dependiendo de nuestros carceleros y carce­leras para el mínimo movimiento. Es una manera de tortura 'muy difícil de soportar, y que felizmente no produjo entre nuestras compañeras ninguna crisis de histeria, que hubiera sido muy lógica. Otra forma de tortura consistía en que cada vez que en el ambiente en que estábamos recluidas se establecía una calma y un silencio que permitían descansar, entraba alguno y exclamaba a voces: "Qué bien duermen las comunistas, como descansan", o algo peor. En honor a la objetividad, deseo decir que trajeron un sillón para la compañera Alicia que está grávida, y una silla para mí en consideración a mi edad. Además repartieron unas pocas mantas de dudosa limpieza en que las compañeras se turnaban para dormir o descansar acostadas. Fue muy difícil conseguir aten­ción médica para las compañeras que lo requerían por haber sido muy gol­peadas y para una de éstas que había sufrido esa mañana una biopsia y debía internarse en el Clínicas el día jueves. No negaban, pero dilataban demasiado las cosas.
No recibimos alimentos largas horas; en un momento dado una policía nos trajo caramelos, yo me abstuve de comer el mío y aconsejé otro tanto a las compañeras que tenía más cerca; ignoro qué pasó, ya que además de todo está­bamos incomunicadas y no nos permitían hablar. En otro momento otra policía, o la misma, trajo un paquete de galletitas de agua que se repartió en lo posible. También algunos policías traían de vez en cuando algún cigarrillo, y botellas con agua de las que también me mantuve alejada en lo posible, pero a todas nos era muy duro soportar la sed. Estábamos seguras de que la solidaridad ya estaba funcionando, pero también sabíamos que quizá no la recibieran o no nos la entregaran.
Creo que a mediodía del día 10 unos policías nos trajeron algo más de diez mil pesos de parte de los compañeros, y con ese dinero compramos por inter­medio de ellos frutas, facturas y también cigarrillos.
Así trascurrieron las horas hasta la mañana del 11; ya por la noche habían empezado a tomar las declaraciones. Cuando todas terminamos, cerca del mediodía del 11, nos cambiaron de lugar a un pasillo que llevaba al baño, y que en todo su trayecto tenía, tirados en el suelo y esposados, jóvenes que después supimos eran de la JTP y los acusados por el secuestro del gerente de Inti S. A., y otros más. Como era un lugar que creaba incomodidades a todos, comprendía que esa estadía era muy provisoria, y alternativamente pensába­mos si sería la libertad o el traslado a algún penal como el Buen Pastor o la 13;¡'. Felizmente, a eso de las quince, salimos todas menos Alba Ferreyra, a la que dejaron con un pretexto baladí.
Deseo agregar que en la noche del 10 al 11 escuché todo el tiempo gran alboroto proveniente de donde estaban nuestros compañeros; en genera], no puedo decir qué pasaba, pero sí escuché "interrogar" y golpear al compañero Humberto Rodríguez.
Lista de mis pertenencias de que fui privada en el procedimiento: un saco marrón de tela con un prendedor de fantasía dorado en la solapa; mis anteojos recetados; una cartera de material plástico color claro, con dos bolsillos externos y en la que recuerdo haber tenido una billetera con alrededor de $ 18.000, un lápiz Shaeffer plateado, una lapicera Parker verde con capuchón plateado, pañuelo y varios objetos de uso personal; mi cédula de identidad de la pro­vincia y tres llaves de las puertas de mi casa.

Relato de Enrique de Dios
Llegué al local del Partido el miércoles 9/10/74 aproximadamente a las 18 para conversar con el secretario de prensa. Nos encontrábamos en una de las habitaciones interiores con éste y otros compañeros conversando, cuando, más o menos a las 19 y 40, escuchamos fuertes voces que provenían de la entrada al local. Inmediatamente varios disparos de armas de fuego y otras detonacio­nes. A poco, la habitación en que nos encontrábamos se llenó de compañeros que se replegaban y casi en seguida entraron en ella individuos de civil y uniformados blandiendo armas largas, vociferando amenazas; se identificaron como "nacionalistas" y nos obligaron a echarnos al suelo con la cara pegada al piso para que no los viéramos. No obstante, pude observar cómo el compañero Rubén Parino era víctima de dos culatazos en la cara aplicados con un fusil y recibí por ello un tacazo en la zona glútea de la pierna izquierda.
En medio de insultos, groserías y toda clase de amenazas hacia nosotros y / al Partido, nos conminaron a dirigirnos al patio posterior. Mientras pasábamos a él, recibimos toda suerte de golpes. Se nos obligó a tirarnos al suelo, siempre con la cara pegada al piso. Mientras se nos decía que seríamos fusilados de a tres, a algunos compañeros se les exigía que dijeran dónde se escondían las armas, en especial las escopetas. Ante la falta de respuesta eran castigados brutalmente de todas formas. Mientras destrozaban cuanto encontraban, a juzgar por los ruidos que producían y sus propias manifestaciones, recorrían nuestros cuerpos tendidos, caminándonos por encima, destrozándonos relojes, anteojos y cuanto objeto veían. Burlándose de nosotros, ya por ser adolescentes, jóvenes, maduros o de edad avanzada, nos aplicaban golpes de toda especie: trompadas, patadas, culatazos, etc. Por cambiar de posición la cabeza, pues tengo dificultades en la respiración, recibí un golpe en el parietal derecho y un culatazo de fusil en la zona lumbar.
Mientras se producían estos hechos, no cesaron en ningún momento de efectuar disparos con pistolas "45", escopetas, presumiblemente IT AKAS y F AL. En la calle se escuchaban todo tipo de detonaciones, evidentemente producidas para impresionar a los vecinos haciendo creer que se estaba librando un recio tiroteo.
Aproximadamente dos horas después de la entrada de la policía al local, se nos ordenó trasladamos al patio interior de nuestra sede y, a medida que lo hacíamos, se nos aplicaban toda suerte de golpes descargados con puños, correas, pies, culatas, etc. sin parar mientes a quién o en qué lugar eran aplica­dos. Recibí varios correazos y muchas patadas. Allí se nos exigió que dijéramos. el nombre del encargado del local; ante el silencio total, muchos compañeros fueron golpeados brutalmente.
Acto seguido se nos hizo salir a la calle para amontonamos corno fardos en los carros de asalto de la policía, que se encontraban aguardando. Al pasar por el zaguán, se repitieron los golpes de toda clase y con cualquier pretexto. Recibí un culatazo y varios golpes de puño en el estómago. Una vez que nos amontonaron a todos en los carros de asalto, se emprendió la marcha hacia la Jefa­tura de Policía. Mientras recorríamos la distancia que media entre el local y la Jefatura de Policía (unas cinco o seis cuadras, pues se dio un rodeo por la calle Independencia), los salteadores efectuaron disparos a troche y moche para evitar que la gente pudiera ver lo que ocurría. Así llegarnos hasta la Di­visión Informaciones. Se nos ordenó, siempre con insultos y golpes, bajamos y tirarnos a tierra, la cara pegada al suelo y luego ingresar al edificio. A medida que lo hacíamos, se repetían los golpes. Recibí varios en el estómago y algunas patadas en las piernas.
Dentro de la División Informaciones se nos ubicó en un pequeño patio; la cara contra la pared o contra la espalda de los compañeros, los ojos cerrados y las manos en la nuca. Después de tornarnos los datos personales sin movemos de esa posición y siempre burlándose de nuestra condición de comunistas, se nos hacía pasar para una ligera revisación médica. Al salir de la oficina en que atendía el médico, se nos vendaron los ojos, volviéndonos al patio. Luego se nos hacía pasar a otra habitación para tomarnos fotografías y de allí se nos: conducía a una habitación contigua al patio antes nombrado, donde se nos hacía permanecer de pie, con las manos en la nuca. Aunque menos fuertes, los golpes seguían menudeando. A medida que llegábamos a la habitación, los compa­ñeros más jóvenes y en especial las compañeras, eran objeto de burlas; preten­dióse obligarlos a decir "Muera Fidel Castro", "Muera Cuba" y cosas semejantes. No obtenían respuesta o las que se merecían. En cambio se contestaba con fuerza "Viva la Argentina" cuando se les exigía. Si bien los golpes cesaron, seguían las burlas y amenazas. En estas con­diciones, de pie, con los ojos vendados y las manos en la nuca, permanecimos hasta cerca de las 4 horas del 10/10/74. En el ínterin recibí un golpe dado con el cañón del fusil en el hombro derecho por restregarme los ojos que me ardían a consecuencia de la venda, que no era otra cosa que un pedazo de lienzo sucio de un antiguo cartelón.
Más o menos a esa hora se nos permitió sentarnos en el suelo. Luego se nos alcanzó agua y pudimos fumar. Muchos dormimos un poco. A las cinco de la mañana más o menos, se comenzó a tomarnos los datos personales en forma individual, para lo cual éramos llevados d6 a pocos a una oficina y vueltos a la habitación. Las compañeras fueron llevadas a otra pieza. Se nos permitió ir al baño, adonde nos acompañaban, pues no se nos permitía quitar­nos la venda de los ojos en ningún momento. No se nos suministró ningún tipo de alimento ni bebida, a no ser agua. Como a las nueve- de la mañana logramos que nos compraran cigarrillos y galletitas, como así algunas manzanas y naran­jas. En estas condiciones permanecimos todo el día 10. El trato de los guar­dianes se suavizó un tanto. A las cinco de la mañana del día 11, se comenzó a tomar declaraciones. Resolvimos no hacerlo ante la policía para comparecer ante el juez. Por esta negativa fue golpeado el compañero Sergio Blank y puesto en castigo con las manos en la nuca. Media hora después, se le levantó el castigo. A las 10 y 45 Se nos comunicó que seríamos puestos en libertad, sin embargo, no se nos permitía quitarnos la venda de los ojos. Se nos compró, con nuestro dinero, cigarrillos, frutas y galletitas. Comenzaron a "pasar" los alimentos que desde afuera nos enviaban los familiares y compañeros. A las 14,30 fuimos puestos en libertad.

 

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Foto: Córdoba Acusa Octuibre de 1974
Por Esoj ((i)) - Tuesday, Nov. 10, 2009 at 1:01 PM

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