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Bº Güemes y la represión 11 de noviembre de 2009: victoria por la organización y la lucha
Por Biblioteca Popular de Bella Vista -
Thursday, Nov. 12, 2009 at 7:45 PM
sufio@arnet.com.ar
Represión brutal y atropello policial en barrio Güemes. Detenciones arbitrarias. Organización y lucha. Concentración en la Comisaría Décima. Liberación de los detenidos. Una jornada que estuvo marcada por el éxito de la resistencia, ante el accionar policial que cada día se torna más y más represivo.
A las 20:05 hs. nos llegan los primeros mensajes: “nos tienen a los chicos contra la pared (a todos)”; “vengan para acá rápido”; “se los llevaron a todos, al Sergio también. Llamen a todo el mundo”…
Algunos jóvenes del Espacio de Formación Tecnológica de la Biblioteca Popular de Bella Vista estaban en Laprida al 400, llegando a una casa marcada, donde vive una familia perseguida por la policía, que ha sabido organizarse y resistirla. ¿La policía? Sí, el brazo armado de la represión institucionalizada por el Estado.
Iban a reunirse con otros pibes de Güemes y con algunos compañeros de la Coordinadora Antirepresiva (entre ellos, el abogado Sergio Job), para organizar una protesta contra la arbitrariedad policial y por la derogación del Código de Faltas. Algunos seguían afuera, arreglando una bicicleta, esperando al resto de los compañeros; otros, permanecían adentro de la casa, preparando la sala para la reunión. Los policías llegaron por un “control de rutina” (aplicación del inconstitucional Código de Faltas, decimos nosotros). Arribaron en el móvil CAP número 5285. Ante el despliegue, el abogado al que pretendían detener, previa identificación y aclaración de su condición profesional, intentó averiguar el motivo del “control” y a los oficiales no les gustó esa actitud “indagatoria”. El miedo, o la prepotencia, o lo que fuere, hizo que se comunicaran por handy, pidieran refuerzos, llegaran los refuerzos (CAP números: 5497, 5406, 5503 y 5299), balearan y golpearan a los detenidos (con esos inconfundibles bastones largos), invadieran el domicilio, secuestraran -o arrestaran- a cuatro personas: dos pibes de Güemes (sí, dos menores), al abogado (sí, un abogado) y otro militante (sí, otro militante más). ¿A dónde? Secuestrados, los llevaron a la Décima, en un tránsito signado por la violencia: golpes, insultos y amenazas.
La Comisaría Décima es otro ícono de la represión. En ese mismo centro de detenciones y torturas asesinaron, en el año 2000, a siete pibes que estaban detenidos, como respuesta a una protesta por mejores condiciones de detención. A algunos los asfixiaron, a otros los quemaron. A esa comisaría, como a tantas otras, van a parar las víctimas de la criminalización de la pobreza y la protesta. Hace no mucho tiempo, detuvieron y golpearon allí a otro abogado de la Coordinadora Antirepresiva por los Derechos Humanos. Así que atentos del peligro que corrían los compañeros detenidos, fuimos a exigir el cese de los abusos y su libertad inmediata. Empezamos siendo cinco, con dos abogados que entraron a la décima sin mediar duda alguna. De repente, la vereda comenzó a quedarnos chica. De repente, los mensajes y las llamadas fueron medios convocantes. De repente, éramos sesenta. De repente, éramos ochenta. De repente, estábamos resistiendo en medio de la Vélez Sarsfield. Y de repente, el cuerpo policial comenzó a preocuparse, por los gritos y las exigencias de más de doscientos militantes que tomábamos la avenida (“esa manga de locos peludos que están ahí afuera”). Después Sergio nos contó: cuando se empezaron a escuchar los gritos y los cánticos desde adentro, el oficial bravucón comenzó a reflexionar y pasó a ser un oficial más, escondido tras el uniforme que el Estado reparte para golpear y torturar tan impunemente, como en la dictadura del ’76.
Pero la impunidad les duró lo que tardamos en concentrarnos. Después, como decimos, lo que reinó adentro de la comisaría, en las filas policiales, fue el nerviosismo, el miedo, el sabor de la impotencia. Mientras que en la avenida, reinó la seguridad de la fuerza política organizada, decidida a arrancarles esas cuatro libertades.
El sistema capitalista genera una situación que ya no es extraña para nadie: por un lado, la concentración de poder en las cada vez más reducidas clases propietarias y por el otro, el ensanchamiento de la “población sobrante”, de los marginalizados. Aquí la represión juega un rol central. No se puede sostener tal situación de injusticia sin un aceitado mecanismo de opresión, que opere legal o ilegalmente, para frenar la organización, la protesta, el descontento social, la resistencia, las consecuencias que genera el orden de las cosas. En estos casos, legitimado en el Código de Faltas, el accionar policial se cobra miles de víctimas y genera un verdadero estado de sitio en los barrios (directamente funcional al sistema), aleccionando y aterrorizando a quienes no pueden o no quieren adaptarse a las normas sociales que se imponen desde el mandato de las clases dominantes. Y es por eso que los antagonismos de las clases enfrentadas se resuelven y se dirimen en las veredas de las comisarías, en las tomas de los barrios, en las marchas reivindicativas, en los conflictos laborales, en las protestas sociales, con la cana apuntando al corazón de la organización. No son uno o dos policías, es el ejercicio de la función asignada por el Estado burgués a las fuerzas legales de represión.
De paso, no queda mal decirlo: ese grupo de uniformados, que llenaron la vereda de perros guardianes (pobres animales… Y también pobres perros), que usaron sus escudos para resguardarse del cántico: “(…) Ya vas a ver… Las balas que vos tiraste van a volver (…)”, que sumaban en número lo que restaban en incapacidad, que nos quisieron disuadir por temor a lo que pudiésemos lograr, que nos chantajearon (sí, nos quisieron hacer creer que si nos íbamos ellos liberarían a los compañeros); ese grupo de uniformados temblorosos, tuvo que ceder.
Empezamos a las 20:20 hs., nadie se movió de la Décima. A la 1:30 de la madrugada se vieron obligados a concretar la liberación de los cuatro detenidos (previa revisada de los médicos correspondientes). Los compañeros nos abrazaron con todos sus golpes encima, pero con la seguridad de haber librado y vencido en una batalla, que de no haber mediado en el conflicto, habría ocurrido lo que en otros casos: violencia sin tope y arresto por tiempos prolongados.
Demostración clara: la organización, el apoyo legal a la causa de los oprimidos, la intensidad de la lucha, son factores determinantes en las situaciones de dominación. Es por eso que convocamos, tal como lo hiciera ‘el Flaco’ una vez liberado, a fortalecer la organización colectiva y su resultante: la lucha por la liberación ante las condiciones de opresión, respetando las diferencias y poniendo especial énfasis en los acuerdos.
¡Basta de abuso policial! ¡Basta de represión! ¡Organización y lucha para la liberación! ¡Todos a la marcha del 10 de diciembre, contra la Impunidad y la violación de los Derechos Humanos de ayer y de Hoy; contra la criminalización de la pobreza y la protesta; por la derogación del Código de Faltas; por la plena vigencia de los Derechos Humanos!
¡‘Aleeeeeeeeeeeeeeeeertaaaaaaaa’!
Fundación Pedro Milesi y Biblioteca Popular de Bella Vista
Para una crítica del derecho, la polícia y la democracia
Por orko -
Friday, Nov. 13, 2009 at 1:21 PM
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¿Y qué es la policía sino el síntoma y la manifestación más “inconcebible, generalizada y monstruosa” de la violencia inherente a las relaciones civiles?; pues las relaciones de derecho son estrictamente eso: relaciones policiales. ¿Y qué hay más violento que los “agentes del orden”?; los policías llevan una vida de violencia, por la violencia y para la violencia. Son la violencia más monstruosa del orden jurídico que, a diferencia de la militar, es continua e ilimitada, la suya es una violencia vital. Deberiamos de hacer valer el derecho a dejar de tener derechos...
Walter Benjamin (fragmento de “Para una crítica de la violencia”)
Pues en el ejercicio del poder de vida y muerte el derecho se confirma más que en cualquier otro acto jurídico. Pero en este ejercicio, al mismo tiempo, una sensibilidad más desarrollada advierte con máxima claridad algo corrompido en el derecho, al percibir que se halla infinitamente lejos de condiciones en las cuales, en un caso similar, el destino se hubiera manifestado en su majestad. Y el intelecto, si quiere llevar a término la crítica tanto de la violencia que funda el derecho como la de la que lo conserva, debe tratar de reconstruir en la mayor medida tales condiciones.
En una combinación mucho más innatural que en la pena de muerte, en una mezcolanza casi espectral, estas dos especies de violencia -[se refiere a las violencias fundantes de derecho y las que lo conservan]- y se hallan presentes en otra institución del estado moderno: en la policía. La policía es un poder con fines jurídicos (con poder para disponer), pero también con la posibilidad de establecer para sí misma, dentro de vastos límites, tales fines (poder para ordenar). El aspecto ignominioso de esta autoridad -que es advertido por pocos sólo porque sus atribuciones en raros casos justifican las intervenciones más brutales, pero pueden operar con tanta mayor ceguera en los sectores más indefensos y contra las personas sagaces a las que no protegen las leyes del estado- consiste en que en ella se ha suprimido la división entre violencia que funda y violencia que conserva la ley. Si se exige a la primera que muestre sus títulos de victoria, la segunda está sometida a la limitación de no deber proponerse nuevos fines. La policía se halla emancipada de ambas condiciones. La policía es un poder que funda -pues la función específica de este último no es la de promulgar leyes, sino decretos emitidos con fuerza de ley- y es un poder que conserva el derecho, dado que se pone a disposición de aquellos fines. La afirmación de que los fines del poder de la policía son siempre idénticos o que se hallan conectados con los del derecho remanente es profundamente falsa. Incluso “el derecho” de la policía marca justamente el punto en que el estado, sea por impotencia, sea por las conexiones inmanentes de todo ordenamiento jurídico, no se halla ya en grado de garantizarse -mediante el ordenamiento jurídico- los fines empíricos que pretende alcanzar a toda costa. Por ello la policía interviene “por razones de seguridad” en casos innumerables en los que no subsiste una clara situación jurídica cuando no acompaña al ciudadano, como una vejación brutal, sin relación alguna con fines jurídicos, a lo largo de una vida regulada por ordenanzas, o directamente no lo vigila. A diferencia del derecho, que reconoce en la “decisión” local o temporalmente determinada una categoría metafísica, con lo cual exige la crítica y se presta a ella, el análisis de la policía no encuentra nada sustancial. Su poder es informe así como su presencia es espectral, inaferrable y difusa por doquier, en la vida de los estados civilizados. Y si bien la policía se parece en todos lados en los detalles, no se puede sin embargo dejar de reconocer que su espíritu es menos destructivo allí donde encarna (en la monarquía absoluta) el poder del soberano, en el cual se reúne la plenitud del poder legislativo y ejecutivo, que en las democracias, donde su presencia, no enaltecida por una relación de esa índole, testimonia la máxima degeneración posible de la violencia.
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