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Tierra arrasada
Por Cecilia Copello -
Monday, Nov. 23, 2009 at 12:56 PM
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El 18 de mayo de 2009, fuerzas de seguridad del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires desalojaron ilegal y violentamente la Huerta Orgázmica, emprendimiento comunitario y autónomo del barrio porteño de Caballito, creado en 2002. A las reacciones de protesta le siguió el allanamiento a un centro cultural, una decena de heridos y más de veinte detenidos. Dos meses después, sus integrantes cuentan la historia de una persecución injustificada que se suma a la cada vez más amplia lista de centros comunitarios y culturales desplazados por un gobierno cuyo plan privatizador no muestra signos de querer detenerse.
Nitai corre por las calles vacías de Caballito. Todavía se siente dormida, porque ni bien le avisaron se levantó de la cama y salió así nomás. Cruza a los saltos la desolada plaza Giordano Bruno y queda paralizada al advertir que un extenso operativo policial rodea la Huerta, donde dos topadoras Bulldozers hacen desaparecer bajo sus hojas metálicas más de 100 variedades de plantas comestibles, medicinales, exóticas y ornamentales. Sin acercarse demasiado puede reconocer a un golpeado compañero que es sacado a la fuerza de la Huerta por varios hombres vestidos de civil. Aún no sabe que aquel grupo forma parte de la Unidad de Control del Espacio Público (UCEP), que hace 6 meses funciona bajo las órdenes del ex rugbier y actual ministro de Espacio Público porteño Juan Pablo Piccardo. Pero dentro de la huerta puede identificar al director del Centro de Gestión y Participación Comunal (CGPC) N° 6, Marcelo Iambrich, quien junto a su esposa y su asesor personal contemplan satisfechos el procedimiento. Uniformados de la policía ferroviaria, tres grupos de Infantería y efectivos de la comisaría 11° impiden el paso de quienes intentan acercarse, mientras se convierten en objeto de las curiosas miradas de los pasajeros del tren que atraviesan la Estación Caballito del Ferrocarril Sarmiento.
Dos meses después, estoy sentada frente a Nitai Rivelli en un cálido cuartito del último piso del Centro Cultural La Sala en Avellaneda al 640, donde ella vive desde hace tiempo y donde hoy realizan sus actividades los integrantes de la Huerta. Nos acompaña Leandro Lerner y varios chicos más que preparan el almuerzo en la terraza. Nitai se sienta en una silla mientras comienza a armar un cigarrillo de tabaco con toda la paz del mundo. “La idea de crear una huerta donde se produjeran alimentos surgió en las asambleas barriales generadas por la crisis económica y social de 2002. Un grupo de personas propuso limpiar un terreno lleno de basura y escombros de cincuenta metros por diez, que lindaba con la plaza Giordano Bruno”. El terreno, que pertenecía al Organismo Nacional de Administración de Bienes (ONABE) y se encontraba sobre la calle Rojas y la vía, se transformó en una huerta que durante los siguientes seis años no dejó de crecer. Bajo el lema ‘comida no bombas’ la filosofía verde se hizo cuerpo en el barrio, abriendo un espacio de producción entre los vecinos que la visitaban a diario y generando talleres, cursos de permacultura, encuentros de semillas y comidas vegetarianas sin aditivos ni conservantes.
Las primeras presiones para cerrar la Huerta llegaron a principios de 2007. A la intimación de desalojo del gobierno de Telerman, cuya denuncia alegaba que no podían remodelar la plaza porque había usurpación en el terreno, le siguió un fallo del Juzgado Correccional N° 5 que determinó la inexistencia de tal usurpación ya que no se había generado violencia, engaño, fraude ni clandestinidad por parte del proyecto orgázmiko. “Las cosas se complicaron cuando Mauricio Macri asumió la Jefatura de Gobierno” dice Nitai mientras alguien comienza a repartir platos con arroz y zapallo. En septiembre de 2008 llegó un decreto que validaba el desalojo con la firma del Jefe de Gabinete Horacio Rodríguez Larreta, quien los invitaba a que, en un plazo de diez días, retiren las instalaciones. “Tenía un montón de fallas. Presentamos un recurso de reconsideración que remarcaba los errores, pero como no lo contestaron el decreto quedó en suspenso”. Al mismo tiempo los chicos comenzaron a asistir a las reuniones de la CGPC N°6, encuentros abiertos con vecinos del barrio donde se discutían diferentes problemáticas. La inseguridad, la limpieza y la construcción de torres eran los favoritos de una lista de temas confeccionada por un grupo de vecinos simpatizantes del Pro y creadores del periódico barrial Horizonte Caballito -cuya página Web reza “Caballito te quiero” y cuyas últimas notas se habían ensañado particularmente con la Huerta-, aunque Leandro aclara que había vecinos ‘copados’ que los apoyaban. “De un momento para el otro la CGPC decide suspender esas encuentros, dejando a todos los vecinos molestos y vaciando de sentido su propia definición de entidad, porque anulaba el espacio de participación”.
El Ministerio de Espacio Público de la Ciudad decidió entonces convocar a los integrantes de la Huerta a una mesa de diálogo que se haría cada 15 días con el Jefe de Gabinete del ministerio, Fabián Simón -quien tuvo a su cargo la tan cuestionada UCEP- y el Coordinador general de Espacios Verdes, Norberto Pini, entre otros. “Nosotros aceptábamos integrar la huerta a la plaza, pero no con las condiciones que imponían. La idea del paisajista de la obra consistía en una huerta modelo que tuviera la misma dinámica que la plaza, con caminos de cemento, horario de cierre y por supuesto un guardia” dice Leandro. Lejos de un capricho estético, se trataba de una cuestión lógica que se reduce a la biodiversidad “En una huerta con siete años de tierra fertilizada las plantas nacen donde quieren, mientras que en la plaza se dividen por su tipo, se fumigan, y obviamente se rompen con el paso de la gente” explica Leandro mientras me muestra el plano que proponía el gobierno. “Justo en ese momento surge el tema del dengue y nos dicen que nos quedemos tranquilos, que retomaríamos el diálogo una vez que se desocuparan”.
Un mes después, a las cinco y media de la mañana, sin aviso previo ni orden judicial, el GCBA desalojó la Huerta. “Resolvimos cortar la calle Rojas, donde se juntaron más de quinientas personas del barrio y de otros colectivos” recuerda Nitai mientras Celeste, que acaba de llegar, nos saluda simpática. Recién a las once de la noche, el Subsecretario del Ministerio de Justicia Daniel Presti les acercó un papel, avalado por el Instituto Pasteur, que afirmaba que el lugar corría peligro de dengue. “Se nos acusaba de que hubiera una bañera con agua estancada. Como no podían agarrarse de la usurpación por el fallo judicial a nuestro favor, tomaron como excusa el dengue”. Lo cierto es que la cuestionada bañera tenía plantas acuáticas, en agua salada y con microorganismos, condiciones en las que, se sabe, el dengue no se reproduce.
Al día siguiente decidieron hacer una marcha de protesta al CGPC N°6. Mientras Infantería custodiaba sus puertas, las pintadas se desplegaban: “Macri basura, prefiero la verdura”, “Hay tierra bajo el cemento, rómpelo y siembra tus alimentos”. Lo que pasó después, lo cuenta Nitai: “Comenzaron los empujones, avanzó Infantería, y al toque empezaron a pegar. En mi caso me alejé corriendo pero quedé encerrada en un cubículo contra una pared, y entre seis policías me golpearon con los palos. Terminé en el Durand con siete puntos en la cabeza”. El resto de los manifestantes, para quienes la protesta había terminado, comenzaron a retirarse bajo los atentos ojos de los policías. Pocos minutos después, cuatro camiones celulares se instalaban frente a la colorida puerta del Centro cultural La Sala y una vez adentro más de veinte uniformados arrasaban, durante diez minutos, contra todo lo que encontraron en el camino. “Golpearon y maltrataron a todos. Acá había gente laburando que ni siquiera había ido a la marcha. A un chico le cortaron las rastas y a otro lo ahorcaron con un cable provocándole el desmayo” recuerda Leandro mientras miramos la foto que inmortalizó el momento. Hubo 22 detenidos esa tarde, entre ellos una chica embarazada de 6 meses.
Esa misma noche se hizo una asamblea multitudinaria. “Queríamos seguir haciendo actividades en la calle Rojas, pero con tanta gente se confundían las ideas y opiniones. Había desde posturas pacifistas extremas hasta gente militante que la agita en serio y proponía ocupar el terreno, lo que no hicimos porque en ese momento éramos un montón, pero sabíamos que después íbamos a ser cinco locos solos regando la tierra” dice Celeste que come junto a su homónima perra del mismo plato. Me comenta que durante los días siguientes comenzaron a recibir amenazas telefónicas y que una tarde, cuando salía con otros chicos de La Sala, los paró un auto de civil y una voz les dijo -¿Adónde se creen que van?”. Por el momento se quedan acá, pienso mientras me acomodo para escuchar una guitarra y un bongó que empiezan a sonar.
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