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Origen del 1° de Mayo: Fraternidad obrera universal
Por Leónidas Ceruti - Sunday, Apr. 29, 2012 at 11:36 PM

ORIGEN DEL 1° DE MAYO: FRATERNIDAD OBRERA UNIVERSAL

Sumario:
-  Introducción
-  El capitalismo a nivel mundial
-  La clase obrera: condiciones de trabajo y vida. Primeras organizaciones y huelgas
-  La lucha por las ocho horas
-  La clase obrera se moviliza en EE.UU.
-  Una farsa que llamaron juicio. Linchamientos y condenas
-  El Congreso de París de 1889
-  A modo de conclusión

Introducción

A los grandes revolucionarios y sus ideas, las clases dominantes los sometieron a constantes persecuciones, “acogieron sus doctrinas con la furia más salvaje, con campañas de mentiras y calumnias”. Después de su muerte, se intentó convertirlos en íconos inofensivos, canonizarlos, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria. Olvidan, relegan a segundo plano, tergiversan el aspecto transformador de sus acciones, de sus conceptos revolucionarios, y hacen pasar a primer plano, ensalzan lo que es o parece ser aceptable para los sectores dominantes. (1) A esa opinión, que refleja un hecho que la historia se ha encargado de repetir, podemos agregar que esto no sólo sucede con los grandes revolucionarios y sus doctrinas, sino que también ha pasado con el contenido de las fechas y los acontecimientos históricos que rememoran importantes logros de las clases oprimidas. Ejemplo claro lo constituye el “1º de Mayo”, que se ha intentado por todos los medios vaciarlo del contenido de lucha, de reclamos, que tuviera en su origen, como “Día de Lucha Internacional de la Clase Obrera”.

El capitalismo a nivel mundial

Después de la Revolución Inglesa de 1640 y la Revolución Francesa de 1789, el régimen social capitalista comenzó a predominar en el mundo y la burguesía se erigió cada vez más como clase dominante a nivel mundial en lucha contra las fuerzas seculares del atraso expresadas en el feudalismo, las monarquías autocráticas y la jerarquía eclesiástica.

Pero la nueva sociedad que nació detrás de las grandes consignas de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que al emancipar a la burguesía creyó que emancipaba a la humanidad, demostró muy pronto las condiciones antagónicas que llevaba en su seno. Que la libertad era solo la que tenía la burguesía de traficar libremente con las mercancías para desarrollar el capitalismo y la libertad para comprar la mercancía más valiosa: la fuerza de trabajo de los obreros. En esas condiciones la Igualdad y la Fraternidad se transformaron en frases huecas y sin contenido.

El sistema capitalista significó sin embargo un avance con respecto al atraso feudal. Rebasada la primera época de la manufactura y de los obreros profesionales, se produjo el desarrollo de la técnica, la producción mecanizada trajo el surgimiento de las fábricas y la revolución industrial. Se superó el trabajo productivo en los talleres manufactureros o en los propios domicilios de los trabajadores: del torno de hilar o el telar equipado con la lanzadera volante de Kay se pasó al telar mecánico de Cartwright, a la hiladora mecánica o mula de Cromton. Otra de las innovaciones sería la aplicación de la energía proveniente del vapor de agua. “Bajo el signo de tales advenimiento es que se empiezan a organizar lo que a partir de allí se pueden denominar fábricas. Las hilanderas que usaban la Jenny en sus casas, con la mula deben ir a las fábricas. Los tejedores que hasta entonces usaban la lanzadera volante en su domicilio, deben marchar a las fábricas donde se instalan los flamantes telares mecánicos. Y ello es inevitable ya que en cada uno de los dos rubros principales de la industria textil, tejido e hilado, las nuevas máquinas multiplicaban la productividad de la mano de obra, con lo cual, por otra parte, eliminan de un solo golpe y dramáticamente la competencia del trabajador domiciliado. Este proceso lleva directamente a acelerar la concentración industrial y a aumentar la producción”. (2)

Una ola de inmigrantes del campo inundaron las ciudades, grandes barrios proletarios se formaron explosivamente rodeando a las grandes industrias mecanizadas. Era una enorme masa de obreros asalariados -trabajadores libres- desposeídos de toda propiedad, excepto su fuerza de trabajo, que se veían obligados a vender so pena de morirse de hambre. Vivían hacinados en grandes barracas y eran víctimas de enfermedades como la tuberculosis y epidemias como el cólera o el tifus. Tanto los hombres, como las mujeres y niños, eran sometidos a largas jornadas de trabajo, las cuales oscilaban entre 14 a 18 horas diarias.

Las crisis cíclicas propias de la economía capitalista lanzaban grandes masas a la desocupación, reinando un estado de miseria e inseguridad, situación que caracteriza en la primera mitad del siglo XIX a las principales ciudades industriales de Europa como Manchester y Londres. Refiriéndose a esa situación, Engels supo escribir “El East End de Londres es un pantano cada vez más extenso de miseria y de desesperación irremediable, de hambre en las épocas de paros y de degradación física y moral en las épocas de trabajo”.(3) La misma situación se daba en EE.UU. en la segunda mitad de ese siglo.

A mediados del siglo XIX, el gran desarrollo de los medios de comunicación y transporte aplicados en escala mundial posibilitaron la formación del mercado internacional y el auge de una nueva época industrial.

Se había completado el círculo desde los talleres a la fábrica. En los pequeños talleres artesanales de la edad media, cada artesano o cada familia realizaba todo el trabajo, inventándolo y acomodándolo a las demás tareas de la vida. Cada artesano conocía el valor de los elementos que entraban en la fabricación de cada producto, y sobre todo conocía el valor que él le agregaba a la materia prima con su trabajo. Mientras que en los grandes talleres manufactureros en cambio, los productos se construían a medida que pasaban de mano en mano y trabajando “contra reloj”. De esa manera, cada trabajador desconoce el valor que le agrega a la materia prima con su trabajo. Si el trabajador no conoce el valor de su trabajo, mal va a poder defenderlo, mal va poder exigir un salario equivalente. Esto es lo que hace posible la explotación. Además, en los grandes talleres manufactureros, el trabajo como invención dejo lugar al trabajo como rutina: el hombre creador (que trabaja con la cabeza) dejo lugar al hombre ejecutor (que sólo trabaja con las manos). Este es el hecho que terminó por consagrar la alienación. Del taller manufacturero (donde aún muchas cosas se hacían a mano) a la fábrica (donde casi todo se hace a máquina) sólo había un paso y la burguesía inglesa iba a darlo con la incorporación de los grandes descubrimientos científico-técnicos al proceso productivo, desatando así la llamada revolución industrial. (4)

La clase obrera: condiciones de trabajo y vida

Primeras organizaciones y huelgas

El proceso de acumulación originaria capitalista dio origen al proletariado e hizo que para que exista capitalismo deba existir previamente la clase obrera: no hay régimen capitalista sin el predominio del régimen asalariado como sistema de trabajo. La revolución industrial dio origen a un nuevo tipo de trabajo: el trabajo fabril; a un nuevo tipo de trabajador: el obrero industrial; a un nuevo tipo de organización social: el capitalismo, que continuó expandiéndose por el planeta hasta la actualidad.

“Las primeras organizaciones de las cuales participan obreros aparecen en el siglo XVIII y las verdaderas organizaciones obreras lo harán en medio del proceso de la revolución industrial, en Inglaterra y a principios del siglo XIX. Por lo tanto, una cosa es la existencia de la clase obrera y otra la aparición de los movimientos obreros sean éstos de carácter mutual, sindical o político. Los primeros movimientos obreros de resistencia aparecen como protesta por los bajos salarios que se pagan en los talleres manufactureros. Las reivindicaciones, al principio precarias, parciales y aún contradictorias, irán con el tiempo abarcando otros planos y adquiriendo coherencia. De una actitud mutualista, cuyo objetivo es la defensa del salario, se pasará a una ofensiva irracional contra la máquina, y de ésta a la organización obrera moderna que se concreta con la aparición de los primeros sindicatos en 1829 en Inglaterra, y también de los primeros grupos políticos...”. (5)

Tanto en las fábricas, las minas, las hilanderías o en su vida cotidiana, el obrero vivía constantemente en la miseria, la pobreza. El trabajo extenuador, las largas jornadas laborales, la subalimentación, las enfermedades, socavaban las fuerzas físicas de los obreros. Por esos motivos el desarrollo de la clase obrera dependía de su capacidad de resistencia a la explotación capitalista, de lucha por el cambio de las condiciones de vida y de trabajo. Comenzaron los conflictos por lograr y posteriormente ampliar los derechos sindicales, las libertades fundamentales en unos países y conquistarlas en otros. Incluso en Inglaterra, donde la libertad de coaliciones y huelgas había sido reconocida formalmente antes que en ninguna otra parte, las tradeuniones no gozaban hasta 1870 de derechos jurídicos. Los dirigentes y participantes de las huelgas eran objeto de persecución policial y de prisión, variando las acusaciones desde organizar un complot o de ejercer la violencia hasta de crear obstáculos a las empresas.

Con los años, el movimiento huelguístico fue adquiriendo fuerza. La gran amplitud y duración fueron rasgos distintivos de muchas huelgas en las décadas finales del siglo XIX, que a menudo se prolongaban semanas e incluso meses. La mayoría de los conflictos en esos tiempos tuvieron carácter económico, y entre las reivindicaciones presentadas por los huelguistas se encontraban: aumento de los salarios, jornadas de 10 y luego de 8 horas, seguros sociales en caso de enfermedad, invalidez y vejez, limitación del trabajo femenino e infantil, medidas de protección del trabajo, responsabilidad de la patronal por los accidentes durante la producción, supresión de las multas, mejoramiento de las condiciones de vivienda.

Las huelgas se constituyeron en Europa y EEUU en escuela de la solidaridad obrera. Las más importantes tenían una amplia repercusión, incluso fuera de los límites del propio país. Los obreros no se limitaban a expresar su simpatía y su apoyo moral, sino que en muchos casos colaboraban con ayuda material para sostener el movimiento de protesta. Así, durante la famosa huelga de los portuarios de Londres en 1889 se recolectaron 50 mil libras esterlinas, de los cuales 30 mil procedían de los sindicatos australianos. En otros casos, fueron comunes las huelgas solidarias.

La lucha por las ocho horas

¿Cuáles son las causas que determinan la prolongación de la jornada de trabajo? ¿De qué depende una duración normal de la misma? No dependen, por cierto, de la “maldad” del capitalista ni de su escaso o abundante “espíritu cristiano”. Marx lo ha explicado de esta manera: “Como capitalista, él no es más que el capital personificado. Su alma es el alma del capital y el capital no tiene más que un instinto vital, el instinto de acrecentarse, de crear plusvalía, de absorber con su parte constante los medios de producción, la mayor masa posible de trabajo excedente. El capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo, y que vive más cuando más trabajo vivo chupa. El tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el que el capitalista consume la fuerza de trabajo que compró”.

“El capitalista se acoge pues a la ley de cambio de mercancías. Su afán, como el de todo comprador, es sacar el mayor provecho posible del valor de uso de su mercancía. Pero de pronto se alza la voz del obrero, que había enmudecido en medio del tráfago del proceso de producción. La mercancía que te he vendido, dice esta voz, se distingue de las otras mercancía en que su uso crea valor, más valor del que costó. Por eso, y no por otra cosa, fue por lo que tú la compraste. Lo que para ti es explotación de un capital, es para mí estrujamiento de energías. Para ti y para mi no rige en el mercado más ley que la del cambio de mercancías. Y el consumo de la mercancía no pertenece al vendedor que se desprende de ella, sino al comprador que la adquiere. El uso de mi fuerza diaria de trabajo te pertenece, por tanto, a ti. Pero, hay algo más, y es que el precio diario de venta abonado por ella tiene que permitirme a mí reproducirla diariamente, para poder venderla de nuevo. Prescindiendo del desgaste natural que lleva consigo la vejez, etc., yo obrero, tengo que levantarme en condiciones de poder trabajar en el mismo estado de fuerza, salud y diligencia que hoy. Tú me predicas a todas horas el evangelio del ‘ahorro’ y la ‘abstención’. En lo sucesivo, me limitare a poner en movimiento, en acción, la cantidad de energía lo estrictamente necesario para no rebasar su duración normal y su desarrollo sano. Alargando desmedidamente la jornada de trabajo, puede arrancarme en un solo día una cantidad de energía superior a la que yo alcanzo a reponer en tres. Por este camino, lo que tú ganas en trabajo lo pierdo yo en sustancia energética. Una cosa es usar mi fuerza de trabajo y otra muy distinta desfalcarla. Es como si me pagases la fuerza de trabajo de un día empleando la de tres. Y esto va contra nuestro contrato y contra la ley del cambio de mercancías. Por eso exijo una jornada de trabajo de duración normal, y al hacerlo, sé que no tengo que apelar a tu corazón porque en materia de dinero los sentimientos salen sobrando. Podrás ser un ciudadano modelo, pertenecer acaso a la liga de protección de los animales y hasta vivir en olor de santidad, pero ese objeto a quien representas frente a mí no encierra en su pecho un corazón. Lo que parece palpitar en él son los latidos del mío. Exijo, pues, la jornada normal de trabajo, y, al hacerlo, no hago más que exigir el valor de mi mercancía...

“Como se ve, fuera de límites muy elásticos, la instancia del cambio de mercancías no traza directamente un límite a la jornada de trabajo, ni, por tanto, a la plusvalía. Pugnando por alcanzar todo lo posible la jornada de trabajo, llegando incluso, si puede, a convertir una jornada de trabajo en dos, el capitalista afirma sus derechos de comprador. De otra parte, el carácter específico de la mercancía vendida entraña un límite opuesto a su consumo por el comprador y al luchar por reducir a una determinada magnitud normal la jornada de trabajo, el obrero reivindica sus derechos de vendedor. Nos encontramos, pues, ante una antinomia, ante dos derechos encontrados, sancionados y acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías. Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza. Por eso en la historia de la producción capitalista, la reglamentación de la jornada de trabajo se nos revela como una lucha que se libra en torno a los límites de la jornada, lucha ventilada entre el capitalista universal, o sea la clase capitalista, de un lado, y de otro el obrero universal, o sea, la clase obrera”. (6)

En el año 1864 se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida como la “I Internacional”, a instancias de su inspirador fundamental Carlos Marx. Reunía en su seno a delegaciones obreras de distintos países capitalistas, de las más diversas tendencias en que se expresaba políticamente la clase obrera en esa época. El Manifiesto inaugural puntualizó frente a la duración de la jornada laboral que “después de la lucha de treinta años, sostenida con una tenacidad admirable, la clase obrera inglesa aprovechándose de una disidencia momentánea entre los señores de la tierra y los señores del dinero, consiguió arrancar la ley de la jornada de 10 horas. Las inmensas ventajas físicas, morales e intelectuales que esa ley proporcionó a los obreros fabriles, señaladas en las memorias semestrales de los inspectores del trabajo, son ahora reconocidas en todas partes. La burguesía había predicho, y demostrado hasta la saciedad, que toda limitación legal de la jornada sería doblar a muerto por la industria inglesa, que, semejante al vampiro, no podía vivir más que chupando sangre, y, además, sangre de niños. Esta lucha por la limitación legal de la jornada de trabajo se hizo aún más furiosa, porque de lo que se trataba era de decidir la gran disputa entre la dominación ciega ejercida por las leyes de la oferta y la demanda, contenido de la Economía política burguesa, y la producción social controlada por la previsión social, contenido de la Economía política de la clase obrera. Por eso, la ley de la jornada de diez horas no fue tan sólo un gran triunfo práctico, fue también el triunfo de un principio; por primera vez la Economía política de la burguesía había sido derrotada en pleno día por la Economía política de la clase obrera.. (7)

Karl Marx y Friedrich Engels

Posteriormente, entre las “Instrucciones sobre diversos problemas a los delegados del Consejo Central Provisional”, para los representantes enviados al I Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrado en septiembre de 1866, en Ginebra, figuraba la posición sobre la “Limitación de la Jornada de Trabajo”, afirmando: “La condición preliminar, sin la que todas las tentativas de mejorar la situación de los obreros y de su emancipación están condenadas al fracaso, es la limitación de la jornada de trabajo. Es necesaria para restaurar la salud y la fuerza física de la clase obrera, que es la armazón básica de toda la nación, lo mismo que para asegurar a los obreros las posibilidades de desarrollo intelectual, de mantener relaciones sociales y de dedicarse a actividades sociales y políticas. Nosotros proponemos 8 horas de trabajo, como limite legal de la duración de la jornada laboral. Esta limitación es la demanda general de los obreros de Estados Unidos de América, el voto del Congreso la hará plataforma común de la clase obrera del mundo entero”. (8)

La referencia con respecto al proletariado de Estados Unidos es la discusión realizada en la asamblea obrera en Baltimore, celebrada en agosto de 1866, en la que además se fijaron posiciones frente a las actividades políticas de los obreros, las sociedades cooperativas, las adhesiones a las tradeuniones, las huelgas.

Luego, el I Congreso de la Internacional adoptó entre otras la siguiente resolución: “El Congreso considera la reducción de las horas de trabajo como el primer paso con vistas a la emancipación obrera. En principio el trabajo de 8 horas diarias debe considerarse suficiente. No habrá trabajo nocturno, salvo en casos previstos por la ley”. (9) Los otros pronunciamientos abarcaron la unidad internacional, trabajo de los niños y mujeres, trabajo cooperativo, sindicatos y ejércitos permanentes.

De esa manera, la Primera Internacional sentó las bases para que los trabajadores de Europa y América comenzaran un movimiento unificado en pro del mejoramiento de sus condiciones elementales de vida. A partir de ese momento, las luchas del proletariado se fueron intensificando y encontraron dos expresiones memorables que forman parte de la gran historia del movimiento obrero internacional: La Comuna de París de 1871 y las luchas de la clase obrera norteamericana expresadas en las jornadas del 1º de Mayo de 1886 por las ocho horas de trabajo.

La represión y la posterior aniquilación de la Revolución Obrera de París no consiguió que se frenara el espíritu de lucha de la clase obrera contra el capital, que en esa época tenía como uno de los objetivos principales, en todo el mundo capitalista, la conquista de las ocho horas. Era necesario evitar la degradación física, moral e intelectual del proletariado, y por eso la Primera Internacional continuó levantando como consigna “Ocho horas de trabajo, ocho horas de esparcimiento y estudio, ocho horas de descanso”.

Los reclamos del proletariado prosiguieron, no sólo limitados a la disminución de la jornada de trabajo sino también a terminar con la explotación misma del trabajo asalariado. Los conflictos se fueron agudizando cada vez más, a medida que la clase obrera se organizaba en sus propios destacamentos de lucha: los sindicatos y los partidos políticos, buscando una salida a esa situación.

¡Cuánta validez tiene todavía el lema de los viejos combatientes internacionalistas, para el proletariado de la Argentina y de la mayoría de los países! En el curso del proceso histórico, la clase obrera ha logrado, luego de largas luchas, numerosas conquistas. Pero el triunfo de la reglamentación legal de la jornada de ocho horas existe hoy sólo en la “legalidad”, ya que en la realidad la jornada dura de 10 a 14 horas diarias. Las horas extras, el doble trabajo, se convirtió en una necesidad de subsistencia, lo que no hace más que demostrar que las reformas legales al régimen capitalista pueden determinar mejoras parciales, nunca muy duraderas, pero no terminan con las injusticias del capitalismo.

 

La clase obrera se moviliza en EE.UU

EEUU compartía la realidad europea que, en el desarrollo de su joven industria, sometía a las masas trabajadoras a una jornada indefinida, inestabilidad laboral, bajos salarios y, en varias ciudades o poblados, el trabajo se daba la forma del “track system” (pago del trabajo en productos). Ya en 1850 se habían creado las “Grandes Ligas de Ocho Horas” en las principales ciudades industriales, y fue durante el Congreso General de Baltimore, en mayo de 1866, donde se reclamó la jornada de 8 horas con una proclama donde se especificaba que “la primera y gran necesidad del presente, para liberar al trabajo de este país de la esclavitud capitalista, es la promulgación de una ley por la cual la jornada de trabajo debe componerse de ocho horas en todo el Estado de la Unión americana....”. (10)

Un millón setecientos mil niños de diez a quince años soportaban jornadas de trabajo de 14 a 16 horas en las nacientes industrias, en los socavones de las minas de carbó, y en las ruidosas tejedurías norteamericanas. En Chicago, la segunda ciudad en importancia de Estados Unidos, las crónicas periodísticas relataban que “los obreros parten a las 4 de la mañana y regresan a las 7 u 8 de la noche e incluso más tarde. Jamás ven a sus esposas e hijos a la luz del día. Unos se acuestan en corredores y altillos, otros en barracas donde se hacinan tres y cuatro familias. Muchos no tienen alojamiento, se los ve juntar restos de legumbres en los recipientes de desperdicios como los de los perros, o comprar al carnicero sólo algunos centavos de recortes”. (11) En ese marco, fueron creciendo los primeros sindicatos y la consigna unificadora fue la negativa de no trabajar más de ocho horas, pero el verdadero objetivo para los luchadores socialistas y anarquistas pasaba por la construcción de una nueva sociedad.

Posteriormente, el Congreso de EE.UU. en junio de 1868 aprobó la Ley Ingersoll que fijó la jornada de 8 horas para los empleados estatales y los trabajadores que se desempeñaran en actividades privadas que realizaran trabajos contratados por el gobierno federal. A la medida se sumaron algunos estados, pero la lucha del proletariado continuó constantemente, y fue así que el Cuarto Congreso de la Federación Americana del Trabajo (A.F.L) aprobó en octubre de 1884 una resolución que expresaba: “Se resuelve que a partir del 1º de mayo de 1886, la jornada de trabajo será de ocho horas”. Las luchas posteriores fueron consiguiendo paulatinamente la reducción de la jornada. A mediados de 1886, lograron la disminución a diez horas alrededor de 800.000 obreros, mientras que 250.000 habían obtenido ya el objetivo de las ocho horas. El movimiento huelguístico en ascenso encontró su culminación en las jornadas del 1º de Mayo de 1886, desarrollada por los obreros estadounidenses.

La burguesía norteamericana se decidió a enfrentar la protesta obrera. La prensa expresó sus ideas y el New York Times en sus páginas supo publicar que “las huelgas para obligar al cumplimiento de la jornada de 8 horas pueden hacer mucho para detener la industria, disminuir el comercio y frenar la reciente prosperidad del país, pero no podrán lograr su objetivo”; mientras que el Indianapolis Journal criticaba “los desfiles callejeros, las banderas rojas, las fogosas arengas de truhanes y demagogos que viven de los ahorros de hombres honestos pero engañados en las huelgas y amenazas de violencia”. (12)

El 1º de mayo de 1886 se lanzaron a la huelga más de 300.000 trabajadores. Se sucedieron enfrentamientos callejeros en las principales ciudades. La represión en Milwukee dejo 9 muertos y varios heridos. En Chicago, las luchas adquirieron un matiz particularmente agudo y se vieron envueltos los obreros de toda la ciudad, especialmente los de la fábrica de maquinarias agrícolas McCornick. En las mismas, el 3 de mayo, se concentraron varios miles de huelguistas y mientras sus delegados parlamentan con la patronal, una provocación sirvió de pretexto para que la policía ametrallara la asamblea, produciéndose 6 muertos y cincuenta heridos entre los obreros.

Al día siguiente, en un acto en el que participaron más de 15.000 trabajadores, la policía al mando del capitán Bondfield disolvió violentamente el acto, luego que una bomba que cayó entre los policías mató a un agente e hirió a varios de ellos. El ametrallamiento de la multitud produjo 38 muertos y 115 heridos. En la ciudad se declaró el estado de sitio y el toque de queda; el ejército ocupó los barrios obreros, saqueando los locales sindicales, destruyendo sus bibliotecas, imprentas, produciendo cientos de detenciones. Tiempo después se descubrió que los industriales en complicidad con la policía habían montado la provocación a fin de “aleccionar a los revoltosos que no querían trabajar”.

Represión policial frente a la fábrica McCornick

Una farsa que llamaron juicio. Linchamientos y condenas

Luego de la masacre y como consecuencia de estos sucesos, los principales dirigentes obreros fueron detenidos y condenados a muerte: George Engel, Michael Scwab, Lous Ling, Adolph Ficher, Samuel Fielden, Hessois Auguste Spies, Oscar Neebe y Albert R Parsons.

Unos días antes de la ejecución, se conmutó la pena de muerte por la de prisión perpetua a Michel Seawab, periodista, y a Samuel Fielden, ex predicador metodista, mientras que Oscar Neebe fue condenado a 15 años de trabajos forzados. Otro de ellos, Louis Ling, apareció “suicidado” en su celda por la explosión de un cartucho de dinamita colocado en su boca a modo de cigarro. Los que murieron en la horca el 11 de noviembre de 1887 fueron los cuatro restantes: Albert Parsons, periodista, Adolfo Fischer, tipógrafo, George Engels, tipógrafo, y Augusto Spies.

José Martí, exiliado en EE.UU., escribió una crónica sobre el linchamiento para el diario La Nación, de Buenos Aires, publicado en la edición del 1 de enero de 1888, titulada “El Golgota de Chicago”, en la cual narró el crimen cometido por las autoridades norteamericanas “Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro. Spies va con paso grave, desgarradores los ojos azules, hacía atrás el cabello bien peinado, blanco como la misma mortaja, magnifica la frente. Fischer, le sigue robusto y poderoso, enseñando por el cuello la sangre pujante, realizados por el sudario los fornidos miembros. Engels andando de atrás, a la manera de quien va a una casa amiga, sacudiendo el sayón incomodo con las rodillas. Parsons, como si tuviese miedo a no morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Ya han puesto el pie en la trampa, bajo las cuerdas colgantes. Aún se ven los rostros, plegaria el de Spies, el de Fischer firmeza, el de Parsons orgullo rabioso, a Engels que hace reír con un chiste a su corchete, se le ha hundido la cabeza en la espalda. Ya le han echado sobre la cabeza como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas. Y susurra Spies ‘Salud oh tiempos en que nuestro silencio será más poderoso que nuestras voces, sofocadas hoy por la muerte’. La trampa cede. Los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando. Parsons ha muerto al caer, gira de prisa y cesa. Fischer se balancea, retiembla, quiere zafar el cuello entero, estira y encoge las piernas y muere. Engels se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como la marejada y muere ahogándose. Spies en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente de rodillas, sube una pierna, extendiendo las dos y sacude los brazos, tamborilea y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saluda a los espectadores con la cabeza....” (13)

Con los años, el ex juez John Peter Altgelt, gobernador del estado de Illinois, promovió la revisión del proceso judicial a los obreros de Chicago, quedando demostrado que todo había sido orquestado para culparlos. En junio de 1893 resolvió absolver a los condenados, liberando a Schwad, Fielden y Neebe.

 

El Congreso de París de 1889

Mientras tanto, los vínculos entre agrupamientos obreros de distintos países se intensificaron. Eran habituales las colectas para prestar ayuda a obreros en huelgas de otros países, la organización de campañas electorales, etc. En la prensa socialista ocupaban cada vez más espacio la información sobre el movimiento proletario de otros países, se publicaban artículos de dirigentes de partidos hermanos, se intercambian experiencias de luchas. A la vez que se divulgaban con mayor frecuencia llamamientos y declaraciones conjuntas con motivo del peligro de conflictos bélicos entre distintos países. Hacia fines de la década del 80, todo conducía a la convocatoria de un nuevo congreso internacional. La iniciativa partió de la socialdemocracia alemana, sumándose el Partido Obrero de París, y con gran impulso de Federico Engels.

El 14 de julio de 1889, precisamente el día conmemorativo del centenario de la toma de la Bastilla durante la Revolución Francesa, se iniciaron en París dos Congresos Internacionales. Uno de ellos fue citado por sectores sindicales y políticos reformistas, mientras que el otro denominado marxista era el convocado por los partidos obreros mayoritarios de Europa y por Engels. Este último fue el más importante y concurrido, al cual asistieron cerca de 390 delegados de 20 países, de Europa, de EEUU y Argentina.

La inauguración tuvo lugar en la sala Petrelle, adornada con banderas rojas y un gran cartel donde se proclamaba “¡Proletarios de todos los países, unidos!”. El primer discurso fue de Pablo Lafargue, uno de los líderes de los socialistas franceses, quien entre otros conceptos puntualizó que “los delegados reunidos en esta sala, de toda Europa y América, no se unen bajo la bandera tricolor o cualquier otra bandera nacional, sino que se unen bajo la bandera roja, la bandera del proletariado internacional”. (14)

El congreso se pronunció sobre la legislación laboral internacional y la protección del trabajo, proclamando que la emancipación del trabajo y de toda la humanidad puede ser lograda sólo por el proletariado organizado como clase y a escala internacional, que debe conquistar el poder político con el fin de realizar la expropiación del capital y trasformar los medios de producción en propiedad social”. (15)

 

A la vez, como una prueba del anhelo de unidad a escala internacional que animaba a los delegados, fue la decisión y el entusiasmo con que se proclamó al 1º de Mayo como Jornada Internacional de lucha de la clase obrera. La resolución puntualizaba: “Se organizará una gran manifestación internacional con fecha fija, de manera que en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimiden a los poderes públicos a reducir legalmente a 8 horas de trabajo...Visto que una manifestación semejante ya ha sido decidida por la Federación Americana del Trabajo para el 1º de Mayo de 1890 en su Congreso de diciembre de 1888 en Saint Louis, se adopta esta fecha para la manifestación internacional. Los trabajadores de las distintas naciones llevarán a cabo esta manifestación en las condiciones impuestas por la especial situación de cada país”. A lo que se sumó el siguiente dictamen complementario: “Con el concurso de los partidos socialistas representados en el Congreso Internacional de París se publicará, bajo el título de “La jornada de ocho horas”, un órgano semanario destinado a centralizar los informes sobre el movimiento internacional con miras a la reducción legal de la jornada de trabajo. Se recomienda a todos los delegados que hagan una demostración en todos los centros obreros de Europa y América en favor de la fijación de la jornada en ocho horas de trabajo”. (16)

Engels, al opinar sobre la decisión, comentó: “Esto es lo mejor que ha podido hacer nuestro congreso”. Finalmente, el Congreso daría origen a la II Internacional. De esa manera, el 1º de Mayo surgió con un carácter internacionalista, tras un llamado de sindicalistas y políticos socialistas y marxistas.

A modo de conclusión

¿Por qué al 1º de Mayo se lo sigue evocando año a año desde su origen de muy variadas formas? Nuestra hipótesis es que se lo hace porque expresa las contradicciones de la sociedad, donde se manifiestan los efectos del capitalismo: desempleo, miseria, marginalidad, donde queda al descubierto el choque del proletariado con la burguesía, del trabajo con el capital. El 1º de mayo es el día de los explotados, de los trabajadores. Como acontecimiento social, no existe una fecha simbólica y conmemorativa que fuera adquiriendo la dimensión a nivel mundial como el día de los trabajadores.

A la luz de los avasallamientos sobre los derechos laborales que la clase obrera conquistó, hoy cobra actualidad el canto que entonaban hace más de cien años los obreros rosarinos, “La canción de las ocho horas”, que reclamaban el tiempo libre que no tenían: “Ni una hora para pensar/ Queremos sentir el calor del sol/ Queremos oler las flores/ Y vamos a conseguir las ocho horas/ Ocho horas para lo que se nos de las ganas”.

Citas


1.-El Socialista, Nº 2, mayo de 1970, artículo “1º de mayo, Día Internacional de lucha del proletariado”, pág. 2.
2.-Pla, Alberto J., “Introducción a la historia general del movimiento obrero”, pág. 17, Editorial Tierra del Fuego, 1985.
3.-Engels, Federico, “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, Editorial Futuro, 1965.
4.-Bianco, Augusto, “Pequeña historia del trabajo (ilustrada), pág. 14, Editorial Contrapunto, 1988.
5.-Pla, Alberto J., op. cit.
6.-Carlos Marx, El Capital , Tomo I, pág. 179, Editorial Fondo de Cultura.
7.-Carlos Marx, “Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los trabajadores”, Obras escogidas, pág. 10-11,
8.-Zagladin, Víctor, “El movimiento obrero internacional, Tomo I, pág. 215, Editorial Progreso.
9.-Carlos Marx, Obras Escogidas, Tomo II, pág. 79, Editorial Progreso, 1974.
10.-Dommanget, Maurice, “Historia del primero de mayo”, pág. 29. Editorial Americalee, Buenos Aires, 1956.
11.-Zagladin, Víctor, op. cit., pág. 210.
12.-El Periodista, Nº 86, mayo 1986, pág. 16-17.
13. -Diario “Unión”, Nº 55, Año VII, mayo de 1940, pág. 11.
14-Protokoll des internationalen Arbeiter-Kongresses zu París, pág. 121.
15-Dommanget, Maurice, op. cit. 16-Dommanget, Maurice, op. cit..

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