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De militarización conocen los trabajadores
Por Leónidas Ceruti -
Wednesday, Jun. 27, 2012 at 2:08 AM
De militarización conocen los trabajadores
Por Leónidas Ceruti, historiador. En distintos artículos hemos
planteado que en la Argentina las clases dominantes han utilizado la violencia
para resolver conflictos sociales, económicos y políticos, y que la presidenta
Cristina Fernández de Kirchner se ha dedicado a atacar a los trabajadores, a
sus formas de protesta y reclamos. La última semana ambas cosas se han
vuelto a repetir.
En este artículo haremos un repaso de algunos de los tantos momentos
de la historia en que distintos gobiernos recurrieron a las denominadas fuerzas
de seguridad para intervenir en huelgas y en conflictos entre el capital y el
trabajo.

Desalojo de Brukman (24
de Noviembre de 2002)
"Ser gobernado es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido,
legislado, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado,
estimado, apreciado, censurado, mandado por seres que no tienen ni título,
ni ciencia, ni virtud. Ser gobernado significa, en cada operación, en cada
transacción, ser anotado, registrado, censado, tarifado, timbrado, tallado,
cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, contenido,
reformado, enmendado, corregido. Es, bajo pretexto de utilidad pública y en
nombre del interés general, ser expuesto a contribución, ejercido, desollado,
explotado, monopolizado, depredado, mistificado, robado; luego, a la menor
resistencia, a la primera palabra de queja, reprimido, multado, vilipendiado,
vejado, acosado, maltratado, aporreado, desarmado, agarrotado, encarcelado,
fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido,
traicionado y , para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado, deshonrado.
¡He aquí el gobierno, he aquí su moralidad, he aquí su justicia." (P.J.
Proudhon, Idea general de la revolución en el siglo XIX)
SUMARIO
> LO SUCEDIDO EN ESTAS JORNADAS
> PERON Y LA MILITARIZACIÓN DE LOS FERROVIARIOS
> LA CGT, LOS TRABAJADORES Y EL PLAN CONINTES
> LA MOVILIZACION MILITAR DE LOS FERROVIARIOS Y EL II ROSARIAZO
> DESDE EL 73 AL 75: REPRESION A LOS GREMIOS Y LOS TRABAJADORES
> LA DICTADURA MILITAR DE CACERIA
> MENEM Y MARIA JULIA LO HICIERON
> LAS AMENAZAS O LA REPRESION NUNCA PARALIZARON A LOS TRABAJADORES
Lo sucedido en estas jornadas
En
distintos artículos en los últimos meses (1) hemos planteado que en la Argentina
las clases dominantes han tenido desde siempre una vocación de utilizar la violencia
para resolver los conflictos sociales, económicos y políticos. Y que la presidenta
Cristina Fernández de Kirchner, desde hace un tiempo, se ha dedicado a atacar
a los trabajadores, a sus formas de protesta y reclamos. Mientras tanto, tolera
los negociados de grandes empresarios, de las mineras, banqueros de distinto
pelaje, multinacionales del agro y popes de la UIA, entre otros. Mientras los
ataques a los trabajadores continúan, Ella ha decidido ser complaciente y socia
del capital y sus intereses.
Esta última semana ambas cosas se han vuelto a repetir. Así
vimos la movilización de la Gendarmería para enfrentar a los huelguistas, militarizar
el conflicto entre los camioneros y los empresarios del transporte. Debemos
sumar los pronunciamientos antiobreros de ministros, diputados y funcionarios
del gobierno nacional y la judicialización de la protesta con la denuncia penal
contra un dirigente sindical por convocar a una huelga de su sindicato.
Además,
en el momento de mayor tensión con el gremio de camioneros, cuando la Gendarmería
forcejeaba con los hombres de Hugo Moyano en la planta de YPF, en todos los
regimientos del Ejército se recibió un plan de emergencia. Pasadas las 21 horas
del miércoles 20 se envió un mensaje -radiograma en la jerga castrense- numerado
6912. Calificado como “urgente y reservado”, en ese despacho se
ordenó confeccionar listas de conductores “con licencia nacional profesional,
licencia para el transporte de mercancías peligrosas y licencia de transporte
de carga general”. La orden del Gobierno era emplear a militares en lugar
de los camioneros. Luego llegó otro mensaje con el pedido de camiones cisterna
y de carga general que no fueron usados finalmente; pero un problema mayor se
hubiese presentado en el escenario previsto: los camiones militares no están
en regla. El año pasado, la Inspección General del Ejército había elevado un
informe crítico sobre el estado de los vehículos, con la aclaración de que no
cumplían las normas de tránsito nacionales como consecuencia de su antigüedad
y, por lo tanto, tenían problemas con los seguros.
Por
todo eso, es que haremos un repaso de algunos de los tantos momentos de la historia
en que los trabajadores fueron movilizados militarmente, cuando distintos gobiernos
recurrieron a la gendarmería y a las Fuerzas Armadas para intervenir en huelgas,
en conflictos entre el capital y el trabajo.

Gendarmería contra camioneros
Perón y la militarización de los ferroviarios
Durante
el primer gobierno peronista, los sindicatos ferroviarios realizaron una huelga
que comenzó en 1950 y recrudeció en 1951, en reclamo de aumentos salariales.
El 24 de enero de 1951, Perón ante un conjunto de dirigentes sindicales declaraba:
“No creí jamás que llegara a producirse en nuestros ferrocarriles una
cosa como la que se está produciendo, que es el producto de mil o dos mil agitadores
y de ciento cuarenta mil de indecisos. Voy a decretar la movilización militar
de todo el personal que se niega a concurrir a sus tareas. Decretada la movilización,
el que concurra a su trabajo está movilizado en él, el que no concurra tendrá
que ser procesado e irá a los cuarteles, se incorporará bajo el régimen militar
y será juzgado por la justicia militar de acuerdo con el Código de Justicia
Militar”.
Se
sancionó el decreto de movilización militar. La misma noche del 24 de enero
la policía asalto centenares de hogares ferroviarios y de militantes de otros
gremios, deteniéndolos y encarcelamiento, millares de obreros fueron cesanteados.
La movilización militar y la tremenda represión desatada obligaron a los obreros
a volver al trabajo. Se despidió y encarceló a los líderes de la huelga, y más
tarde dispuso la detención de 2000 trabajadores, de los cuales 300 quedaron
presos.
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Imagen de la huelga ferroviaria
que comenzó en 1950
La CGT, los trabajadores y el Plan CONINTES
La
conflictividad social y política durante el gobierno de Frondizi había ido en
aumento, con varias huelgas y el gobierno nacional se decidió por la represión
y aprobó la Ley de Organización de la Nación para Tiempos de Guerra y, en marzo
de 1960, decretó la aplicación del Plan CONINTES (Conmoción Interna del Estado),
que permitía dividir el país en zonas de operaciones. A partir de esa fecha
los actos calificados de terrorismo podían ser sometidos a la jurisdicción de
los tribunales militares, mientras que el Articulo 15 preveía la aplicación
de la ley marcial, que implicaba -previo juicio sumarísimo- el fusilamiento
de las personas halladas culpables de actos de terrorismo. El plan fue un acuerdo
general de ministros y nombraba como autoridades de ejecución a los Comandantes
en Jefe de las Fuerzas Armadas y colocaba bajo su subordinación a las policías
provinciales. Hubo más de 2000 detenidos, 500 condenados y se registraron numerosos
despidos gremiales. Se produjo además una purga de activistas de base y depuración
de delegados de las fábricas, al tiempo que comenzaron a circular las listas
negras.
El
16 de marzo de 1960, el ministro de Interior Alfredo Vitólo manifestaba que
"los tribunales castrenses pueden declarar zona de guerra y la autoridad
militar puede tomar determinaciones serias y graves cuando la situación lo requiera".
En esa ocasión, agregó además que "los responsables de la agitación eran
los peronistas y comunistas especialmente". En verdad, lo que sucedía era
que los trabajadores se habían puesto en pie de lucha contra el plan económico
diseñado por el superministro de Economía de ese entonces, el capitán ingeniero
Álvaro Alsogaray.
La
primera vez que Frondizi recurrió a las Fuerzas Armadas y de gendarmería para
reprimir a los trabajadores fue a mediados de enero de 1959, durante la ocupación
del frigorífico Lisandro de la Torre, cuando los obreros se oponían a la privatización
de ese establecimiento y luchaban contra la política "antipopular y antiargentina"
que llevaba adelante el gobierno desarrollista, según la calificación hecha
entonces por la CGT y las 62 Organizaciones. En esa ocasión se utilizaron para
la represión desde la infantería de la policía hasta tanques de guerra del Ejército.
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En las puertas del Frigorífico
Lisandro de la Torre
La movilización militar de los ferroviarios y
el Segundo Rosariazo
La dictadura del Gral. Ongania había intervenido “La Unión Ferroviaria”,
anulando los convenios y conquistas y rebajando categorías y sueldos. Por haberse
plegado a distintos paros, 116.000 empleados y obreros fueron castigados de
diversas maneras. Se aplicó la Ley 17.401 de represión al comunismo, y se encarceló
a numerosos dirigentes.
El 8 de septiembre de 1969, el Cuerpo de Delegados Ferroviarios de la Seccional
Rosario del Ferrocarril Mitre y de la Comisión Coordinadora de la Unión Ferroviaria
anunciaban que “se iniciaba una huelga de brazos caídos en los lugares
de trabajo”, a causa de la suspensión del delegado administrativo
Mario J. Horat por su negativa de notificarse de su suspensión a la adhesión
a varios paros nacionales. Ese día, respaldaron el paro los 1500 trabajadores
de los Talleres de Rosario y los 2500 de Pérez, de Villa Diego, personal administrativo
y del Galpón de Alistamiento de Máquinas Diesel. Por la noche, en una numerosa
asamblea se decide continuar la huelga, esta vez por 72 horas, con la adhesión
de La Fraternidad.
La
medida se extendió a las Secciónales de Arroyo Seco, Empalme, Villa Constitución,
San Nicolás, Cañada de Gómez y Casilda. La empresa anunció suspensiones masivas,
la CGT Rosario se declaró en estado de alerta y convocó a un plenario, mientras
los delegados ferroviarios declaraban “la huelga por tiempo indeterminado”
a partir del día 12.
En
tanto la solidaridad del resto de los ferroviarios se extendía por todo el país
a través de paros, la empresa amenazaba y el gobierno nacional por medio del
CONASE (Consejo Nacional de Seguridad) advertía primeramente a los huelguistas
y luego, por el decreto 5324/69, ordenaba la aplicación de la “Ley de
Defensa Civil”, por el cual todo el personal ferroviario era movilizado,
con convocatoria militar y les sería aplicado el Código de Justicia Militar.
Los
diarios titulaban “Se dispuso movilización del personal ferroviario”,
y el decreto entre otros conceptos planteaba que “el personal masculino
convocado, mayor de 18 años, queda sometido a las disposiciones del código de
justicia militar, a su reglamentación y por lo que el incumplimiento de las
órdenes que reciba para la realización de las tareas y las demás infracciones
delictivas o disciplinarias en las que incurriere será reprimido...”.
Las amenazas y los decretos no impidieron que la solidaridad ante el conflicto
ya no provendría solo de los ferroviarios, sino que tras un plenario de la “CGT
Unificada de Rosario”, con la presencia de 37 gremios y de 6000 ferroviarios,
se resolvió “realizar un paro activo por 38 horas” los días 16 y
17. El II Rosariazo, el “hecho maldito de la historia rosarina”,
estaba en marcha.
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Segundo Rosariazo
Dede el 73 al 75: Represión a los gremios y los
trabajadores
Luego
del 25 de mayo de 1973, tras la asunción del gobierno popular que encabezó Héctor
Cámpora, toda la legislación represiva sancionada por el régimen militar fue
derogada y se disolvió el fuero antisubversivo.
Pero
esa primavera duró poco y dio comienzo una escalada represiva, iniciándose con
el envió del Poder Ejecutivo a las Cámaras para reformar el Código Penal. La
reforma fue considerada de la misma naturaleza que la legislación promulgada
por el régimen militar que gobernó el país entre 1966-73.
La
primera respuesta vino del Gral. Perón que advirtió que si la ley no era aprobada
se apelaría a las mismas armas que se buscaba combatir. El 23 de enero de 1974
declaró al diario La Nación: “Nosotros vamos a proceder de acuerdo
a la necesidad, cualquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley,
también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente. Porque a la violencia
no se le puede oponer otra cosa que la propia violencia. Eso es una cosa que
la gente debe tener en claro, pero lo vamos a hacer, no tenga la menor duda”.
Después
se tomaron distintas medidas represivas. En septiembre de 1974 se aprobó la
ley de represión del terrorismo, que penaba la difusión de información relacionadas
con esos hechos y la obstrucción al trabajo cuando el conflicto era declarado
ilegal. De acuerdo a esa ley, el Ministerio de Trabajo prohibió las huelgas
por motivos salariales, los paros y ocupaciones de plantas y comenzó a intimar,
amenazar y suspender personerías gremiales con más frecuencia que antes. En
el mes de noviembre se implementó el estado de sitio en todo el país y se encarceló
a cientos de activistas gremiales y políticos, abogados laboralistas, estudiantes.
Hasta ese momento la participación de las Fuerzas Armadas en forma
abierta era evitada y la lucha era encabezada por grupos paramilitares “ejecutores
del trabajo sucio”, a través de la Triple A.
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López Rega, Perón
y Martínez de Perón
Pero
al poco tiempo, el Ejecutivo Nacional sancionó el Decreto Nº 261, en el que
se anunció oficialmente que se había ordenado a las Fuerzas Armadas tomar intervención
en la “lucha antisubversiva”, firmado por la presidenta María Estela
de Perón y los ministros Rocamora, Ivanissevic, Vignes, Savino, López Rega,
Gómez Morales, Otero. En el Articulo Nº 1 se decía que “El comando General
del Ejercito procederá a ejecutar todas las operaciones militares que sean necesarias
a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos…”.
En
octubre de ese año, se sancionó el decreto 2770, por el cual se creó el Consejo
de Seguridad Interna, fijando sus atribuciones, y el Consejo de Defensa. Ese
decreto llevó la firma del presidente provisional Italo Luder y los ministros
Arauz Castex, Vottero, Ruckauf, Emery, Cafiero y Robledo.
La
represión a la clase obrera apareció con toda su magnitud el 20 de marzo de
1975, en Villa Constitución, cuando las fuerzas conjuntas reclutadas por la
SIDE incluían a la Policía Federal, Provincial, Ejército y Gendarmería, grupos
de choque -entre los cuales iban armados los guardias blancos pagados por las
acerías de Martínez de Hoz-, y miembros de la Triple A. Las órdenes firmadas
por Rocamora, Savino y López Rega eran claras: ahogar en sangre a los obreros
y activistas desde Villa Constitución a Puerto San Martín. Isabel de Perón,
desde el gobierno nacional, denunció un "complot de características inusuales
en la Argentina”.
En
esos meses, muchos fueron los gremios intervenidos, los sindicalistas y militantes
gremiales encarcelados, otros asesinados y perseguidos.
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La dictadura militar de cacería
Con
el golpe del 24 de marzo de 1976, la sociedad toda fue militarizada, desde las
fábricas, las escuelas, los medios de comunicación, hasta la vida cotidiana
de todos los argentinos.
La
clase obrera, desde un tiempo antes del golpe militar del 24 de marzo, venía
soportando una dura represión, pero desde ese día se inició la mayor persecución
desde sus orígenes en el siglo XIX. Nunca como en el período 1976-83 se alcanzó
lo que ahora conocemos como terrorismo de estado, nunca como entonces se llegó
al nivel de exterminio de miles de hombres, mujeres y niños. La sociedad argentina
se vio sometida por la dictadura militar, que llevó al paroxismo la persecución
política, la cárcel, la tortura y la desaparición de personas.

Menem y María Julia lo hicieron
En
la primera semana de enero de 1990, se movilizaron los telefónicos de Buenos
Aires por el rechazo de la política salarial y contra la privatización de ENTEL.
La medida fue tomada por los delegados después que la semana anterior Menem
firmara el pase de la telefónica nacional a manos privadas.
El
conflicto que enfrentaba a los trabajadores telefónicos con el Gobierno se encaminaba
hacia una eventual militarización, al revelar que se estaba “coordinando”
con los ministerios del Interior y de Defensa la participación de fuerzas policiales
y de seguridad en la “protección” de los bienes de la empresa. Fiel
a la línea marcada por el presidente Carlos Menem, quien había lanzado un ultimátum
a los telefónicos en huelga, María Julia Alsogaray inició una ofensiva sobre
los trabajadores y comenzó una tarea de ablande. Primero fueron declaraciones
radiales en las que adelantó que pediría la intervención de las Fuerzas Armadas
para garantizar "el ingreso a los edificios de ENTEL de todos aquellos que quieran
trabajar".
“Militares
en acción”, anticipaban los diarios. "Queremos que nos ayuden en materia
de comunicaciones y también proteger a quienes quieran trabajar", dijo la Sra.
Alsogaray al referirse al pedido de intervención de las fuerzas policiales y
de seguridad en el conflicto, que ingresaba así en un terreno peligroso y que
no se registraba en la Argentina desde aquella noche de julio de 1985, cuando
el entonces presidente Raúl Alfonsín envió un verdadero ejército policial a
la fábrica Ford de General Pacheco ocupada por sus trabajadores. La respuesta
de los trabajadores fue una masiva marcha de más de 5 mil trabajadores telefónicos
que repudiaron los despidos.
El 6 de septiembre de 1990 fue un día que deben recordar todos los
telefónicos: volvían las Fuerzas Armadas a copar los lugares de trabajo como
durante la huelga del 57, como en el 76. Y nada menos que un 6 de septiembre,
cuando los militares daban el primer golpe de la era moderna en el país en 1930.
Como se preveía, la dureza del gobierno nacional se concretó cuando dispuso
la anunciada intervención de fuerzas de seguridad en los edificios de ENTEL
para “garantizar el normal funcionamiento del servicio”, mientras
proseguía el envío de telegramas de despido y el paro por tiempo indeterminado
de los trabajadores.

Una
de las crónicas de esa jornada en las oficinas de los telefónicos llevaba como
título “El día que los militares hicieron de telefonistas”, donde
se comentaba que “A las 16 de ayer, elementos de las Fuerzas Armadas y
de seguridad cumplimentaron el reclamo formulado en la antevíspera por la interventora
en ENTEL, María Julia Alsogaray, ocupando algunas de las plazas dejadas vacantes
por los cesanteados y huelguistas de la telefónica estatal. Ataviados con uniforme
y en medio del repudio generalizado de los trabajadores apostados a la entrada
del edificio Cuyo. Los enviados por el Ministerio de Defensa estuvieron 6 horas
en ese local. Los ingresantes al edifico desde donde se opera el sofisticado
mecanismo del Centro Internacional Buenos Aires, al parecer capacitándose en
el manejo de las computadoras que controlan la emisión y recepción de las llamadas
hacia y desde el exterior. Al retirarse del edificio los militares fueron apostrofados
sin miramiento por los trabajadores (…) “De nada había servido el
ardid de Ricardo Fox, asesor de la interventora, quien momentos antes había
asegurado que los uniformados ya se habían retirado del lugar por una puerta
lateral. Así, los militares debieron armarse de valor y emigrar del local con
más rapidez que marcialidad”.
Si
bien la decisión no estaba tomada, Menem la analizaba no tanto por la eventual
prolongación del pleito telefónico sino ante la situación planteada por gremios
como La Fraternidad y la Unión Tranviarios Automotor, cuyos conflictos se hallaban
encuadrados dentro de los términos de la conciliación obligatoria y cuyo curso
de acción final era imprevisible. Los medios oficiales se aseguraban que, si
tras los plazos de la conciliación se desataban conflictos en forma conjunta,
sería la oportunidad de aplicar el ex Plan Conintes, que contemplaba “la
intervención de fuerzas de seguridad y militares para reprimir actividades insurreccionales
de carácter principalmente político y gremial".
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Apremiado
por estas circunstancias, el Presidente estaba dispuesto a desempolvar el Plan
Conintes como manera de garantizar que los servicios públicos no sufran ninguna
alteración en su funcionamiento y para demostrar que no toleraría ningún escollo
que complicara el ajuste económico y las privatizaciones.
El
conflicto telefónico, hacia el 11 de septiembre, ingresó en una nueva etapa
por las resoluciones que adoptaría el gremio durante un plenario de delegados.
El presidente Carlos Menem reiteró su postura inflexible frente al conflicto
y el Sindicato de Buenos Aires continuaba reclamando la reincorporación de los
cesanteados por la interventora María Julia Alsogaray.
El
titular del Poder Ejecutivo insistía en la necesidad de que los telefónicos
depusieran primero las medidas de fuerza para retomar las negociaciones y volvió
a repetir su remanida muletilla de que "el que no trabaja no cobra", mientras
exhortó a los dirigentes sindicales, políticos y empresarios a "trabajar para
levantar definitivamente el país. El gobierno nacional no dialoga con quienes
paralizan sus actividades".
Mientras
tanto los efectivos de las tres fuerzas armadas designados para operar las comunicaciones
internacionales continuaron desarrollando sus tareas, al tiempo que la policía
y el personal de custodia privada, contratado por la intervención, impidió el
acceso a los trabajadores en los edificios Ciha I y Ciha.
En
medio del conflicto, cuando los militares se hicieron cargo de operar los equipos
de las comunicaciones, sucedió este diálogo entre un militar que hacía de operador
y un cliente:
> Buenos días, quisiera saber si se puede hacer una llamada
con cobro revertido a Babilonia.
> Un segundito que le averiguo...
El
diálogo, que bien podría haber sido el fruto de un absurdo intercambio de palabras
entre un bromista y un infaltable desprevenido, tuvo sin embargo como protagonistas
a un operador despedido del Centro Internacional Buenos Aires (Ciba I) y a uno
de los militares que manejan las comunicaciones, con el implícito objetivo de
poner a prueba la idoneidad de los militares-telefónistas.
Pero
la proporción de la disparatada anécdota -relatada por un telefónico cesanteado-
hubiera sido menor si el integrante de las Fuerzas Armadas no hubiera demorado
largos minutos revisando planillas, para luego responder: "Babilonia no está
en el catálogo". Más allá de las sonrisas que pueda despertar, el hecho reviste
la seriedad que impone el alto costo de las comunicaciones internacionales.
La presencia militar en Ciba I, denunciada como intimidatoria por los trabajadores,
podría extenderse por tiempo indeterminado pese al rechazo de los operadores,
los más castigados por la interventora de ENTEL, María Julia Alsogaray, con
la andanada de telegramas de despidos.
“Usurpan
nuestros lugares de trabajo y no lo vamos a permitir”, se quejó una delegada
del personal del Cíba 1. Los telefónicos, que habían planteado como condición
para retornar al trabajo el retiro del lugar de las fuerzas del orden, amenazaron
en principio con no cumplir con sus tareas; pero finalmente una asamblea de
los que aún conservaban su fuente de labor, desechó la medida.
Voceros
de los trabajadores describieron como irrespirable el clima que se vivía en
el edificio de ENTEL de Talcahuano y Rivadavia. “El personal de la seguridad
privada nos acompaña hasta el baño y hay milicos por todas partes”, indicaron.
En
un intento por refutar los elogios de la interventora de la empresa nacional
de telecomunicaciones a la actuación de los uniformados ("lo están hacienda
bien y pueden seguir"), los portavoces apuntaron que por ineficacia de los noveles
telefónicos “el país pierde cuantiosas sumas de dinero, ya que, por ejemplo,
en el caso de llamadas de cobro revertido no se realizan las verificaciones
correspondientes cuando hay comunicaciones con cabinas públicas”.

Las amenazas o la represión nunca paralizaron
a los trabajadores
En
su larga historia de reclamos, huelgas, conflictos y las más variadas formas
de lucha, los asalariados fueron sancionados, suspendidos, despedidos, perseguidos,
encarcelados, deportados, torturados, asesinados, reprimidos, desaparecidos,
denunciados ante la justicia, les aplicaron planes económicos contra sus intereses,
leyes represivas y movilizados militarmente para ir a trabajar para el capital.
Pero
también es larga la resistencia obrera, es extensa la lista de gestas proletarias
de enfrentamientos a las fuerzas de represión de las clases dominantes y a los
grupos parapoliciales como la Liga Patriótica o la Triple A.
Por todo eso, es que por más que los reten o los amenacen desde el atril, saquen
la Ley Antiterrorista, apliquen el Proyecto X, judicialicen la protesta, manden
la gendarmería o las patotas que reprimen en “nombre de”, los trabajadores
seguirán protestando en las calles, plazas, rutas o lugares de trabajo, protagonizando
huelgas, y movilizándose.
Leónidas F. Ceruti, historiador.
(1) Lo hemos hecho en notas como:
> Cristina
K y los trabajadores: Dura con los asalariados y complaciente con el capital
> Sentados
al cordón de la vereda
> Esa
maldita costumbre de matar
> Esa
maldita costumbre de matar (II)
> Esa
maldita costumbre de matar III: Diciembre del 2001
> Junio,
un mes de Memoria Popular
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