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España: El paisaje, la industria y el silencio de los corderos
Por (reenvio) Jean-Pierre Courty - Monday, Nov. 19, 2012 at 2:48 AM

A propósito de los proyectos eólicos industriales en Lozère

"Todas las cosas próximas o lejanas de modo oculto están ligadas unas a otras por una fuerza inmortal de modo que no podéis coger una flor sin molestar a una estrella." Francis Thompson (1859-1907)

El problema del paisaje ha surgido algunas veces relacionado con los parques eólicos industriales instalados en «zonas» naturales, pero casi nunca ha sido tratado a fondo, al revés de lo sucedido con otros argumentos, basados en cifras, técnicos u económicos. Este elocuente mutismo es estrictamente contemporáneo. En otras épocas, la belleza de los lugares no fue ese detalle sin importancia que la sociedad industrial liquidaría después, y nunca faltaron oradores y escritores para defenderlo.

La belleza de un paisaje natural ¿posee un valor esencial o secundario? Si es secundario, ¿a qué valor está subordinada? Dicho de otra manera, ¿por qué se prevé la implantación de parques eólicos industriales? ¿Es que son la respuesta mejor adaptada a las cuestiones que pretenden revolver o se trata más bien de uno de los resultados de la sinrazón del mercado y de su huida hacia delante?
«Desde hace unos años, una violenta protesta se eleva en todos los pueblos civilizados contra la indiferencia con la que los ingenieros, industriales y comerciantes degradan, mutilan o arrasan los parajes más bellos y más apreciados. En Bélgica, en Inglaterra, en Estados Unidos, se fundan sociedades para combatir esa nueva especie de vandalismo.»

Así se expresaba, en 1903, Charles Beauquier, no obstante ser diputado radical de izquierda y progresista. A comienzos del último siglo, todavía no era ni absurdo ni incongruente para un político el preocuparse por la belleza del paisaje. Éste se encargaba de la «defensa de las bellezas naturales de nuestro país» y quería que cualquier afrenta al «gusto» y al «sentido común» fuese sancionada. Durante un tiempo fue presidente de la Sociedad para la Protección de los Paisajes de Francia. Seis años más tarde, el secretario de dicha sociedad, P. A. Changeur, se preguntaba él también «si debiera permitirse al desarrollo industrial la destrucción sin medida de todas los encantos de la naturaleza y de la historia en los países de una civilización antigua y magnífica.» En aquella época que recordaba aún a Virgilio, se sabía que la defensa del encanto de la naturaleza y la de la civilización no eran antinómicas, sino todo lo contrario.

Antaño, dejando aparte su belleza, el paisaje había sido el horizonte que de vez en cuando daba a los humanos la serena certidumbre de un tiempo en el que la vida siempre tuvo una base, espiritual y materializada, permanente y sólida, más allá de la existencia pasajera. Esa es la emoción que los pintores paisajistas restituyeron en sus obras maestras desde el siglo XVIII. Esa es la perennidad de la belleza y de la fecundidad de la tierra que celebraba Emile Guillaumin, campesino y autor de los admirables «Cuadros Campestres» (1901-1931),

«Insensiblemente, pensando en el gran drama eterno del destino, me invade una dulcísima melancolía. Hace cien años, el vallecillo debía tener más o menos el mismo aspecto; (...) Y todo cuanto conformaba la vida animada del cuadro en aquella época, las personas, los animales domésticos, los cantarines alados, han vuelto desde hace tiempo a la nada del sueño eterno (...) Cien años más... y todos cuantos viven, animales o gente, habrán desaparecido de la escena terrestre, pero el vallecillo tendrá el mismo aspecto. Otros lo cultivarán, alimentará a otros seres; habrá otros cantores y admiradores... Por siempre y para siempre...»

Al estar impregnados de tal sensibilidad, algunos presintieron aquello a lo que nos llevaría la revolución mercantil e industrial. Ruskin fue uno de los que, a modo de advertencia, escribía: «Una nación no es digna de la tierra y del paisaje que ha merecido más que cuando, mediante todos sus actos y todas sus artes, los vuelve más bellos para sus hijos...» Era una noble definición del deber de perennidad. Y aún habría que citar in extenso la carta que, repleta de potente cólera, Montalembert escribía, en 1861, a Victor Hugo: «En ninguna otra parte más que en Francia el vandalismo reina solo y sin freno (...) Tiemblo ante la idea de lo que cada día agujerea, barre o desfigura (...) es como si una tierra fuese conquistada por invasores que quisieran borrar hasta las menores huellas de las generaciones que la habitaron. Como si quisieran convencerse de que el mundo había nacido ayer y se acabaría mañana, de tanta prisa como se dan en destruir todo aquello que parezca sobrepasar la vida de un hombre.»

Hoy en día, cuando ese mismo vandalismo se extiende ostensiblemente, con indecencia, por todo el territorio, partiendo de las necrópolis y alrededor de los grandes ejes viarios y los grandes corredores aéreos que las conectan, un contemporáneo ha dicho muy apropósito: «A paisaje malsano, sociedad malsana» (Yves Luginbhul). El paisaje es un revelador de nuestros comportamientos, el despiadado índice del estado de salud espiritual y social de los seres humanos: «Allá donde el suelo ha sido desfigurado, donde toda poesía ha desaparecido del paisaje, la imaginación se extingue, las mentes se empobrecen, la rutina y el servilismo se apoderan del alma y la preparan para el sopor y la muerte.» (Eliseo Reclus).

¿Y qué clase de testimonio nos da ese diario de Montpellier, como no sea el de ese empobrecimiento de la mente, cuando nos hace saber que a principios del año próximo la célebre calle de la Universidad será transformada durante un día en pista de esquí, con nieve y confeti quizás? ¡Una especie de «Playa de París» cercana al mar! (No hay que llevarse las manos a la cabeza si nuestros escolares fallan en geografía puesto que es una asignatura cada vez más compleja. Tampoco entendieron lo que eran «granjas» eólicas...) Cuando uno está al tanto de la progresión exponencial de esa clase de estúpidas iniciativas, aunque muy concretas, del tipo más variado, comprende que para perpetuar este excitante «modo de vida», el sistema devorador e insaciable necesita en efecto una considerable cantidad de recursos energéticos. Se necesitarán cada vez más centrales nucleares, más pozos de petróleo, más centrales térmicas, de carbón, más parques eólicos y demás energías renovables -la garantía ecológica obliga- para alimentar todo lo que se apoya en lo artificial, en el negocio, el capricho de masas pasmadas y domesticadas o la decadencia suicida...

Desde que estoy en este mundo he visto desaparecer a dos caseríos vecinos, asistido a la hemorragia y a la desertificación de los campos, de los que parece olvidado que fueron el primer lugar de la retaguardia de la sociedad -y de toda civilización- que haya querido perdurar. En cambio, he visto entrar pasivamente a la Lozère -en el sentido del silencio de los corderos- en la modernidad, con sus supermercados, sus tags, su alta producción de comadreos, su autopista, su rave... sus parques eólicos industriales... Pero lo que no tendremos es un Stevenson, miniaturizado en un chip y montado en un quad, que nos haga soñar con sus relatos de viajes...

El proyecto de Charles Beauquier y de sus amigos consistía en «alcanzar un acuerdo sensato entre las necesidades del progreso en marcha y el gusto por la naturaleza.» ¿Es posible imaginarse a un Prometeo lleno de humildad y sensatez? En 1903 la sociedad industrial ya había arrancado y nada ni nadie, hasta hoy, ha podido frenar su fulgurante avance, llevado a cabo en nombre del Progreso. Del envenenamiento y empobrecimiento de los biotopos a los niveles constantemente rebasados de la hiperurbanización forzosa, de la desaparición de lo sagrado a la fusión del Ártico, de las masacres de las guerras mundiales a la liquidación de las clases campesinas, de las manipulaciones genéticas al desarraigo de los pueblos, comunidades e individuos, el balance es, globalmente abrumador. El homo economicus produce demasiada energía y malgasta también demasiada con el único fin de mantener una riqueza artificial y un «modo de vida» totalmente sintético y urbano.

¿Y por culpa de «eso», por ese resultado, el macizo de la Gardille, nuestros paisajes, el de la Lozère o cualquier otro han de correr al sacrificio? No queremos parques eólicos, ni cualquier otra cosa, en nuestras montañas. Y a la espera de poder embellecer otra vez todo lo que ha de ser saqueado en un accidente de la historia...

fuente: revista Ekintza Zuzena nº38 http://www.nodo50.org/ekintza

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