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Nuevas hordas de versos
Por José Ramón Muñiz Álvarez - Monday, Nov. 19, 2012 at 2:43 PM

Don Álvaro pena sus amores

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José Ramón Muñiz Álvarez
“LOS LAMENTOS DE DON ÁLVARO” o “LAS PENAS DE QUIEN HUYE”
(comedia escrita en
verso)

JORNADA PRIMERA:

Aposentos de don Álvaro en el rico palacio de su padre don Arnaldo. Las ventanas permiten ver el cielo azul de Madrid y las infinitas llanuras que casi se pierden en el horizonte. El sol parece declinar. Junto al lecho donde duerme el mancebo hay una mesilla de noche y en ella una vela que da luz a toda la estancia. Los muebles son sobrios, con alguna que otra filigrana que les da un aire menos serio. Las paredes están bien encaladas, y en ellas se ven retratos, bien enmarcados, con las efigies de los antepasados más ilustres de la familia. Por los ropajes se deduce que son gentes de una época inmediatamente anterior o que ya pertenecen a algunos siglos pasados. Junto al lecho de don Álvaro hay también una silla.

Escena I

Don Arnaldo sorprende a su hijo melancólico, tumbado en su lecho, y se sienta en la silla.

DON ARNALDO-. De nuevo España comenta
que la vida está muy cara,
y la plebe, que es avara,
echando vive la cuenta.
La gente no se alimenta
sino de malos pucheros,
que no valen los dineros
para el rico mercader,
que, si saben bien vender,
suelen ser bien embusteros.

Dicen que hay tal carestía
que no es raro que se venda
en ocasiones la hacienda
que antes tesoros valía.
Se vende la nombradía,
si es que es algo que vender.
Y, a costa de su quehacer,
quien cobrar acaso sueña
vende más cara la leña,
el jamón que va a vender.

Ya no es posible la vida
en estos reinos, que el mundo,
en parasismo profundo,
sabe la bolsa perdida:
compra la gente comida
y viendo los precios reza:
de este modo, en mi riqueza,
poca cosa me lamento,
pero quiere el pensamiento
llorar la ajena pobreza.

Sí que está caro el pescado,
y las carnes y la harina,
que lo dice mi vecina
cada vez que va al mercado.
Siempre causa un altercado
a quien gana la jornada,
Y, porque no vale nada,
muchos la quieren gastar,
que de nada sirve ahorrar
lo que cuesta una soldada.

DON ÁLVARO-. Poco saben del amor
y su terrible desgracia
los que dicen tal falacia
y no ven alrededor.
Niega Cupido un favor
y la paz que bien adoro.
Pero quien tiene un tesoro
no da importa al caudal,
porque yo sé que mi mal
no ha de pagarse con oro.

DON ARNALDO-. Hijo mío, ya hace un día
que os admiro perturbado,
taciturno, en un estado
que os priva de la alegría.
DON ÁLVARO-. Triste veis la dicha mía,
y habláis con un sabio acierto,
pues vivo de amores muerto,
y muero de amores vivo.
DON ARNALDO-. Tal locura no concibo,
pues eso es soñar despierto.

No comprendo tal tristeza
cuando en plena juventud,
debierais ser plenitud,
dignidad y fortaleza.
DON ÁLVARO-. El mal del amor empieza
donde la desdicha quiere,
y es este un amor que hiere
del pecho en lo más profundo,
que es el amor algo inmundo
que gran paciencia requiere.

DON ARNALDO-. Si el amor tiene vencido
al muchacho que yo sé,
no entiendo que se le ve
tan triste y tan abatido.
Algo raro habrá ocurrido
para mostrar la amargura,
que si el amor os apura,
debiera verse feliz
el que llora aquí infeliz
el dolor de su tortura.

DON ÁLVARO-. Mas no soy correspondido
en los ardientes amores,
y suplicando favores
humillado estoy, vencido.
DON ARNALDO-. Tal cosa puede haber sido
algo posible, mas sé
que no hay problema que a fe
no tenga la solución.
DON ÁVARO-. Malherido el corazón,
mal final mi suerte ve.

Soy un joven sin templanza
que triste de amores llora:
lloro si viene la aurora,
lloro si no hay esperanza,
lloro si la brisa alcanza
los colores de la tarde,
lloro por ser tan cobarde,
lloro por ver que ya es noche,
y de llanto soy derroche
y espero que Dios me guarde.

Quiere el amor complicar,
pues es muchacho mezquino,
a quien llora su destino,
queriendo mejor estar.
Es su capricho un azar,
si castiga con rigor.
DON ARNALDO-. Triste cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

DON ARNALDO-. Y por ver a una doncella
como un ángel en la altura,
os buscáis esta tortura
y os hiere así su querella.
DON ÁLVARO-. Quisiera morir por ella,
por ella sentir dolor.
poca cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

De modo que sueño esquivo
es el sueño que me resta,
porque su golpe me asesta
cuando quedo pensativo.
Este dolor que recibo
nunca es bien, pues es dolor.
DON ARNALDO-. Rara cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

DON ÁLVARO-. Así que siento que muero,
que me lleno de tristeza,
que me alcanza la aspereza
y asesta un golpe certero.
DON ARNALDO-. Ese niño traicionero
no te ha dado su favor:
mala cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

De manera que un suspiro
lanza triste la garganta
cuando Tus penurias canta
en lo que vale un respiro.
DON ÁLVARO-. Y parece que deliro
porque hiere con valor:
torpe cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y no debo perdonar
la fatal melancolía
que, con grave fechoría,
mal me ha sabido causar.
Soy de lágrimas un mar
que se asfixia en su furor.
DON ARNALDO-. Grave cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y, pues dispara sus flechas
sin poder sentir piedad,
no has de quejarte, en verdad,
sino en letrillas y endechas.
Malas fueron las cosechas
del amante y su rencor:
bella cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

DON ÁLVARO-. Por eso estoy dolorido,
por eso me siento airado
y supongo que este estado
es de quien vive vencido.
Siéntese el pecho encendido
ante el niño destructor.
DON ARNALDO-. Penas quiere tanto amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y, porque empeña la vida
con las pasiones que prende,
es el amor que se enciende
con la pasión encendida.
Hiere y no cierra su herida,
y es injusto su rigor.
DON ÁLVARO-. Mala fe causa el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

DON ARNALDO-. Triste parece este sino,
que, quien vive enamorado,
si se admira derrotado,
ha de acatar su destino.
DON ÁLVARO-. En el mundo peregrino
he de sufrir con pavor:
poco me quiere el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

DON ARNALDO-. Es quizás ese momento,
esa tierna juventud
la que arranca la quietud
del más inocente aliento.
Dejad que lo lleve el viento
y dejado ya los pesares,
pues don Arnaldo Encinares
de Fernández y Aranjuez
sabe el remedio tal vez
en que tu pena aliviares.

Acaso por ser marqués
de la Encina y de Robledo
concertar el amor puedo,
pues es delicia cortés.
Basta decirme quién es,
y yo podré concertar
ese amor que complicar
parece así tu existencia.
DON ÁLVARO-. Pero no tenéis conciencia
de cuanto puede pasar.

Puede ser más complicado
de lo que acaso imagina
vuestra mente, que maquina
para verme consolado.
Ella es dama de alto grado,
con rango y con nombradía,
y así la nobleza mía
queda en poca dignidad,
sabiendo la majestad
que tiene tal hidalguía.

DON ARNALDO-. ¿Quién puede ser tal mujer?
DON ÁLVARO-. ¿Lo queréis adivinar?
DON ARNALDO-. Una mujer singular
la afortunada ha de ser.
Gran nobleza ha de tener
para ser nosotros nada
ante esa dama elevada
que tiene rango y nobleza.
DON ÁLVARO-. Es la infantina, su alteza,
que nunca será alcanzada.

DON ARNALDO-. Pues si es ella la infantina,
hija del emperador,
olvida ese insano amor,
esa pasión tan dañina.
Tal intención es mezquina,
pues ella es hija de rey,
y, pues lo manda la ley,
haces muy mal e amar
a quien no puede alcanzar
la soberbia de tu grey.

Escena II

Llega la madre de don Álvaro.

MADRE-. Don Álvaro está alterado
por los males del amor,
que lo aqueja un gran dolor
y está su rostro apagado.
¿Quién hubiera imaginado
que una pena tanto pesa?
Y es ese un mal que no cesa
en quien prenden los amores,
que, con terribles dolores,
dice amar a la princesa.

Mas es esto un desconcierto,
y he de deciros que, a fe,
mejoría no se ve
en quien sufre el fuego cierto.
Un mancebo tan despierto,
un tan noble corazón
en que anida esta pasión
y semejante tristeza…
DON ARNALDO-. Me he quedado de una pieza
con este joven garzón.

Y no es justo condenar
que sienta amor de una dama,
pero al cielo es lo que clama
de quién se fue a enamorar.
DON ÁLVARO-. Sumergido en ese mar
de dolor y desconsuelo,
vivo enterrado en mi duelo,
que es ese amor tan esquivo,
que estando muerto estoy vivo
bajo el umbral de ese cielo.

DON ARNALDO-. Debes pensar, hijo mío,
que el desatino que sientes
como sueños inocentes
es enorme desvarío:
puede ser un desafío
contra quien la majestad
ostenta y grandiosidad,
pues él, con ser tu señor,
no querrá nunca ese amor
con tan notable beldad.

De modo que busca asiento
con ingenio y agudeza
en esa torpe cabeza
que consume el pensamiento.
MADRE-. Recuperar el aliento
puede ser lo más sencillo,
si, dejando este castillo,
los pretenciosos palacios,
buscas abiertos espacios
en un ambiente sencillo.

Piensa acaso en los hayedos
y los densos castañares
de Tierra de Colmenares,
donde curarás tus miedos.
Porque serán los remedos
de esa clama campesina
lo que la mente imagina
como mejor solución.
DON ARNALDO-. La sierra de Castejón,
donde el mundo peregrina.

MADRE-. Existen lugares bellos
donde matar, con gran ciencia,
ese amor con la paciencia
que sienten viejos plebeyos.
En los lugares aquellos
de la Asturias apartada,
sobre la sierra callada
brilla el sol con raro hechizo
sobre mares de granizo
cuando luce la alborada.

Densos follajes y helechos,
densos bosques y colinas
en mañanas mortecinas
te harán olvidar los hechos.
Curarás esos despechos
a las orillas del mar,
donde se oyen susurrar
las olas que dulces vienen
y en la playa se entretienen
cuando callan su penar.

DON ÁLVARO-. Ella es un ángel y quiero
besar las trenzas que el oro
ni el codiciado tesoro
igualan con su lucero.
Y, como soy caballero
y es el amor elevado,
obedezco a ese mandado
que me hace grande y distinto,
porque lo manda el instinto
en que vivo cautivado.

DON ARNALDO-. Hay lugares de hermosura
que es acaso incomparable,
pues es la brisa agradable
entre la densa espesura.
Cuando el arroyo murmura,
se oye siempre y, cristalino,
mira el brillo coralino
de tantos amaneceres
que saben de los placeres
y del sueño matutino.

DON ÁLVARO-. ¿Irme a dónde yo y por qué?
¿Soy acaso un criminal?
Este amor causa mi mal
y callado sufriré.
Y no sé si moriré
de este mal que me atormenta,
pues he de tener en cuenta
que es mi mal algo muy grave.
MADRE-. Entonces, muchacho, sabe
que la soberbia lo aumenta.

DON ÁLVARO-. ¡Ah, la loca juventud,
con su ciego desvarío,
luciendo siempre ese brío
con semejante inquietud!
Costar puede la salud
no escapar del raro hechizo
del niño vil y rubizo
que atina bien, siendo ciego,
pues enciende un duro fuego
con su nieve y su granizo.

Decir eso es no entender
que es Cupido vengativo,
pues es soberano altivo
con imagen de mujer.
Si promete su placer,
quiere el daño sufrimiento,
y es causante de un tormento
no comparable a otro daño,
que el amor es un engaño
para quien arde sediento.

MADRE-. Gentes de rancios linajes,
por los males del amor,
huyendo el fiero dolor,
buscan extraños paisajes.
DON ARNALDO-. Son esos densos follajes
de lugares silenciosos
los que los ven quejumbrosos
hasta que, en la selva pura,
hallan dichosos la cura
y a casa vuelven gozosos.

MADRE-. Suele la naturaleza
despejar los corazones.
DON ARNALDO-. Los apartados rincones
bien despejan la cabeza.
MADRE-. Bueno es dejar la dureza
de los males del amor.
DON ARNALDO-. Suele ser siempre mejor
buscar esa escapatoria.
MADRE-. Te sentirás en la gloria
y olvidarás tu dolor.

DON ÁLVARO-. Pero no quiero partir,
pues es este mi lugar,
y allí no podré olvidar
lo que así me hace sufrir.
Y si, dispuesto a morir,
quiero quedar en mi casa,
sabiendo que el fuego abrasa,
quiero así quedar mejor,
que donde alcanza el dolor
es siempre la dicha escasa.

DON ARNALDO-. Entre villanos serenos
y cabreros bien sencillos
del amor mueren los brillos
y se calman sus venenos.
MADRE-. Preciso es limpiar los cienos
que tu interior contaminan,
los engaños que imaginan
tus ojos en pleno sueño,
la locura de tu empeño
que alma enferma dominan.

Y en los apriscos perdidos
ese amor olvidarás,
que esa pena dejarás
si domina tus sentidos,
que parecen malheridos
los ánimos que entretiene
el amor que rancio viene
a causarte mil pesares.
DON ARNALDO-. La espuma verás, los mares,
el viento que alegre viene.

Y ese sueño de pureza
hará que el que pesaroso
olvide el mal enojoso
que se enciende en la cabeza.
Y es que el amor es dureza,
aspereza sin sentido,
pues las artes de Cupido
no quieren dar el perdón
a quien rinde el corazón
y se resigna vencido.

Sierras agrestes, collados,
arboledas y senderos,
cerros y largos oteros,
pueblos dormidos, callados,
esos son los principados
que conviene conocer
si un hechizo de mujer
hiere con fuego de amores.
MADRE-. Entre tan dulces primores
te podrás restablecer.

DON ÁLVARO-. Escapar no es lo que espero,
pues con linaje mi nombre
demuestra que soy un hombre
y un hidalgo caballero.
Siento un amor tan sincero
que importa poco el dolor.
MADRE-. Triste cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

DON ARNALDO-. Amor es vicio y desprende
olor a obsesión y vicio
en quien, carente de oficio,
fiel a sus ocios se entiende.
MADRE-. Este arreglo bien depende
de escapar de su rigor.
DON ARNALDO-. Triste cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

MADRE-. Pues diré que es desatino
contentarse con el mal
para así pasarlo mal,
siendo Cupido mezquino.
DON ÁLVARO-. Me iré como peregrino
de otras tierras al calor.
DON ARNALDO-. Triste cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y, dejando al fin mi tierra,
mi alcoba y mis aposentos,
llenaré mis pensamientos
con las osas de la sierra.
Olvidaré así la guerra
Que se libra en mi interior.
Triste cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

MADRE-. Que quede el mal olvidado
y goces la vida sana
querrá la brisa mañana
en un lugar apartado.
Escapar de su mandado
fuerza a veces el dolor.
Triste cosa es el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Escena III

Los padres de don Álvaro se van.

DON ÁLVARO-. Quiere arrancar la pasión
a quien mira el claro lienzo
que al amor le da comienzo
y respiro al corazón.
Y, pues buena es la razón,
dejaré la tierra mía,
que he de buscar zona fría
donde refrescar la pena
para eludir la condena
en que el amor me encendía.

Y, si así se debe hacer,
si cuanto se dice creo,
ángel de puro deseo
abandono al parecer,
que, aunque se siente placer
al recordar su sonrisa,
quiere dichosa la brisa
ser olvido a su promesa,
pues el amor se confiesa
y culpable es su sonrisa.

De modo que un moribundo
se verá restablecido,
que, con sentirse vencido,
siente el dolor más profundo.
Y otra tierra vagabundo
he de buscar, pues lo quiere
ese amor que herir prefiere
a llenarme de contento,
que tales dolores siento
como el daño en que me hiere.

Y, para sacar partido
de esta confusión maldita,
olvidaré a quien agita
las flechas del cruel Cupido,
que un corazón encendido
sabe tanto sufrimiento
que el amor que triste siento
es acaso necedad,
obsesión, frivolidad,
doloroso descontento.

De esta manera me iré,
que me siento resignado,
y, si aquí vivo apagado,
más allá me encenderé.
Porque el destino no ve
lo que siente el pecho mío,
porque arranca el desvarío
de su gusto la traición
y me hiere el corazón
lo que siento en desafío.

Y he de buscar otra tierra,
otro lugar, un confín
lejano a ese serafín
que sus amores me cierra.
Porque el amor me destierra
donde, libre, en el destierro,
no sentiré que es encierro
su desdén y su dureza,
que ya la naturaleza
me dispone monte y cerro.

Y qué lugares sabrosos
regala la cortesía
de toda la serranía
a mis llantos amorosos.
Pues los lugares gozosos
han de llenar mi esperanza
donde la vida no alcanza
a derrotar la pasión,
que me rompe el corazón
no mostrar mayor templanza.

De esta manera, el aliento
quiere ya esa salvación
que arranca la salvación
de este triste pensamiento.
Mis penas llevará el viento
hacia un lugar apartado
donde el amor enojado
pueda curar su tristeza,
que el amor, en su dureza,
ya me sabe condenado.

Raro amor, rara esperanza,
rara pasión que me inspira,
raro mal cuando delira
falto siempre de bonanza,
porque parece una danza
de ilusiones y quimeras
prometiendo primaveras
a un otoño que se muere,
porque el invierno prefiere
ver desnudas las choperas.

Mas yo voy donde las cumbres
dejan que cubra la nieve
que solo un verano breve
libra de sus pesadumbres.
En tales incertidumbres
que son pasión amorosa,
el amor solo reposa
causando mayores daños,
y huye el alma los engaños
buscando la paz gozosa.

Mas ¿cómo olvidar los ojos
que con su clara mirada
me recuerdan la alborada
con sus caprichos y antojos?
¿Y de los labios más rojos,
que encendiendo mi deseo,
siento que acaso los veo,
prometiendo s hermosura
a quien la siente más pura
para tornarse en trofeo?

¿Su melena desatada,
que más que la aurora bella
se enciende como una estrella
con su mágica alborada?
¿De su rostro la nevada,
cuando enseña la pureza
que allí pintó la belleza
con esa magna maestría
de quien sabe que, si es fría,
cálida es cuando bosteza?

Hermosura del deshielo,
siento en mi pecho su vida,
esa luz que abre la herida
de mi eterno desconsuelo.
No tiene piedad el cielo,
no sabe nada el destino,
y mi tristeza imagino
en el poder de su ausencia,
pues reclamo su presencia
como amante peregrino.

Este sendero me mata
cuando me siento despierto,
pues quien vive estando muerto,
llora el bien que lo arrebata.
Llega la aurora de plata
para ver desconsolado
a quien vive en este estado
de tristeza sin aliento,
y no escapa como el viento
quien sufre el mal agitado.

Será buen apartamiento
ese lugar que se ofrece,
ver allí cómo amanece,
soñar otro pensamiento.
Si lo piden yo me ausento
y tendré esa curación
que hace falta a un corazón
que el amor solo alimenta,
que, para pagar la cuenta,
ya basta la sinrazón.

Pues es muchacho mezquino,
sabe bien lo que el azar,
y me quiere complicar,
el cruel amor mortecino.
De este modo peregrino
yo en los brazos de la suerte,
que quien espera la muerte
como el más noble final
sabe que suele ser mal
el amor que el pecho advierte.

Y si el amor me apresura,
no debiera ser feliz
el que lamenta en Madrid
el dolor de su tortura.
Para mostrar la amargura,
algo raro habrá ocurrido:
Si el amor tiene vencido
a quien su fuego hace fe,
justo es que sepa que sé
que me tiene consumido.

Lloro porque soy cobarde,
lloro porque siento pena,
porque el llanto me envenena
desde el albor a la tarde.
No quiero yo que me guarde
la tristeza que me alcanza:
Soy un joven sin templanza
que triste de amores llora:
lloro si viene la aurora,
lloro si no hay esperanza.

Partiré, que ignoro acaso
cómo albergo tales dudas,
y verdades son desnudas
las que me dictan el caso,
pues si de amores me abraso,
¿no he de buscar los rincones
donde libre de pasiones,
deje atrás la pena mía
y se vuelvan alegría
mis calladas emociones?

Ya siento la fresca brisa,
la nieve en los altos montes,
los lejanos horizontes
de ese mar que se divisa.
Ya de partir tengo prisa,
y olvidando mi dolor,
quiero olvidar el favor
que poca suerte confiesa,
que el amor de una princesa
no es decir el bello amor.

Que don Álvaro Encinares
de Fernández y Aranjuez
sabe el remedio tal vez
en que aliviar sus pesares:
son los bellos castañares
que desnuda la otoñada,
son las cumbres, la nevada,
las montañas y el granizo
los que romperán su hechizo,
dejando el alma calmada.

Y así curaré mis males
y sentiré que el aliento
besa en las alas del viento
las encinas y nogales,
que las tardes otoñales
suelen curar el dolor,
si no me quiere el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y así calmaré la paz
que turbia tiene ya el alma
en quien gozaba la calma
en esta bella ciudad,
que no tiene caridad
el amor con su rigor,
pues no me quiere el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y, buscando ese sosiego,
al hallarme más tranquilo,
será mi voz el sigilo,
huyendo del amor ciego,
que puede servir el ruego
de mis padres, con temor,
porque es capricho de amor,
y, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

Y he de hallarme arrepentido
de no conocer el bien,
que justo he de ser también,
y no cruel, como Cupido,
pues por amores vencido,
mayor se hace este favor,
si no me quiere el amor,
que, quien llora en soledad,
lamenta tanta crueldad,
que tacaño es su favor.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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