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Violencia barrial y narcotráfico, debate urgente sobre qué hacer y con cuánto
Por Hernán Lascano / La Capital - Monday, Jan. 14, 2013 at 9:29 PM

Lunes, 14 de enero de 2013 | Conflictividad urbana en foco. Los casos de la semana última propician debatir el trabajo técnico en los barrios pero, sobre todo, acerca de los recursos para la inversión social.

En un ensayo sobre la difícil vida en Ingeniero Budge, un barrio pobre del conurbano bonaerense, el sociólogo Javier Auyero reparaba hace unos meses en cómo la violencia que satura a los vecinos trasciende el intercambio en la calle, encadenándose hacia los ámbitos privados en un incesante derrame, lo que produce una generalización sofocante de esa violencia. Entre los ejemplos de su trabajo de campo reportaba el caso de una mujer llamada Norma, madre de Pedro, un chico con una adicción profunda a las drogas. En su desesperado intento por conseguir dinero para comprar dosis, cuenta Auyero, Pedro había ido robando todos los objetos de la casa, desde el televisor hasta el inodoro.

Un día Carlos, hermano alcohólico de Pedro, descubrió que le faltaba su camisa favorita. Eso desencadenó una tremenda pelea a botellazos entre los hermanos dentro de la casa. Pocos días después Pedro le robó la bicicleta a un vecino y la vendió por 20 pesos. El vecino encaró a Norma y ella prometió pagársela. El muchacho replicó que no quería dinero sino su bicicleta y le dijo que si no aparecía iba a matar a Pedro.

Si Pedro moría en su casa a manos de su hermano o su vecino el caso podría catalogarse como el desenlace de un conflicto familiar o barrial sin mayor incumbencia comunitaria. Cuando en realidad el problema de esa violencia, en su génesis y en su expansión, es de profunda matriz social.

Relacionados. El caso que toma Auyero, que tiene ejemplos por millares en Rosario, procura explicar cómo las formas de comercialización de drogas explotan en violencia en el ámbito íntimo. "Cuando Pedro roba en su casa para financiar su adicción y este robo resulta en una pelea entre hermanos, o cuando jóvenes aterrorizan a Norma por la falta de pago de drogas, puede verse cómo tipos de violencia tradicionalmente estudiados de manera separada (doméstica, criminal, interpersonal) se relacionan mutuamente", dice Auyero.

Esto equivale a decir que la comercialización de drogas, al expandirse, genera un tipo de violencia espiralada en la cual la distinciones clásicas entre criminales/no criminales quedan desajustadas para explicar una conflictividad que avanza pulverizando esquemas de buenos y malos. Las disputas de narcos por mercados zonales son una crisis expandida por espacios vastos en Rosario. Pero la desestructuración barrial que produce la droga arraiga una violencia que va y viene más allá de los dueños del negocio.

Los casos de violencia extrema que costaron la vida de Mercedes Delgado en barrio Ludueña y el incidente a balazos que hirió a tres vecinos en Nuevo Alberdi estremecen a la esfera pública. Pero hace muchos años que la violencia que ahora suena inaudita se alimenta en un proceso que no supo de pausas. Las disputas entre Monos y Garompas de principios de siglo se cobraron dos decenas de vidas en Las Flores. Desde 2005 en este diario se hacen mapas para señalar por ubicación la cantidad de muertes en franjas muy acotadas de territorio de La Tablada. Con algunas bajas menos e igual deterioro hubo procesos análogos en Santa Lucía, La Cerámica, Barrio Triángulo, Emaús, San Francisquito/La Boca y Ludueña.

¿Qué hace que una situación persistente y reiterada se perciba como nueva? ¿O qué hay de nuevo en lo que ahora hace eclosión? Tal vez la constatación de que en la calle, en términos de violencia, puede pasar cualquier cosa todo el tiempo. Pero además que esa violencia, como en el ejemplo de Pedro y su madre, se proyecta desde lo social hacía ámbitos más íntimos, despedazando lazos hogareños. También la idea de que el miedo introspectivo de tanta gente estalló finalmente, de manera coral, en hartazgo.

Doblegados por una vida insoportable que anuncian hace mucho los suburbios, finalmente, se abren paso. Como pasó en los estallidos de violencia étnica en París, los problemas del extrarradio se instalan en el centro, por lo menos de la discusión pública. En un centro simbólico que reacciona un poco como el mayordomo de esa canción de Serrat que descubre perplejo que lo que existía afuera está adentro: "Disculpe el señor, se nos llenó de pobres el recibidor". La pregunta de "por qué estalló ahora" reitera la lógica del mayordomo. Lo extraño es que no haya sido antes.

De todo . Pero el de ahora es un problema menos binario que el de las bandas narco que se abren sangrante paso por un lado y los sectores que lo sufren por otro. Esos sectores narco se mueven al compás de una demanda creciente. Y en los quioscos de las villas y de los fonavis se abastecen compradores de zonas más exclusivas que son, también, los que les venden vehículos importados, inmuebles y vacaciones en el exterior a los traficantes. El consumidor pobre residente en áreas marginales es el que está sobrerrepresentado, pero empresarios, periodistas, académicos, ejecutivos y funcionarios de los tres poderes, menos retratados en estereotipos, también compran esa mercancía.

Por lo tanto no se trata simplemente de la descomunal e ímproba tarea de dominar a las bandas de traficantes, que crecen y se ramifican hace veinte años, aunque algunos descubran ahora apellidos como Cantero, Vázquez o Medina. Pero en el desafío de controlar el narcotráfico el Estado lidiará con la onerosa dificultad de levantar terribles escombros: las personas frágiles que se convirtieron en consumidores, en soldaditos o en ambas cosas y que propagan un esquema de violencia en sus comunidades y en sus familias. Por elección deliberada o por falta de opciones más atractivas para sus vidas. O por ambas cosas.

Impacta y emociona que en barrios tan abandonados en estos días las demandas hayan sido por Justicia y protección canalizados en forma pacífica a un Estado que, si no la controla, al menos está ausente de la calle. Por eso ahora, para estar a la altura, el Estado, ya no exclusivamente el gobierno que tiene la mayor responsabilidad, se juega en la respuesta su autoridad y su jerarquía.

No es verdad que el Estado no exista o esté ausente. Pero así se lo percibe y el Frente Progresista transita su sexto año de gobierno sin haber frenado la criminalidad de los poderosos, la connivencia con ellos de vastos sectores policiales y la difusión de una inseguridad tanto mayor en los ámbitos más relegados.

No parece tarde para construir diques contra aquello que hasta ahora no se supo, no se quiso o no se pudo parar. Pero hacen falta para ello muchos recursos humanos e inmensos recursos económicos. Y elegir dónde aplicarlos. Todo el mundo quiere el problema de la pobreza resuelta. Pero, como mostró la compulsa por la más que tibia reforma tributaria en 2011, nadie está dispuesto a abrir la mano.

Esto es más que la discusión, por lo demás inaplazable y estratégica, sobre cómo frenar el narcotráfico. Es la discusión sobre qué hacer frente a los dinámicos procesos de desestructuración urbana y humana en los suburbios, que se ensañó especialmente con las personas a las que expulsó del mercado de trabajo y de vivienda.

Sin respeto. Ese proceso que engendró desafiliación e inequidad descalabró algo muy difícil de reparar: la idea de que las cosas deben conseguirse en base al respeto comunitario. En esa desprotección total arraigó el individualismo que hoy es tan fecundo para las redes narco. En ese cambio se movieron modos de pensar y de concebir al otro.

Hace falta mucho trabajo del Estado para reparar aquello que el Estado en su etapa neoliberal, con consenso de la sociedad, dinamitó. Es trabajar contra los narcotraficantes pero también en ese terreno estragado en el que sufren, en el ejemplo de Auyero, Norma, sus hijos y su barrio.

Medular y fundante es de dónde deben salir los recursos económicos para este imprescindible cometido reparador del Estado. En una sociedad que se escandaliza con la pobreza, pero donde su sector primario realiza en un cálculo conservador el 30 por ciento de sus operaciones en negro. O donde en un nivel de concentración pavoroso el uno por ciento de los 890 mil contribuyentes de la Afip explican el 70 por ciento del volumen de facturación por ventas internas y externas sin una participación acorde en los impuestos que habiliten contrastes no tan obscenos.

Esta sociedad debe discutir criterios menos regresivos para recaudar e invertir, al menos si hay autenticidad en la vocación de resolver problemas barriales que la semana que pasó, y no por primera vez, se expresaron trágicamente.

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