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Acerca de una particularísima experiencia de viaje con unos amigos cobayos
Por (reenvio) Juan Pablo Zvinys - Friday, Jan. 18, 2013 at 2:57 PM

Ayer he tenido una experiencia muy interesante e inquietante, la cual quiero compartir con quien se digne a leer la siguiente descripción de la misma:

Viajando 32 km desde Ayacucho hacia el pueblo de Quinua, intercambié unas palabras con una cholita que viajaba junto a mí, con un hermoso bebé en brazos. Diez minutos después de haber tomado la combi que me llevaba a destino, ésta se detuvo en un pequeño pueblo y la cholita descendió rápidamente dirigiéndose hacia una casa, a buscar algo. En pocos segundos, la veo regresar con bultos. Ese “algo” que fue a buscar eran tres o cuatro bolsas de arpillera, las cuales contendrían en total aproximadamente 30 o 40 cobayos (llamado por estas tierras “cuy”).

El traslado de estos animales no guardaba cuidado alguno, y pude ver cómo se ahogaban los cobayos que quedaban en el fondo de las bolsas cuando éstas eran levantadas. Los chillidos de esta especie de animales eran esperables y muy fuertes; con la ayuda de los mismos, intuí que esos quejidos se debían al sufrimiento propio del estrés y el dolor del cual estaban siendo víctimas. Sin consideración ni precaución alguna, fueron depositados en el techo de la combi (y no pude ver de qué modo fueron atados o sujetados al techo). El sol era intensísimo y la temperatura rondaría los 28 grados. La superficie por la cual circulaba la combi era muy irregular, por lo cual el movimiento intenso e incesante de la misma era muy incómodo. En estas condiciones viajaban estos animales, que pertenecían al mismo género que todos los bípedos que viajábamos dentro de la combi.

Mi curiosidad perturbadora, me movilizó a preguntarle a la señora -luego de que se sentara nuevamente junto a mí con una desinteresadísima sonrisa dibujada en su rostro- cuál sería el destino de esos cobayos. La respuesta fue casi obvia: “son para comer”, me respondió sin dejar de hacer uso de su sonrisa; “saben a pollo”, prosiguió; “los utilizo en sopas y otras comidas; tengo un puesto que vendo comidas”, agregó, finalizando con su particular respuesta que manifestaba no encontrar siquiera un mínimo inconveniente en las circunstancias que nos envolvían en ese momento. Todas estas afirmaciones fueron escupidas mientras consumía una bolsa de pochoclos, atendía su celular y le daba la teta a su bebé, el cual reposaba en sus brazos envuelto en un aguayo; todas estas acciones las desarrollaba casi simultáneamente, lo cual me demostró que la inconsciencia que empezaba a descubrir en este humano, no era tan limitada como yo sospechaba prejuiciosamente.

Por otra parte, los chillidos que provenían desde el techo de la combi, mientras esta avanzaba bajo el mencionado intenso sol, inevitablemente hicieron que, por más que no lo quisiera, me conmoviera profundamente (por decir un eufemismo), y le preguntara, con una falsa ingenuidad, a la mujer en cuestión (que tendría mi edad): “¿¡No sufren en esas condiciones, pobres!?”; a lo que respondió con una seguridad parcial, la cual seguramente caería con mucha facilidad si yo seguía indagando: “Nooo, en esas bolsas no”.

El diálogo prosiguió por unos segundos más, pero no viene al caso citar lo posteriormente conversado. Finalmente apeló voluntariamente a un silencio prudencial, el cual luego fue interrumpido por un diálogo en quechua entablado con el chofer (y es proverbial mi absoluto desconocimiento sobre esta lengua). No obstante, parte del diálogo fue en español y de este modo pudo llegar a mí el siguiente dato: al indagar el chofer sobre cuánto duraría ese “alimento” (que ofrecería en algún puesto al paso), ella respondió que aproximadamente una semana.

Todos estos detalles, datos e impresiones sensoriales (incluidos los chillidos incesantes de los cobayos), motivaron que los posteriores 30 o 40 minutos de viaje hasta Quinua, los dedicara a elucubrar algunas ideas que comenzaron a danzar díscolamente en mi intelecto.

En primer lugar, no pude evitar postular la siguiente experiencia: ¿Qué ocurriría si justo al lado de los 30 o 40 cobayos que viajaban en bolsas en el techo de la combi, colocáramos al bebé aludido en estas líneas? Y en este punto, muchos lectores de este texto desistirán de continuar con el recorrido del mismo, pues seguramente consideraran que un cobayo no merece ni remotamente ser comparado con un bebé humano, y trazar dicha comparación sería, para estos lectores (doctores honoris causa en Ética), profundamente descabellado.

Pero antes de que se alejen a buscar lecturas más entretenidas y, sobre todo, breves en el facebook, los invito a pensar en lo siguiente: Más allá de los intrincadísimos postulados metafísicos que podamos llegar a sostener, tales como: “Un cobayo no posee el status ontológico que posee un bebé”; o, “es proverbial la ausencia de alma en el cobayo, en tanto que el bebé posee un alma pura y encumbrada, dentro de una escala natural, como todo ser humano”; o, “es inconmensurable la distancia intelectual que existe entre los cobayos que viajaban en el techo y el bebé que viajaba en brazos de su madre” (a pesar de que dicho organismo vivo no manifestaba demasiadas habilidades intelectuales, las cuales menospreciaran las propias de los cobayos -excepto succionar la teta, y babosear por entre la comisura de los labios-; o, “hay un tipito en el cielo que dispuso a los animales y al cosmos en general, para que sean explotados, usufructuados y sometidos por el caprichoso antojo de los seres humanos (semi-dioses; o, en su defecto, en una escala ministerial cósmica, seres posicionados un escalón por debajo de los dioses, que ellos mismos postulan racionalmente), y de no cumplir con dicho mandato, serán fulminados por un rayo o padecerán eternamente múltiples tormentos por herejes o paganos que incumplen con los mandatos (de cualquier calibre) que descienden directo de ese tipito, el cual observa en las alturas y dispone las fichas de un modo determinista; y uno de esos mandatos inquebrantables es hacer sopa de cobayo”.

Existen otros tantísimos postulados que se me ocurren y que ya puedo ver aparecer en las lúcidas mentes de algunos lectores que están en este momento espantados porque he puesto al bebé sobre el techo de la combi bajo las condiciones mencionadas o porque lo he comparado con unos simples roedores. Pero más allá de los mismos, es indudable que el bebé colocado en aquel sitio de igual modo chillaría a su manera, manifestando estrés, incomodidad o dolor, de la misma forma en que lo hacían los 30 o 40 cobayos. Y aquí, en esta experiencia tan cruel como evitable, todos los animales somos iguales.

Y la experiencia del bebé es tan evitable como la de los cobayos que de hecho tenían que viajar en esas condiciones y morir en un puesto de comidas en Quinua. Que nuestra limitación intelectual, nuestro desconocimiento sobre nutrición y nuestra voluntad perezosa hagan que sostengamos una cultura que nos enseña que la infernal vida y el dolor de cada uno de esos 30 o 40 cobayos no signifiquen nada, es una cuestión totalmente diferente y ajena a todas aquellas especulaciones metafísico-filosóficas que podamos atrevernos a expresar sin bajar la vista, mirándonos a los ojos. Pues, como me dijo lapidariamente una chica en un puesto en Quinua: “Si te ponés a pensar, es verdad…” (nunca oí una frase tan oportuna). Aquí, somos inevitablemente iguales, y el chillido de cada uno de los 30 o 40 cobayos representa simbólicamente lo mismo que el chillido de ese bebé: ¡Incuestionable!

Por otra parte, en algunos de esos 32000 metros recorridos hacia Quinua, sospeché que una progresión numérica haría que esos 30 o 40 cobayos, cuyo destino se convertiría en basura en manos de uno solo de los 7000 millones de seres humanos que pueblan este planeta, se convirtieran en un número incalculable de cobayos, si traemos a colación al resto de los seres humanos aquí numerados. Cierto es que de esos 7000 millones, no todos consumen cobayos por no estar a su alcance hacerlo; o que de esos 7000 millones, algunos caprichosamente no comerían carne de cobayo, seguramente por considerarla asquerosa, o por encontrar al cobayo demasiado adorable como para comerlo, pero sí encontrarían deliciosa la carne del ornitorrinco o de la marsopa (o juzgarían a ambos animales suficientemente detestables como para consumirlos sin entrar en crisis morales); o que de esos 7000 millones de personas, muchas pasan por profundas hambrunas y no tienen la posibilidad de consumir ese elixir alimentario que es la carne y la sangre de animales similares a nosotros.

Pero sea como fuere, es difícil dudar de que en este instante otro incalculable número de animales esté sufriendo múltiples tormentos para llegar de modo totalmente absurdo a convertirse indignamente en el plato principal de una gran cantidad de humanos que los considerarán (sin argumentos propios) como un alimento esencial. De hecho, hay una estadística que indica que aproximadamente 3000 animales mueren por segundo en el mundo sólo para alimentación; repito: sólo para alimentación. No se consideran en esta estadística todos los otros usos que caprichosamente les damos a esas vidas animales.

Y a pesar de las múltiples estupideces que con mi limitadísimo intelecto y mi ineficaz, aburrida e innecesariamente extensa prosa, pudiera llegar a dibujar con mi lapicera, aquí, aislado del universo en Quinua, Perú, reclamando a gritos, casi silenciosamente a la humanidad por compasión, las atrocidades siguen teniendo lugar, y cada uno de los chillidos, los cuales reclaman libertad e indican sufrimiento, no serán correspondidos, y todo aquel que ose pedir por compasión y libertad para aquellos seres, recibirá burlas o miradas que lo juzgarán a uno de insania mental, mientras murmuran con otros sobre lo trastornados que estamos, y sobre nuestra conducta muy parecida a la de los mormones los días domingo por la mañana, la cual manifestamos cuando pedimos que bajen del techo de la combi a esos animales que reclaman vivir y no sufrir, y que además rompan con aquella cultura que programó inercialmente la psique de aquellos quienes murmuran posicionados desde un ápice de comprensión del orden universal y del sentido profundo de la existencia cósmica.

Claro está que existe otro grupo de homínidos sordos frente a los chillidos de los cobayos; aquellos que sólo se escuchan a sí mismos diciendo que si uno se encuentra en paz con el universo y en un estado de profunda armonía espiritual, puede comer lo que sea; que la ética y el dolor son una ilusión de la mente, la cual hay que trascender, y que si uno evoluciona hacia esa trascendencia no hay atrocidad, no hay perversidad, no existe la ética. No me voy a detener en esta cuestión metafísica (que quizás tenga cierto grado de probabilidad) para no extenderme en este espacio sobre un tema tan particular, pero me ofrezco a participar en un diálogo con quienes sostienen esta versión de la realidad; quizás me acerquen evidencias que me hagan comprender que esos chillidos de los cobayos sólo existen en mi imaginación.

Como sea, ayer fue un día en el que me permití estar harto del universo de ideas humanas que manifiestan injusticias en la realidad; del intelecto que justifica falaz y desidiosamente todas las atrocidades e iniquidades que activa en la práctica. Y me parece que está bien que de a ratos sea así, quiero decir, que me harte de tales cosas, como una válvula de escape, como una rebelión constante a las múltiples ficciones que los sistemas de turno intentan encadenarme con la ayuda incondicional de cada uno de los individuos pasivos miembros de la masa mecánica; ministros ciegos, sin juicio propio, de esos sistemas de turno que beben de sus esencias y de sus fuerzas enajenadas.

Y este ejercicio me permite afianzar nuevamente la certidumbre fundamentada de que debo evitar llevar cobayos en el techo de una combi, en un día intenso de sol, en bolsas de arpillera, para que luego los mismos terminen mutilados, semi-quemados y dispuestos en una sopa en la que flotarán muertos y sin identidad ni dignidad alguna; y me sirve para profundizar propios despertares de sueños en los cuales la sociedad aún me mantiene sumergido por falta de lucidez y autodeterminación.

¡Qué la providencia natural quiera que toda esta ignorancia y perversidad tenga un sentido y que no seamos únicamente la absurda especie virulenta y ponzoñosa por excelencia!

fuente: Facebook.com

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