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La guerra permanente
Por (reenvio) Ekintza Zuzena - Sunday, Feb. 24, 2013 at 5:46 PM

«Lo más útil en la guerra es saber ver la ocasión y aprovecharla.» Nicolás Maquiavelo

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La crítica de la guerra parece ser cuestión de antimilitaristas especializados. Y de hecho, lamentablemente, para conocer mejor cómo funciona la guerra y también quiénes la hacen, los intereses y las maniobras que la direccionan, hay que investigar en sus tratados, sus gastos, sus intereses, etc.; algo que lleva a una cierta intimidad con ese mundo que tanto odiamos, el de los uniformes, las jerarquías y la muerte.

Conociendo ese mundo llegamos a una conclusión sobre la situación en la que estamos, una situación de la cual –ingenuos nosotros– muchos ya eran conscientes desde hace tiempo, levantándose para hacerle frente; hablamos de los que no conocen mucho sobre la geopolítica o las estrategias de lo que sea, es decir, los pobres y oprimidos del mundo, incluidos los del llamado «cuarto mundo» –esos condenados de la Tierra en el paraíso de la abundancia, en las periferias de los centros neurálgicos de la economía–, que ya hace tiempo se dieron cuenta de que «estamos en guerra», que el mercantilismo capitalista es simplemente la guerra contra los pobres.

«Estamos en guerra» decía un texto que leía un chaval con un megáfono en una plaza de barrio. Era parte de un texto que decía más cosas, pero esa frase sonaba particularmente fuerte. No porque no lo estemos, sino porque el escenario nos lo quiere impedir ver: familias con sus coches de bebes, jóvenes consumiendo en los bares, gente haciendo compras como si nada sucediera. Y es que parece que nada sucede cuando los encargados de perpetuar la farsa siguen sin descanso emitiendo sus mensajes. Guerras allí, guerras allá, pero nada que nos relacione directamente con ellas. Todas esas guerras lejanas están justificadas: acabar con el terrorismo, el fin de algún caricaturesco tirano malvado que no quiere dejar a su gente acceder a todos nuestros beneficios democráticos, la corrupción inherente (según occidente) a algunas sociedades, llevar la paz a zonas bárbaras laceradas por guerras civiles y hambrunas, etc.

Unos días antes, un escenario totalmente distinto: unos jóvenes se enfrentaban a la policía y destrozaban escaparates de bancos mientras gritaban «¡Contra el Estado y el Capital: guerra social!». En este caso no era difícil entender a qué guerra se referían, ya que ahí había una situación de batalla.

Una misma guerra

En 1944, Charles E. Wilson, en aquel momento presidente de General Motors [1], propuso a la Ordnance Association (institución que se ocupa de la armamentística y el equipaje de las fuerzas armadas estadounidenses) lo que más tarde se conocería como «una economía de Guerra Permanente», fundada sobre unos vínculos institucionales firmes y continuos entre la gran industria y el Ministerio de Defensa. Esos vínculos se basaban, en parte, en que cada empresa clave nombrara a un coronel militar como superior directivo, lo que dio nacimiento al actual «complejo militar-industrial» [2]. Todo esto es un ejemplo entre tantos del hecho de que los gigantes de la industria bélica se encuentran fusionados con los Estados modernos, aunque habría que dar por sentado que no hace falta dividir entre «la industria» y «la industria bélica» ya que toda industria, de una manera u otra, forma parte de la guerra.

Pero claro, tal vez no se puede marcar esa fecha como el comienzo de lo que denominamos Guerra Permanente. Es difícil estimar una fecha exacta, o una época aproximada; para muchos será la Segunda Guerra Mundial –o como mucho la Primera– la que marque el inicio de una época beligerante sin fin. Es obvio que siempre han habido conflictos bélicos, pero hay una situación «novedosa» desde que el capitalismo consiguió extender su sombra mortal sobre el planeta entero –la tierra y su subsuelo, el mar y el aire– e incluso más allá de su atmósfera, y hay algunas características propias del momento actual que podemos relacionar con unos cuantos acontecimientos históricos, sucesos que han sido decisivos a la hora de marcar el actual rumbo.

No hace falta ser expertos en historia ni en ninguna otra «ciencia social» para conseguir ver toda una serie de hechos que sirvieron para echar los cimientos e ir construyendo lo que es la Guerra Permanente: las invasiones europeas en todo el continente americano y el comienzo de una guerra que para muchos pueblos nunca acabará y que sólo va cambiando de forma [3], con sus masacres y sus resistencias; muy relacionado con esto, el genocidio que supuso la esclavitud y también su relación con el aumento de la riqueza de las potencias europeas, y las rebeliones silenciadas de las plantaciones o minas; en territorio europeo, el sexocidio que fue la caza de brujas; la colonización europea que acabó –o, mejor dicho, cambió de forma– a comienzos de la segunda mitad del Siglo XX [4]; la maquinaria de muerte burocrático-militar que fue el Tercer Reich, que más que ningún otro Estado supo en pleno siglo XX juntar metódicamente elementos de discriminación, esclavitud y exterminio con expansión y guerra imperial, en los que se basó tanto su economía como su existencia. Todos estos acontecimientos, para nombrar los que fácilmente nos vienen a la mente, guardan una relación directa con lo que son el Estado y el capitalismo, o lo que es lo mismo, la instauración política y económica de la guerra.

Entre los principios clave que los Estados necesitan para garantizar su existencia como tales está lo que se denomina «igualdad jurídica», la que todos los Estados considerados soberanos poseen.

Esta igualdad se aplica especialmente al derecho de guerra (tomar vidas). Este derecho de guerra significa dos cosas. Por una parte matar o acordar la paz se considera una de las funciones principales de todo Estado. Esto va parejo con el reconocimiento del hecho de que ningún Estado puede ejercer su derecho más allá de sus fronteras, a cambio de lo cual, el Estado no reconoce ninguna autoridad que le sea superior en el interior de sus fronteras. Por otro lado el Estado emprende la tarea de «civilizar» formas de asesinar y de atribuir objetivos racionales al acto mismo de matar [5].

La Guerra Permanente comienza con la atribución de unos poderes soberanos al Estado, entre ellos la posibilidad de hacer la guerra o exterminar a cualquier fuerza o persona que se considere un impedimento para su crecimiento o un peligro para su perpetuación. La Guerra Permanente es la expansión (de territorios y mercados), la búsqueda y el expolio de los «recursos» [6], y una constante reafirmación del dominio dentro de los confines nacionales (mediante el hábil manejo, cada vez que sea necesario, de la cortina que separa lo que llaman «estado de excepción» de lo que llaman «estado de derecho», quizás con un sutil llamado a la emergencia).

Una característica importante de la Guerra Permanente que los Estados poderosos –o sus representantes o los representantes de sus intereses en cada región– llevan a cabo es que no hacen una distinción entre combatientes y no-combatientes: todos son enemigos. Prueba de ello son las guerras actuales que Estados Unidos y sus aliados imponen en Irak y Afganistán, o en el pasado en Vietnam, Nicaragua, Somalia o Serbia; y las todavía más largas que los gobiernos turco y ruso llevan contra las poblaciones kurda y chechena. En todos estos casos la propaganda oficial de los Estados imperialistas pone todos los esfuerzos en convertir a los habitantes de los sitios invadidos en «seres a exterminar», llegando al punto de hacer que sus mismos ciudadanos vivan la existencia del «otro» como una amenaza y apelen por ese exterminio.

Democracia ideal

Hay un ejemplo que recoge por sí solo todo el bagaje del occidente colonial del siglo XIX, perfectamente fusionado con lo que es una potencia democrática actual, y que ilustra claramente lo que son y hacia donde se dirigen los Estados: Israel. Sentimiento de supremacía, racismo abiertamente justificado, asentamientos coloniales, un régimen de apartheid –similar al sudafricano pero muchísimo más sofisticado–, condiciones laborales de esclavitud para los «no ciudadanos», enorme capacidad mili­tar [7], proyectos de energía nuclear [8], etc.

El mayor logro de este pequeño hijo de occidente es el de haber conseguido que su propia población (con relativamente muy pocas excepciones) apruebe y apoye las más terribles masacres e ignore la opresión diaria que sufren los palestinos a escasos kilómetros de las grandes urbes como Tel Aviv o Haifa y dentro mismo de Jerusalén o la colonizada Hebrón. Un compañero de allá nos contaba que con alambre de púas y algunas cosas más como barricada, unos jóvenes cortaron una calle del centro de Tel Aviv. En medio se podía ver un cartel que decía que era una zona restringida y que no se podía pasar. Esta acción simbólica de estos jóvenes buscaba que los israelíes que se dirigían a su trabajo sintiesen –aunque sea por un breve lapso de tiempo– lo que la mayoría de los palestinos tienen que sufrir cada día de su vida cuando se dirigen a sus trabajos, escuelas, hospitales, etc.

Curiosamente, el compañero relató además que a los ciudadanos israelíes, momentáneamente paralizados por la barricada simbólica, no se les ocurrió ni protestar ni salir de los vehículos, prefiriendo obedecer hasta la llegada de la policía; algo que nos recuerda mucho el legalismo omnipresente del Tercer Reich que se manifestaba, entre otras cosas, en la planificación y puesta en marcha incluso de las más terroríficas dinámicas de exterminio, rigurosamente ejecutadas por los nazis solamente tras una legislación extensiva en la materia.

En Palestina, tal prohibición de movimiento, con los conocidos checkpoints y las vejaciones de todo tipo, incluso palizas y violaciones por parte de los soldados israelíes, recuerdan a los palestinos quiénes son los amos y señores. Mientras tanto, desde 1967 los asentamientos israelíes en el territorio palestino crecen como setas [9], y cada día que pasa más tierras y fuentes de agua pasan a estar ocupadas y controladas por el ejército.

Frente a esta situación, además del ejemplo de dignidad de los palestinos (que es desde hace décadas una muestra de lo que debería ser toda resistencia contra la opresión), un puñado de jóvenes nacidos en Israel rechazan cumplir el rol de opresores que les han asignado a nativitate y de manera individual o colectiva rehúsan hacer parte de esa opresión, arriesgando pasar temporadas en prisión y ser socialmente excluidos al no hacer el servicio militar o directamente jugándose la vida en acciones contra la construcción del muro y el derribo de casas en territorio palestino.

Traer la guerra a casa

Actualmente nuestras ciudades no son escenarios explícitos de guerra. Una seña de los tiempos que corren: los intereses bélicos surgen de aquí. Ya sea por la necesidad de las empresas armamentísticas de generar mercados, de los Estados de explotar (tanto lo que se mueve como lo que no, lo que está sobre el terreno como lo que está por debajo) y controlar zonas consideradas estratégicas, el hecho es que las guerras se orquestan en nuestras propias ciudades.

A pesar de la creciente paz social que parece reinar en nuestras sociedades, algunas cosas están cambiando claramente. La actual crisis económica está volviendo a las ciudades europeas en unas grandes banlieues, donde millones de personas empiezan a darse cuenta, de a poco o de golpe, que el «bienestar» ya no existe para ellas y que los Estados del llamado «primer mundo» dudarán cada vez menos a la hora de reprimir duramente cualquier tipo de protesta, revuelta o insurrección. Ahí están ejemplos de maniobras, preparaciones y prácticas que se están llevando a cabo en todos los países del «primer mundo»; a este respecto se podría mencionar la creación, en 2006, de las fuerzas europeas de intervención llamadas EUROGENDFOR, con funciones de policía militarizada y especializadas en «gestión de crisis». Además, lo que estamos viendo es que ya es «crisis» cualquier cosa, o –mejor dicho– «emergencia», y que lo que el Poder propone y hace es militarizar.

Un ejemplo muy claro de la «gestión militar de las emergencias» es el del Estado italiano, que en enero de 2008 movilizó a militares para limpiar las calles de Nápoles (ocupando también en verano un sitio de almacenamiento de residuos para de esa manera romper la resistencia de los habitantes de la zona, hartos de las enfermedades crónicas asociadas al ambiente tóxico) y, en el mes de agosto del mismo año, desplegó miles de soldados por las calles de las principales ciudades del país. De ahí en adelante, un sinfín de «emergencias» (inventadas o reales, aunque a menudo subjetivamente reales o simplemente causadas directamente por el propio Sistema) y las respuestas militares, que, lejos de resolver definitivamente los problemas reales de las poblaciones, sirven para ir acostumbrando a los «civiles» a una vida militarizada y a los militares a sus futuras zonas de operaciones. Como sucedió con las revueltas de Nápoles contra los vertederos e incineradoras, destaca el empleo de cuerpos militares también para intentar sofocar las protestas y los enfrentamientos en Val Susa contra la construcción de la línea del TAV.

Pero el Estado español no está muchísimo más lejos en cuanto a esta renovada militarización de los territorios y de las mentes de las personas a través de una «gestión militar de las emergencias». Es cada vez más común ver en situaciones denominadas como «emergencias» a los soldados españoles y, en particular, a aquel sospechoso nuevo conglomerado de «especialistas» que es la UME. Respecto a esta unidad, en el Estado español tenemos algunos ejemplos bastante emblemáticos como la huelga de los controladores aéreos –una «emergencia» en torno a un conflicto laboral– y la gestión del terremoto de Lorca.

«¿Por qué no?»

En Alemania existe un espectro antimilitarista bastante fuerte. Por supuesto, hay que tener en cuenta unas características particulares propias del territorio alemán. Una es que el servicio militar ha sido obligatorio hasta hace muy poco (julio de 2011), a diferencia de muchos otros Estados occidentales; otra es que en todo el país existen más de 20 bases estadounidenses, y que más del 60 por ciento de los soldados estadounidenses que hacen escala en Europa para ir a Irak o Afganistán a matar, paran en Alemania y pasan temporadas en esas bases. Otro elemento bastante clave es que, a diferencia de lo que ocurrió en el Estado español, allí no hubo una larga y efectiva campaña de limpieza de la imagen de lo que es un soldado. De hecho, la imagen general que tiene la gente de lo que es un militar es más cercana a la realidad, o sea, que un soldado no es más que un mercenario, alguien que mata a quien sea por dinero.

En julio de 2007 fueron detenidos tres jóvenes, Florian, Axel y Oliver, acusados de haber depositado material incendiario debajo de unos camiones destinados al ejército alemán. Ellos, junto a otros cuatro compañeros –uno de los cuales fue detenido también esa misma noche– fueron acusados de pertenecer a una formación clandestina comunista y antiimperialista llamada «Militante Gruppe» (MG) que desde 2001 había realizado más de una decena de ataques incendiarios contra símbolos de la represión y la explotación. A pesar de que muchos compañeros no se sentían identificados con MG, decidieron comenzar una campaña activa de apoyo. Entre las cosas que se hicieron al poco tiempo de la detención cabe resaltar la manifestación hacia la cárcel de Moabit, Berlín, y un cartel con la frase «Todavía quedan muchos vehículos militares - Libertad para Florian, Axel y Oliver - Por la abolición de la ley antiterrorista», ilustrado con fotos de vehículos militares quemados en acciones anónimas.

En los meses siguientes, acciones de todo tipo contra el aparato militar en su conjunto empezaron a surgir y a revitalizar un «movimiento» antimilitarista que estaba prácticamente hibernando. Se trataba de sabotajes nocturnos, visitas a eventos militares y otros actos –algunos con pasteles en la cara de los ponentes–, campañas, publicaciones, etc.; es decir, una amplia gama de hervores antimilitaristas.

Sólo para remarcar algunos, está el ejemplo de un cartel que apareció en diferentes ciudades con un dibujo de un jeep militar en llamas y la pregunta «¿Por qué?» pegado junto a otro similar aunque modificado, que decía «¿Por qué no?», o el ejemplo de una acción memorable en Dresden donde en la pascua de 2009 un aparcamiento militar amaneció con 42 vehículos de guerra totalmente calcinados. Un cartel con imágenes de esa acción ponía la frase «Dresden - Hazlo de nuevo», y una frase que también nació de esas acciones, de la cual la de Dresden fue la más impresionante pero no la única, decía «lo que es saboteado aquí no puede dañar ni en Afganistán ni en ningún otro lugar».

Una campaña muy inspirativa, ya que evidencia de manera bastante clara y eficaz la relación entre empresas aparentemente civiles y el ejército, es la campaña contra DHL nacida en 2008. DHL es una empresa fundada en Estados Unidos en los años 70 pero que fue comprada por el servicio de correos alemán en 2002, y que desde 2003 se encargaba de la gestión de la logística ligera y del correo del ejército alemán, principalmente en Afganistán. La campaña, llamada «Resistencia integral», rebautizó a DHL (que es la sigla de los apellidos de sus fundadores) con el nombre de «Deutsche Heeres Logistik» (Logística del ejército alemán) y se basó en la modificación de la propaganda de la empresa –por ejemplo, mediante carteles que mostraban a la empresa como parte del ejército–, acciones contra las oficinas, colores de camuflaje pintados sobre los buzones e incendios contra vehículos de la empresa. La campaña se intensificó cuando la empresa estaba a punto de recibir la concesión para realizar toda la logística del ejército. Al parecer, las pérdidas relacionadas con los incendios contra las furgonetas fueron tan elevadas que la empresa renunció al concurso.

Volviendo a nuestro ámbito

¿A dónde se fueron esas multitudinarias manifestaciones contra la guerra de Irak, con sus miles de personas en las calles? ¿Y las campañas contra el ejército en el contexto de la insumisión? Poco queda de ello. Un compañero que está metido en la campaña por la objeción fiscal al ejército nos comentaba que, como viejo insumiso, no se sentía del todo afín pero la apoyaba y participaba en ella por una simple necesidad de seguir haciendo algo contra el ejército.

La fuerza de los movimientos como la insumisión residía en que sabían ver que el ejército no sólo era la estructura organizativa militar, sino también un Estado que necesita de ese ejército para perpetuarse. Pero hoy en día una lucha antimilitarista como la de los años 80 y 90 sería imposible, simplemente porque ya no hay miles de jóvenes rechazando ser engullidos por el aparato de la guerra. Por eso hace falta aprender tanto de las luchas del pasado como de las de ahora que se están llevando a cabo en otros países, para de tal manera relanzar un antimilitarismo revolucionario e internacionalista, una lucha antimilitarista que se enlace también con las demás luchas ya que no sólo ninguna excluye a otra, sino que todas las luchas son realmente una.

«Traer la guerra a casa» era una vieja consigna antimilitarista de los jóvenes estadounidenses en la época de la guerra de Vietnam. Aunque la frase es muy potente y tiene mucho sentido, oculta una realidad fundamental: la guerra siempre estuvo en casa, siempre se orquestó en casa, porque los intereses siempre salieron de casa y los fines también. Un antimilitarismo hoy por hoy debe tener presente, entre otras cosas, que las guerras no son sólo los ejércitos y los países que las hacen. Ejemplos hay miles, como cuando comenzó la enésima guerra de Irak (y no la «segunda» como nos quieren hacer creer): los países que se posicionaron «contra» la invasión en realidad tenían intereses pendientes en Irak que con esta invasión se perderían, y al mismo tiempo que cedían su territorio para la logística estadounidense y colaboraban económicamente con la invasión, difundían la imagen de estar en contra de la guerra.

Las guerras se preparan aquí y hay muchísimos ejemplos que nos muestran que es precisamente desde aquí que se pueden interrumpir. Recordemos que en enero de 2009 –poco después de las revueltas de diciembre de 2008– hubo un bloqueo en los puertos en Grecia en los que se evitó la salida de armas estadounidenses para ser utilizadas por Israel en la llamada «Operación Plomo Fundido» contra Gaza. También cabe señalar, por ejemplo, que durante la época en la que el gobierno de Italia participaba en la preparación de la invasión de Irak de 2003, hubo unos cuantos jóvenes y trabajadores ferroviarios y portuarios que se empeñaron en paralizar las vías (terrestres y marítimas) en las que circulaban los cargamentos de armas, consiguiendo obstaculizar el flujo de éstas durante semanas. Y hay muchos más ejemplos de este tipo que demuestran que las guerras lejanas siempre se pasean por aquí.

Pero los flujos de bombas de racimo y armas de todo tipo evidencian no sólo la complicidad europea en las guerras de todas partes, o mejor dicho, la necesidad de guerras para que esta industria siga creciendo, sino también la relación cada vez mayor con empresas aparentemente civiles. Como ejemplo tenemos a la empresa local Indra, que fabrica desde máquinas para validar billetes de metro hasta toda una gama de dispositivos de control «civil» y militar. Hay que añadir además el papel de las universidades, como por ejemplo la Universidad de Granada, que mantiene una estrecha relación con el ejército de tierra mediante el MADOC, o la Universidad de Oviedo, que recientemente firmó un acuerdo de cooperación con el ejército colombiano, y también existen varios acuerdos «no-formales» entre universidades españolas y empresas israelíes.

Las infraestructuras y el –siempre más cercano– relanzamiento del programa nuclear español no carecerán de participación militar en los próximos años, y por eso se están ocupando de modificar las legislaciones para considerar a todos estos proyectos (centrales nucleares, líneas de Muy Alta Tensión, Tren de Alta Velocidad, etc.) de interés estratégico. De ahí también el Real Decreto del 26 de febrero de 2010, que otorga poderes policiales a los militares españoles en cuanto «agentes de la autoridad» en situaciones de respuesta o incluso anticipación a unas supuestas «emergencias» que, al fin y al cabo, el Poder mismo declara y define, y que giran alrededor de sus intereses estratégicos; una pieza más en el puzzle del incremento progresivo del control en clave militar sobre nuestras vidas.

La Guerra Permanente es una realidad, no hace falta escarbar mucho en este pozo social para ver los indicios de una militarización cada vez mayor y de una «salida militar» a las posibles y probables revueltas que surjan en respuesta al recrudecimiento de la situación económica y social, y al agudizamiento de la represión policial.

La situación actual es difícil, pero también es una oportunidad. Todo indica que el «complejo militar-industrial» se está preparando y moviendo en una dirección, lo cual nos deja unas preguntas precisas: ¿Dónde estamos? ¿Qué posibilidades tenemos? ¿Cómo respondemos?

Nota de la Redacción: Para profundizar en estas cuestiones recomendamos vivamente la lectura del libro «Si vis pacem. Repensar el antimilitarismo en la época de la guerra permanente» (Bardo Ediciones, 2011).

notas:
[1] Wilson había trabajado de joven, durante la Primera Guerra Mundial, en el diseño de generadores de frecuencia para el ejército estadounidense. Durante la Segunda Guerra Mundial era presidente de General Motors y dirigió el enorme esfuerzo de la «producción para la defensa» de la empresa, ganando por ello una medalla en 1946. Luego, cuando finalizó la guerra de Corea en 1953, pasó a ser Secretario de Defensa bajo el mandato del presidente (y ex-general) Eisenhower y mantuvo la posición hasta 1957.
[2] Fue el mismo presidente Eisenhower quien advirtió en 1961 –al terminar su mandato– respecto al peligro del avance del «complejo industrial-militar» en Estados Unidos, es decir, sobre la amenaza de los crecientes intereses económicos y sociales ligados al armamentismo y las políticas militaristas.
[3] Por ejemplo en Perú el motivo era, unos siglos atrás, el oro y ahora es el petróleo.
[4] Aunque todavía quedan algunos puntos remotos en la Tierra que siguen siendo considerados territorio francés, inglés, etc.
[5] Achille Mbembe, Necropolítica. Melusina, 2011.
[6] El término «recursos» –muy utilizado tanto por capitalistas que no pueden ver en todo más que mercancías como por quienes no pueden ver en todo más que mercancías que defender– define la visión de que lo que nos rodea y lo que somos, son propiedad de esta sociedad: el agua, el aire y la tierra no son más que recursos naturales, los trabajadores de una empresa no son más que recursos humanos, etc.; y, por lo tanto, la existencia de ellos sólo merece ser tenida en cuenta si tiene un valor de cambio.
[7] De hecho, Israel está a la cabeza de los países que de sus ingresos más invierten en gasto militar.
[8] El plan de erigir una nueva central nuclear en el desierto del Néguev se ha visto momentáneamente suspendido por los sucesos de Fukushima. Actualmente Israel tiene dos reactores nucleares, uno en Dimona y otro cerca de Yavne, pero ninguno de ellos alimenta a la red eléctrica.
[9] Con un total de aproximadamente 500.000 colonos en la actualidad.

revista Ekintza Zuzena nº 39 http://www.nodo50.org/ekintza

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