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La captura de Purrán
Por + Neuquén - Friday, Jul. 14, 2017 at 3:28 PM

Enero de 1880. El mayor Ruybal con tropas nacionales del Regimiento General Lavalle n° 11 de Caballería de Línea, partió desde Campana Mahuida (cerca del actual Loncopué) con órdenes de seguir la huella de una rastrillada (“una rastrillada son los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en el campo suelen ser profundos, y constituyen un verdadero camino ancho y sólido”, escribe Lucio V. Mansilla en Una Excursión a los Indios Ranqueles).

La captura de Purrán...
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Ruybal se internó en territorio de Chile y llegó sin saberlo a orillas del caudaloso río Bío Bío, alcanzando a la rastrillada.

En la otra orilla se encontraba el cacique Feliciano Purrán, el otrora poderoso cacique Pehuenche, señor del centro y norte del actual Neuquén, con toda su gente (más de ochocientos), que obligado por la encerrona de las tropas nacionales que los derrotaba y diezmaba, buscaba refugio en Chile.

Un testigo presencial, el teniente coronel Guillermo Pechman (en ese entonces un simple soldado de dieciséis años) relató lo sucedido muchos años después de esta manera (extracto):

“…vimos de pronto un jinete que subía los barrancos, en dirección a nosotros, hubimos de hacerle fuego, pero observamos que se afligía haciendo señas con un papel, llegó y entregó una carta al alférez Boer, era un chileno, llamado Domingo Cabeza, cuidador de los ganados de Purrán, lo había hecho prisionero la comisión del capitán Castro, en Guayalí, y luego lo habían mandado con una carta para su patrón, proponiéndole arreglos pacíficos, hablábamos con este caballero, cuando apareció nuestro Jefe el mayor Ruybal, se le entregó la carta y se le mostró al portador de ella, en seguida conferenció con el chileno y le preguntó ¿Quién es ese que está ahí? refiriéndose al cacique, Jefe de la indiada, que se veían en la margen opuesta, es Purrán, ñor, yo iba a alcanzarlo para llevarle esa carta que me había dado el capitán Castro, ¿Qué río es ése? El Bío, ñor, estamos en Chile. Bueno, vaya, dígale a Purrán que yo soy el mayor Ruybal, Jefe del Ejército que viene más atrás, que no vengo a pelearlo, que traigo orden del Gobierno Argentino para arreglar las bases de un tratado de paz, que haga recostar su gente a su derecha, que por la izquierda también vienen tropas y lo pueden pelear, y que en seguida me mande dos caciques para empezar los tratados.

El comandante Ruibal y el regimiento 11 de caballería (1883)

El chileno Cabeza partió con el mensaje, en tanto el mayor y nosotros pasábamos momentos de angustia por las tropas de la izquierda, que no eran otras que el alférez Ferreyra y 10 hombres; fue verdaderamente una imprudencia aislar esa comisión sin saber dónde nos encontrábamos; felizmente, el gran cacique creyó la inventiva e hizo recostar su indiada a la derecha, un momento después apareció el alférez Ferreyra.

Al cabo de una hora y media, regresaba el chileno con la siguiente respuesta: Dice Purrán, ñor, que él tampoco quiere pelear, que quiere estar en paz con el Gobierno Argentino, que hará retirar su gente, pero que si quiere que le mande dos caciques, que le mande usted también dos oficiales; nuestro Jefe se quedó admirado de la respuesta; dispuso que acampáramos a orillas de un monte cercano, y mandó nuevamente al chileno a exigirle a Purrán que mandara algún cacique con quién entenderse, garantiendo que sería bien recibido.

Purrán accedió y mandó un capitanejo, acompañado de dos paisanos que guiaban una balsa; el enviado fue recibido con cariño y agasajado por el mayor Ruybal, quien lo esperaba en la orilla del río con sus intérpretes, el sargento Valdivieso y el alférez Ferreyra, quien también poseía la lengua araucana, después de media hora de conferencia, el mayor les regaló cuatro yeguas de las que teníamos para racionamiento, bebieron aguardiente y se fueron llevando el encargo de decir al cacique, que pasara al siguiente día temprano, y que lo esperaría para conferenciar con él, llevaron las yeguas regaladas, y nosotros nos apoderamos de la majada racionándonos en grande.

Se puso el sol, y se estableció una rigurosa vigilancia, el ganado comió bien; y pasamos la noche sin ninguna novedad.

Al siguiente día por la mañana, se mandó excusar el cacique, diciendo que el río estaba muy crecido, y que si bajaba, pasaría a la tarde. El hombre tuvo sus temores y tampoco pasó por la tarde, prometiendo hacerlo al siguiente por la mañana, lo que tampoco efectuó, mandándose disculpar con otros caciques subalternos y algunos capitanejos, éstos como los anteriores fueron bien obsequiados no obstante el desagrado del mayor, por la inasistencia de Purrán.

Nuestro Jefe tuvo una larga conferencia con los enviados; en ella se habló acerca de los beneficios que recibirían del Gobierno, cuando todos se hubieran presentado, que se les daría tierra y útiles de agricultura, racionamiento, ganado, etc., que una vez sometidos a la civilización, en vida con los cristianos, mejorarían considerablemente sus condiciones, y tendrían todos los derechos de los argentinos; según ellos no había ninguno malo, ni ladrón, todos eran gente buena y vivían de lo suyo; efectivamente, a estar a lo que se veía en el campo, tenían sus pequeñas sementeras, y por referencias de algunos chilenos que comerciaban con ellos, se decía que la tribu de Purrán hacía muchos años no entraba a dar malón.

A las 9.30 de la mañana, más o menos, los parlamentarios se preparaban para retirarse, cuando el mayor Ruybal, aparentemente disgustado, dio a los caciques, por intermedio de sus intérpretes, el siguiente mensaje: “Digan ustedes al general Purrán, que hoy hacen 3 días que me está engañando con la promesa de pasar a hablar conmigo, yo tengo necesidad de regresar, y si el general no pasa hoy mismo a darme un abrazo, y hacer el tratado de paz que debemos convenir, creeré que procede de mala fe, y me veré en el caso de pasar con mis tropas a pelearlo, porque así son las órdenes que tengo de mi Gobierno”.

Los emisarios abrieron los ojos y se miraron con extrañeza, luego contestó uno: “el general debe pasar esta tarde, porque a mí me lo ha dicho, ahora le informaremos de todo lo que usted nos ha dicho y seguramente no va a faltar”, se despidieron los caciques dando todos la mano, se embarcaron en la balsa y dos, se lanzaron al agua a caballo, llevándose las últimas yeguas que nos quedaban.

Nuestro Jefe, empezó a pasearse algo contrariado, pues empezaba a perder las esperanzas de abrazar al Rey del país de las manzanas: temían un fracaso, almorzó muy poco, y luego estuvo haciendo comentarios sobre la viveza, y la importancia del cacique.

Un rato después, se vio movimiento en la margen opuesta, supusimos fuera el cacique que se hubiera resuelto a pasar, pero no fue así, era un enviado de él, que venía a anunciarlo para la tarde, a cuya hora dijo que el general Purrán pasaría el río para hablar con el enviado del Gobierno Argentino, pero que antes le pedía que hiciera retirar a toda su gente a cierta distancia y que quedara él sólo con sus lenguaraces para recibirlo y hablar; el mayor le prometió de una manera expresiva que así lo haría y despachó al enviado.

Un momento después, nuestro Jefe, personalmente, se dirigió a la tropa, y, con la satisfacción consiguiente, manifestó que el cacique Purrán pasaría a las 3 de la tarde, dispuso se llevaran unos atados de leña debajo de unos manzanos próximos al río, un poco de carne para asar, pavas, mates, yerba, azúcar, y un poco de aguardiente que aún conservaba en un par de chifles, alrededor de un fogón se improvisaron muchos asientos.

Sería la una del día cuando se dispuso que ensilláramos los caballos, luego el mayor separó diez hombres elegidos y al trompa cabo Pedro Castro, les designó un lugar oculto distante 60 metros más o menos del punto donde se celebraría la reunión, allí debían permanecer juntos y cuerpo a tierra y el trompa adelante de éstos con la corneta lista, y la vista fija en el mayor; todos con sus carabinas cargadas, luego agregó: cuando yo me encuentre sentado en rueda con todos los indios, un momento después, me sacaré el sombrero con la mano izquierda, y me pasaré la derecha por la frente pretextando calor, en ese mismo instante el trompa tocará diana y al pique de la corneta cargarán con la mayor rapidez sobre los indios, matarán a los que puedan y tomarán vivo al cacique Purrán, aunque sea a costa de sangre, lo conocerán fácilmente, porque será el que esté sentado a mi derecha.

Tales fueron tas instrucciones que dio el Jefe a los diez hombres elegidos y en presencia de todos, recomendó especialmente al cabo Baigorria y al soldado Juan Flores, hombre de mucha fuerza, la lucha con el cacique, evitando en lo posible de herirlo.

El resto de la comisión recibimos la orden de estar montados, distante 150 metros más o menos de los primeros, y listos para cargar al toque de diana, el terreno quebrado y montuoso se prestaba para ocultarse, tanto a pie como a caballo.
Nuestro Jefe, personalmente, indicó los lugares que habían de ocupar los dos grupos, mezclando los infantes entre los de caballería.

Tomadas todas las disposiciones, aun en los menores detalles para el mejor éxito de esta emboscada,… esperamos el momento, observando y vigilando la margen opuesta, para ocupar inmediatamente cada uno su puesto.

A las 3 de la tarde, iniciaron el movimiento varios grupos de jinetes que de distintas direcciones venía a la orilla del río, ya escoltando al cacique y su comitiva o ya fuera a presenciar el pasaje.

El general Purrán no se hizo esperar más a la hora indicada y, terminados los preparativos de la embarcación, subió a bordo el Rey de las manzanas, escoltado por 25 paisanos de lanza, más o menos, quedando en tierra no menos de 800 indios armados a lanza.

Cruzaba, pues, el buen cacique el caudaloso Bío-Bío, tal vez para no volver. ¡Cuánto presentimiento! ¡Cuántas zozobras! y cosas imaginaría su corazón. ¿Si volvería a mandar tas tribus de sus dominios? sus mujeres, sus hijos, sus intereses, seguramente debía pensar en todo esto, pero en medio de tantas reflexiones, lo alentaba la confianza que le habían inspirado las promesas y garantías ofrecidas por el enviado del Gobierno Argentino.

La gran balsa, hábilmente manejada, llegó a la orilla del lado nuestro, allí desembarcó el Jefe de los Pehuelches y Picunches, dominador de los Andes, según lo llamaban por su poderío; nuestro Jefe lo recibió en brazos, acompañado del alférez Juan Ferreyra, del sargento Valdivieso y del soldado Chapaco, asistente del mayor, se cambiaron apretones de manos con los demás caciques y capitanejos, dirigiéndose en seguida al lugar preparado para el “parlamento”. .. , donde tomaron asiento en rueda, próximos al fogón, empezó a circular el mate y tomó la palabra el alférez Ferreyra, traduciendo las palabras del mayor a la lengua araucana. (Purrán hablaba y entendía algunas pocas palabras en español).

Muchos de los paisanos no se sentaron, y permanecieron de pie, recostados en los manzanos, con miradas recelosas; era imposible que descubrieran nada pues el trompa, que era el más próximo, estaba perfectamente cubierto y observaba al mayor, por entre el ramaje, con la corneta próxima a la boca.

El alférez Ferreyra se concretó a hacerle cargos al cacique, por haberse hecho esperar tanto, y por exceso de su gente, cometidos en tiempos anteriores, y otras inventivas que el cacique desmentía, diciendo que hacía muchos años que su gente no hacía guerra ninguna y vivían tranquilamente, trabajando en sus campos; que si habían entrado paisanos a dar malón, habrían sido de la gente de Namuncurá o de Queupo, con quienes no tenía nada que hacer, hablaron también algunos otros caciques; y a estar a lo que decía el alférez Ferreyra, se expresaban muy bien exponiendo razones que le era difícil rebatirlas.

Nuestro Jefe, al verse con una presa tan importante a su lado, debió encontrarse algo nervioso, porque olvidó la señal convenida, y apenas transcurridos 15 minutos, o por una imprevisión, se sacó el sombrero, el trompa creyó ver la señal de orden e inmediatamente tocó diana, a cuyo toque cargaron los primeros, sobre el parlamento, desplegando en guerrilla, sobre las costas del río, el resto de la tropa y haciendo un nutrido fuego sobre la masa de indios que estaban en la margen opuesta.

Los parlamentarios traían todos puñal y boleadoras a la cintura, incluso Purrán, quien las esgrimió con entereza; no obstante los desgraciados indios huían a pie, perseguidos por los soldados que al alcanzarlos les daban muerte, algunos se lanzaron al agua ahogándose y otros fueron sacrificados allí mismo, la indiada del otro lado no se hizo esperar, desmoralizados y sin comando, tomaron los campos en desorden, levantando inmensas polvaredas y dando alaridos que repercutían en las sierras.

Mientras tanto, el desventurado Purrán, era obligado a rendirse, después de haber hecho toda la resistencia posible con sus boleadoras y dirigiendo improperios al mayor y a los soldados un hermano suyo tuvo igual actitud, protestando con toda energía, después de tirar algunos bolazos de los que tocó uno al cabo Baigorria, éste y el soldado Flores dieron en tierra con Purrán, ayudados por el soldado Ferreyra, que le amenazaba traspasarlo con la bayoneta del fusil, asegurado de los brazos, levantó del suelo y mirando al mayor Ruybal, le dijo: “Bueno, no matar mi quente”, se refería a que no se permitiera tirar más a los indios del otro lado; el mayor hizo cesar el fuego que ya se hacía inútil, por cuanto los indios iban lejos.

Purrán miró a todos lados buscando algunos de sus caciques, pero no encontró ningún paisano, todos y todo había concluido.

Un momento después, apareció el Sargento Saturnino González con unas mantas finas y un tirador, las mostró al mayor, diciéndole que eran de un paisano que no se había querido entregar y lo había muerto; nuestro Jefe presentó las prendas al cacique preguntándole si las conocía, Purrán contestó tristemente: “sí, mi hermano”; ¡caramba! exclamó el mayor, bueno Purrán, tienes que perdonar, porque estas son consecuencias de la guerra; el cacique movió la cabeza y murmuró algunas palabras que se podían traducir en “No tengo más remedio”.

El sargento lo había corrido por la costa del río y al alcanzarlo, según su propia confesión, tuvo el cuidado de no agujerear las mantas al herirlo, se las levantó con una mano y con la otra le hundió el puñal repetidas veces; el que esto escribe vio el cadáver un momento después, acribillado de terribles heridas.

Pudo conducirlo prisionero, pero este sargento se distinguía como sanguinario; era hombre algo viejo, pero fuerte y ágil, decía haber servido a Rosas.

No recuerdo cómo se desamarró la balsa del lugar en que estaba, la vimos por el medio del río, cuando el mayor mandó al soldado Flores a traerla, éste se lanzó a nado, y la condujo de nuevo a la costa, luego dispuso el Jefe, que pasara una comisión al otro lado a recoger lo que hubiera, y concluir con los heridos, a la mayor brevedad porque íbamos a marchar en seguida, partió la balsa con un grupo de soldados, y una hora después, regresaba conduciendo 150 lanzas y gran cantidad de prendas y tejidos, los heridos fueron pocos, y los acabaron de matar, pero seguramente debieron haber muchos más entre los que huyeron, hubo también muchos caballos muertos, se distribuyó el botín a los soldados, se quebraron todas las lanzas y se arrojaron al agua; luego ordenó el mayor a la tropa que se tuviera el mayor respeto y consideración con el cacique.
De todos los indios que pasaron acompañando al cacique Purrán, sólo éste salvó su vida, los demás fueron sacrificados o se ahogaron.”

Fuente: Guillermo Pechmann – El Campamento – 1878 – Algunos cuentos históricos de Fronteras y Campañas – Luchas de Frontera con el indio – EUDEBA

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