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Wallmapu, la película
Por Revista Santiago - Tuesday, Mar. 27, 2018 at 8:26 PM

Al menos dos cosas intenta demostrar Pedro Cayuqueo en Historia secreta mapuche, su último libro: que la historia de su pueblo se ha contado muy mal, y que bien contada sería una fuente inestimable de series para Netflix, tanto o más que las hazañas de cowboys o mongoles. Ambas hipótesis encuentran respaldo en una investigación ampliamente documentada, cuya motivación es acreditar que la nación mapuche existió hasta muy entrado el siglo XIX, de tal forma que imputar su extinción al Imperio español ha sido otra artimaña más del verdadero villano de esta saga: la república de Chile.

Wallmapu, la películ...
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POR DANIEL HOPENHAYN

¿Cayuqueo apuesta a ser el Baradit de la historia mapuche? Por lo menos no le teme a la analogía, dado el título que eligió para su libro. El tono amistoso y didáctico del relato, así como la promesa de correr el velo a una historia silenciada, también lo acercan al autor de la audaz trilogía. Lo distancian, eso sí, la ausencia de retórica conspirativa y la perseverante alusión a sus fuentes. Para que nadie se ofenda, Cayuqueo parte por aclarar que él no es historiador sino periodista, y que su trabajo se nutre del que ya realizaron otros. Los hechos que narra son “secretos” en la medida en que fueron omitidos por la historia oficial que llegó a los textos escolares y a las páginas de Icarito, para ser redescubiertos en las últimas décadas por una nueva corriente historiográfica (digamos, desde José Bengoa en adelante). Hábil para concentrar la atención del lector, propone que los jinetes mapuches fueron “los mongoles de Sudamérica” (con el toqui Mañilwenu en el rol de Genghis Khan), titula un apartado “Game of Lonkos” y concede a Sergio Villalobos la estatura de Darth Vader.

Pero no se crea que Cayuqueo juntó unas cuantas anécdotas y armó con ellas el thriller épico de la Araucanía. Se trata de una investigación extensa, cuyo autor aspira a imponerse por el peso de las evidencias, aunque sin presumir de neutralidad. De su abuelo aprendió esta máxima: “Ser un mapuche honorable y jamás olvidar de dónde se proviene”. A ese mandato, Cayuqueo suma otro, de Oscar Wilde: “El único deber que tenemos con la historia es reescribirla”.

La tesis central de Historia secreta mapuche es que el Wallmapu no se desintegró en el curso de “un conflicto que ha durado casi 500 años” (frase que es reprochada a Bachelet), sino durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando Chile y Argentina invadieron por separado lo que hasta ese momento era una sola nación –si bien “descentralizada”– que se extendía desde el Pacífico hasta casi Buenos Aires.

Y es que la Guerra de Arauco fue severa pero breve. A partir del siglo XVII, mapuches y españoles practicaron una diplomacia sofisticada que contempló tratados de límites (con el Biobío como frontera) y crecientes intercambios comerciales. Lejos de permanecer inmune a los efectos del tiempo, la sociedad mapuche se transformó. Para 1810, los agricultores de subsistencia habían mutado en prósperos ganaderos que además comerciaban sal, textiles y platería, e incluso exportaban sus productos a través del puerto de Valparaíso. No vivían en arcádicas “comunidades” ni estaban tan enamorados de “la tierra”, protesta Cayuqueo. El Wallmapu era una vasta y compleja red sociopolítica gobernada por ricos señores que difícilmente se hubieran molestado en recoger una papa.

Entonces llegaron las repúblicas. Los padres de la Independencia chilena, como sabemos, hicieron del indómito araucano su fetiche histórico, sin perder ocasión de exaltar aquella legendaria resistencia al tirano español. La paradoja, sin embargo, no es que los mapuches se hayan plegado mayoritariamente al ejército realista, sino que, mirado en retrospectiva, hayan tenido razón en hacerlo. Nadie los había tratado mejor que el gobernador Ambrosio O’Higgins, mientras que sus improvisados admiradores, de tan revolucionarios, se aprestaban a crear la institucionalidad que los iba a borrar del mapa.

Colonizar los territorios mapuches fue un objetivo que Chile y Argentina tuvieron en mente desde temprano, pero recién entre las décadas de 1860 y 1880 pudieron darle prioridad. Cayuqueo dedica largas páginas a las batallas militares y políticas que marcaron la Pacificación de la Araucanía y la Conquista del Desierto, los eufemismos utilizados aquí y allá para perpetrar el despojo. Son tantas las escenas de inclemencia, y cargadas de profundo menosprecio, que el autor incluso llega tarde cuando intenta sensibilizar al lector. Los perfiles que ofrece de los héroes de su epopeya, que por cierto serán derrotados, justifican por sí solos su desafío a la historia oficial. Se vuelve insostenible que apenas conozcamos de nombre a personajes del relieve de Calfucura, Mañilwenu o Kilapán. Desde luego, Cayuqueo también sigue de cerca a los malos de la película: el general argentino Julio Roca, airado cazador de indios; Cornelio Saavedra, el militar chileno que se obsesionó con reducir a los mapuches y supo manipular a la clase política santiaguina; su cómplice José Bunster, alias “Rey del trigo”, el más ubicuo de los empresarios agrícolas que se aliaron con los militares para repartirse las comarcas que el Estado chileno iba dejando sin dueño.

Pero también hubo villanos de otra especie, y aquí es donde el orgullo republicano pasa un mal rato. Si Saavedra y sus socios hicieron el trabajo sucio, eminencias como Vicuña Mackenna, Barros Arana y Sarmiento se ocuparon de darle marco teórico, denigrando a los “salvajes” en párrafos que se vienen citando hace tiempo pero no terminan de impresionar. La voz cantante de la campaña la llevó El Mercurio de Valparaíso, publicando editoriales que decían cosas como esta: “El araucano de hoy es tan limitado, astuto, feroz y cobarde al mismo tiempo […] su inteligencia ha quedado a la par de animales de rapiña, cuyas cualidades posee en alto grado”; “…una horda de fieras que es preciso encadenar o destruir en bien de la humanidad”.

Tuvo que ser la Iglesia, a través de la Revista Católica, la que saliera al paso de la barbarie ilustrada, defendiendo los “indisputables títulos de posesión y dominio” de los mapuches sobre sus tierras. Esos mismos títulos invocó en 1860 el abogado francés Orélie Antoine de Tounens para hacerse proclamar Rey de la Araucanía, alegando que Chile carecía de derechos sobre un territorio que España había reconocido como extranjero a su reino. El caso es que a la noble raza araucana, orgullo de la Patria Vieja, en plena República Liberal solo la defendían la Iglesia y un rey.

Cayuqueo no oculta las divisiones internas que enfrentó el pueblo mapuche durante casi todo el siglo XIX, tan profundas que las tropas invasoras de Chile y Argentina contaron con más de un cacique entre sus filas. No las oculta, pero las ubica en un segundo plano que lo exime de indagar en ellas (acaso para privar de municiones a quienes culpan a los mapuches de su propia desgracia, en virtud de una tendencia a la dispersión poco menos que congénita). Solo en los últimos capítulos el autor es explícito en consignar que ha contado la historia desde los mapuches “arribanos”, asentados hacia la precordillera, y que más al sur y hacia la costa primó la estrategia de alinearse con el gobierno chileno, claro está que sin mejores resultados.

Ya que el origen de esas divisiones se remonta a la Guerra de la Independencia y la subsiguiente Guerra a Muerte (1819-1832), hubiese sido interesante que el desarrollo de esos conflictos tuviera algún lugar en esta historia secreta, pues también dañaron de modo ostensible aquel esplendor del Wallmapu que Cayuqueo extiende casi sin fisuras hasta 1860. Dejemos fluir la suspicacia: concentrar toda la pérdida desde la “Pacificación” en adelante supone, además de una enmienda a la Historia, un poderoso respaldo a la actual demanda mapuche de “autonomía”, cuales sean los alcances de ese concepto. En cambio, resaltar indicios de que la integridad política de esa nación –aunque no su soberanía territorial– comenzó a erosionarse en la misma aurora de Chile, cuando la mayoría de sus líderes eligió defender a la Corona, podría dejar intacto el fondo del argumento, pero no su poder de persuasión.

Como sea, Historia secreta mapuche reúne abrumadora evidencia a favor de la causa que lo inspira, y confirma que desacreditar dicha causa apelando a métodos bochornosos no es una práctica de reciente invención. Refuerza, además, la dignidad de un género discutido: el libro de divulgación que acerca al gran público lo que producen las academias. Quizás no todas las interpretaciones de Cayuqueo se presenten metódicamente contrastadas, pero los datos y sus fuentes están ahí. Lo que haga con ellos el guionista de Netflix ya no es responsabilidad del autor.

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