La otra noche de los lápices

Cuarta audiencia del juicio por la Brigada de San Justo: Con los testimonios de tres familiares de desaparecidos y una sobreviviente continuó el debate por uno de los CCD centrales en el esquema del Terrorismo de Estado en el conurbano oeste en dictadura. Se reconstruyeron los operativos de secuestro y desaparición de un grupo de militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios zona oeste.

Los primeros en brindar su testimonio fueron Marcela y José Gabriel Fernández, hermanos de Juan Alejandro y Jorge Luis Fernández, ambos militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios de zona oeste, secuestrados y desaparecidos en septiembre de 1977 y con registro de su paso por San Justo hasta diciembre de ese año.

Marcela comenzó describiendo a su familia, conformada por los padres y 4 hermanos de los que ella es la menor. Su padre era trabajador de Fate y los crió en un ámbito de unión, estudio y de creencia católica. Juan Alejandro, de 17 años, era subdelegado de la UES zonal y Jorge Luis, de 16, activaba con él. Los hermanos estaban preparando la celebración estudiantil del 21 de septiembre, y toda esa armonía se quebró la noche del operativo en que empezó el calvario. Fue el 19 de septiembre de 1977 cuando un grupo de personas armadas irrumpió en la casa familiar de Castelar en el entonces partido de Morón, hoy Ituzaingó. De esos represores la testigo, que tenía 10 años al momento de los hechos, recuerda a uno en particular, robusto y moreno, que estaba de civil, con borceguíes y una escopeta itaka. Marcela realizó un reconocimiento de ese represor en un álbum de fotografías que se le exhibió en la instrucción de esta causa y repitió el procedimiento en el debate. La patota entró con violencia y preguntando por “Rulo Ramírez”, que en realidad era Enrique Rodríguez Ramírez (para sus compañeros “Pluma”) otro militante de la UES secuestrado esa noche y desaparecido. Acto seguido redujeron al hermano mayor, Juan Alejandro, y dijeron que se lo llevaban para identificación. Cuando su padre intercede para pedir acompañarlos no le dan tiempo y se llevan a su hermano. Su padre va a hacer la denuncia al destacamento más cercano, donde le negaron la detención, y al volver encuentra al grupo de tareas por el camino, que le dicen que ya le habían devuelto a su hijo: en realidad habían vuelto a la casa y se habían llevado al siguiente hermano, Jorge Luis.

Marcela recordó que al ser la menor compartía muchas cosas con sus hermanos, que la llevaban casi “como una mascota”. Describió las tareas sociales que realizaban sus hermanos en Villa Ángela, que incluían alfabetización, huerta y talleres de música, además de las reuniones políticas con los compañeros de la UES en casa de sus padres. Recordó que varios compañeros de militancia de sus hermanos, como Marcelo Moglie y Sonia Von Schmeling, fueron secuestrados en simultáneo, llevados a San Justo y desaparecidos.

Al momento de hablar de las consecuencias de la tragedia familiar, Marcela afirmó que sintió que perdió en parte a sus padres por tenerse que dedicar a la búsqueda de sus hermanos. Dijo que la familia tardó años en elaborar que los que quedaron también fueron víctimas del Terrorismo de Estado, y  se quejó de que “esperamos 41 años para mirar a los ojos a los que nos arruinaron la vida, y no están ni siquiera por TV”, en relación a los genocidas imputados que, por decisión del Tribunal 1, asisten al juicio por teleconferencia y muchos ya no se dejan ni ver en las pantallas.

A  su turno José Gabriel Fernández completó el relato de su hermana y agregó varios análisis importantes. En principio describió el acercamiento que tuvieron sus hermanos a las tareas sociales a partir de vincularse a grupos catequistas en Villa Udaondo, en espacios coordinados por sacerdotes referenciados con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Contó que en principio los hermanos iban todos al colegio Nuestra Señora de Lourdes en Udaondo, pero luego por diferencias con la gestión del instituto se mudan al San Francisco Solano del centro de Ituzaingó. Allí sus hermanos mayores desarrollaron tareas comunitarias entre el ‘73 y el ’75 y fueron parte del armado de la UES local. A fines de este último año se prohíben los Centros de Estudiantes, lo que generó una tensión en la familia con la militancia de Juan Alejandro, que ya era subdelegado de la UES. El testigo refirió también un antecedente represivo que sufrió su hermano mayor en septiembre/octubre del ’76: al salir de una reunión política del bar de la vuelta del colegio, un grupo de civil intenta secuestrarlo en un Falcon, hecho que se frustró porque un vecino disolvió el forcejeo disparando dos tiros al aire. Analizando elementos para comprender ese hecho y lo que sucedió luego, José Gabriel contó que la delegada de la UES local, Mabel Cuadrado, le contó que en aquellos años su padre era Personal Civil de Inteligencia en El Palomar, lo que determina por qué fueron señalados, perseguidos y secuestrados todo el grupo de militancia de la UES zona oeste. El testigo recordó que en el operativo de secuestro de sus hermanos actuó un Falcon blanco y una camioneta oscura, presumiblemente de Aeronáutica. De hecho, en lo que podría calificarse como “la otra Noche de los Lápices”, entre el 16 y el 29 de septiembre del ’77 fueron secuestrados los hermanos Fernández, Alejandro Aibar, Marcelo “Chelo” Moglie, Enrique “Pluma” Rodríguez Ramírez, Ricardo “Polenta” Pérez, Adriana Cristina Martín y Sonia Von Schmeling, entre otros.

A partir de esto, la familia se dedicó de lleno a la búsqueda. Su madre Inocencia González, más conocida como “Elsa” de Castelar, conoció en la lucha a Nora Cortiñas y se vinculó a Madres Plaza de Mayo. Su padre envió notas a la 7ma brigada aérea, a la base de El Palomar y a Campo de Mayo. Nunca recibió ningún dato, excepto por una respuesta del Coronel Raúl Galarza de Campo de Mayo, que lo citó al padre en enero del ’78 y admitió el plan represivo al afirmar que “los llevamos porque estaban en colegios subversivos”.Los primeros datos certeros los tuvieron a partir de una visita de Adriana Martín a la casa de los padres, que los contó que los hermanos habían pasado por Brigada de San Justo.

Así pudieron reconstruir que la noche del 19 de septiembre del ’77 secuestraron primero a su hermano Juan Alejandro, luego fueron a secuestrar a Moglie y volvieron por su hermano Jorge Luis. Como dato cruzado hoy saben que en casa de los Fernández los represores preguntaron por Ramírez, en casa de Aibar por Fernández, y así.

El testigo se tomó un momento para destacar que habiendo ellos depositado su confianza en la institución, la jerarquía de la iglesia no hizo nada por sus hermanos: su padre realizó una gestión con Monseñor Laguna, obispo de Morón, que nunca fue respondida. Además los pocos sacerdotes de base que acompañaron a la familia fueron perseguidos o trasladados. “Hoy creo en la justicia de los hombres, no en la justicia divina. No puedo ni ver a un cura, lo escupo” dijo tajante el testigo.

Por último José Gabriel, que tenía 14 años cuando se llevaron a sus hermanos, afirmó que “la justicia se nos ha negado por 41 años” y agregó “yo no tuve adolescencia, porque vivíamos en la búsqueda de los hermanos que nos faltaban”. También exigió, como muchos de los testigos vienen haciendo, que se transforme a la Brigada en espacio de memoria “para que en el centro urbano de San Justo toda la comunidad de La Matanza conozca lo que fue el Terrorismo de Estado”.

A continuación se escuchó el testimonio de Hermann Von Schmeling, que relató la tragedia vivida por toda su familia: la desaparición de su hermana Sonia, de 17 años, la de su padre, el empresario paraguayo de origen alemán, homónimo, y militante montonero, los secuestros y torturas sufridas por sus tíos y abuelos, y las consecuencias en su madre y sus hermanos.

Su padre era directivo de la empresa CADECA y sufrió un primer secuestro en octubre del ’76. Militaba en Montoneros y había organizado una red vecinal para conseguir los servicios de luz, cloacas y una sala de salud. Esa noche llegó un operativo a la casa familiar de Ituzaingó, Era varios vehículos y personal uniformado que se presentó como “fuerzas conjuntas”.  Reducen al padre, roban pertenencias de la familia y se llevan unos folletos d ela embajada china que el padre había visitado por negocios. Ya en la Comisaría 3ra de Castelar torturan a su padre diciéndole “¿Por qué fuiste a la embajada?  Sos un comunista de mierda”. Además se ensañaban especialmente por su apellido alemán y le decían ¿”cómo estás con los zurdos y no odiás a los judíos?”. Tras un mes de cautiverio fue liberado.

Luego de ese episodio la familia se refugió con parientes en Formosa y Paraguay, mientras el padre compró una casa en Olivos. Alojados en la nueva casa, los 4 hermanos cambiaron de colegio. Pero Sonia, la mayor, no se adaptó y decidió volver al colegio Lourdes de La Matanza. Allí siguió su militancia en la UES zonal. Hasta que el 28 de septiembre del ’77 la secuestraron de la casa de Olivos. Antes habían ido a la casa de los abuelos maternos en Ituzaingó y les sacaron la dirección de la nueva casa familiar.

Después de esto Hermann relató que el 17 de noviembre del ’77, el día del cumpleaños de su hermana Ingrid, secuestraron a su padre con auto y todo cuando se dirigía al trabajo. En paralelo habían secuestrado de su casa a sus abuelos maternos y a su tío, y del trabajo a su tía Irma, militante de la JP. La perversión de los genocidas llevó a que obligaran a su abuela a llamar a Olivos preguntando por su tía, y le llevaran tabicada a su abuela frente a su padre cautivo en la Brigada. Por el relato de Adriana Martín, a quien conocieron años después, supieron detalles del paso de su padre y su hermana por ese Centro Clandestino. El testigo afirmó que “a 41 años sé que mi padre y mi hermana fueron asesinados, y no tengo vergüenza de decir que en algún lugar de mi psiquis espero su regreso. Eso también lo hizo la dictadura”. Finalmente contó que en la década del ’80 pudieron terminar el emprendimiento trunco de su padre de la salita sanitaria en el barrio Villa Udaondo. Hoy es la Unidad Sanitaria municipal 17 de octubre, en Ituzaingó, coordinada por su hermana Ingrid, quien nació en medio de la tragedia y sólo estuvo 20 días con su padre. “Es el símbolo de la resiliencia de mi madre y un homenaje a su esposo, a su hija y a los 30 mil”, concluyó.

La última testigo de una extensa jornada de más de 8 horas de audiencia fue Adriana Cristina Martín, sobreviviente de la Brigada de San Justo cuyo testimonio es central para determinar el paso de muchos detenidos por ese lugar. Con un relato desgarrador de las atrocidades vividas en el Centro Clandestino por todo el grupo de la UES, Adriana lo contrastó con los pequeños gestos de humanidad y resistencia que pudieron desplegar los militantes allí confinados.

La sobreviviente contó que fue secuestrada dos veces. Primero en diciembre del ’76, con 15 años fue llevada a la Comisaría 3ra de Castelar, estuvo dos meses en cautiverio, fue liberada y puesta en vigilancia bajo la órbita de la Fuerza Aérea. A partir de allí trató de seguir los estudios en la ENET nº1 de Moreno, siguió militando y fue electa presidenta del Centro del Estudiantes. Luego sufrió otro secuestro en el operativo que desplegaron en la casa de sus padres en Villa Udaondo el 29 de septiembre del ’77,  en presencia de su madre y sus hermanos Gustavo y Sergio. Su hermana mayor Zoraida, que se había refugiado en Mendoza, también fue detenida y llevada a la base de El Plumerillo y luego en avión a Mansión Seré hasta fines del ‘77.

Adriana fue llevada en el baúl de un auto a la Brigada de San Justo. Años después reconoció el lugar por el desnivel de la entrada y la disposición de las celdas, la sala de torturas y las oficinas del primer piso. Describió al detalle el régimen de picana y buzón que sufrió días enteros, y la prolija división de tareas de los represores, donde “los policías estaban a cargo de las celdas y la comida, y el Ejército a cargo de los operativos, las torturas y los asesinatos”. Estuvo 4 meses desaparecida y pudo reconocer a muchos detenidos en el cautiverio. Entre ellos a su padre Manuel, secuestrado un mes después que ella y liberado a fines del ’77. Su padre le transmitió que habían torturado hasta la muerte a Hermann Von Schmeling y ella misma pudo compartir los últimos momentos con vida de Rubén Cabral, compañero de su hermana y militante montonero apodado “Guli”. Adriana compartió celda con Sonia Von Schmeling, las hermanas Claudia y Roxana Kohn y María Graciela Gribo, además de ser testigo de que en Brigada estaba todo el grupo completo de militantes de la UES oeste.

La testigo afirmó que supo que estaba en la Brigada porque se lo dijeron los presos comunes y la cabo Teresa González, apropiadora de María José Lavalle Lemos, quien ya testimonió detalles del caso en este juicio. González hacía las guardias los fines de semana y en su presencia el régimen se aflojaba.

Adriana contó que cierto día la sacaron junto a Graciela Gribo y las mandaron coaccionadas a limpiar las oficinas del primer piso de la Brigada. “Fue humillante ser la servidumbre de los represores”, dijo. Sin embargo allí descubrió algo revelador. Detrás de un escritorio había un organigrama con nombres y flechas donde estaban todos sus compañeros de la UES zona oeste y distintos banderines: rojo para los asesinados, azul para los secuestrados y amarillo para los buscados.

Otro día, que ubica cerca del 28 de diciembre del ’77, vivió el calvario de presenciar el fusilamiento de sus compañeros. Los sacaron tabicados en grupo en distintos autos, tras un largo trayecto los bajan y escucha “¡arrodilláte!”, seguido de ráfagas de disparos a su lado. Luego corridas y gritos y la orden “¡súbanlos!”. A ella le gatillaron 3 o 4 veces en la cabeza y se desmayó. Luego despertó nuevamente en la celda de la Brigada.

Adriana fue liberada el 31 de enero del ’78, y ni bien salió fue a avisar a las familias de sus compañeros lo que había vivido. Siguió vigilada en la calle por largo tiempo por personal de civil que le decía “no hay 2 sin 3”.

Por último Adriana reivindicó su militancia en la UES y en Montoneros, pidió justicia por todos los compañeros que pasaron por la brigada de San Justo y dijo que “como sobreviviente repudio las prácticas negacionistas del gobierno nacional, porque los Derechos Humanos no son un ‘curro’, son el puente entre pasado y futuro”.

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Un Comentario

  • Corregimos algunas errores en el texto referidos al testimonio de Hermann Von Schmeling (h). Más abajo pegamos la versión más fiel de lo dicho.
    Agradecemos a Hermann por su aporte.

    HIJOS La Plata

    A continuación se escuchó el testimonio de Hermann Von Schmeling, que relató la tragedia vivida por toda su familia: la desaparición de su hermana Sonia, de 16 años, la de su padre, el empresario paraguayo de origen alemán, homónimo, y militante montonero, los secuestros y torturas sufridas por sus tíos y abuelos, y las consecuencias en su madre y sus hermanos.
    Su padre era directivo de la empresa CADECA y sufrió un primer secuestro en octubre del ’76. Militaba en Montoneros y había organizado una red vecinal para conseguir los servicios de luz, cloacas y una sala de salud. Esa noche llegó un operativo a la casa familiar de Ituzaingó. Eran varios vehículos y personal uniformado que se presentó como “fuerzas conjuntas”. Reducen al padre, roban pertenencias de la familia y hasta increpan al mayor de los hijos que tenía unos folletos de la embajada de China porque le habían encomendado un trabajo en el colegio y había juntado ese material: “¡Sos un comunista de mierda!” le dicen los represores. Ya en la Comisaría 3ra de Castelar torturan a su padre y se ensañaban especialmente por su apellido alemán, mientras le decían ¿”cómo estás con los zurdos y no odiás a los judíos?”. Tras un mes de cautiverio fue liberado.
    Luego de ese episodio la familia se refugió con parientes en Formosa y Paraguay, mientras el padre compró una casa en Olivos. Alojados en la nueva casa, los 4 hermanos cambiaron de colegio. Pero Sonia, la mayor, no se adaptó y decidió volver al colegio Lourdes de La Matanza. Allí siguió su militancia en la UES zonal. Hasta que el 28 de septiembre del ’77 la secuestraron de la casa de Olivos. Antes habían ido a la casa de los abuelos maternos en Ituzaingó y les sacaron la dirección de la nueva casa familiar.
    Después de esto Hermann relató que el 15 de noviembre del ’77, el día del cumpleaños de su hermana Ingrid, secuestraron a su padre con auto y todo cuando se dirigía al trabajo. En paralelo, el 16 de noviembre a la noche secuestran de su casa a sus abuelos maternos y a su tío, y del trabajo a su tía Irma, militante de la JP, el 17 de noviembre a la mañana. La perversión de los genocidas llevó a que, la madrugada del 17 de noviembre, mientras su abuela estaba tabicada y sufría torturas, llevaron a su padre junto a ella y pudo reconocerlo al escuchar su tos característica. Por el relato de Adriana Martín, a quien conocieron años después, supieron detalles del paso de su padre y su hermana por ese Centro Clandestino. El testigo afirmó que “a 41 años sé que mi padre y mi hermana fueron asesinados, y no tengo vergüenza de decir que en algún lugar de mi psiquis espero su regreso. Eso también lo hizo la dictadura”. Finalmente contó que en la década del ’80 pudieron terminar el emprendimiento trunco de su padre de la salita sanitaria en el barrio Villa Udaondo. Hoy es la Unidad Sanitaria municipal 17 de octubre, en Ituzaingó, coordinada por su hermana Heidi, quien nació en medio de la tragedia y sólo estuvo 20 días con su padre. “Es el símbolo de la resiliencia de mi madre y un homenaje a su esposo, a su hija y a los 30 mil”, concluyó.

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