A 10 años del ataque a la Seccional Rosario de ATILRA

3 de diciembre de 2008: ataque a ATILRA Rosario

La historia que sigue diciendo

Hay un cartel que tapa la entrada. A la vista de cualquiera es una casa antigua. Linda casa antigua la de San Luis 3385. Es cierto que los sindicatos no son ni uno ni cien edificios, sino la voluntad organizada de sus trabajadores. Pero cuando hay uno que se construye sobre esa máxima, su sede termina siendo la casa de todos y cada una, el escenario de grandes gestas, el lugar de coagulación física de la experiencia política que excede el ámbito de las fábricas. Y para quienes transitaron el interior de ese sindicato, simbólica y físicamente, es inevitable pararse en frente a él y que los recuerdos abran puertas, cerraduras y ventanas.

Y qué curioso quizás arrancar por ahí esta nota sobre ATILRA Rosario, la de la bandera verde y blanca, la de los escraches a los genocidas cuando la mayoría de los gremios privados no participaba, la que entendía que el valor humano era a la construcción sindical lo que la solidaridad a la clase trabajadora en su conjunto. Por eso, la Asociación de Trabajadores de la Industria Láctea a nivel local fue un poco de todo el campo popular y así se defendió del ataque impulsado desde la conducción nacional del sindicato y las principales empresas del sector.

Embestida

La última década de la historia de esta experiencia gremial condensó todas las maniobras posibles desde los sectores de poder empresario, sindical y político para destruir al que se consideró enemigo. La escalada de agresiones inició mucho antes del 3 de diciembre de 2008, cuando una patota de 800 personas armadas y uniformadas con remeras amarillas llegaron para, literalmente según los planes de quienes los convocaron, liquidar a los referentes locales.

La obscenidad sin matices por parte de la burocracia y las patronales lácteas arrancó seis días antes, el 27 de noviembre de 2008. Ese día una patota de cientos de personas, comandada por quien hasta hoy es el Secretario General ATILRA Nacional, Héctor ‘Etín’ Ponce, ingresó sin escollos al centro de distribución que Sancor tenía en Rosario. La empresa les abrió la puerta, golpearon delegados en su lugar de trabajo, incluso a algunos que recientemente se reincorporaban tras tratamientos oncológicos y otras dolencias. Ante los medios, declararon que venían a resolver un problema de democracia interna.

A partir de entonces se desplegó toda una artillería que se ve fragmentada en otros casos. Al mencionado ataque en la sede gremial le siguió la intervención de la seccional y expulsión del gremio de los dirigentes locales. Pero eso no alcanzó: se definió DISOLVER la seccional Rosario, es decir, desaparecerla. Sus afiliados fueron divididos en dos seccionales distantes, Totoras –creada para la ocasión- y El Trébol, para que ganen peso específico los adherentes del oficialismo nacional. De hecho, de haberse sostenido el esquema previo, en ATILRA Rosario la Agrupación 7 de Febrero, que nucleaba a referentes y activistas de la disuelta seccional, hubiera recuperado la conducción con el voto de los afiliados en 2009.

Pinza de tres puntas

Con una lógica de guerra, mientras sucedía lo comentado, se desarrollaron e intensificaron diversos conflictos en fábricas lácteas que mostraron el funcionamiento de la triple entente Empresas – Sindicato burocrático – Estado. Salteando en el relato las clásicas e interminables conciliaciones en los ministerios de trabajo donde el desgaste es siempre para los obreros que, a los sumo, se llevan un acta de impotencia de la oficina para ejercer poder ante las empresas, el caso de los lecheros mostró con crudeza el alcance de esa triada.

Ante una reacción tardía y débil del Estado, Sancor fue acusada por los trabajadores de COTAR de someter a la cooperativa a un contrato “leonino” que se orientaba a su destrucción. De esa empresa y contra todas las leyes, fueron despedidos y ‘retirados’ todos los delegados y referentes gremiales que encabezaron las luchas pos 2008.

Pero Sancor además de despedir a quienes se presentaban como candidatos a delegados de base en 2010, entre ellos el ex Secretario Adjunto de ATILRA Rosario, optó por cerrar su centro de distribución en Rosario y trasladar el trabajo y los trabajadores que quedaban en pie a la ciudad de Gálvez, a 140 kilómetros. El objetivo político trascendió al económico, mostrando hasta dónde las empresas son capaces de invertir de más y por ende ganar menos momentáneamente, si a mediano plazo eso les reditúa en ganancias bajo el lema de que “para las patronales, el mejor sindicato es el que no existe”. Y ATILRA Rosario existía molestamente en la fábrica con sus delegados, comisiones internas, marchas y piquetes propios y ajenos.

Por eso, además de destruir al sindicato y despedir a la mayoría de los delegados y activistas distribuidos en distintas plantas de Rosario y el resto de la provincia, intentaron acusar a los referentes locales de la repudiable muerte de Héctor Del Valle Cornejo, sucedida aquel 3 de diciembre de 2008 pero distante del lugar de choque de ambos sectores, con vueltas de esquina mediante. No contentos con echarlos, impedirles el retorno al gremio, someterlos a distintos hostigamientos laborales, querían verlos presos. El martirio duró siete años, hasta que la causa terminó con el sobreseimiento, en un tardío pero necesario acto de justicia para los indebidamente acusados, pero de impunidad para el o los asesinos. Fue el corolario de en un proceso judicial cargado de irregularidades.

Valores

A los trabajadores lácteos los conocimos con los despedidos de la industria textil y en las peleas de los estatales. Después cubrimos y participamos de las instancias de lucha del sector. Eso muestra la solidaridad de clase que encarnó este gremio, cuya sede sirvió para que se reúnan, además de sus afiliados, desde grupos de mujeres agrarias a despedidos de diversas fábricas, grupos políticos, de comunicación popular, etcétera.

Los colectivos humanos y los sindicales en particular tienen sus contradicciones, sus defectos, sus especificidades organizativas y de debate. ATILRA Rosario supo mostrar en la práctica algunas máximas importantes. Primero que, aunque a veces hay que caminar un poquito atrás de los compañeros para empujarlos y otras adelante para alentarlos, la mayoría del tiempo hay que estar a la par de ellos para no despegarse de la base, medir el pulso, escuchar los tirones y comprender las voces.

Los seis meses de piquete que sostuvieron los trabajadores de Sancor a la vera de la Avenida de Circunvalación, la larga pelea por la reincorporación de compañeros en La Serenísima, la denuncia permanente de los trabajadores de COTAR que cíclicamente vuelven a instancias de conflicto y hasta hoy cobran sus salarios reducidos y en cuotas, son pedazos de historia que muestran el compromiso en la defensa de los trabajadores, de sus derechos, de ponerle el cuerpo a lo que se considera justo.

Esta experiencia colectiva enseñó que la rosca, el miedo, la bravata, el apriete, pueden lograr muchas cosas. Pero que lo que la burocracia y las patronales nunca logran destruir, son los lazos humanos. Y no se trata de sentimentalismo barato para contentarse por sostener un grupo de amigos de aquello que fue un gremio. Se trata de la sólida definición política de que, pase lo que pase, lo que realmente genera transformaciones en las personas y los grupos humanos es aquello que perdura cuando ya los enemigos no pueden sacarte nada. Porque lo serán en otros ámbitos, de otras maneras, pero buena parte de los compañeros que pasaron por esa experiencia son activistas. Análisis que lejos de anular las necesarias revisiones y autocríticas, debe formar parte de ellas.

En un momento de demonización a los sindicalistas y a todo aquel o aquella que luche, vale recordar que en la ATILRA Verde, aún el que manejaba la caja, empezó su gestión yendo en bicicleta y la terminó volviendo a la casa en bicicleta. Que en las asambleas podían hablar todos y el debate era una práctica cotidiana. Que hasta en los momentos de formación se ofrecían dos o más campanas ideológicas para que los trabajadores pudieran transitar un aprendizaje más plural. Que la mano de los que ayudaban a levantarse cuando la patronal los tiraba al suelo, era la misma que se podía apretar en el hospital cuando algo malo o bueno estaba pasando.

Héctor Ponce y “Pigu” Garay, uno de los muchos auspicios al boxeo de Atilra Nacional.

Hablar de valores puede también llevar a hablar de colores. Héctor ‘Etín’ Ponce, quien sigue siendo el Secretario General de ATILRA Nacional y una década atrás vino rodeado de los boxeadores a los que sponsorea en nombre del sindicato, eligió el amarillo para uniformar a su patota. El amarillo le ha costado mucho a la historia del sindicalismo y últimamente igual a la historia del país. Pero el amarillo de Ponce y el amarillo del ex Ministro degradado a Secretario de Trabajo, Jorge Triaca, se unificaron cuando el dirigente sindical firmó la baja del convenio lechero a fines de octubre de 2017, avalando la flexibilización laboral en el sector.

Por eso es trascendental visualizar que lo que muchas veces se muestra como una “interna gremial” es, en realidad, un reacomodamiento de jugadores. Una razzia capaz de atentar contra la vida y el proyecto familiar de los considerados opositores para garantizar el negocio de las cúpulas gremiales con las patronales, ante el gobierno que sea. Por eso, la historia de ATILRA es la historia de la clase en su conjunto. Es la expresión de muchas realidades. Es un caso abordado de manual desde el poder, al que sin embargo en la capacidad de supervivencia de sus atacados, se le quemaron los papeles.

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