Enrique Samar: el legado del maestro de la educación insumisa, fallecido en febrero

Como docente y director de escuela, Samar trabajó por la educación pública con una perspectiva innovadora e integradora de la diversidad. Tres docentes reflexionan sobre su trayectoria.

Imagen: Sandra Cartasso

12/03/2019

Pedagogía de la urdimbre

Por Hebe Roux *

Una sonrisa asoma entre insumisión y ternura. Unos ojos saltean la visión desesperanzada sobre la potencia de la gramática escolar, y en cambio miran su paisaje confiándole, convencidos de su fuerza para tejer rituales imprescindibles: juntar, jugar, decir.

Una mirada hace escuela con la alegría sobreponiéndose a cada embate saqueador de sentido o de presupuesto, y no es resiliencia, mucho menos ingenuidad. Es una pedagogía que persevera por debajo de cualquier colorete innovador, una pedagogía de certidumbres que resiste la pobreza discursiva de la utopía tecnológica y el mundo por venir.

Enrique Samar es el quién de todo eso, y es preciso decirlo con algunos hechos. Hechos que las pruebas estandarizadas se niegan a medir con su espástica rúbrica, y que los medios de comunicación hegemónicos ocultan para edificar una representación conceptual de escuela pública pauperizada por la sindicalización de la docencia, y la desactualización de sus currículos y prácticas.

Desde el patio de la Escuela 23 del distrito escolar 11 en el barrio de Flores (Flores sur, como él gustaba decir), Enrique pergeñaba urdimbres entre la escuela, la biblioteca popular de la otra cuadra, el club social de enfrente, Bernabé Díaz –un artesano de la comunidad de Campo Durán en Salta que enseñaba a pensar las máscaras chané–, la murga Los inevitables de Flores, el ajedrez, los sikus y las lenguas originarias. En su trama todxs teníamos un lugar desde el que ovillar o enredar, sabiendo que el destino de semejante tejido no podría ser otro que el reconocimiento y la construcción de identidades diversas de nuestrxs alumnxs, garantizando el derecho de cada niña, de cada niño, a aprender y gozar de las cultura s en su riqueza poética, estética, científica.

Entre 1997 y 2012 Enrique dirigió la escuela sin escatimar sueños, y sin dejar de convocarnos a cumplirlos en concreciones cotidianas y sostenidas. Nuestrxs alumnxs contaron con propuestas de enseñanza cimentadas en la educación intercultural y en la paridad de jerarquía entre los lenguajes y disciplinas que integran el currículum. Quienes hablaban una voz susurrada, quienes hablaban sus intereses vociferando, quienes habían llegado ayer o hacía mucho a nuestro país, quienes habían nacido en el barrio, quienes ansiaban el recreo para desplegar agudas estrategias en un tablero o en un metegol, quienes preferían deambular por el taller de plástica o la biblioteca para jugarse en la literatura o en los dibujos que los dedos pudieran hincarle a la arena, todxs, absolutamente todxs, podían encontrar y encontrarse en “la 23”.

Así, Enrique Samar como director, y quienes fuimos docentes de la entrañable Escuela 23, construíamos cotidianamente un espacio antagónico a la meritocracia y la normalización. Nuestro director asumía que la escuela debía ser una experiencia desafiante en términos de encuentro, sin pretensión ingenua ni de una falsa igualación que sólo supondría erigir un modelo hegemónico en la construcción de subjetividad. Para llevar adelante esa concepción, debió poner el cuerpo en convocatorias y actividades dentro y fuera de la escuela, debió contagiar con su propio hacer el deseo de quien se hallara subsumidx en la burocracia que el propio sistema educativo tantas veces solicita, debió traccionar la creación de sentidos locales y propios por sobre enunciados exitistas que pretenden eternizar las desigualdades sociales.

Navegamos aguas inquietas y turbias en materia de política educativa. Nos sobran los motivos para desconfiar de cada reforma o proyecto que se impulsa desde el gobierno, toda vez que desde allí mismo nacen comentarios y medidas que desacreditan la formación docente, desdeñan los saberes de referentes indiscutibles que son lxs maestrxs y directorxs que hacen escuela día a día. Las aulas inclusivas que el Ministerio de Educación de CABA ha instalado como consigna de bandera son un desafío constante y creciente sólo para las escuelas públicas; sin embargo, las pruebas PISA ni ninguna otra presentan indicadores para evaluar los logros en este sentido. ¿Qué clase de mundo tendríamos si no existiera una escuela que sueña y enseña a soñar? ¿Cuántxs quedarían fuera del mundo si no existiera una escuela que desplegara propuestas para aprender a leer, a mirar, a audiover, a calcular, a estimar, a pensar, a mover, a remover y a conmover? ¿Qué mundo tendrían lxs que abogan por el sacrificio y la salvación individuales si un montón de quienes no pudieran pensar, simbolizar, producir?

Navegamos aguas en las que abunda el manotazo para alcanzar a la opinión pública con anuncios rimbombantes, y en las que casi nunca existe una necesaria desaceleración de cambios a favor de la evaluación genuina, integral y contextuada de las potencias y necesidades de la escuela para aportar a saldar una brecha cultural que tiene como primordial responsable a la política económica.

Nuestra modesta remada en dirección contraria es hablar mucho de Enrique, es convidar a lxs lectorxs de estas líneas a comentar con otrxs, que el pasado 27 de febrero falleció un director, un Maestro de maestrxs, que se llamaba Enrique Samar, y que su labor fue tan generosa, que ya tiene decenas de maestrxs y estudiantes de profesorado siguiendo su pedagogía. Una pedagogía insumisa, una pedagogía que se rebela contra las fórmulas exitistas porque sabe que son pura trampa, una pedagogía que apuesta a ensanchar el mundo para todo el mundo, pero, siempre, y sobre todo, para lxs que históricamente y en el presente reciben el horizonte más angosto. Una pedagogía decolonial.

* Maestra e integrante del equipo de Flores Sur.

Director del pueblo

Por Gabriel Brener *

Maestro enamorado, director del pueblo. Lo conocí por mi amistad y trabajo con su hijo Emiliano y desde el primer instante para mí fue ese placer de aprender de un gran maestro, ganas de escucharlo y de abrazarlo. Su posición, experiencia y lucha en y por la escuela pública, porteña y siempre bien al Sur, haciendo justicia por las causas originarias y el derecho de lxs pibxs a lo mejor del saber, a hacerse escuchar y pronunciar con orgullo sus nombres y sus vidas, en una sociedad depredadora de sus culturas. A mover peón cuatro rey con el coraje de quien gana una pulseada sin pedir permiso, mostrando que el ajedrez no son solo las blancas, de ojos claros y algo de inglés. Cuando estuve en el ministerio, solía venir a traer el suplemento educativo de su autoría, del periódico La Gaceta del barrio de Flores. Esas conversas para mí eran fuente inagotable de aprendizaje, y al mismo tiempo responsabilidad de dar a conocer esa acumulación creadora de conocimiento sobre la escuela pública del derecho practicada en el cotidiano escolar, entonces buscábamos diversas formas de dar visibilidad a ese hermoso patrimonio del saber pedagógico emancipatorio honrando el legado de Enrique y haciéndolo rodar con propuestas para escuelas, pibxs y docentes. Me honró con su propuesta para escribir el prólogo de su libro Encuentros. Historias de luchas, desvelos y preguntas en la escuela pública (2016), sobre notables educadorxes y experiencias pedagógicas valiosas de la escuela pública. Comparto algo de ello para invitarlxs a leerlo y desparramarlo por las escuelas, así Enrique las sigue visitando:

“Enrique sigue practicando el oficio de maestro y director, nos junta en el patio de este libro, igual que lo hacía en la Escuela 23 del 11 (en el Bajo Flores), para que las palabras y los textos salgan al recreo, tratando de gambetear ese orden inalterable de las filas de chicas y chicos por separado, de ese ‘tomar distancia’ y tantas formas escolares que cancelan el potencial de la libre expresión y del encuentro, esas formas escolares que se constituyen en costumbres tan argentinas como la canción de Los Abuelos, rutinas que alimentan el sinsentido, que le quitan oportunidad a las ganas, al deseo y el placer de las buenas ocasiones. Por eso, Enrique sale a disputarle al sinsentido y la rutina del siempre lo mismo para sacudir lo habitual y animarse a mezclar y repartir de vuelta. Es un repartidor de ocasiones y nos invita al patio de este libro para hacer lugar a las preguntas, y aunque sospecha que son las respuestas las que gozan de más prestigio en estos días, él prefiere la irrupción de las preguntas, no de aquellas que traen respuesta de antemano, sino las que nos conmueven, que nos mueven con otros en la búsqueda de algo en común, a pesar de las diferencias. Entonces, sentarse en círculo no es una moda o un acto políticamente correcto de los que no hay explicación ni convencimiento, sino la invitación a una mirada frontal y un diálogo sincero como algo constitutivo del vínculo pedagógico en la escuela. Allí reside su lucha por la educación intercultural bilingüe, plasmada en diversas prácticas escolares que no se alivian solo con la enunciación de los derechos sino que se fortalecen en el ejercicio activo de su concreción en las aulas, durante las clases, en los pasillos y los recreos, en un acto o en la plaza del barrio. Que un niño se sienta reconocido por sus pares y adultos al pronunciar su nombre y con él su historia e identidad, que una maestra sienta el valor de su tarea en la palabra y acciones de quien la dirige y acompaña, que un barrio y varios pueblos obtengan respeto y reconocimiento en el cambio del nombre de una plaza, confiriéndole con ese gesto el sentido de lugar público por intervención del ejercicio de una ciudadanía activa y democrática en la recuperación de la memoria que se conjuga con la verdad y la justicia. En cada una de estas prácticas educativas, Enrique logra trocar aquella noción escolar tan arraigada de la diferencia como algo negativo, como deficiencia y amenaza por una idea y práctica de la diferencia como Enriquecimiento de la convivencia, como aquello que nos fortalece y une entre hermanos/as, enalteciendo a la escuela como un ámbito clave de construcción de ciudadanía y democracia. Enrique nos vuelve a juntar en el patio de este libro, a cada uno y todos los textos que ha reunido, para saludarnos al final del día, sin imponernos un único himno nos invita a elegir uno y seguir por los otros y nos regala algo que viene con un hermoso relato de Eduardo Galeano (para abrazarnos con su presencia) con las ganas de que durante la próxima mañana y a la tarde y también de nochecita, en las escuelas, cada vez pueda picar un poco más, así rascamos donde pica…

“La función del arte 2. El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado, escuchó sin pestañear la propaganda religiosa que le leyeron en lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se quedaron esperando. El cacique se tomó su tiempo. Después, opinó: –Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien. Y sentenció: –Pero rasca donde no pica.” Eduardo Galeano.

* Licenciado en Ciencias de la Educación (UBA), especialista en Gestión y Conducción de Sistema Educativo (Flacso) y profesor de enseñanza primaria (Escuela Normal Nº 4).

Un creador de justicia

Por Diana Lenton *

En estos tiempos en que la infancia es territorio de toda clase de violencias e indignidades, la imagen de Enrique Samar se presenta luminosa y cálida. Siendo docente y director de la tan maltratada escuela pública, trabajó, luchó, reclamó, abrazó, denunció, contuvo, imaginó mil maneras de excederse del estrecho margen pautado por los formularios, para crear justicia. Esa justicia que tiene que ver con el trabajo docente diario y su reconocimiento, y más aun, con la reivindicación de la capacidad y la dignidad de todos los miembros de la comunidad educativa, comenzando por los alumnos y por el barrio. A quienes acompañó en el trabajoso camino de rescatar sus historias, sus orígenes, sus proyectos contrahegemónicos.

Y como no hay mejor manera de enseñar sobre empoderamiento y compromiso si no es con el propio ejemplo, este director salía de su escuela 23 de Flores Sur para encarar a los gobiernos, y así es como le debemos al maestro Enrique la iniciativa que culminó en el establecimiento del feriado correspondiente al Año Nuevo indígena para los alumnos que participan de dicha celebración en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires. Y la lucha –compartida con Osvaldo Bayer, entre otros– por el cambio de nombre de la plaza Virreyes por Tupac Amaru. Y la celebración pública del Inti Raymi en el ámbito escolar, así como su firme y documentada negativa a la ejecución del Himno a Sarmiento. Todo ello acompañado por una incansable inquietud por el mejoramiento de los contenidos educativos, que procuró a través de los talleres de lenguas originarias, de la publicación de bibliografía y del suplemento “Miradas desde la Escuela Pública”, del diario La Gaceta de Flores, de la promoción de la murga como herramienta para redescubrir capacidades y vocaciones, o del programa de Ajedrez en las escuelas, que –sin sorpresa alguna– fue ignorado por la actual gestión maleducativa de la ciudad.

Es honra de los hombres proteger lo que crece, decía Armando Tejada Gómez. Hoy sentimos que Enrique Samar honrosamente protegió a docentes y educandos, y posibilitó que nos acompañemos en nuestros respectivos crecimientos. Mi eterno agradecimiento por haber compartido con él algunos de los pasos de la vida.

* Doctora en Ciencias Antropológicas y docente en la UBA.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/180290-el-maestro-de-la-educacion-insumisa

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