Centenario del Partido Comunista de China

Hace cien años trece hombres se reunían en secreto para crear el Partido Comunista Chino. Tras muchas errancias y múltiples aventuras el Partido se ha convertido en la mayor agrupación política del mundo. Sin lugar a dudas iba a determinar en gran medida el curso del siglo XXI. Texto y explicaciones de Marc Vandepitte, experto en China.

Por Marc Vandepitte. Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.

Contexto histórico

China fue durante siglo un imperio influyente y poderoso. Esta situación cambió radicalmente tras las guerras del opio a partir de 1840 (1). El país se convirtió en una semicolonia. Las potencias extranjeras ocuparon vastas regiones o pasaron a estar bajo su esfera de influencia. Los países imperialistas destruyeron la naciente industrialización. La población se empobreció totalmente y las hambrunas se hicieron frecuentes (2). En ese periodo murieron decenas de millones de personas en China víctimas de privaciones y de violencia política. También en esa época la trata de esclavos negros fue sustituida por la trata de obreros chinos.

La población china se rebeló en muchas ocasiones contra las malas condiciones vida y a favor de la independencia nacional. En 1911 hubo una revolución en la que fue derrocado el emperador. El nuevo presidente, Sun Yat-sen, fue el fundador de la República de China, aunque no logró acabar con la dominación extranjera ni con las estructuras feudales del país.

Este es el contexto en el que diez años después trece delegados se reunieron con el mayor de los secretos para crear un nuevo partido comunista, el Partido Comunista Chino, PCCh). Uno de ellos era Mao Zedong. Su gran modelo era la Revolución rusa de 1917. En aquel momento el partido no contaba más que con 53 miembros.

Un partido centrado en el desarrollo

Los partidos políticos desempeñan un papel importante en la vida política de las sociedades modernas. Históricamente aparecen de dos maneras: en el seno del capitalismo aparecieron partidos electorales o “electoralistas“. Tras la desaparición de la posición monopolística de la nobleza, la burguesía ascendente y más tarde el movimiento obrero fundaron sus propios partidos para defender sus propios intereses y facilitar la participación en las elecciones y en la administración del Estado. En esos países ya se había establecido una estructura estatal moderna y fuerte.

El segundo tipo se podría describir como partidos “orientados al desarrollo”. Nacieron en un contexto completamente diferente, concretamente en la periferia del capitalismo. Generalmente aparecieron tras la estela de los movimientos de liberación nacional posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Aspiraban a la independencia nacional y al desarrollo rápido de su país. Querían acabar con las condiciones de vida miserables y con la opresión imperialista.

En la mayoría de estos países todavía no existía una estructura estatal moderna. Precisamente lo que hacía falta para conseguir tenerla era la creación de un partido político fuerte y bien organizado (3). Este tipo de partido no se crea para cumplir los ideales políticos por medio de la competición parlamentaria, sino que, al contrario, aspira a un nuevo orden político y/o económico que a menudo se logra a través de una revolución. Los partidos centrados en el desarrollo consideraban que necesitaban una organización sólida y una disciplina estricta para derribar los sistemas antiguos y construir uno nuevo orden.

El sistema del partido único

Tras la revolución de 1911 Sun Yat-sen optó por un sistema multipartito basado en el modelo de Estados Unidos y Gran Bretaña, pero como en la mayoría de los países del tercer mundo fue un fracaso. Pronto se vio que el modelo de la Revolución rusa era más apropiado para hacer progresar China. Sun Yat-sen creó su partido revolucionario, el Kuomintang (KMT) sobre una base leninista (4).

En 1925 muere Sun Yat-sen y Chiang Kai-shek se convierte en el nuevo líder del KMT. Era mucho más conservador y desencadenó una verdadera caza de brujas contra las personas comunistas que provocó muchas muertes. Durante la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945) el KMT formó una alianza con el Partido Comunista para luchar contra la ocupación japonesa. En aquel momento Japón era un imperio fascista y una de las potencias del Eje, aliadas de la Alemania hitleriana. Esta guerra se convirtió en un capítulo importante de la Segunda Guerra Mundial. Tras la victoria sobre Japón se reanudó la guerra civil entre el KMT y el PCCh.

El PCCh contaba con muchos menos hombres y recursos que el KMT, pero estaba mejor organizado y era más disciplinado. Los comunistas, además, estaban mucho más en contacto con el campesinado. El pueblo consideraba a los comunistas, y no al KMT, patriotas y abanderados de la lucha contra los japoneses y por la independencia de China (5). En 1949 el PPCh ganó finalmente esa guerra civil y Mao Zedong proclamó la República Popular de China. Los dirigentes del KMY y muchos de sus partidarios se refugiaron en la isla de Taiwan.

El PCCh tuvo que lidiar con un desafío enorme. Tuvo que hacer frente a un Estado roto, una economía destruida y una población totalmente empobrecida. En aquel momento China era uno de los países más pobres del mundo. Contaba con más de una quinta parte de la población mundial, pero su PIB apenas representaba el 4,5 % del total mundial. El nivel de vida, que se expresa como PIB per cápita, era la mitad del de África y una sexta parte del de América Latina. La esperanza de vida media era de 35 años (6).

Para afrontar estos retos se requería un partido fuerte, centralizado y disciplinado. Pero esta no es la única razón. Las proporciones del país son enormes. China tiene las dimensiones de un continente: es 17 veces mayor que Francia y tiene tantos habitantes como Europa Occidental, Europa Oriental, los países árabes, Rusia y Asia Central juntos. Si traspolamos esto a la situación europea, significaría que Egipto o Kirguistán tendrían que ser gobernados desde Bruselas. Teniendo en cuenta estas proporciones, las grandes diferencias entre las regiones y los gigantescos retos a los que se enfrenta el país, se requiere una poderosa fuerza de cohesión para mantener la gobernabilidad del país y dirigirlo con fuerza. Según The Economist, “los líderes chinos creen que el país no puede permanecer unido sin un sistema de partido único tan sólido como el de un emperador y puede que tengan razón”.

En resumen, el sistema actual de China está adaptado a la escala del país y se arraiga en la lucha contra la ocupación japonesa del país, contra el reaccionario Kuomintang y contra la espantosa miseria y el atraso en los que entonces estaba sumido el país. De esta lucha surgió el PCCh como líder del país, un líder que se impuso la tarea de restablecer la dignidad, salvaguardar la soberanía de la nación china, sacar al país del subdesarrollo y luchar por una sociedad socialista humana.

El fardo de la historia

Parafraseando a Marx: “Los partidos hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos […]”. Estas condiciones fueron particularmente difíciles para el PCCh. El país estaba subdesarrollado y su economía totalmente destruida. La Guerra Fría hacía estragos y el país estaba sometido a un embargo tecnológico por parte de Occidente. Esta situación duró hasta 1971, cuando mejoraron las relaciones con Estados Unidos.

La Unión Soviética prestó ayuda al principio de la revolución, pero en 1958 ambos países entraron en conflicto. Cesó toda la ayuda y se marcharon los técnicos soviéticos. Mao había contado con que estallaran revoluciones en varios países del tercer mundo y entonces estos países podrían formar un frente conjunto y reforzarse mutuamente. Sin embargo, estas revoluciones no se produjeron y China se encontró sola.

Durante los primeros años también había una verdadera amenaza militar por parte de Estados Unidos. En dos ocasiones, en 1954 y en 1958, el presidente estadounidense amenazó con utilizar armas atómicas contra China, que también fue testigo de cómo bajo la dirección de Nikita Serguéyevich Jrushchov la Unión Soviética empezaba a adoptar un rumbo cada vez más capitalista.

La huida hacia adelante

En estas circunstancias Mao cada vez veía más la necesidad de desarrollar el país de forma acelerada y superar el atraso en poco tiempo. En particular, propuso la consigna de alcanzar a Inglaterra en quince años. Creía poder compensar las condiciones desfavorables con una movilización masiva e incesante de la población.

El corto esprint hacia Utopía llevó a unas experiencias temerarias y locas. El Gran Salto Adelante (1958-1961) fue un intento voluntarista de industrialización acelerada del campo sin ningún estudio ni preparación seria. El partido era inexperto y carecía de conocimiento suficiente de las leyes económicas. Este intento excesivamente optimista fracasó completamente y provocó una hambruna que mató a millones de personas (7).

Mao temía que China siguiera el mismo camino que la URSS, por lo que quería hacer todo lo posible para erradicar las ideas procapitalistas dentro de su propio partido. En ese sentido lanzó la Revolución Cultural (1966-1976) (8). Esta movilización masiva se volvió totalmente incontrolable y acabó llevando a la anarquía, hasta el punto de que hubo incluso que desplegar al ejército. La Revolución Cultural fue un período trágico e hizo mucho daño al PCCh.

Con todo, la huida hacia adelante de Mao no fue un fracaso total. A pesar de los fracasos del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural, China logró alimentar a su población con bastante rapidez, a diferencia de India, por ejemplo (9). Durante los primeros treinta años de la Revolución el país conoció un más que respetable crecimiento económico anual del 4,4 %. Se sentaron las bases para el rápido desarrollo industrial que comenzó en 1978. En este periodo se triplicó la renta y el Índice de Desarrollo Humano (10) se multiplicó por 4,5 (11).

Reformas económicas

Al final de este periodo, sin embargo, cada vez era más evidente que la política económica debía cambiar de rumbo. Occidente seguía disponiendo de un aplastante monopolio científico y tecnológico, lo que hacía a China particularmente vulnerable. Y económicamente el país perdía terreno frente a los cuatro tigres asiáticos: Singapur, Corea del Sur, Taiwan y Hong Kong.

En el camino hacia el comunismo, el socialismo es una larga fase de transición en la que es preferible no saltar ninguna etapa. Es lo que demostraron las debacles de años anteriores. Marx hablaba en sus escritos de la “misión histórica del capitalismo” que consistía en desarrollar las fuerzas productivas (principalmente la tecnología) (12). Es precisamente lo que los chinos querían hacer en ese momento.

Durante los treinta primeros años el acento se puso sobre todo en las relaciones de producción (propiedad) y la lucha de clases. Todo se colectivizó al máximo para lograr la mayor igualdad posible. A partir de 1978 se puso el acento en el desarrollo de las fuerzas productivas (13). Para ello se siguieron dos vías. En primer lugar, integraron en el desarrollo económico del país los efectos dinamizadores de las fuerzas del mercado. Se autorizaron los capitales privados. Todavía existía una sólida planificación a nivel macroeconómio, elaborada bajo la dirección del gobierno central y centrada en los objetivos de desarrollo mundial. Pero la planificación rígida e hipercentralizada de la fase inicial se relajó y descentralizó. Para ello se utilizó la metáfora del “pájaro enjaulado“: el pájaro (fuerzas del mercado) tiene cierta libertad para volar, pero no puede salir de la jaula (planificación central). El futuro nos dirá si se puede dominar esta dinámica de mercado controlado.

La segunda vía consistió en atraer capitales extranjeros. Los inversores extranjeros eran bienvenidos a condición de que pusieran a disposición del país una parte de su tecnología y de su savoir-faire. En muchos países del tercer mundo la apertura de la economía al exterior (comercio, inversión y flujos de capitales financieros) ha tenido unas consecuencias desastrosas. En China, en cambio, esta apertura ha tenido éxito por estar determinada por las necesidades y objetivos nacionales y por estar plenamente integrada en una sólida estrategia de desarrollo (14).

La historia de un éxito

Esta doble estrategia ha dado sus frutos. De 1978 a 2020 la tasa media de crecimiento anual ha sido casi del 10 %. Se trata del crecimiento económico más rápido que ha registrado nunca un gran país. En 75 años China habrá pasado de ser casi el país más pobre del mundo a una economía de altos ingresos. El país también ha logrado mantener su economía a flote durante las tormentas de los últimos 25 años: la crisis financiera asiática de 1997, el crac de la burbuja de internet en 2001, la crisis del SARS, la gran crisis financiera de 2008 y, más recientemente, la crisis del COVID. En lo que concierne a la crisis de 2008, Richard McGregor, experiodista del Financial Times, escribió que “China estaba mejor equipada que cualquier otro lugar del mundo para hacer frente a la recesión repentina” (15).

La tecnología y la ciencia también han avanzado mucho. Hoy en día se reconoce a las empresas chinas como líderes o primeras figuras mundiales de equipamientos de telecomunicaciones 5G, trenes de alta velocidad, líneas de transmisión de alta tensión, fuentes de energía renovable, vehículos de nuevas energías, pagos digitales, inteligencia artificial y muchos otros dominios. En 2018 China superó a Estados Unidos en cantidad de publicaciones científicas y en 2019 ocurrirá lo mismo con la cantidad de patentes.

Sen la ONU, desde 1981 853 millones de personas han salido de la pobreza en China, lo que supone el 76 % de todas las personas que salieron de la precariedad en el mundo durante ese periodo. Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, lo considera “el logro más impresionante de la historia en materia de reducción de la pobreza”. La mortalidad infantil es el principal indicador del desarrollo social de un país. En este sentido la puntuación de China, un 9 por mil, es notable. Por ejemplo, si India ofreciera a sus ciudadanos la misma atención médica y apoyo social que China, cada año morirían 680.000 niños y niñas indias menos (16).

Mientras que en muchos países los salarios están estancados o disminuyen, en China se han triplicado en la última década. Entre 1978 y 2015 los ingresos del 50 % de las personas chinas más pobres aumentaron un 400 %, mientras que en Estados Unidos disminuían un 1 % en el mismo periodo.

La resiliencia de la sociedad china ha sido evidente durante la crisis del COVID. La OMS describe la forma de afrontarla en China como “quizá la lucha contra la enfermedad más ambiciosa, más flexible y más agresiva de la historia”. A The Economist no se le pasó por alto el importante papel que ha desempeñado el PCCh en este sentido: “Los esfuerzos de China no han consistido solo en movilizar los elementos evidentes, como el personal médico, los trabajadores sanitarios, los científicos y la policía. También ha hecho un amplio uso de la red de secciones del partido para proporcionar la mano de obra y la experiencia de gestión necesarias para una operación dirigida por el partido a una escala rara vez vista en la era post-Mao”.

Las sombras de este panorama

Por otra parte, este éxito presenta importantes defectos. La introducción de elementos de mercado a partir de 1978 reintrodujo la explotación capitalista, aunque de manera controlada. Se abrió un enorme abismo entre la ciudad y el campo. Una masa de 230 millones de “migrantes internos” tiene menos derechos sociales y a menudo es víctima de la discriminación. A menudo los abuelos tienen que intervenir para criar a los hijos de quienes migran. La política del hijo único (desde 1979 hasta 2015) ha provocado muchos abortos selectivos y un excedente de hombres de más de 30 millones, con todas las consecuencias sociales que ello implica.

El rápido desarrollo económico ha provocado abusos de poder y una corrupción generalizada. La introducción del capital privado ha generado una clase superior de capitalistas. Ambos fenómenos encajan difícilmente con los ideales socialistas. El individualismo y el arrivismo, el consumismo y el gusto por el lujo y la ostentación han socavado enormemente los valores del PCCh.

Una gran legitimidad

Con todo, los inconvenientes no superan las ventajas. El partido puede contar con un gran apoyo popular. Casi tres cuartas partes de la población china afirma apoyar el sistema de partido único. En los últimos años el apoyo al gobierno central se ha situado incluso entre el 80 % y el 90 %. Esta cifra supera con mucho la de los países occidentales. Según The Economist, que no es precisamente amigo de China, no es sorprendente: “El Partido Comunista Chino tiene una poderosa historia que contar. A pesar de sus muchos defectos, ha creado una prosperidad y una esperanza que una generación anterior habría considerado impensables”. Esto también explica la gran estabilidad política de los últimos 30 años.

Esto resulta difícil de entender desde un punto de vista occidental porque a nuestros ojos la sociedad china no es democrática. Pero para la mayoría de la población china la democracia significa sobre todo gobernar velando por el interés general con una buena gobernanza (17). Damos mucha más importancia a cómo se toman las decisiones y por quién. Las y los chinos dan más importancia a la calidad de sus políticos que a los procedimientos de selección de sus dirigentes.

Según Daniel Bell, experto en China, el sistema político chino es una combinación de meritocracia en la cima, democracia en la base y de espacio para la experimentación en los niveles intermedios. Se selecciona a los líderes políticos en base a sus méritos y antes de llegar a la cima pasan por un proceso muy duro de formación, práctica y evaluación. Hay elecciones directas en el ámbito municipal y para los congresos provinciales del partido. Las innovaciones políticas, sociales o económicas se prueban primero a pequeña escala, en algunas ciudades o provincias, y después, tras una evaluación y ajuste exhaustivos, se introducen a mayor escala (18).

Además, el gobierno central hace muy regularmente sondeos de opinión para evaluar la gestión del gobierno en los ámbitos de la seguridad social, la sanidad pública, el empleo y el medio ambiente; también se sondea la popularidad de los líderes locales. Las políticas se ajustan o corrigen en función de estos sondeos.

Sin duda este sistema político se puede mejorar. Los propios dirigentes chinos lo reconocen explícitamente. No tienen miedo de admitir abiertamente sus errores (19). Está lejos de haber terminado la búsqueda de un sistema mejor de toma de decisión, pero el sistema actual ha dado muestras de eficacia. Según Francis Fukuyama, “la principal fuerza del sistema político chino es su capacidad para tomar rápidamente decisiones importantes y complejas, y tomarlas relativamente bien, al menos en materia económica. China se adapta rápidamente, toma decisiones difíciles y las aplica eficazmente”.

Los retos

La lista de los retos a los que se enfrenta el país y el PCCh es larga. Nos limitaremos a los principales. En el plano social está la redistribución de la riqueza y la cuestión de los “migrantes internos”. En el plano económico está la cuestión del envejecimiento de la población, la transición a un mercado interior y la reducción de la deuda. En el plano político, la coexistencia armoniosa de las diferentes etnias, el control de los resentimientos nacionalistas, la lucha contra la corrupción, el desarrollo del Estado de derecho, continuar con la democratización del proceso de toma de decisiones, el control de la clase superior capitalista, la restauración de la moral socialista y llenar del vacío ideológico. En el plano ecológico está, por supuesto, la cuestión del cambio climático y, sobre todo, la reducción del carbón, pero también la eliminación de la contaminación ambiental.

El enfrentamiento del siglo

Sin embargo, el mayor reto es la amenaza cada vez mayor que supone Estados Unidos. Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética Estados Unidos se ha impuesto como el líder indiscutible de la política mundial. En 1992 el Pentágono afirmaba: “Nuestro primer objetivo es impedir la aparición de un nuevo rival en la escena mundial. Debemos conservar los mecanismos de disuasión de los rivales potenciales, tanto si están tentados de desempeñar un papel regional más importante como un papel global” (Wolfovitz). Treinta años después China se ha convertido en el principal “rival” que hay que controlar. Como dice Domenico Losurdo, “China sigue siendo el último gran territorio fuera de la influencia política estadounidense; es la última frontera por conquistar” (20).

Esa es a razón de que Estaos Unidos considere a la República Popular China su principal enemigo. En el marco de los debates sobre el presupuesto de 2019 el Congreso estadounidense declaró que “la competencia estratégica a largo plazo con China es una prioridad esencial para Estados Unidos”. Se trata de una estrategia global que se debe establecer en varios frentes. Estados Unidos trata de contrarrestar el auge económico y tecnológico de China o, como dice, de “embotarlo” (21).

En caso de que sea necesario, se hará por medios extraeconómicos. La estrategia militar respecto a China sigue dos vías: la carrera armamentística y la presión sobre el país (22). Estados Unidos utiliza cuatro puntos estratégicos para avivar el fuego: Taiwán, los uigures, Hong Kong y el Tíbet (23). Por una parte sirven para debilitar a China en el plano interno y, por otra, para volver a la opinión pública mundial contra China (24) con el fin de justificar futuras agresiones.

Estados Unidos tiene el belicismo en su ADN. Los yankees se han peleado 227 de sus 244 años de historia. A lo largo de los veinte últimos años han lanzado una media de 46 bombas al día. Obama, el presidente que obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 2009, bombardeó siete países simultáneamente en 2016. China, por su parte, libró su última guerra en 1979, contra Vietnam. Aparte del incidente fronterizo de 2020 con India, el auge de China ha estado notablemente libre de conflictos en Asia Oriental (25).

Mientras tanto, Joe Biden ha convertido las fanfarronadas bufonescas de Trump acerca de China en una doctrina hábilmente preparada, lo cual es muy inquietante. “Las declaraciones y acciones cada vez más agresivas del gobierno estadounidense respecto a China […] amenazan la paz mundial e impiden a la humanidad abordar con éxito los gravísimos problemas comunes a los que se enfrenta, como el cambio climático, la lucha contra las pandemias, la discriminación racial y el desarrollo económico”, afirma la declaración “No Cold War” [No a la Guerra Fría].

Más allá de la perspectiva occidental

Huntington escribió en su influyente libro Elchoque de las civilizaciones: “La emergencia de nuevas grandes potencias siempre es muy desestabilizador y si se produce la emergencia de China como gran potencia empequeñecerá cualquier fenómeno comparable durante la última mitad del segundo milenio” (26). No podía ser de otra manera. El ascenso de Estados Unidos como superpotencia desde 1870 ya ha modificado profundamente las relaciones mundiales. Pero la China de 1978 tenía una población 24 veces superior a la de Estados Unidos entonces aquel momento y una tasa de crecimiento de más del doble (27). Tras un siglo de guerras, ocupaciones y humillaciones imperialistas, este país de civilización milenaria recupera su lugar en la escena mundial.

Hasta hace poco Occidente tenía el monopolio absoluto de la tecnología, las armas de destrucción masiva, los sistemas monetarios y financieros, del acceso a los recursos naturales y de la comunicación de masas. Gracias a ese monopolio podía controlar o someter a los países del Sur (28). Actualmente Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, corre peligro de perder este monopolio. Un mundo unipolar da paso a un mundo multipolar. China, y tras ella la India y otros países emergentes, revolucionan rápidamente las relaciones internacionales y transforman el mundo como nunca antes.

Por primera vez en la historia reciente un país pobre y subdesarrollado ha ascendido en muy poco tiempo a la categoría de superpotencia económica. China ha demostrado al mundo que el modelo occidental no es la única forma de modernizarse (29). La crisis financiera de 2008 y la desastrosa gestión de la crisis del COVID por parte de Occidente han puesto aún más en tela de juicio nuestro modelo capitalista.

Nos parece una idea provocativa, por lo que nos resulta difícil mirar a China con un espíritu abierto. Martin Jacques se expresa así: “Cualquier discusión casi siempre está teñida de un juicio de valor según el cual, como China tiene un gobierno comunista, ya conocemos las respuestas a todas las preguntas importantes. Se trata de una mentalidad de guerra fría, que no nos permite comprender la naturaleza de la política china ni del régimen actual (30)”.

En cualquier caso, el proyecto chino está lejos de haber terminado. Está lejos de haberse alcanzado el ideal comunista, todavía comporta demasiados desequilibrios graves. Es un proceso largo, que está en su punto álgido de su evolución. Se han obtenido resultados extraordinarios, pero el camino todavía es largo y difícil, y está lleno de contradicciones, de riesgos y de desafíos. El resultado es totalmente imprevisible. Después de muchos errores, experimentos y guerras sangrientas, la Revolución francesa tardó más de 80 años en formar una república parlamentaria estable. En cualquier caso, los dirigentes chinos consideran que su proyecto es un proyecto de larga duración. Nuestra evaluación también tiene en cuenta esta perspectiva a largo plazo.

Fuente original De Wereld Morgen

Traducido del neerlandés al francés por Anne Meert para Investig’Action

Notas:

(1) Entre 1839 y 1860 se libraron dos guerras del opio entre Reino Unido y China. Los británicos tenían el monopolio del tráfico de opio, que intoxicaba a millones de personas. Cuando China adoptó medidas, los británico emprendieron una guerra contra ella. De hecho, los conflictos servían para doblegar a China con el fin de imponerle unas condiciones comerciales desfavorables.

(2) Sesam Atlas bij de wereldgeschiedenis, Deel 2, Apeldoorn 1989, p. 91; Shouy B., An Outline History of China, Beijing 2002, p. 388 y ss.

(3) Yongnian Z., The Chinese Communist Party as Organizational Emperor, Londres 2010, p. 12-4.

(4) McGregor R., The Party. The Secret World of China’s Communist Rulers, New York 2010, p. 123; Yongnian Z., op. cit., p. 60; Chuntao X. (ed.), Why and How The CPC Works in China, Beijing 2011, p. 107

(5) Jacques M., When China Rules the World. The Rise of the Middle Kingdom and the End of the Western World, Londres, 2009, p. 92.

(6) Angus Maddison, L’économie chinoise. Une perspective historique. Segunda edición, revisada y actualizada: 960-2030, París, OCDE, 2007 ; Hobsbawm E., L’Âge des extrêmes, histoire du court XXe siècle, Ed. Complexe 1999,;

Chuntao X. (ed.), op. cit., p. 72.

(7) Losurdo D., Fuir l’histoire? La révolution russe et la révolution chinoise aujourd’hui, Ed. Delga, París 2007, p. 69-72 y 175-6; Chuntao X. (ed.), op. cit., p. 29-30. El Gran Salto Adelante hizo que la mortalidad en China pasara de 12 por mil habitantes a 25,4 por mil en 1960, y después a 4 y 10 por mil en 1960 y 1962 respectivamente. Pero esa tasa de mortalidad del peor año, 1960, a penas difería de la de India, es decir, 24,8 por mil, que era una media “normal”.

(8) La revolución cultural emprendida por Mao Zedong consistió en el levantamiento de estudiantes y trabajadores chinos para preservar los logros del socialismo. Su objetivo eran algunos jefes de partido y cuadros del aparato de Estado que se habían instalado en una cómoda posición de poder y a los que cada vez preocupaban menos los ideales comunistas de igualdad y de solidaridad. Todo ello se produjo en el contexto de un alejamiento (político e ideológico) cada vez mayor del Partido Comunista de la Unión Soviética, al que se acusaba de seguir una línea procapitalista (“revisionista”). Por lo que se refiere a la llamada “reeducación social”, muchos intelectuales, cuadros y jóvenes estudiantes eran enviados una temporada al campo para realizar trabajos físicos y practicar la solidaridad con los campesinos u obreros. Los primeros años de la revolución cultural fueron particularmente caóticos y en un momento dado incluso hubo que desplegar al ejército para restablecer el orden. La revolución cultural dejó unas cicatrices profundas en el pueblo chino.

(9) En 1976 la producción alimentaria había aumentado la mitad respecto a 1965. La producción petrolera se multiplicó por siete en ese periodo. Chuntao X. (ed.), op. cit. p. 34-5.

El Índice de Hambre en el mundo (GHI) se eleva en India a 27,5 por lo que pertenece al grupo de países que presentan un problema grave. Hay aproximadamente 200 millones de indios que padecen hambre. China pertenece a la categoría de “problema débil” (GHI < 5).

(10) El Índice de Desarrollo Humano o IDH es un índice estadístico compuesto para evaluar el índice de desarrollo humano de los países del mundo teniendo en cuenta el PNB per cápita, el nivel de vida, el nivel de educación y de salud. Es un índice que elabora el PNUD, el organismo de la ONU encargado del desarrollo y de la reducción de la pobreza en el mundo.

(11) Jacques M., op. cit., p. 99.

(12) “La misión histórica del sistema de producción capitalista es elevar estas bases materiales del nuevo modo de producción hasta cierto grado de perfección”, Marx, K., Capital III, p. 306. Marx elaboró este tema en Grundrisse (Introducción general a la crítica de la economía política, 1857).

(13) Thompson I., “China and the ‘socialist market economy’’, en : China: Revolution and Counterrevolution, San Francisco 2008, 87-97.

(14) Herrera R. & Long Z., La Chine est-elle capitaliste ?, Éditions Critiques, París 2019, p. 29-30.

(15) McGregor R., op. cit., p. 28.

(16) Calculado sobre la base de Unicef.

(17) Shambaugh D., China’s Communist Party. Atrophy and Adaptation, Washington D.C. 2009, p. 37.

(18) Bell D., The China Model. Political Meritocracy and the Limits of Democracy, Princeton 2015, p. 179-188. (la “meritocracia vertical democrática“).

(19) Así, por ejemplo, se establece una lista de los principales problemas del país, se discuten y se traducen en puntos de acción antes y durante el XVIII Congreso.

(20) Losurdo D., op. cit., p. 18.

(21) Rush Doshi, nuevo director para China en el Consejo de Seguridad Nacional del presidente Biden, compara esta estrategia de zapa con un “asymmetric blunting” (embotamiento asimétrico).

(22) Para un análisis detallado, véase Vandepitte M., Trump y China: ¿Guerra caliente o fría?

(23) Losurdo D., op. cit., p. 219.

(24) Este objetivo ya ha tenido bastante éxito. Según un reciente estudio del Pew Research Center, en 14 países las opiniones desfavorables sobre China han aumentado considerablemente en el último año. Los cuatro puntos estratégicos mencionados y los informes sobre ellos tienen mucha importante al respecto.

(25) Jacques M., op. cit., p. 315.

(26) Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, New York 1996, p. 216.

(27) Maddison A., op. cit.; Herrera R. & Long Z., op. cit., p. 53.

(28) Amin S., Obsolescent Capitalism, Londres 2003, p. 63-4.

(29) McGregor R., op. cit., p. 272

(30) Jacques M., op. cit., p. 206.

Fuente : https://www.investigaction.net/fr/comment-13-hommes-allaient-determiner-le-sort-du-monde-100-ans-de-parti-communiste-en-chine/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

Fuente: https://rebelion.org/centenario-del-partido-comunista-de-china/

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