Gobierno y FMI en el laberinto de la deuda

Después de un año y medio de idas y vueltas, de cruce de declaraciones, el tema deuda no muestra mayores avances. Las negociaciones están estancadas y con final incierto.

Si hace dos años se dudaba del destino laberíntico de la deuda tomada por el gobierno Macri, hoy no hay dudas. Tanto el gobierno como el FMI están en un verdadero laberinto.

Según la clásica definición un laberinto es un lugar formado por calles y encrucijadas de forma tal que quien entre en él no pueda encontrar fácilmente la salida. Eso es exactamente lo que está pasando con la deuda. “De los laberintos solo se sale por arriba” supo escribir Leopoldo Marechal, una frase difícil de discernir salvo que se comprenda que elevándose hay otra perspectiva y entonces si es posible encontrar la salida.

Lo que puede observarse en este laberinto es que la situación económica está dominada por las relaciones con el FMI, pero las relaciones con el FMI están dominadas por la política, local e internacional, que a su vez está dominada por el horizonte electoral que ya está en la mira de oficialistas y oposición.

¿Un punto de inflexión?

Desde esta mirada el acto organizado por el gobierno con los gobernadores -presentado como informativo en busca de apoyo político y descalificado por la oposición y por los medios hegemónicos, “solo para la foto” (Clarín), “un simple montaje en el que nadie cree” (La Nación)- es posible termine siendo un acontecimiento que trascienda sus objetivos originales.

El presidente Fernández y el ministro Guzmán dieron cuenta allí del estado de las negociaciones en curso, siendo la primera vez, en nuestra tristemente larga experiencia de acuerdos con el FMI, que un gobierno informa públicamente de esas negociaciones y de las diferencias que traban el acuerdo (en realidad del estancamiento como lo hemos señalado desde este mismo espacio en varias oportunidades). Atrás quedaron formulaciones al uso como “fue una reunión constructiva” o “estamos avanzando hacia un acuerdo”, ahora es “si nos empujan a la inestabilidad el Fondo perderá credibilidad”. Puro relato. La realidad la muestra este sinceramiento público: las exigencias del FMI resultaron mayores que las que suponían (¿ingenuamente?) el presidente y el ministro de Economía, y que las expectativas creadas en torno a conseguir modificaciones en el formato tradicional -extensión de plazos y reducción de sobretasas- fueron meras ilusiones.

Todo indica que el cónclave estuvo pensado para hacer públicas esas diferencias con los burócratas del Fondo, pero sobre todo con su accionista mayoritario. El Fondo es el prestamista de última instancia pero es EEUU el que decide en última instancia. Por eso la transmisión en vivo y en directo. Incluso, sin caer en una visión conspirativa, es posible que la intervención de Rodríguez Saa (cuyo video fue difundido ampliamente) no haya sido una decisión totalmente autónoma del gobernador de San Luis, sino algo consensuado.

Escenarios.

Primero el más favorable al gobierno. Que se logre un acuerdo en línea con el planteo de crecer para pagar. Esto le daría aire político al oficialismo, los ajustes (fiscales, cambiarios, de precios y tarifas) serían acotados y distribuidos en el tiempo -déficit cero en 2027- y manejables políticamente, incluso podría haber un devaluación no significativa al principio. Esto facilitaría políticas activas sobre la base de un buen cierre económico en 2021 y un arrastre que permitiría al 2022 partir de un piso del 5% de incremento del PBI. El gobierno presentaría todo como un gran triunfo. Es un escenario que pareciera no tiene mayores posibilidades.

El segundo escenario es lo contrario. El FMI exigiría resultado fiscal primario cero para 2024 y una devaluación superior al 30%, luego mini-devaluaciones periódicas por sobre la inflación, todo auditado trimestralmente por los tecnócratas del Fondo. Esto no es digerible para el gobierno. Implicaría un fuerte ajuste en los dos primeros años y una nueva transferencia de ingresos que deprimiría la economía. Salvo que se resolviera modificar nuevamente (o eliminar) la fórmula indexatoria de jubilaciones, pensiones y AUH, la reducción del gasto recaería en mayores tarifas de luz y gas y rebaja importante de la obra pública. Todo de fuerte impacto político-social. Firmar esto sería dar ya por perdidas las elecciones presidenciales del 2023. Este escenario no es viable políticamente.

“Arrears”.

El tercer escenario, es el curso que pareciera indicar el acto mencionado y posteriores declaraciones radiales del presidente. El gobierno habría decidido patear todo para adelante. No se trataría de un default sino de “atrasos en los pagos” (habría de dos a seis meses de gracia desde marzo antes de entrar en atrasos) una figura contemplada en el FMI (“arrears” en la jerga fondomonetarista). En concreto no se pagarían los vencimientos de capital pero sí los de intereses. El gobierno buscaría así pilotear y surfear la crisis -ajustes controlados, minidevaluaciones, acuerdo de precios y salarios que estimulen la demanda interna, reducción gradual del ritmo inflacionario- mientras que las negociaciones no se romperían ¿Será este el cambio de estrategia que Kicillof le pidió públicamente a Guzmán? Incluso puede haber una variante, que el Fondo conceda un crédito puente, que no resuelve nada pero sirve para ganar tiempo.

El FdT llegaría así mejor a las elecciones. Todas las fracciones que componen la alianza oficialista, aún en sus diferencias, son conscientes que el crecimiento económico es la base para recuperar posibilidades electorales. Este es un escenario con posibilidades y no exento de conflictos.

Otra salida.

Sin embargo este último escenario no es una salida efectiva, a lo sumo una postergación, en el mejor de los casos hasta el 2024, pero termina, como los otros dos escenarios, convalidando lo que el propio gobierno calificó como una estafa. Por otra parte la ficha de la deuda en algún momento va a caer y como se sabe aún el mejor acuerdo que se logre con el FMI, es un mal acuerdo. Tenemos demasiada experiencia en esto.

Elevándose por sobre el laberinto hay una salida que ni siquiera es una ruptura. Se trata de suspender los pagos hasta que la deuda sea investigada, hacerse cargo de los resultados de esa investigación y enjuiciar a los que haya que enjuiciar. No hay laberinto sin salida, el secreto está en elevar la mirada.

Eduardo Lucita es integrante de EDI (Economistas de Izquierda).

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