
TODOS CONTRA IRÁN
La nueva ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán se presenta, en el discurso oficial, como un acto de defensa preventiva, un intento de frenar amenazas futuras y garantizar la estabilidad regional. El establishment habla de seguridad, de neutralizar el programa nuclear iraní, de proteger aliados estratégicos. Pero detrás de esa retórica se despliega otra narrativa: la de la imposición, la del rediseño forzado de un mapa político que se resiste a ser moldeado desde el aire.
Netanyahu necesita la guerra para reconstruir su imagen de “hombre de seguridad”. Con elecciones en el horizonte, el enemigo existencial -Irán- se convierte en recurso político. La ofensiva es presentada como renacimiento nacional, como victoria sobre el “eje del mal”. En Washington, la justificación es más difusa: se habla de amenazas futuras, de la necesidad de derribar un régimen que desafía la hegemonía occidental. La operación se describe como rápida, quirúrgica, destinada a provocar un shock interno que fracture al poder iraní. El lenguaje oficial es el de la eficacia militar, el de la inevitabilidad estratégica.

Pero la guerra no es quirúrgica ni inevitable. Es invasión, es violencia sobre otro país, es repetición de un patrón que ya conocemos: Irak, Afganistán, Libia. La ofensiva revela la arrogancia de quienes creen poder rediseñar Medio Oriente desde la distancia, sin botas sobre el terreno, sin asumir el costo humano directo. La ausencia de una justificación sólida desnuda la operación: no se trata de seguridad, sino de dominación. La guerra es un dispositivo de poder, un ensayo de control que se repite como espectro en la memoria colectiva.
IRÁN Y LA INTERNACIONALIZACIÓN DEL COSTO
La respuesta de Irán fue inmediata: ataques contra bases estadounidenses en el Golfo, un intento de arrastrar a los países vecinos al conflicto. La estrategia busca internacionalizar el costo, obligar a los aliados de Washington a interceder. Pero el riesgo es evidente: Arabia Saudita ya ha advertido que responderá a ataques en su territorio. La región se convierte en tablero de ajedrez donde cada movimiento puede incendiar el tablero entero. La guerra deja de ser bilateral y se transforma en amenaza regional.

Hezbolá, el brazo más visible de la disuasión iraní, ha optado por ataques simbólicos, medidos, suficientes para mantener la tensión pero no para abrir una guerra total. La contención es cálculo de supervivencia: el Líbano no soportaría una devastación plena. La guerra, aquí, se convierte en equilibrio precario, en tensión sostenida que evita el colapso total.
En este sentido, veintitrés años después de la invasión de Irak, Estados Unidos vuelve a apostar por rediseñar el mapa político de Medio Oriente. La memoria histórica es inevitable: entonces se habló de armas de destrucción masiva, hoy de amenazas futuras. Entonces se prometió estabilidad, hoy se promete seguridad. Pero el resultado es el mismo: destrucción, fragmentación, vacío. La guerra se repite como eslogan, como dispositivo de poder que nunca logra su objetivo declarado.
El establishment habla de victoria, de seguridad, de futuro. Librepensante pregunta por el plan de salida. ¿Qué ocurre si el régimen iraní no cae? ¿Qué ocurre si la ofensiva sólo inflige daños sin lograr capitulación? ¿Se conformarán Estados Unidos e Israel con un enemigo debilitado pero aún en pie? La incógnita es estratégica, pero también ética: ¿qué legitimidad tiene invadir otro país bajo justificaciones difusas? ¿Qué memoria deja esta guerra en las sociedades que la padecen?
LA GUERRA COMO MEMORIA CRÍTICA
El relato expone una escena de violencia global disfrazada de diplomacia: Estados Unidos e Israel, autoproclamados guardianes de la seguridad, ejecutan un ataque sorpresivo contra Irán, quebrando acuerdos previos y repitiendo la lógica histórica de la traición —como la puñalada de Hitler a la URSS. La agresión, marcada por la muerte del líder Jamenei y la masacre de niñas en Minab, se sostiene en una ideología racista que clasifica pueblos enteros como “razas inferiores” y legitima su exterminio.

La justificación oficial —el programa nuclear iraní— se revela como un pretexto: mientras Irán aceptaba inspecciones internacionales, Israel jamás permitió una revisión de su propio arsenal, que hoy cuenta con 90 ojivas nucleares frente a cero de su adversario. La asimetría es brutal: unos tienen derecho a la defensa, otros sólo a la condena.
El objetivo último es el cambio de régimen: reinstalar la monarquía del sha, símbolo de represión y entrega del petróleo a Washington. El heredero exiliado, cercano a la CIA, celebra la agresión, pero su llamado carece de eco: la memoria popular recuerda demasiado bien las cárceles, torturas y ejecuciones del pasado.
La guerra contra Irán se inscribe en la estrategia mayor de Estados Unidos: controlar el petróleo y dificultar el ascenso de China. La ONU, atrapada en su propia cobardía, iguala al agresor con el agredido, borrando el derecho a la legítima defensa. Mientras tanto, Trump sueña con reemplazar al Consejo de Seguridad por un club de millonarios en Gaza, transformando la tierra robada en un resort inmobiliario.
En definitiva, el relato denuncia la obscenidad de un sistema internacional donde la violencia se administra como negocio y la memoria se convierte en una molestia. La conclusión es clara: la guerra interminable no es un accidente, sino el proyecto mismo del imperio: convertir la sangre de los pueblos en intereses económicos y geopolíticos y la memoria en ceniza.
Hasta ahora, lo están logrando sin que nadie les ponga freno.
Alejandro Lamaisón


