
ULTRALIBERALISMO: LA CARA OCULTA DEL GENOCIDIO
La Argentina de 1976 fue laboratorio de un experimento brutal: el golpe cívico-militar no sólo desapareció cuerpos, también instauró un modelo económico denominado ultraliberalismo (también llamado neoliberalismo), que convirtió la vida en mercancía.
Este capitalismo de shock entró por la puerta del terror, con listas negras y centros clandestinos, pero también con decretos, privatizaciones y endeudamiento. La represión fue el dispositivo que permitió disciplinar a la sociedad para que aceptara la lógica del mercado como destino inevitable.
Raúl Alfonsín entendió que la memoria era el primer derecho humano. La CONADEP fue el gesto fundacional de la democracia: nombrar lo innombrable, registrar el horror, abrir el expediente de la verdad. Pero mientras los responsables del genocidio fueron juzgados, los arquitectos del saqueo económico quedaron impunes. El Nunca Más se detuvo en la piel, no alcanzó a las estructuras invisibles que moldeaban la vida cotidiana: la deuda externa, la concentración de la riqueza, la precarización del trabajo.

Los genocidas fueron juzgados. El ultraliberalismo no.
Hoy, medio siglo después, el síndrome de Estocolmo se manifiesta en las urnas. Una parte de la sociedad pide voluntariamente las mismas políticas económicas que la dictadura impuso con violencia. El marketing reemplaza a los fusiles, los algoritmos a los comunicados militares. El capitalismo de desastre se reinventa: ya no necesita tanques en la calle, basta con influencers y discursos de libertad individual. La ultraderecha global, aggiornada y digital, recicla las viejas recetas con estética futurista.
El ultraliberalismo es la otra cara del genocidio. No mata con picana, sino con hambre. No desaparece cuerpos en fosas clandestinas, sino en estadísticas de pobreza. La memoria colectiva debe ampliar su horizonte: decir Nunca Más no sólo a la desaparición forzada, sino también a las políticas económicas que destruyen derechos y vidas. Porque la impunidad no es sólo jurídica, también es ideológica.
La tragedia argentina nos dejó una enseñanza: la democracia sin justicia económica es un simulacro. Honrar a los desaparecidos implica también denunciar el sistema que los hizo desaparecer. La memoria no puede ser un museo, debe ser un arma crítica contra la repetición. A cincuenta años del golpe, la consigna se expande: Nunca Más al terror, Nunca Más al saqueo, Nunca Más al ultraliberalismo.
EL NUEVO DISFRAZ DEL ULTRALIBERALISMO
Hoy, el ultraliberalismo regresó disfrazado de Joker. Flexibilización laboral, apertura indiscriminada, desregulación del tipo de cambio, privatizaciones, reducción de impuestos. Es un ejercicio distópico de amnesia colectiva. Se olvidan -o fingen olvidar- lo sucedido entre 2015 y 2019, y vuelven a la carga con las mismas fórmulas recargadas. La memoria se convierte en un campo de batalla.

Memoria frágil: entre el 2015 y 2019 el ultraliberalismo vuelve a pedido del pueblo argentino en elecciones libres.
La modernidad líquida que describió Bauman se ha vuelto aún más líquida. Los argumentos se disuelven en fake news, discursos de odio y videos de un minuto. La política se reduce a un “yo lo siento así” replicado en redes sociales. En ese mundo líquido, la muestra “Neoliberalismo Nunca Más” organizada en la ex ESMA en 2022 fue un gesto sólido. Una pausa. Un espacio que historiza, que pone hechos y datos sobre la mesa, que invita a discutir ideas y no personas. Precisamente lo que el ultraliberalismo pretende invisibilizar: las consecuencias nefastas de sus políticas sobre las clases populares y su vínculo directo con los derechos humanos.

José Luis Espert, ex diputado acusado de narcotraficante, observa ofuscado la muestra «Neoliberalismo Nunca Más» en la ex ESMA
El malestar que generó en la ultraderecha no es casual. La muestra expuso el vínculo entre ultraliberalismo y violación de derechos humanos. Porque los derechos no son abstracciones: son procesos, luchas por acceder a bienes necesarios para la vida. Y los proyectos neoliberales provocan una doble exclusión: económica, al dificultar el acceso a esos bienes; política, al destruir el Estado de Bienestar y dejar sólo la represión como forma de tramitar los conflictos sociales.
La historia argentina lo demuestra con las cuatro M: Martínez de Hoz, menemismo, macrismo y mileísmo. Cada experiencia neoliberal aumentó deuda, desempleo, pobreza y desigualdad. Cada vez que se aplicaron esas políticas, la sociedad retrocedió. Cada vez que se reconstruyó el Estado de Bienestar, las variables mejoraron. La memoria es clara, los datos son contundentes. Pero el relato ultraliberal insiste en borrar esa historia, en que cada lucha empiece de nuevo, aislada, sin héroes ni mártires, como advirtió Rodolfo Walsh.
SIN MEMORIA NO HAY JUSTICIA
La memoria argentina tiene dos capas. La primera, visible, es la del terror militar: los centros clandestinos, las listas negras, los cuerpos desaparecidos. Esa memoria fue nombrada, registrada, juzgada. La segunda, más silenciosa, es la del modelo económico que se implantó bajo el ruido de las botas. El ultraliberalismo entró como doctrina del Proceso de Reorganización Nacional y nunca fue juzgado. Se dijo Nunca Más al genocidio, pero no se dijo Nunca Más al saqueo.
Hoy, esa segunda capa emerge en la superficie. El gobierno libertario de Javier Milei recicla las viejas recetas estetizando la política: motosierra como símbolo, algoritmos como propaganda, influencers como soldados. La violencia ya no necesita picana, basta con la inflación que devora salarios, la apertura indiscriminada que destruye industrias, la desregulación que convierte la vida en mercancía. Es el mismo experimento, con nuevos disfraces.

El ultraliberalismo regresa estetizando la política
La Argentina camina sobre un puente colgante que cruje. Cada paso es un recordatorio de que la historia no desaparece, que las cicatrices económicas son tan visibles como las cicatrices del terror. A cincuenta años del golpe, la consigna se expande: Nunca Más al terror, Nunca Más al saqueo, Nunca Más al ultraliberalismo. La memoria no es museo, es resistencia. Es el sólido que necesitamos en este mundo líquido. Y es la esencia que honra a nuestros 30 mil desaparecidos sobre la apariencia del energúmeno diminuto que usurpa hoy el lugar de los grandes, una anomalía de la democracia envejecida, una defección ridícula y baladí de la historia nacional.
Alejandro Lamaisón


