Mein AI

Alex Karp, de Palantir, quiere que sepamos que tiene grandes planes.

Una vez que los nazis cayeron, mucha gente quedó desconcertada. Obviamente, algo que confundía a cualquier observador sensato era la enorme magnitud de sus crímenes, llevados a cabo, además, con un ímpetu y una ambición frenéticos, propios de una startup, en tan solo doce años: ¿Guerra mundial? Sí. ¿Genocidios? Sí. ¿Peinados horribles? Sí.

Pero además había otra pregunta: ¿cómo había conseguido su líder, un fanático engreído, filósofo aficionado (con una tendencia por las cosas más siniestras de la tradición alemana) y un supuesto genio con una estabilidad mental claramente cuestionable, que toda una nación de personas con un nivel educativo aparentemente razonable, lo siguiera? Y no sólo lo siguiera, sino que lo acompañara hasta el amarguísimo final.

Esa pregunta resultaba aún más inquietante si se tiene en cuenta que Adolf Hitler no había tenido reparos en mostrar su locura y sus intenciones extremadamente perversas mucho antes de que las élites conservadoras lo pusieran en el poder en 1933. El manifiesto del fascismo alemán (también conocido como nazismo) de Hitler, Mein Kampf, de la extensión de un libro —de hecho, dos volúmenes—, se publicó en 1925 y 1926, vendió más de 12 millones de copias y se tradujo a más de una docena de idiomas.

Y quienes estaban dispuestos a enfrentarse a su narcisismo patológico del “yo, yo, yo y la HISTORIA”, a sus divagaciones sin sentido sobre las mejores y peores partes de la humanidad, y a la grandilocuencia de las camisas pardas para leerlo de principio a fin, no podían decir que el futuro líder hubiera estado ocultando hacia dónde pretendía llevar a Alemania y, en realidad, al mundo.

De hecho, el manifiesto de Hitler debería haber servido como advertencia para “que suenen todas las alarmas, que parpadeen luces rojas por todas partes, traigan ya las camisas de fuerza”. Los puntos principales de la maldad que se avecinaba en la Alemania nazi estaban todos ahí, expuestos en términos generales pero con una honestidad asombrosa: la construcción de un imperio con brutalidad de escala industrial, el exterminio o, como mínimo, la esclavitud de aquellos considerados inferiores y superfluos, y por último, pero no menos importante, la primacía eterna de una nación dominante -preeminencia, como diríamos ahora- que debía alcanzarse y mantenerse por todos los medios, porque esa nación -en el caso de Hitler, Alemania- se definía como superior a todas las demás y estaba llamada a liderar el mundo, para siempre.

Es una de esas amargas ironías de la historia que Alex Karp, director ejecutivo de la muy peculiar empresa de software Palantir, quien se refiere regularmente a sus orígenes familiares judíos y a lo que eso habría significado para él bajo el régimen nazi, haya publicado recientemente un manifiesto que también debería servir como advertencia para el resto de nosotros. Un resumen de su extenso tratado “The Technological Republic” (escrito en colaboración con Nicholas Zamiska) -el segundo volumen en la era de la distracción masiva y el déficit de atención, por así decirlo-: la publicación de veintidós puntos en X, ha provocado una gran reacción.

Cas Mudde, reconocido experto en la extrema derecha, lo calificó de “¡Puro tecnofascismo!” (con un signo de exclamación en el original). Yanis Varoufakis consideró que “¡Si el Mal pudiera tuitear, esto es lo que escribiría!” (con otro signo de exclamación). Mudde también pidió que las empresas y agencias gubernamentales europeas finalicen por completo cualquier cooperación con Palantir. Incluso Eliot Higgins, fundador de Bellingcat -herramienta de reconstitución de la Guerra Fría y frente de guerra informativa de Occidente- se ha visto impulsado a… una suave ironía. ¡Qué atrevido! (El signo de exclamación es mío).

Y no se trata de reacciones exageradas. El “Manifiesto de Palantir” de Karp es, en realidad, una autoexploración sorprendentemente sincera de la visión que tiene una mente muy enferma sobre el futuro de la humanidad, en la que aboga, en efecto, por una carrera armamentística sin límites en materia de IA (un gran “¡Ka-ching!” para Palantir, por cierto), el resurgimiento del militarismo alemán y japonés, el racismo enmascarado de realismo sobre el atraso cultural (que replica, por cierto, también la maniobra nazi “Kulturträger”, de la que Karp debería haber oído hablar en sus años en Alemania). Y por último, pero no menos importante, dejar que nuestros brillantes multimillonarios, y las nuevas élites en general, gocen de impunidad cuando meten la pata, como cuando se divierten en islas privadas con un violador en serie de niños, ese tipo de cosas. Qué desinteresado.

Además, está escrito muy mal, de una forma dolorosa y criminalmente mala –plus ça change (1)… -en un estilo que combina el kitsch de imitación de “El ocaso de los dioses” de Oswald Spengler (“La decadencia de una cultura o civilización, y de hecho de su clase dominante, solo será perdonada si esa cultura es capaz de proporcionar crecimiento económico y seguridad al público”) con pura estupidez incongruente (¿Por qué no podemos tener crecimiento económico y seguridad sin esa “decadencia de la clase dominante”?).

Hay pasajes que parecen escritos por un joven Jordan Peterson (2) -de 15 años y con exceso de Coca-Cola Light- tratando de parecer profundo, muy, muy profundo por primera vez: “Aquellos que recurren a la arena política para nutrir su alma y su sentido de identidad, que dependen demasiado de que su vida interior encuentre expresión en personas a las que tal vez nunca conozcan, se sentirán decepcionados” y “nuestra sociedad se ha vuelto demasiado ansiosa por apresurar, y a menudo se regocija por, la desaparición de sus enemigos. La derrota de un oponente es un momento para hacer una pausa, no para regocijarse”.

Tras la inimitable actuación del “idiota en jefe de la guerra” estadounidense, Don Tzu de Ormuz, Alex y sus amigos de Palantir nos ofrecen su “I Ching” del mundo tecnológico. ¡Qué suerte la nuestra!: Tanta supremacía estadounidense y encima ahora también nos toca el meta relato de Silicon Valley.

Pero por muy ridículo que sea el manifiesto de Karp, se trata por supuesto de un asunto de extrema gravedad. Después de todo, vivimos en un mundo donde Palantir ya ha alcanzado demasiado poder. Fundada como una división de la CIA tras los tan imprevistos ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, respaldada por -el totalmente normal amigo de Epstein, “transhumanista” y obsesionado con el anticristo- Peter Thiel, Palantir se ha convertido en un monstruo sanguinario, combinando, al más puro estilo fascista, la lógica de la eficiencia y el exterminio con sus herramientas de software, como Gotham, Foundry o Maven, mientras espía masivamente todo y a todos los que puede, y se inserta sistemáticamente en los negocios y gobiernos internacionales para volverse -o parecer- indispensable.

Palantir -que lleva el nombre de las piedras mágicas que todo lo ven y que usaban los villanos de El Señor de los Anillos de Tolkien (una vez más: no digás que no te lo advirtieron)- ya hizo tanto mal que alcanza con una breve muestra de lo peor de lo peor: la empresa ha negado oficialmente estar involucrada en el uso que hace el genocida Estado de Israel de la IA para asesinar en masa a los palestinos más rápido. Curiosamente, sin embargo, Alex Karp ha admitido el hecho en público con una sonrisa burlona. En cuanto al despliegue del software de selección de objetivos de Palantir en la guerra de agresión estadounidense-israelí contra Irán, la empresa ni siquiera se molesta en negarlo.

Pero Palantir nunca descansa. Aunque participa de manera profunda y orgullosa en matanzas genocidas y guerras imperialistas, también subvierte de manera generalizada las sociedades en tiempos de paz. En Gran Bretaña, por ejemplo, se ha desatado una reacción contra la entrega imprudente por parte del Estado de poderes policiales y datos extremadamente sensibles (por ejemplo, en los ámbitos financiero y de la salud) a esta filial descarriada de la CIA estadounidense. En Alemania, los sistemas de Palantir se utilizan para la vigilancia policial en al menos tres de sus estados federados: Hesse, Renania del Norte-Westfalia y Baviera. En los Estados Unidos, Palantir, por supuesto, ya se infiltró tan profundamente en el Estado que no solo lo ayuda a librar sus guerras criminales en el extranjero, sino que también aterroriza a sus migrantes y a algunos no migrantes en su propio territorio.

De hecho, Palantir es tan malvada que incluso sus propios empleados están empezando a preguntarse si, en realidad, podrían ser los villanos. Pista: Sí, lo son. Y todos lo sabemos.

Para el resto de nosotros, es decir, casi todos los que vivimos en este planeta afligido por Silicon Valley: es hora de creerles cuando nos dicen en la cara que vienen por nosotros. Palantir es un peligro claro y presente para la humanidad. Su director ejecutivo es un fanático extremadamente peligroso, su misión es la subversión, la vigilancia y la violencia, y su único talón de Aquiles podría ser ese viejo enemigo de los malvados: la arrogancia. El tipo de arrogancia que te hace mostrar tu mente perversa y anunciar tus horribles objetivos en un manifiesto que todos deberíamos llamar el Mein AI de Alex Karp.


Tarik Cyril Amar es historiador, tiene un doctorado en historia por la Universidad de Princeton, una maestría en historia por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres y una licenciatura en historia por la Universidad de Oxford. Ha realizado estudios sobre el Holocausto y la historia de la URSS, Rusia y Ucrania.

Traducción por Indymedia Argentina. Artículo publicado originalmente en https://www.tarikcyrilamar.com/p/mein-ai

Notas de la traducción:

1): “plus ça change”, en francés, remite a la frase completa “cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual” (Plus ça change, plus c’est la même chose), dicha por el novelista y crítico Jean-Baptiste Alphonse Karr.

2) Jordan Peterson es un escritor canadiense de libros de autoayuda.

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