SI EL PERONISMO ES EL ÚNICO SUJETO HISTÓRICO CAPAZ DE ENFRENTAR LA DESTRUCCIÓN DEFINITIVA DEL PAÍS, LA RECONCILIACIÓN DE SUS LÍDERES ES FUNDAMENTAL, URGENTE Y DIALECTICAMENTE SUPERADORA.
PAÍS EN RUINAS
El país se desangra en silencio. El balance de la destrucción del Estado deja una imagen brutal: la Argentina privatizada hasta los huesos, el Paraná entregado, el agua convertida en mercancía, los recursos nucleares desmantelados. La dictadura militar, con toda su represión, nunca llegó tan lejos en la entrega económica. Hoy, el poder concentrado avanza con algoritmos y capitales infinitos, con la desesperanza como estrategia política.
La escena es de un tiempo suspendido: Peter Thiel instalado en nuestro país, ideólogo de un mundo sin democracia, donde el pueblo es ruido y el algoritmo orden. Los intelectuales progresistas lo dicen con crudeza: “Lo que hoy se está consumando en la Argentina es el poder concentrado, concentradísimo.” La ultraderecha no necesita tanques ni helicópteros: necesita hambre, abandono, cuerpos enfermos y generaciones mal alimentadas. La violencia ya no es desaparición, sino deterioro.
En este sentido, la destrucción del tejido social no se limita a la entrega de recursos estratégicos, sino que alcanza la base biológica de la nación. Hoy está ocurriendo que el 70% de los niños argentinos no sabe lo que es comer un pedazo de carne vacuna. La idea central es que la alimentación escasa y de mala calidad está hipotecando el futuro intelectual del país.

En el país de las vacas la mayoría de los niños de bajos recursos no conocen la carne.
Una generación mal nutrida no sólo enfrenta enfermedades físicas, sino también déficits cognitivos irreversibles. La inteligencia colectiva, la capacidad de innovación y de organización política se ven erosionadas desde su raíz.
Por eso, incluso si Trump pierde las elecciones en Estados Unidos y se abre un nuevo escenario internacional menos hostil, la reconstrucción argentina seguirá siendo extremadamente difícil. El próximo gobierno heredará un país devastado: miles de enfermos, jubilados sin medicamentos, niños sin proteínas ni nutrientes básicos. Esa herencia no se resuelve con un cambio de signo político externo, porque el daño es interno, estructural, y se proyecta sobre varias generaciones.
En tal sentido, la reconstrucción no será sólo económica o institucional, sino también biológica y cultural. Habrá que enfrentar una sociedad debilitada, con niños que crecieron sin carne, sin leche, sin frutas, alimentados con harinas de baja calidad. Esa carencia se traducirá en menor rendimiento escolar, menor productividad futura y menor capacidad de sostener un proyecto nacional.
LA DIRIGENCIA DE UN PAÍS
En este país en vías de subdesarrollo, el peronismo aparece como un fantasma dividido, fragmentado, a punto de terminar como el radicalismo: deshilachado, irrelevante. Pero también, en cada fragmento conlleva el embrión revolucionario de su creador: la única salida, la conducción clara, las tres banderas históricas -justicia social, soberanía política, independencia económica- levantadas sin ambigüedad.
Y aquí surge el núcleo de la idea, la esencia de todo, el centro del mandala: Cristina Fernández y Axel Kicillof tienen la obligación moral de reconciliarse. No por simpatía personal, no por cálculo electoral, sino porque el destino del país está en juego.
La reconciliación no será un gesto menor. Será un acto de grandeza en un tiempo de ruina. No sólo la militancia lo plantea como una exigencia histórica, sino también la mayoría de los ciudadanos que no quieren que el país se extinga como se extinguió el partido político más tradicional de la República Argentina. La ultraderecha neofascista avanza con algoritmos, con iglesias teledirigidas, con software electoral manipulado. La única forma de detener esa maquinaria es con unidad política real, con un frente que no se fracture en egos ni resentimientos.

Hace un año, Máximo Kirchner, Axel Kicillof, Carlos Bianco y el Cuervo Larroque.
La atmósfera recuerda a las películas de resistencia: “La Batalla de Argel”, la violencia inevitable cuando la explotación se vuelve insoportable. Pero aquí la batalla no puede ser sólo callejera: debe ser también política, simbólica, cultural. Cristina y Kicillof, figuras centrales del peronismo contemporáneo, tienen que dar el gesto que rompa la lógica de la fragmentación.
No es un deseo, es una necesidad. Porque lo que se avecina no es una elección más, sino un intento de clausurar la democracia argentina bajo el signo de la ultraderecha global.
Sin ninguna duda, el próximo gobierno heredará un país enfermo, hipotecado, devastado y totalmente en penumbras. La reconciliación entre Cristina y Kicillof será el signo luminoso, el gesto heroico que devuelva esperanza frente a la desesperanza programada.
No se trata de salvar los nombres de dos protagonistas que, como todo ser humano, tendrán sus simpatizantes y sus detractores.
Se trata de salvar la patria.
Alejandro Lamaisón


