EL PERONISMO EN LA CORNISA
El peronismo se encuentra atrapado en un laberinto de egos y recriminaciones. La última semana de junio expuso con crudeza la interna: dirigentes del cristinismo y de La Cámpora lanzaron una ofensiva contra Axel Kicillof, acusándolo de querer construir un kirchnerismo sin Cristina. Máximo Kirchner, Teresa García, Sergio Berni y Guillermo Moreno se sumaron a la avanzada, mientras el gobernador bonaerense ordenaba silencio a su tropa. El resultado: un espectáculo de heridas abiertas, sin vencedores, con todos debilitados.
En el mismo período, mientras las redes sociales y los canales opositores abundaban en comentarios críticos acerca del empecinamiento de Milei de conservar a Adorni -ya más convertido en un meme humano que en un jefe de gabinete- el presidente avanzaba con el nombramiento de 46 jueces nacionales y federales y enviaba al Senado de la Nación los pliegos de 21 nuevos postulantes.
En este sentido, el diagnóstico es claro: mientras el peronismo se desgasta en disputas internas, Javier Milei y el ultraliberalismo avanzan con un programa de demolición del Estado argentino, la Constitución y los derechos de los trabajadores. La pregunta que queda flotando es como si alguien nos tomara de la solapa y nos diera una bofetada para que reflexionemos: ¿el problema de la Argentina es Axel Kicillof o es Milei?
El pueblo no es un dato sociológico ni una estadística de encuestas. El pueblo se constituye en la plaza, en la calle, en la urgencia compartida. Allí, cuando se canta “Si este no es el pueblo, el pueblo es donde está”, se revela la verdad: el pueblo existe cuando decide no tener miedo, cuando reemplaza el cálculo de los focus group por la política valiente y por la certeza de que nadie se salva solo.
PERONISMO Y LIDERAZGO
Y no es el peronismo solamente el que sale a la calle. Es el pueblo argentino por naturaleza, ese que ya demostró su capacidad de movilización en defensa de la universidad pública, del «ni una menos», de la salud, de la dignidad laboral. Es ese pueblo que abrazó a las madres y abuelas en una manifestación colosal para evitar que los genocidas salieran en libertad. Es precisamente ese pueblo el que espera un liderazgo claro y no una guerra de egos.
Kicillof reúne condiciones históricas: la edad de Perón, Alfonsín y Kirchner cuando asumieron; una formación académica y política sólida; un equipo de gestión probado; y, según las encuestas, la capacidad de derrotar a Milei. No se trata de simpatías personales, sino de un dato objetivo: hoy es el único dirigente que puede frenar el avance libertarista.

Hoy, el peronismo es el único partido que tiene la fuerza suficiente para detener la embestida ultraliberal que viene arrasando con la mayoría de los países de América Latina.
Negar esa evidencia es un acto de antipatriotismo. Es dejar el campo libre a quienes quieren devolvernos al “estado de naturaleza”, a la intemperie social donde los derechos se evaporan y la soberanía se entrega como mercancía.
Es dejarnos a merced de las fieras, pero no del energúmeno que usurpa hoy el sillón de Rivadavia y se auto percibe «león», sino de los verdaderos leones: los grandes poderes económicos concentrados y la voracidad colonial de los Estados Unidos.
El cristinismo acusa a Kicillof de victimizarse y de querer desplazar a Cristina. En La Plata responden que no buscan tutelas ni condicionamientos, que repetir el esquema de Alberto Fernández sería un suicidio político. La relación está quebrada, los reproches se acumulan: que no la visita, que no la llama, que quiere construir una imagen nacional despegada de ella.
Pero la verdad es que ninguna de esas diferencias justifica la fractura. Cristina tiene votos, Axel tiene proyección. La unidad no puede ser negociada en términos de resentimientos personales. La unidad debe ser un mandato histórico, heroico casi.
LA URGENCIA DE LA UNIDAD DEL PERONISMO
La interna del peronismo, disfrazada de debates ideológicos, es en realidad una disputa de lealtades y resentimientos. Pero la historia no perdona la mezquindad. La soberanía de Argentina, la vigencia de la Constitución y los derechos de los trabajadores no pueden quedar subordinados a ambiciones personales.
La buena noticia es que todavía hay un pueblo movilizable, dispuesto a defender causas nobles. La buena noticia es que existe un dirigente capaz de ganar. La buena noticia es que aún queda un resto de institucionalidad que no ha sido arrasado.
La mala es que no hay tiempo para las vanidades ni para las intrigas palaciegas. La Argentina se desangra bajo el ultraliberalismo que convierte la vida en mercancía y la soberanía en saldo de liquidación. El pueblo espera una señal, un gesto de grandeza, un acto de unidad que supere resentimientos y cicatrices.
La conclusión es inevitable: Axel Kicillof debe ser el candidato exclusivo del peronismo. No por devoción, no por capricho, sino por necesidad histórica y porque es la única posibilidad real de frenar la devastación.
Cada minuto perdido en internas es un minuto regalado a Milei y a sus adláteres, es el tiempo obsequiado a los verdugos de la democracia para que se regodeen con la prisión injusta de Cristina.
La historia no perdona la mezquindad. Si el peronismo no se une ahora, será recordado como el movimiento que prefirió devorarse a sí mismo antes que defender a su pueblo. La patria exige coraje: o se elige la unidad detrás de Kicillof, o se elige la derrota y la entrega. No hay tercera opción.
Porque lo que está en juego no es un nombre, sino el país.
Alejandro Lamaisón




