LA INVENCIÓN DE OCCIDENTE (A MODO DE PRÓLOGO)[1]
Por Rafael Bautista S[2].
El libro que tiene el lector enfrente, responde a una desobediencia epistémica que se ha venido insistiendo teóricamente desde diversos ámbitos de análisis y reflexión y que, en mayor o menor medida, han sabido nutrirse de las propias luchas de liberación que han mantenido nuestros pueblos indígenas por toda Latinoamérica; generando la necesidad de comprender la magnitud de la “crisis civilizatoria” que estamos atravesando como humanidad, pero que, desde su propia resistencia histórica, han sabido comprender críticamente y que, en pleno siglo XXI, están manifestando –para la mirada reflexiva y desprejuiciada– la vigencia utópica que han insistido, a lo largo de todas sus luchas, haciendo actual, más que nunca, sus propias y más recónditas referencias históricas.
Muchos ya se animan a afirmar, entre ellos muchos geopolitólogos, que el fin del mundo unipolar y, agregamos, el fin de su diseño centro-periferia, es un acontecimiento de una magnitud jamás antes conocida en la historia de la civilización humana. El libro del académico, intelectual y diplomático nicaragüense Carlos Midence, contiene bastantes argumentos para sostener también ese tipo de aseveraciones que dan cuenta de la gravedad del hecho y sus consecuencias de aquello que se denomina “crisis civilizatoria”.
La acumulación de información que da cuenta el libro, tiene el mérito de no ser un mero sumario de datos y recuentos, u onomásticos, sino que son el compendio de comprobaciones históricas y reflexivas de los argumentos centrales del libro; entre ellos, el que ya sugiere el libro y que nos animamos a poner como título de este pequeño prólogo a su lectura: la invención de Occidente. Es decir, y usando analógicamente esta figura o Gestalt que proviene de Edmundo O’Gorman: Occidente es la que se inventa como modernidad para comprenderse a sí misma como el más acabado proyecto imperial. La modernidad y, como se señala en el libro presente, es la configuración de una cosmogonía dicotómica en esencia, que precisa la inferiorización, o sea, el vaciamiento o despojo de humanidad del resto que ha de, no sólo dominar sino, principalmente, ofrendarlo –en un literal holocausto que no acaba– como garante de su expansión.
El Nosotros y Occidente se entiende así (con mayúscula enfática), reconociendo su primacía encubierta y devolviéndole a ese resto, que somos Nosotros, su lugar en una historia no sólo mal contada, como es la ficción moderno-occidental autodenominada ciencia histórica, que ha naturalizado esa dominación, haciéndola legítima, tanto en sus efectos prácticos como en sus justificativos teóricos. El Nosotros ya no es el resto inventado por Occidente sino lo que surge desde el des-encubrimiento del relato mítico-ideológico que, a nombre de ciencia histórica, como fundamento de las ciencias sociales, ha inventado un curso evolutivo que, como ingeniería social, estructura las narrativas que le sirven a Occidente para reinventarse mediante el sacrificio continuo del resto periférico. Por eso decimos, se trata de una desobediencia, en este caso ética, al relato eurocéntrico, donde se halla naturalizada la centralidad moderno-occidental.
La desobediencia es una resistencia estratégica que ya no toma a la narrativa supremacista moderno-occidental como epicentro hermenéutico histórico. Si Occidente es la consciencia de una expansión sólo posible mediante la guerra entonces se puede decir que lo que define a Occidente como proyecto imperial es su vocación de dominación exponencial. Por ello el argumento de que la modernidad nace en 1492, con la invasión al Abya Yala tiene todavía sentido: si Occidente reúne las condiciones para hacer posible su proyecto de dominación al infinito entonces lo que nuestros pueblos, primeras víctimas de ese proyecto ha sido y se ha manifestado, desde su inicio, como resistencia de los limites vitales de esa dominación exponencial.
En ese sentido se podría entender, en su verdadera dimensión, lo que Kissinger decía a Pinochet y es lo que constantemente repetía el Imperio a sus obedientes vasallos: “le ha hecho usted un gran servicio a Occidente”, como si fuese el mismo Occidente el que tomara la palabra. Pero ahora ya no necesita premiar al vasallo sino lo que hace éste, en su condición de súbdito, es expresar él mismo que, lo que hace, lo hace en nombre de Occidente, de sus valores y principios de vida, para “salvar a Occidente de la barbarie”. Tal y como lo expresara Netanyahu ante el congreso norteamericano.
Lo cual –haciendo un paréntesis y poniéndolo como ejemplo– resulta completamente paradójico (por decirlo menos), y en ello devela el sionismo su total ausencia y ceguera de sentido histórico, pues Occidente (que es, por definición, cristiano-céntrico) se afirma precisamente en contra del judaísmo. Roma no destruye a Atenas porque la considera su cuna sino destruye Jerusalén, para borrar toda referencia semita del cristianismo, para después el emperador Adriano, borrar hasta el nombre de Israel y llamarla Aelia Capitolina Siria-Palestina. Occidente y judeofobia (y, por extensión, antisemita) se corresponden desde una perspectiva imperial.
Ahora que el régimen sionista se declare “defensor de los valores occidentales”, no hace sino declararse antijudío y antisemita. Desde sus inicios, la base moral de Occidente siempre ha sido la calumnia y la denigración de sus víctimas, para así justificar sus crímenes. Las Catilinarias de Cicerón son una muestra de ello. La agresión queda consumada por un proceso de inferiorización que la modernidad adoptará, de modos mucho más efectivos y eficaces, para desplegar sus lógicas de dominación. Desde entonces, ¿qué significa defender sus valores sino la reafirmación continua de su dominio en los términos de su presunta superioridad? Así lo expresaba el ex candidato a la presidencia gringa John McCain: “para nosotros [el Imperio], nuestros valores son nuestros intereses y nuestros intereses, nuestros valores”.
El texto que comentamos tiene una propedéutica transversal. Frente a la historia inventada propone la contrastación de elementos históricos más verídicos, donde uno puede advertir los huecos y vacíos de la historia hegemónica. Todo lo cual, y como ya es recurso epistemológico en la perspectiva que se ha dado a llamarse decolonial y en otros casos des-colonial, genera la necesidad de repensar la historia, no sólo las historias locales sino la “historia universal”. Porque, parafraseando a Mignolo, son los diseños globales los que condicionan las historias locales.
El libro consta de cuatro partes que muestran, de modo diacrónico, el surgimiento y desarrollo de un proceso de dominación exponencial que aún no estamos comprendiendo del todo y, en esa razón, cabe destacar que, para todo pensador serio, realizar un diagnóstico histórico de magnitudes globales, resulta ineludible, cuando se trata de definir el tipo de dominación que ha instalado, a nivel mundial, el proyecto moderno-occidental.
Es de destacar que la primera parte, de modo propedéutico, ingresa al tema desde la cotidianidad presente, desde lo obvio que aparece como naturalización de una percepción impuesta y reafirmada continuamente, con todos los dispositivos con los que cuentan las lógicas de dominación; que están, además, siempre en constante proceso de renovación. También hace un recorrido del expansionismo que le ha servido a Occidente para producir una transferencia unilateral de recursos, en todos los ámbitos, del Sur al Norte, gracias a una estable y duradera clasificación mundial que, tanto objetiva como subjetivamente, diagrama un diseño geopolítico como una literal teogonía de un orden cosmológico.
En la segunda parte nos encontramos con la exposición de los dispositivos que ha generado el desarrollo y sofisticación de la dominación en un mundo dicotómico, donde toda la institucionalidad global (como parte de esos dispositivos) gerencia una transferencia inaudita de vida (en todos los sentidos posibles), produciendo una plusvalorización del Norte inversamente proporcional a una desvalorización absoluta del Sur.
Lo cual hace que, en la tercera parte, se le dedique la insistencia en la acentuación de, lo que supone el racismo, ya no como una mera discriminación entre otras, sino como lo que supone la invención del Otro, como factor indispensable de la ecuación antropológica que le sirve al proyecto moderno-occidental para asumirse con propósitos “humanistas”.
Esto conduce a que, en la cuarta parte, se nos ofrezca una crítica al papel que juegan las ciencias en este esquema-mundo. En este sentido, la percepción que se tiene, que configura todo un marco general de interpretación de la realidad, se halla colonizada por el propio quehacer científico y filosófico que son la expresión de toda una racionalidad que, en su tuétano o médula, carga con todos los prejuicios, mitos y relatos que Occidente ha ido produciendo y desarrollando para garantizar la estabilidad de su dominación global.
El libro que tiene el lector compendia lo que, hoy en día, resulta ineludible, a la hora de realizar una crítica en regla del sistema-mundo que tenemos en franco desmoronamiento global. Precisamos de un nuevo mundo y esto pasa por una nueva idea de mundo, que ya no se deduzca del mundo que ha producido la modernidad y Occidente, como tradición imperial.
Tal vez surja la apresurada observación de que ya mucho se ha escrito en este tono reiterativo de crítica a la modernidad; pero toda tarea epistemológica se inicia y debe partir de un diagnóstico epocal. Si la ciencia consiste en elevar la realidad al ámbito de la razón, la producción del concepto tiene que ver con la exposición crítica que todo concepto es, en principio, la formalización de una forma de vida. Entonces, para exponer una nueva forma de vida, lo primero a realizar es una crítica a la forma de vida que se pretende superar.
Es en esos términos que, la tarea que se propone el escritor Carlos Midence, se instala en la urgencia y necesidad del desmontaje sistemático del conocimiento hegemónico que, en los últimos tres siglos, ha dominado el mundo académico y ha constituido, sobre todo, en el cordón periférico latinoamericano, una subjetividad también periférico-satelital que hace cuasi imposible constituirse en elite política positiva capaz de desarmar los dispositivos del sistema colonial que hacen perdurable, eficaz y eficiente la dominación que sufrimos. Por ello podemos decir que la obra Nosotros y Occidente, se nos presenta como una prometedora nueva veta de su recorrido de escritor, por los complejos senderos de la descolonización.
Un último apunte. Ese Otro que serían los rostros de los otros acabamos siendo Nosotros. Pero ya no como una invención de Occidente sino como la insurgencia desde lo más allá de la totalidad ontológica moderno-occidental. Para la modernidad el otro es lo inaudito, ese fantasma que recorre el mundo moderno como el miedo que eriza la piel del Imperio.
Lo que, según Occidente y la modernidad, no puede ser humano, es, sin embargo, lo que le confiere identidad como voluntad de poder a la subjetividad moderno-liberal, auto percibida como lo único humano, es decir, la única que tiene derechos, que merece y debe existir. Pero Nosotros somos los otros, ya no sólo como ese más allá jamás comprendido, sino como lo que –desde Bolivia además venimos denominando– personifica a la cultura de la vida; esa forma comunidad que nos han legado los ancestros desde el principio de los tiempos como la estructura misma de la vida.
Ese Nosotros como comunidad trascendental, es lo plural que somos y que, por eso mismo, podemos reunirnos y crear la unidad en la diversidad reunida en una utopía compartida: un mundo posible para todos. Entonces somos el Otro. Producto de la experiencia de reconocernos como hermanos y hermanas de un mismo porvenir y una misma historia. Con esos acentos cargados de esperanza es que saludamos la obra de Carlos Midence: Nosotros y Occidente; y deseamos que pueda ser un nuevo material de lucha, así como fueron, en su tiempo, las armas sandinistas, contra el agresor imperial.
La Paz, Chuquiago Marka, Bolivia
11 de mayo de 2025
[1] Del libro Nosotros y Occidente. Otra historia de un relato hegemónico, del escritor nicaragüense Carlos Midence. CICCUS, 2026.
[2] Es escritor y pensador boliviano. Estudió música, literatura y filosofía. Ha publicado más de 20 libros, entre los cuales cabe destacar: Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado plurinacional (Vol. I y II, 2009, 2012); Hacia una Fundamentación del Pensamiento Crítico (2011); La Descolonización de la Política (2014); Reflexiones Descoloniales (2014); Del Mito del Desarrollo al Horizonte del vivir bien (2018); El Tablero del Siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un orden global post-occidental (2019), El ángel de la historia. Vol. I y II (2021-2024); etc. Fue profesor invitado en la Escuela Anti-imperialista, la Escuela de Gestión Pública Plurinacional (EGPP) y en la Universidad Indígena Boliviana-Tupak Katari; ha sido director general de la “Dirección de Geopolítica del vivir bien y política exterior” de la Vicepresidencia del Estado plurinacional de Bolivia; forma parte del consejo editorial del “Bolivian Studies Journal”, de la Universidad de Pittsburgh, USA. Dicta conferencias, seminarios y cursos, a nivel nacional e internacional, además de dirigir “El taller de la descolonización” y la “comunidad de pensamiento amáutico”, en La Paz y El Alto, Bolivia. Es además columnista en diversas páginas de información y pensamiento alternativos.


