“Lo desaparecieron para frenar los juicios de lesa humanidad”

Entrevista al exjuez federal Carlos Rozanski a 20 años de la desaparición de Jorge Julio López. “El Estado no estuvo a la altura para esclarecer la desaparición de López”, afirmó el exmagistrado en conversación con Página/12.

Jorge Julio López. Carlos Cermele Te

Por Adriana Meyer

Faltan pocos días para que cumpla 75 años. Carlos Rozanski está en su casa en Villa Elisa y escribe, algo que siempre hizo y seguirá haciendo. Tiene dos hijos, tres nietos, está jubilado como juez federal de La Plata y fundó la Asociación Civil de Altos Estudios en Violencias y Abusos Sexuales. “Llevo 40 años escribiendo. Decidí formarme en lo que tiene que ver con sectores vulnerables, en las patologías institucionales, uno de los más grandes desafíos”, dice apenas comienza la entrevista con Página/12.

–¿Cree que ese sistema institucional le falla a las víctimas de violencias y desapariciones?

–Sí, pero ahí hay contrasentido; por un lado, Argentina tiene una legislación de las mejores del mundo en protección de derechos en general y en especial de las víctimas. Durante las épocas de avance en materia de derechos humanos, legislamos muchísimo, adherimos a todas las convenciones internacionales de derechos humanos. Las pusimos en la Constitución Nacional en 1994. Estamos en un lugar privilegiado en cuanto a legislación protectora. Pero en la práctica se nota el abandono a la víctima. Es un tema complejo, cotidiano, en todas las provincias. Hay una falla estructural en la protección que es contraria a lo que las leyes dicen proteger.

–¿Cómo fue encarar el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz, el primero tras la anulación de las leyes de impunidad, como presidente del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata?

–Fue un momento muy especial. En cualquier profesión, toda la preparación que vos tenés desde el punto de vista académico tiene que ver con lo dogmático, con lo establecido. Y cuando aparece algo de este volumen, te das cuenta de que hay ciertas cosas para las cuales no estás preparado. La academia no te prepara para que un día vos tengas que llevar adelante un juicio 30 años después con un contexto social muy particular, sobre todo dentro del Poder Judicial, que es esencialmente conservador y reaccionario. Eso define lo que pasó en ese momento, por lo menos en lo personal. Yo venía de ejercer la profesión durante 10 años; no hice carrera judicial, sino que concursé desde el ejercicio como abogado en Bariloche. Al que empieza cosiendo expedientes y luego de años llega a juez, se lo tragó el sistema. Desde mi cosmovisión sobre qué había que hacer, no me presentó ningún problema llevar adelante ese juicio.

–¿No tuvo reparos cuando las querellas pidieron que la sentencia se enmarcara como genocidio?

–Era toda una apuesta en ese momento. Fue un desafío enorme, sobre todo porque se estaba produciendo al mismo tiempo que la desaparición de López. Al principio del juicio ni siquiera tenía dónde hacerlo. En un lugar pequeño estabas privando al público del ámbito apropiado. Hablé con el intendente de La Plata, Julio Alak, y me facilitó el Salón Dorado de la Municipalidad.

–¿Qué recuerdo tiene de la declaración de Jorge Julio López?

–En general, todas las declaraciones de las víctimas de la dictadura, de cualquier hecho de violencia extrema, como es el de la tortura, son especiales, porque es el individuo que está tratando de contar algo que no se puede contar. La mecánica del Poder Judicial no está preparada para eso. La forma de relatar la tortura es infinita en sus diferencias, pero lo que tiene en común es la crueldad del torturador; es decir, es el escenario de la crueldad en estado puro. López era una persona muy reservada con respecto a su familia y por eso la mayor parte de las cosas que cuenta en el juicio no las conocían sus familiares. En su relato contó todo sin ningún tipo de inhibición. Al igual que Adriana Calvo, son personas que, cuando están relatando lo terrible y lo inenarrable, logran contarlo sin frenos inhibitorios, como si estuvieran solos. López tenía muchas ganas de contar, y lo hizo con muchísimo detalle. Por ejemplo, López relató que cuando lo torturaban, en la parte superior de la Comisaría Quinta, veía un techo de tejas rojo y un par de palmeras. Cuando vamos a hacer una inspección ocular a ese lugar, al que él nunca más volvió durante todos estos años, él dice: ‘Acá está la escalera’. Subimos a una terracita y ahí sacaron esta foto (¿señala una imagen en la pared?, él señalando el techo rojo de tejas con la palmera). Fue impresionante; uno cree a la víctima, pero no siempre se lo puede constatar con una escena así.

–En la mañana del 18 de septiembre de 2006 era la audiencia de alegatos y López no llegó.

–Teníamos que empezar la audiencia y me mandan llamar, salgo al pasillo y estaban Myriam Bregman, Adriana Calvo, Guadalupe Godoy y Nilda Eloy. Me piden que demore un poco el inicio de la audiencia porque no había llegado López. Por supuesto, les dije que sí. Volví a mi despacho y un rato después vuelven a pedirme que siga demorando porque están preocupadas de que no vino. Y la tercera vez, Adriana Calvo me dice: ‘Doctor, López desapareció’. Le respondí: ‘Si López desapareció, yo me voy del país’. Por supuesto, no me fui, pero sí desapareció López. Me estaban planteando algo que no entra en mi cabeza: estar haciendo un juicio y que te sugieran que puede haber desaparecido una persona. Una cosa es conversarlo 20 años después, otra cosa es estar ahí parado, contemplando la posibilidad. Ningún libro te dice qué tenés que hacer. Y no hay preparación tampoco del sistema; tal vez eso permite entender por qué razón se hace todo tan mal. Por ejemplo, la propia investigación sobre la desaparición.

–¿Cómo fue dar la sentencia sin López?

–No fue difícil porque Etchecolatz era un hombre de un nivel de crueldad explícita que te servía la prueba en bandeja. La sentencia fue confirmada en todas las instancias, y debe tener como 900 hojas. Toda la prueba que había era en exceso. ¿Qué se podía discutir de lo que se probó, o sea, de los horrores que cometieron? Estaban todos los testigos sobrevivientes. En el caso de López, por ejemplo, relataba cómo mataron a Patricia Dell’Orto y a Ambrosio De Marco. La sentencia tiene una frase que es reclusión perpetua, que ni siquiera la Corte aceptaba ese concepto en Argentina. Y sin embargo, fue confirmada.

–¿Cree que a López lo desaparecieron para lograr la absolución de Etchecolatz?

–La condena tenía pruebas muy sólidas; no hubo nada que pudiera interferir. López podría no haber ido. Si hubiera habido algún tipo de irregularidad, habría sido puesta de relieve por la defensa, que era durísima. Mirando a 20 años, uno ve la importancia de ese juicio. Creo que lo desaparecieron para que se cayeran los juicios que venían. Pero después de esa tragedia, cada persona que se sentaba a declarar lo hacía con más fuerza. Si buscaron eso, no lo consiguieron. Es cierto lo que me decías, no se bajó ningún testigo, los organismos de derechos humanos no bajaron ninguna bandera. La intención fue alarmar para frenar los juicios, empezaron las amenazas que en mi caso duraron 10 años. Para mí tuvo más que ver con intimidar al interior del sistema judicial.

–¿Ese mensaje llegó a Néstor Kirchner y por eso ordenó la continuidad?

–La decisión política de seguir es indiscutible, por una posición ideológica y una cosmovisión de los derechos humanos que había impulsado la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, eso fue el motor en lo político y se mantuvo. Aunque algunos me critiquen, hay que decir que la Corte Suprema también apoyó la continuidad de los juicios; me consta porque tuve una conversación con el juez (Ricardo) Lorenzetti, que mantuvo una actitud colaborativa con los juicios.

–López nos falta, no lo encontraron. ¿En esa investigación faltó impulso político?

–El Estado no hizo lo suficiente. Las razones son muchas, pero no complicidad, porque era un momento en el que el Estado nacional estaba apoyando los juicios. Las fallas pasan por otro lado: el desconocimiento, la sorpresa y la falta de preparación para lo que significaba la desaparición de una persona en democracia. Como te dije, no se enseña en la academia esto; al responsable de seguridad de ese momento nadie le enseñó qué hacer cuando desaparece alguien como López. No puedo afirmar que, si hubiera habido la diligencia necesaria, se hubiera esclarecido. Creo que el Estado no estuvo a la altura de lo que hacía falta para esclarecer esa desaparición. El objetivo fue amedrentar; lo consiguieron al interior del Poder Judicial. Y el declive definitivo vino con Macri; hay cada vez menos juicios.

–La Policía Bonaerense boicoteó la causa de manera burda y explícita. ¿Es un poder autónomo?

–Sí. Pero no hubo una sola razón, sino una mezcla de incompetencia e, incomparablemente, algún tipo de complicidad. No digo que no haya habido responsabilidad, sino que no está tan claro dónde está.

-¿Usted siguió haciendo juicios de lesa humanidad diez años más?

-Sí. Uno de los jueces, Horacio Insaurralde, se puso muy mal con la desaparición de López. Hicimos con él el segundo juicio, que fue contra (el cura Christian) Von Wernich, y luego llegó por concurso al tribunal Pablo Bertuzzi, que es un personaje muy siniestro. Con el paso de los días me di cuenta de que empezó a sabotear los juicios de lesa humanidad. Había que armar el tercer juicio, que era Unidad 9, la cárcel política donde habían estado Pérez Esquivel, Taiana, Cachorro Godoy, entre otros políticos que fueron torturados, y yo lo tenía que hacer con Bertuzzi. Por eso lo denuncié en el Consejo de la Magistratura. Él fue parte de la maniobra que derivó en mi jubilación, y mediante un traslado sin concurso que le concedió el gobierno de Macri, aterrizó en Buenos Aires.


Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/09/14/lo-desaparecieron-para-frenar-los-juicios-de-lesa-humanidad/

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