Cuando el hambre mata

Sobre la muerte por desnutrición de Fidel, un pibe wichi de 14 años, que había sido discriminado en un hospital de Salta.

13/03/2019

El domingo murió  Fidel Frías. Era wichi. Tenía 14 años. Lo habían internado por estar sufriendo hambre, en el país donde el año pasado se exportaron sesenta y nueve millones de toneladas de granos.

La semana anterior había muerto su prima. Vanesa también era wichi, tenía 16 años y cursaba el último tramo de uno de esos embarazos que no acompañan ni acompañarán los indignados “provida”. Vanesa Frías murió en el traslado al hospital de Tartagal, en una ambulancia que demoró en llegar, las horas que ella no tenía.

Fidel, que según los médicos que le dieron el alta se había “recuperado” -a pesar que la balanza siguiera alertando sobre sus 30 kilos incongruentes con su edad y sus 1,53 de altura- fue trasladado a su casa del Paraje Las Vertientes por su padre, que pedaleó en bicicleta 45 kilómetros con su hijo enfermo, después de que le negaran una ambulancia.

A los pocos días, debió volver a internarlo y falleció.

Fidel luchó por su vida, resistiendo hasta el último momento. Su padre y la comunidad wichi, acostumbrados al abandono de los gobiernos de todos los colores -empuñando denuncias y protestas varias para ser oídas- intentaron arrancarlo del destino de muerte al que los políticos y funcionarios de turno, confinan a los pibes de los parajes desolados. Porque Fidel no se murió, lo mataron los mismos de siempre. A Fidel lo mató el Estado. Lo mataron los médicos que lo discriminaron por no conocer el idioma y por -viviendo en situaciones de extrema vulnerabilidad sin agua ni condiciones básicas de existencia- estar “sucio” y tener “olor”. A Fidel, como a tantos otros niños de los pueblos originarios, lo mataron las instituciones moldeadas con la mano de los patrones de estancia y los empresarios que los desalojan a balazos de sus tierras con fines inmobiliarios. A Fidel y Vanesa, los mató la indiferencia de quienes usan la pobreza como concepto abstracto y en tiempos de campaña electoral. Los mataron los burócratas que disfrazan con números de inexistente, la triste y miserable realidad en la que cotidianamente han tornado su existencia. Esos del país donde una niña de 11 años violada es obligada a parir. Los mismos que conciben un país donde los derechos de los niños son una anécdota.

A Fidel y Vanesa, los mataron los mismos de siempre.

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Fuente: Revista y Editorial Sudestada

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