
DIOS COMO ESPECTÁCULO
Como en la época de las cruzadas, Dios sigue siendo convocado con gran eficacia cuando se trata de legitimar guerras blancas, occidentales y cristianas. Para los iraníes, en cambio, sólo llega el castigo.
En Washington una veintena de pastores evangelistas piden a su Dios que proteja al presidente.
La escena tiene algo de tragicomedia medieval: sacerdotes bendiciendo al rey petulante antes del ataque.
Sólo que el ataque no es un ataque. Es un guion escrito en las turbias aguas de la bajeza humana, entre la penumbra de Washington y Tel Aviv, donde las palabras “amenaza inminente” se repiten como una invocación hermética.

Dos religiones diferentes. Un mismo Dios invocado para llevar a cabo la muerte y el exterminio.
Donald Trump, con su estrategia del caos, no busca la victoria militar: busca el espectáculo. La guerra como transmisión en directo, como reality show global. Su intención no es tanto destruir Irán como instalarse en el centro de la narrativa mesiánica: el elegido de Dios que restablece el orden, aunque ese orden sea ruina y desorientación, aunque sea el ocultamiento de la depravación de los archivos Epstein.
Netanyahu, en cambio, no juega al caos: juega a la eternidad. Su proyecto es bíblico, literal, una cartografía que se extiende más allá de Gaza y Cisjordania, hacia Líbano, hacia cualquier territorio que pueda ser reclamado como parte del “Israel histórico”. La guerra contra Irán es el paso previo, el ensayo general para la anexión definitiva. El objetivo no es solo militar: es simbólico, es teológico. Convertir la geografía en herencia, la política en destino.
En este teatro, Irán no es un enemigo militar: es un obstáculo existencial. La República Islámica, debilitada pero aún en pie, se convierte en el muro que impide la consumación del sueño sionista. Trump se deja arrastrar, convencido de que su papel es el del redentor, el hombre que golpea la mesa y anuncia la victoria, aunque la victoria sea humo. Netanyahu lo sabe: necesita a Estados Unidos como músculo, pero la dirección, el guion, la agenda, son suyos.
Las bombas no buscan un cambio de régimen: buscan abrir el camino a la redefinición del mapa. La caída de Irán sería la sepultura definitiva de la causa palestina. La guerra no se mide en batallas ganadas, sino en territorios ocupados, en casas robadas, en mártires convertidos en cuadros colgados en las calles de Teherán.
UN DIOS AUSENTE
La ausencia de Dios no es metáfora: es constatación. La atmósfera que se respira es inquietante: un mundo saturado de signos, donde la guerra es espectáculo y la política es simulacro.
Trump como figura televisiva, Netanyahu como arquitecto bíblico. El ruido de los drones y los misiles se mezcla con el silencio de Cisjordania, donde la anexión avanza sin titulares. La guerra es global, pero la conquista es local: ladrillo a ladrillo, tumba a tumba, frontera a frontera.
El resultado es inminente, como un murmullo de la fatiga existencial: no hay plan, no hay estrategia, solo la pulsión de poder. Trump busca el caos como legitimidad. Netanyahu busca la eternidad como territorio. Y en el medio, millones de vidas convertidas en estadísticas, en márgenes de error, en sacrificios necesarios para que el mapa se ajuste a la visión de un dios antiguo.
Aquí aparece la frase de Primo Levi, como un corte en la respiración: “Existe Auschwitz, no existe Dios.” La sentencia se incrusta en el presente, como si la historia no se hubiera detenido nunca. El horror no necesita justificación divina, solo necesita ejecutores convencidos de que el fin justifica los medios.
Trump se erige en el elegido del caos, el hombre que convierte la guerra en espectáculo. Netanyahu se erige en el arquitecto de un destino bíblico, el que reclama territorios como si fueran reliquias. Ambos se mueven en un tablero donde la divinidad es excusa y la violencia es método. Auschwitz como advertencia, como recordatorio de que la pulsión de poder puede arrasar con todo, incluso con la idea misma de Dios.
Primo Levi lo describió durante el infierno nazi: lo que vemos no es política, ni estrategia, ni diplomacia. Es la repetición de un mecanismo ancestral: exterminio, anexión, conquista. El dios antiguo que legitima la expansión se revela como vacío. Lo que queda es la maquinaria, la estadística, la muerte convertida en cálculo.
Hoy, cuando un misil BGM-109 Tomahawk despedaza a 168 niñas iraníes, la frase de Woody Allen se convierte en epitafio: “Dios no juega a los dados, sino a las escondidas, pues está pavorosamente ausente cuando el dolor aqueja al hombre.”
La gente asiste al funeral de las víctimas tras un ataque israelí a una escuela en Minab, Irán, el 3 de marzo de 2026 Amirhossein Khorgooei/ISNA/WANA (Agencia de Noticias de Asia Occidental) vía REUTERS
La ausencia de Dios no es metáfora, es constatación. En Gaza, en Cisjordania, en Teherán, la divinidad se esconde mientras los hombres trazan fronteras con sangre. El caos de Trump y la eternidad de Netanyahu se funden en un mismo gesto: la guerra como espectáculo, la conquista como destino.
El resultado es un mundo donde el dolor no encuentra consuelo, donde la política se disfraza de teología, y donde la única certeza es la ausencia. Auschwitz existe, decía Levi. Dios se esconde, dice Allen. En Medio Oriente, ambas frases se entrelazan: el horror persiste, y el silencio divino es la única respuesta.
Alejandro Lamaisón


