
Elegancia de la geometría discursiva
Como si la nación boliviana se hubiera inclinado hacia una geometría invisible, la victoria de Rodrigo Paz no fue un grito. Fue un murmullo tectónico, una forma que no se ve pero que se siente en la piel, en los pasillos, en las miradas de los campesinos que no se cruzan.
Ganó limpiamente, con un 54,5% de votos que desprecian el pasado real, como forma de redención ilusoria y frente a él, la alianza Libre del expresidente Jorge Tuto Quiroga, conservadora en su médula, que apenas alcanza el 45,5%. Pero la cifra no importa. Lo que importa es el ritmo. El compás de una región que se desliza hacia la derecha como quien se deja caer en una silla que ya no está.
América Latina, ese cuerpo fragmentado por dictaduras, por sueños rotos y por la promesa de un mañana que siempre llega tarde, vuelve a girar hacia sus verdugos. Lo hace con elegancia democrática. Lo hace con urnas, con boletas, con transmisiones en vivo. Lo hace como quien elige el cuchillo más afilado para herirse a sí mismo.
Rodrigo Paz, centroderechista, empresario de la imagen, hijo de una época que aprendió a vender seguridad como si fuera perfume, sabe que su campaña fue una coreografía de certezas. No importaba si eran verdaderas. Importaba que se sintieran como tales. En un continente donde el miedo se ha vuelto una forma de respirar, la derecha ofrece oxígeno envasado. Y la gente compra.
Geometría de la desaparición
Pero hay una pregunta que flota como números imaginarios en una geometría confusa, como gas paralizante en una habitación cerrada: ¿por qué, si los gobiernos progresistas dan derechos, la gente termina votando a sus propios verdugos?
La respuesta no está en la política. Está en la semiótica del miedo. Los derechos, cuando no se acompañan de relato, se convierten en ruido. Subsidios, leyes de inclusión, acceso a la salud, a la educación, al arte. Todo eso puede ser percibido como exceso, como desorden, como amenaza al orden simbólico que el neoliberalismo ha tatuado en el inconsciente colectivo. La derecha no promete derechos. Promete silencio. Promete que el otro no va a molestar. Promete que el mundo va a volver a ser como antes, aunque nunca lo haya sido.

Los gobiernos progresistas, en su afán por reparar el significado simbólico de la geometría humana, olvidan narrar. Y sin relato, los derechos se desvanecen. Se convierten en sospecha. En gasto. En ruido. La derecha, en cambio, ofrece una estética del orden. Una gramática de la exclusión que se disfraza de eficiencia. Y en esa estética geométrica, el verdugo se vuelve salvador.
Rodrigo Paz no ganó solo una elección. Ganó una forma de mirar el mundo. Una forma de nombrar al otro. Una forma de borrar. Porque el voto, en América Latina, ya no es un acto de esperanza. Es un acto de desaparición simbólica. Se vota para que el otro deje de existir. Para que el ruido se apague. Para que el espejo devuelva una imagen sin grietas.
Y así, América Latina vuelve a girar. No hacia el futuro. Sino hacia una nostalgia que nunca fue. Una nostalgia inventada por los que saben que el miedo vende más que la justicia. Una nostalgia que convierte al verdugo en presidente. Y al pueblo, en espectador de su propia desaparición.
Epílogo geométrico
En este sentido, el voto en esta región, ya no es un acto de afirmación. Es una coordenada en la geometría del miedo. Cada elección traza una línea, un ángulo, una forma que no busca representar, sino contener. Contener el caos, contener al otro, contener la memoria para que no se ejerza. La democracia se convierte en un plano donde las figuras del poder se dibujan con escuadra y compás, eliminando las curvas, los cuerpos, las voces que no encajan.
Rodrigo Paz es un vértice. Un punto donde convergen las ansias de orden, las fantasías de control, los algoritmos del mercado. Su triunfo no es solo político. Es geométrico. Es la imposición de una forma sobre el flujo. Es el cuadrado sobre la espiral. Es la línea recta sobre el grito.
Y en esa geometría, los derechos se vuelven ruido. El progreso, una distorsión. La justicia, una anomalía. Porque lo que se busca no es justicia, sino simetría. No es inclusión, sino contorno. No es memoria, sino borrado.
La gente vota a sus verdugos porque la geometría del miedo les ofrece algo que el amor no puede: la ilusión de que todo encaja. De que todo tiene un lugar. De que el otro, el distinto, el pobre, el migrante, el disidente, puede ser reducido a un punto, a una sombra, a una estadística.
Y así, el “Estado Plurinacional de Bolivia” creado por Evo para reflejar la naturaleza multiétnica del país y los derechos fortalecidos de los pueblos indígenas, se convierte en un mapa sin cuerpos. Un plano sin historia. Una geometría perfecta donde el dolor no tiene volumen, donde la esperanza no tiene dimensión.
Alejandro Lamaisón


