EL ORO SE FUE Y NADIE LO VIÓ PARTIR
Un camión blindado cargado con 1.500 lingotes de oro cruza la avenida Rivadavia. El sol rebota en el metal sellado del vehículo, como si quisiera penetrar algo invisible para los ojos del pueblo. Rumbo a Ezeiza. Rumbo al cielo. Rumbo a Londres, a Basilea. Rumbo a la nada.
La escena ocurre en junio de 2024. No hay anuncios. No hay conferencias. No hay firmas públicas. Solo el silencio. Un silencio que pesa más que el oro mismo.
El Banco Central, bajo la dirección de Santiago Bausili, ejecuta la maniobra. Luis Caputo la justifica con palabras que flotan como humo: “rendimiento y liquidez”. Javier Milei la avala con un gesto obseno. Nadie explica. Nadie responde. Nadie rinde cuentas. Sin debate público ni control legislativo, generando inquietud institucional y social en medio de una crisis económica y geopolítica creciente.

¿Cuánto se fue? Alrededor de 50 toneladas, equivalentes a US$5.350 millones o algo más, debido al alza del precio internacional. ¿Será el Banco de Pagos Internacionales en Suiza y el Banco de Inglaterra quienes reciban el cargamento? El oro argentino, antes inembargable, ahora reposa en bóvedas extranjeras. ¿Bajo qué condiciones? Nadie lo sabe.
Y EL ORO ¿DONDE ESTÁ?
El oro sigue siendo parte del balance del BCRA y su valor ha crecido, pero su localización física y los motivos del traslado siguen envueltos en secretismo, esto sumado a una estimación técnica imprecisa de las toneladas retiradas, dado que la conversión se hace a partir del valor de mercado del oro, por lo que es un cálculo aproximado.
La falta de información ha generado preocupación en sectores políticos, sociales y sindicales, mientras que legisladores y organizaciones como La Bancaria han solicitado acceso a la información pública, pero el gobierno ha extendido los plazos para responder ad infinitum y aún hoy se niega a dar explicaciones claras.

Pese a que desde todas las instituciones se advierte sobre el riesgo de embargo, algunos analistas sospechan que el traslado podría estar vinculado a estrategias para respaldar la ayuda financiera del tesoro de EEUU y el consiguiente apoyo del JP Morgan a Milei.
Sin embargo, la simultaneidad de los hechos y la falta de transparencia han despertado sospechas y especulaciones de todo tipo.
LA TRANSPARENCIA COMO FICCIÓN
La Constitución exige control legislativo sobre los activos del Estado. La Carta Orgánica del BCRA permite mover reservas, pero no obliga a informar. El resultado: un vacío institucional. Un hueco por donde se escapa la soberanía.
Sergio Palazzo, desde La Bancaria, exige explicaciones. José Mayans, desde el Senado, pregunta: “¿Dónde está el oro del país?”. Las respuestas no llegan. El BCRA alega “riesgo para la seguridad de los activos”. La seguridad, en este caso, parece ser la del secreto.
La historia advierte: Venezuela, Libia, otros países que entregaron sus reservas estratégicas al extranjero, luego no las recuperaron. ¿Puede pasarle lo mismo a Argentina?
Nadie lo sabe con seguridad, pero la única certeza es que el oro se fue y con él, una parte de la confianza. Una parte del futuro. Una parte del país.
El Congreso debe actuar. La sociedad debe preguntar. El pueblo debe saber, porque el oro que se va, rara vez vuelve. Y el silencio que lo acompaña, suele ser el preludio de algo más oscuro.

No hay comunicado oficial, no hay destino trazado. Solo el silencio de los metales cuando cruzan fronteras invisibles.
50 toneladas. Eso dicen. Eso murmuran los pasillos del Banco Central, los despachos donde el aire pesa más que las palabras. Caputo no lo niega. Milei no lo explica. ¿Está en Londres? ¿En Basilea? ¿En bóvedas que no tienen nombre, solo códigos? ¿Lo movieron para evitar embargos? ¿Para cubrir apuestas en el casino global de la deuda?
Las preguntas resuenan como un eco que rebota en las paredes de la democracia, en los sindicatos que preguntan, en los legisladores que exigen, en los ciudadanos que intuyen que algo se quebró.
No es solo oro. Es memoria. Es soberanía. Es el peso simbólico de lo que alguna vez fue respaldo, fondo, reserva, futuro.
Ahora es ausencia. Un hueco dorado en el balance del alma nacional.
Y mientras tanto, el precio sube. El oro vale más. Pero no está acá. Está allá. Donde sea que eso signifique.
LA PROFESÍA DEL ORO AUTOCUMPLIDA
El oro se fue y el swap de los Estados Unidos por USD 20.000 millones ya fue activado parcialmente. En octubre de 2025, el Tesoro estadounidense confirmó que se concretó una operación por USD 2.500 millones, dentro del marco del acuerdo total de 20.000 millones. El acuerdo está vigente, pero hasta ahora solo se ha utilizado una fracción del total disponible. El resto de los fondos (17.500 millones) permanece como respaldo potencial. ¿Fue ofrenda? ¿Fue parte del precio por entrar al juego global? Lo que no se dice pesa más que el oro mismo.
Por otra parte, la profecía del peligro de embargo comienza a cumplirse. La jueza Loretta Preska, en Nueva York, ordena a la Argentina entregar información sobre esas reservas. El pedido proviene del fondo buitre Burford, que reclama 16.000 millones de dólares por la expropiación de YPF. El oro, ahora en jurisdicción extranjera, se convierte en blanco de embargo.

No es la primera amenaza. En octubre, Bainbridge Fund -radicado en Bahamas, con un reclamo de 95,8 millones desde el default de 2001- también intentó capturar los lingotes. El oro argentino ahora tiene una nueva cotización, convertida en prenda, en garantía, en botín.
La memoria del embargo no es baladí, dado que la historia argentina conoce estos fantasmas: La Fragata Libertad retenida en Ghana, símbolo de un país atrapado por sus deudas. Hoy, el oro en Londres repite la escena: bienes nacionales expuestos, vulnerables, listos para ser capturados por acreedores internacionales.
Los especialistas lo advirtieron. Los opositores lo denunciaron. El gobierno lo negó. Y ahora, la advertencia suena como profecía autocumplida.
Para Librepensante, siempre hay un murmullo de conspiración. Aquí también: Londres, Nueva York, Buenos Aires. Tres ciudades conectadas por vuelos de caudales, por órdenes judiciales, por pantallas que transmiten indignación en tiempo real. El oro se convierte en un objeto paranoico. No es solo metal: es relato, es símbolo, es la metáfora de un país que empeña sus joyas en la timba financiera.
El oro que se va no es solo un metal precioso. Es soberanía que se fuga. Es memoria que se expone. Es la repetición de una historia donde la riqueza nacional se convierte en rehén de tribunales extranjeros.
La pregunta no es solo “¿dónde está el oro?”, sino “dónde está nuestra voz y nuestra dignidad”. Porque el oro puede estar en Londres o en Basilea, pero la soberanía solo existe si permanece en nosotros. El oro que se entrega rara vez vuelve, pero la soberanía que se negocia nunca regresa.
Alejandro Lamaisón



