Si la victoria de Rodrigo Paz en las presidenciales fue un terremoto político, los resultados de las elecciones subnacionales —celebradas apenas unas semanas después— dejaron una réplica igual de reveladora: los candidatos que llevaban el respaldo del líder de VIDA, Edman Lara, sufrieron una derrota estrepitosa. No solo perdieron las gobernaciones clave que esperaban recuperar, sino que en muchos municipios ni siquiera lograron ser competitivos. ¿Cómo se explica que el partido que ganó la Presidencia no haya podido trasladar ese triunfo a los gobiernos departamentales y locales?

Para entender esta paradoja, conviene comparar dos fenómenos que suelen confundirse: el voto presidencial y el voto subnacional. Aunque comparten la misma papeleta en algunos sistemas, los electores aplican lógicas distintas. Mientras que en la elección de presidente pesan factores nacionales como el modelo económico, el liderazgo personal o el hartazgo acumulado, en las gobernaciones y alcaldías priman la gestión local, las alianzas territoriales y, sobre todo, el nombre propio del candidato.
Edman Lara, exalcalde de Cochabamba y líder de la alianza que llevó a Paz al poder, aspiraba a que su estructura partidaria se convirtiera en el nuevo eje del poder regional. Pero los resultados muestran que el “arrastre” no funcionó en sentido inverso. Mientras Paz cosechaba más del 30% en la presidencial, los candidatos de VIDA apenas alcanzaron un 12% promedio en las gobernaciones. La diferencia sugiere que muchos votantes optaron por Paz para presidente, pero no confiaron en las opciones locales de su mismo sello.
¿A qué se debió este divorcio? Los analistas señalan al menos tres factores.
1. La debilidad de las estructuras territoriales.
Comunidad Ciudadana nació como un vehículo electoral para la candidatura presidencial de Paz, pero no tenía la capilaridad de los partidos tradicionales. En las subnacionales, donde el contacto directo con barrios y provincias es determinante, VIDA carecía de líderes locales consolidados. Sus candidatos fueron percibidos, en muchos casos, como “improvisados” o “prestados” por el aparato nacional, sin arraigo propio.
2. El efecto “luna de miel” que no alcanzó.
La victoria de Paz generó una euforia inicial, pero las subnacionales se realizaron bajo una lógica distinta: los electores evaluaron a los candidatos de VIDA con el mismo rasero de exigencia que usaron para castigar al MAS. En ese examen, muchos no pasaron la prueba. En departamentos como Santa Cruz o Beni, donde la expectativa era que la oposición se unificara, la dispersión de candidatos afines a Lara facilitó el triunfo de otros frentes.
3. Conflictos internos y falta de una narrativa local.
Durante la campaña subnacional, VIDA se vio envuelto en disputas por candidaturas que evidenciaron fracturas internas. En lugar de presentarse como una alternativa ordenada, ofreció la imagen de un partido que priorizaba cuotas antes que perfiles técnicos o representativos. Mientras Rodrigo Paz construía su discurso nacional en torno a la “renovación”, sus candidatos locales repetían consignas genéricas sin conectar con las problemáticas específicas de cada región.
Un punto comparativo interesante es el que surge con otros movimientos que vivieron procesos similares. En el pasado, tanto el MAS en sus inicios como otras fuerzas emergentes lograron traducir un triunfo presidencial en victorias subnacionales cuando invirtieron tiempo en construir liderazgos territoriales antes de la elección. VIDA, en cambio, concentró todos sus recursos en la campaña de Paz y dejó para último momento la definición de sus candidatos locales. La estrategia fue exitosa para la Presidencia, pero suicida para las regiones.
La derrota de los candidatos de Edman Lara no es solo una anécdota electoral. Plantea un desafío profundo para el nuevo gobierno: ¿podrá gobernar sin tener gobernadores ni alcaldes propios? La relación entre el Ejecutivo nacional y las regiones será necesariamente de negociación constante, con un Congreso donde VIDA tampoco alcanzó mayoría. El escenario exige diálogo, pero también revela la fragilidad de una fuerza política que, por ahora, existe más como fenómeno presidencial que como movimiento de alcance local.
En definitiva, lo que parecía un “efecto dominó” terminó siendo un espejismo. Los votantes bolivianos demostraron una vez más que distinguen entre un proyecto nacional y los rostros que gobiernan sus departamentos. Y Edman Lara, que apostó a convertirse en el gran articulador regional, terminó siendo el principal derrotado de una jornada que, para su espacio político, dejó una lección clara: ganar la Presidencia es solo el primer paso; consolidar el poder territorial requiere mucho más que el arrastre de un candidato exitoso.


