Aproximadamente el 55,65 por ciento de los argentinos tienen los ojos de un color diferente. Sus pupilas e iris son neblinosos, blanquecinos, nublados por una interfaz que funciona a través de dispositivos digitales y pantallas mediáticas.
No es que estén desconectados del mundo real, sino que, por el contrario, han estado demasiado tiempo conectados a otra realidad: pantallas de celular, monitores de computadoras, Tik Tok, Instagram y -los más entrados en años- a la inefable pantalla de televisión.
Esta desconexión del mundo real durante tantas horas de su vida es una señal que indica que las personas han dejado de percibir su entorno físico y lo han reemplazado por imágenes, una realidad virtual que revisa archivos de memoria y los proyecta directamente en sus retinas.

Ojos blancos, ojos conectados a otra realidad
En esta desconexión de la realidad, las personas simulan el acto de pensar, de recordar, de desear sin ser codificadas, pero en la vida real son pensadas por el algoritmo que impone el poder y sus multimedios.
Cabe recordar que en el universo de la comunicación los cuerpos no pesan. No sangran. No envejecen. Son datos. Y los datos no sufren. Todo es aceptable, llevadero, por ese motivo es adictivo y deseable.
Argentina está siendo desmantelada como nación independiente y ese porcentaje de argentinos (la mayoría) ni siquiera lo notan, siempre conectados, siempre con los ojos neblinosos.
Como en Black Mirror, en la Argentina contemporánea, el poder no se ejerce únicamente desde los despachos oficiales. El poder es un algoritmo que decide qué vemos, qué pensamos, qué deseamos. La soberanía se pierde no solo en tratados internacionales o en negociaciones financieras, sino en la colonización invisible de la mirada.
Los ojos nublados son la metáfora de una nación que ya no se reconoce a sí misma. La pantalla sustituye al territorio. El “feed” sustituye a la memoria y la anomia colectiva es el resultado de esta sustitución: un pueblo que ya no distingue entre lo real y lo virtual, entre lo propio y lo ajeno.
La indiferencia se ha vuelto la forma más pura de nuestra convivencia: un país que mira sin ver, que escucha sin oír, que deja caer lo conquistado como si fueran papeles viejos en una vereda cubierta de lodo.
OJOS QUE SIMULAN VER
La Argentina se desliza hacia la anomia social con los ojos nublados por pantallas y algoritmos. Más de la mitad de la población vive desconectada del mundo físico, atrapada en imágenes que sustituyen la realidad. En ese simulacro, los derechos laborales y sociales se extinguen como un goteo lento, la soberanía se convierte en palabra hueca y la justicia en titulares olvidados.
El desmantelamiento del programa de Cardiopatías Congénitas es el símbolo más brutal: cada año 7.000 bebés nacen con malformaciones cardíacas y ahora la línea que separaba la vida del silencio se ha borrado. Los corazones se apagan mientras la sociedad permanece anestesiada, mirando pantallas.

La economía se desangra: una empresa cierra cada hora, 394 personas pierden su trabajo cada día, 20 mil fábricas apagadas desde la asunción de Milei. El país se convierte en un espacio de máquinas detenidas, pasillos desiertos, ciudades que se transforman en esqueletos industriales.
La tierra, extranjerizada, se vende en parcelas invisibles mientras los incendios devoran bosques y humedales. El presupuesto para combatir el fuego se reduce en un 70 por ciento, como si la decisión fuera parte de un guion escrito por algoritmos que no conocen el olor del humo ni el grito de los animales que huyen.
Todo es black mirror (espejos negros), apenas el reflejo de nuestra imagen en las pantallas apagadas que sólo cobran vida al encenderlas, cuando nuestros ojos vuelven a tener ese color lechoso, ese universo donde todo es ruido blanco: titulares, cifras, imágenes que se deslizan y la sociedad, atrapada en la indiferencia, camina entre fragmentos de lo que alguna vez fue soberanía, justicia y trabajo.
La anomia se materializa aquí, en la pérdida de autoridad sobre la vida misma. Los bebés no son datos, no son estadísticas, pero el poder los convierte en cifras que se desvanecen. La sociedad, atrapada en interfaces digitales, apenas percibe el alcance del despojo.
Y así, mientras el programa se extingue, los corazones se apagan y mientras la mayoría de los argentinos, con los ojos nublados, siguen desplazando imágenes en silencio, ya no existe tierra, ni trabajo, ni hijos: solo un reflejo vacío, un simulacro, un país consumido en silencio por el fuego y la indiferencia.
Alejandro Lamaisón



