HEGEMONÍA CULTURAL: DEL CONSENSO AL SOMETIMIENTO
Si pudiéramos por un momento desertar de nuestras convicciones, de esa hegemonía binaria por la que una clase dominante mantiene su poder no solo mediante la fuerza o el control económico, sino también a través del consenso cultural, ideológico y moral de la sociedad.
Si pudiéramos por un momento, no ser ni peronistas, ni radicales, ni socialistas, ni liberales ni anarquistas, sino sólo los habitantes de un país con nombre de brillo de luna cuya transparencia a veces, nos envuelve el alma, como bandera que acaricia el viento.
Si pudiéramos hacerlo, entonces seguro nos preguntaríamos:
¿Por qué los argentinos estamos permitiendo que nos devasten nuestro territorio, la casa del alma, la patria, la gran nación que supieron defender quienes nos precedieron?

La hegemonía que intentan sostener el nuevo capitalismo ultraliberal ha eliminado la épica de nuestros héroes como se eliminan los billetes viejos de 20 pesos.
¿Por qué las fechas patrias resuenan como discursos vacíos, contradiciéndose en su evocación hasta transformarse en un sainete indecoroso, una paradoja grotesca entre un pasado heroico y un presente medroso, tímido y cobarde?
¿Cómo es que llegamos a entregarnos como vacas que van al matadero a un gobierno pusilánime, fuerte con los débiles y débil con los “fuertes”, un gobierno que, ayudado por los medios de comunicación y la codicia de los integrantes de los tres poderes del estado hacen pasar el interés de unos pocos por el interés general?
Primero entregamos la soberanía de nuestros ríos, luego la de nuestras riquezas mineras, luego nuestras mejores tierras del sur a extranjeros, luego la administración de nuestra economía a JP Morgan, luego nuestro status de país independiente y ahora nuestros derechos sociales y laborales.
¿Obligados o presionados por la amenaza de una guerra, con buques nucleares rondando nuestras costas? No.
En las urnas y con toda la libertad del mundo para elegir.
¿Qué nos pasó?
HEGEMONÍA POLÍTICA: LA REFORMA COMO ENGAÑO
En la Argentina de hoy, la hegemonía no se anuncia con cadenas visibles. Se disfraza de modernización, de eficiencia, de reformas que prometen progreso.
La llamada reforma laboral es el ejemplo más claro: se nos dice que beneficia al trabajador, que flexibiliza para abrir oportunidades, que dinamiza la economía. Pero detrás de esa retórica, lo que se consolida es el poder del empleador, la ventaja del patrón, la fragilidad del pueblo trabajador.
Gramsci lo advirtió: la hegemonía es la capacidad de transformar intereses particulares en sentido común.
Evita lo hizo más simple. Dijo: “triste el peón que por oler a bosta se cree el dueño de las vacas”.

El concepto de hegemonía, intelectualizado en el mundo de las ideas por Gramsci y sintetizado en la realidad por Evita.
Y es aquí precisamente donde nace el sentido común, ese que se fabrica con titulares y discursos que repiten la palabra “beneficio” hasta que se vuelve mantra. Sin embargo, el resultado es otro: la precarización, la pérdida de derechos, la subordinación del trabajador a la lógica del capital.
La reforma laboral no distingue colores partidarios. Peronistas, radicales, socialistas, liberales: todos los que trabajan, todos los que dependen de un salario, se ven alcanzados por la misma fragilidad.
La hegemonía busca dividirnos, hacernos creer que nuestras diferencias políticas son más grandes que nuestra condición común. Pero la verdad es que, frente a la entrega del país, frente a la transformación en colonia económica y cultural, la unidad se vuelve imprescindible.
La batalla cultural es también política. Resistir la hegemonía implica disputar símbolos, inventar narrativas, abrir grietas en el discurso dominante. La reforma laboral es un dispositivo de hegemonía: nos hace creer que somos beneficiados cuando en realidad somos despojados. La cultura, entonces, debe ser resistencia: escribir, cantar, filmar, votar.
La patria no puede resignarse a ser administrada por potencias extranjeras ni por corporaciones que dictan la gramática del poder. La Argentina es más que un mercado: es memoria, es calle, es pueblo. Y ese pueblo, más allá de sus diferencias, debe reconocerse en lo esencial: todos somos argentinos.
Esta humilde columna intenta entonces, convertirse en llamado. No a la unanimidad ideológica, sino a la conciencia nacional. Porque salvar al país es salvarnos a nosotros mismos. Y porque la hegemonía, como ruido blanco, solo se interrumpe con un canto colectivo.
Alejandro Lamaisón



