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La movilización de las cacerolas y la suma de todos los miedos
Por Fuente: Economía - La Capital - Sunday, Sep. 16, 2012 at 11:12 PM

Domingo, 16 de septiembre de 2012 | El miedo es una herramienta poderosa. Lo sabía el viejo Hobbes, que teorizó sobre él en su obra fundacional de la ciencia política. Lo supieron líderes democráticos, dictaduras, religiones, instituciones y revoluciones. ¿Cuánto influyó a la masividad de los cacerolazos del jueves la invitación de Cristina a tenerle miedo? Algo, probablemente. Por su propia voluntad y por la resignificación con la que se viralizó esa frase con la cual la jefa de Estado jugó a arrebatarle un poquitito de protagonismo a Dios, si es que existe.

¿A qué teme la gente (concepto inasible del análisis político contemporáneo en Argentina) que respondió al llamado de "las redes" y salió con la cacerola a enfrentar la amenaza que le quita el sueño? Porque donde hay miedo hay una amenaza, real o imaginaria, justa o desproporcionada.

Es difícil saberlo. La consigna del cacerolazo, replicada en la comunidad virtual, pergeñada acaso en gabinetes menos abiertos pero acogida en la voluntad de cada uno de los que participó, era múltiple, amplia y difusa. Pero era bastante precisa en su destinataria: la presidenta, la única figura que en la política actual parece tener el peso suficiente como para ser interpelada.

¿Temen la chavización, la persecución de la Afip, el final del dólar barato, de los autos importados, la universalización de la cadena nacional, los billetes con la cara de Evita, la dictadura K, la posibilidad de discutir la re-reelección? ¿Le temen a la asignación universal? ¿O le temen a la inseguridad, la inflación, la pérdida de ahorros? ¿O al castigo casi divino de una representación política que imparte justicia desde una ética particular, tan hedonista para sí como espartana para los otros, en un año que fue de ajuste para todos los niveles? ¿O le temen simplemente a la sistematización de cierto verdugueo desproporcionado, pretendido como gracia o cualidad, por un sector político al que, como a todos, también se le ven los hilos?

El gran miedo. Quizás los cacerolazos teman a todo. Quizás todos teman a algo. Y quizás no todos teman a lo mismo. La manifestación que finalmente alumbró el jueves, luego de recurrentes intentos desde la 125, parece reunir la suma de todos los miedos. ¿De todos los miedos de todos? Parece exagerado. más bien parece reunir la angustia de un determinado sector, definido económicamente a partir del umbral de ingresos medios, definido cultural y políticamente como "la gente". Una mezcolanza y también una realidad, de la que las autoridades, como dijo un lúcido intelectual kirchnerista, "debería tomar nota".

Indudablemente, no todos los miedos pueden ser inoculados. Algunos requieren urgente consideración y reconsideración. La inseguridad, etiqueta mediática de un problema complejo pero grave y creciente, provoca una angustia que no merece ser respondida con descalificaciones. La pérdida de capacidad de ahorro merece mejor respuesta por parte de un gobierno ineficaz para conducir la inflación que las diatribas pseudoideológicas o las burlas del Indec.

La opción entre Venezuela y España (por mencionar al Primer Mundo) es tan esotérica como sus fogoneros. Los miedos por la ausencia del dólar, las importaciones o la inclinación política de la presidenta son más difíciles de resolver. Anidan en demandas que, de ser aceptadas en absoluto, subsumirían absolutos institucionales, como la avalancha de votos que reeligió a la presidenta hace pocos meses, y colisionarían con estrategias destinadas a alejar otros miedos, fundacionales de la política y económica pos 2001: el miedo al desempleo, la destrucción del tejido productivo, la recesión, el endeudamiento y la crisis.

Esos temores específicos, sin filtro ni límite, terminan interpelando al final del camino al conjunto de políticas económicas que adoban la tímida muralla construida contra el regreso de 2001. Analizados en sintonía fina, denuncian también las peligrosas inconsistencias entre la tragedia y la farsa.

Proteger el mercado interno en medio de una guerra comercial global es un arma de manual destinada a blindar de males mayores incluso a los que protestan. Arriesgar puestos de trabajo o la salud de las personas por un funcionario que decidió convertir a su dedo arbitrario en el nuevo Iapiz, es fuente de razonable fastidio o temor. Pesificar la economía implica un cambio cultural con beneficios a largo plazo. Escenificar la pesificación de millonarios plazos fijos o instar en primera persona del plural a que la segunda persona del plural veranee en el país, es una burla.

Relato y escudo. Aceptado sin mediaciones, el miedo al cepo cambiario va en choque contra el miedo a volver a los 90. Ese miedo es, o lo fue hasta ahora, parte constitutiva del modelo y del relato de la posconvertibilidad.

Un relato poderoso y eficiente durante un tiempo para neutralizar las críticas menos discutibles al modelo: la arbitrariedad, el doble discurso, el maltrato como praxis política, el centralismo, la soberbia y la extraña disociación entre el elogio protestante a la propia acumulación y la católica prescripción de pobreza ajena.

El temor a hipotecar el todo por criticar la parte concedió un bill de indemnidad a las partes. Se confundió el apoyo a la política económica con el festejo de las mentiras del Indec, la recuperación de empresas del Estado con la cobertura judicial del vicepresidente, la fidelidad sin cortapisas del vicepresidente con la celebración de los advenedizos, el combate al capital con raros negocios en las cadenas de valor y la lucha contra los oligopolios mediáticos con la semilla de nuevos imperios comunicacionales.

Cuántas de estas y otras cuitas hay sumadas, entremezcladas y acaso confundidas entre mentes apasionadas por "compartir" el pavor ideológico de algún show televisivo, es difícil saberlo. En todo caso, parece más conveniente averiguarlo que impugnarlo con el típico tic clasemediático de impugnar radicalmente a su propia sombra.

Un cacerolazo no hace verano pero, a pocos meses de uno de los más rotundos éxitos electorales de la historia del país y en medio de políticas firmes para navegar en una tormenta global, el lado oscuro del gobierno facilita la tarea de la "inteligencia opositora" que, en sustitución de una oposición política legitimada, trabaja para canalizar cada conflicto en un mismo río de protesta.

Esa inteligencia apostó fuerte en 2012 a repetir en el terreno de los conflictos sectoriales y territoriales, la fórmula que le permitió cantar éxito en las elecciones provinciales. En tiempos de cacerolazos, guerritas rurales en provincias, pleitos federales, demandas salariales insatisfechas y reclamos de entidades empresariales, hubo una fuerte inversión política para convertir cada conflicto en un proto 2008-2009. El cacerolazo del jueves le anotó un poroto.

Pero una movilización parecida acabó hace meses con la idea de poner a un amigo de Amado Boudou en la Procuración General de la Nación. Y en medio año, el gobierno enfrentó también marchas de organizaciones de trabajadores y reprimió protestas sociales. El eslabonamiento de estos conflictos no pulveriza el relato pero lo averían como coartada. El "Clarín miente" pierde eficacia como la pica que salva a todos.

Ninguna medida oficial va a conformar a todos y está bien que así sea. Está bien, incluso, que alguno tenga algo de miedo. Pero el cacerolazo no se explica sólo por un enemigo amasado a medida. Parece lejos, y ojalá lo sea, de los sueños delirantes de un 2001 o un 2008. Parece cerca de jubilar algún vicio discursivo en el relato de la posconvertibilidad.

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