Palestina y Sáhara: la misma cadena, dos eslabones.
Hay una crisis que ocupa portadas, minutos de telediario, ruedas de prensa. Y hay otra que lleva medio siglo sepultada bajo el silencio cómplice de quienes deberían repararla. Un pueblo desterrado en el desierto, condenado a existir en los márgenes de la agenda internacional mientras su tierra es saqueada por quien la ocupa con la bendición de Occidente.
Cada verano, cuando el calor en la hamada argelina se vuelve insoportable, niñas y niños saharauis cruzan el Mediterráneo para respirar, para curarse de lo que en los campamentos de Tinduf no tiene cura posible. Es la única tregua que les regala un mundo que, el resto del año, mira hacia otro lado. Ese gesto —tan pequeño, tan insuficiente— es también la medida exacta de nuestra vergüenza: seguimos tratando como caridad...











