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Utopías del equilibrio
Por (reenvio) Guiomar Castaños - Sunday, Feb. 24, 2013 at 5:08 PM

Apuntes sobre pensamiento libertario, ecología y producción

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Determinadas corrientes y planteamientos libertarios «clásicos» han sido bastante poco conocidos. Entre esos están los que podríamos calificar de algún modo de protoecologistas: cuestionamientos del modelo de ciudad, la organización energética y productiva... Por otra parte, cuando se habla de experiencias como la autogestión de la Barcelona revolucionaria, se suele hacer hincapié en los aspectos económicos más productivos, y otros factores siempre han quedado más en la sombra. Estos apuntes son un intento de rescatar aspectos que pueden resultar aclaradores no sólo de las teorías de pensadores, sino del movimiento que las hacía de algún modo suyas, en contextos que aportaban en sí otras formas de vida.

La ciudad será un punto central. Muchos análisis urbanos de los que beberá el anarquismo de finales del XIX están ya atravesados por la necesidad de realizar una crítica radical a la gran ciudad masificada, en constante expansión incontrolada y de insalubres condiciones de vida generada por el proceso industrializador.

Son continuadores de una línea clara de pensamiento que reflexiona sobre la necesidad de que la ciudad cambie radicalmente de planteamiento. No tenían tan clara conciencia como la tenemos ahora sobre el agotamiento de los recursos naturales o sobre la desaparición de la biodiversidad, pero sí una idea implícita sobre los límites de la naturaleza que no era conveniente traspasar, de los riesgos de una explotación ilimitada respecto a algunos recursos o a la deforestación, erosión del suelo, cambios locales en el clima...

La idea de la ciudad jardín preconizada por Ebenezer Howard se convertirá en una pieza clave en el planteamiento de un nuevo sistema productivo marcado no sólo por el equilibrio ecológico, sino por otra forma de concebir los procesos productivos y la convivencia humana. Kropotkin y Reclus fueron reconocidos inspiradores de estas utopías urbanas, especialmente el primero, a través de su apuesta por la descentralización energética y la producción alimentaria de proximidad. Podríamos considerar a Patrick Geddes, biólogo escocés, el verdadero introductor del término «orgánico», que hace referencia a la necesaria autosustentabilidad de la ciudad, que debería ser pensada como organismo, y por tanto nunca puede crecer ilimitadamente. Patrick Geddes fue el maestro y principal influencia en este tema de Lewis Mumford, quién, además de muchos otros análisis fundamentales, planteó la necesaria planificación ecológica de toda la región natural [1].

Respecto al contexto de las grandes ciudades en la Península Ibérica en ese período, en Barcelona se dio un debate profundo sobre esas cuestiones. Cebrià de Montoliu fue un impulsor de la ciudad jardín, e intentó (sin éxito, principalmente por los límites de la especulación urbana) reproducir en Barcelona las experiencias de Geddes y Reclus [2]. Hay que tener en cuenta que esos planteamientos se unen a otros de tipo más popular como la oposición a la agregación de los pueblos limítrofes a Barcelona en 1897, y a otros planteamientos urbanos más directamente ligados al movimiento libertario como los de Alfonso Martínez Rizo, arquitecto que cuestionó por ejemplo la cuadrícula urbana, el barraquismo, e hizo análisis muy interesantes sobre la ciudad y sus necesarios límites, señalando que la ciudad jardín era sólo posible a través de una revolución libertaria [3] También en la órbita libertaria se movía Albert Carsí, hidrogeólogo que planteó, en la senda de Reclus, la necesidad de una nueva cultura del agua [4].

Municipio libre

El problema de la superpoblación y el paro en las ciudades no se puede separar del de la inmigración masiva de habitantes de zonas rurales a grandes ciudades industrializadas, ni de la cuestión agraria con la problemática asociada a las reformas de la época. Es en este contexto en el que cobrará cada vez más fuerza el planteamiento del municipio libre [5] (teorizado por Alaiz [6] o Isaac Puente), la confederación de municipios autónomos que funcionen de forma comunal, gestionados en asamblea.

El municipio libre añade un planteamiento enormemente interesante desde un punto de vista contemporáneo: sitúa la decisión última sobre las infraestructuras (caminos, molinos, fábricas) en la asamblea de habitantes del pueblo, dejando a los técnicos un papel de asesoramiento a la asamblea y realización de los planeamientos, pero sometidos a la decisión de las asambleas de municipios afectados. Estos planteamientos están inmersos en esa filosofía de equilibrio entre la actividad humana y la naturaleza; aunque pueda parecer anecdótico, merece la pena reseñar, por su carácter simbólico, el ejemplo de decisión colectiva sobre el trazado de un nuevo camino que imagina Alaiz [7] hablando de las colectividades campesinas: a raíz de la queja acerca del derribo de una encina, la asamblea decide modificar el trazado de un camino, tomándolo como símbolo del cese de la deforestación en la nueva sensibilidad social.

Neomalthusianismo

Otro aspecto que se revelaba ya clave para quienes tuvieron una observación crítica sobre el agotamiento de los recursos a inicios del XX es el debate sobre los límites de la población y los recursos naturales, que fue, a partir de Malthus, largo y tendido. La oposición a las teorías malthusianas de la necesidad de guerras y enfermedades para equilibrar la población, tachándolas de servir a los intereses de la burguesía, fue unánime, pero aunque muchos teóricos anarquistas no se preocuparan de los límites poblacionales considerando básicamente que el problema era el reparto de los recursos, otros sí lo hicieron: el neomalthusianismo planteaba una limitación consciente, mediante el uso de anticonceptivos, de los nacimientos, negándose a los propósitos natalistas de la burguesía que pretendía una expansión poblacional y a los intereses bélicos que exigían que los pobres fueran carne de cañón, literalmente. Evidentemente, fueron combatidos por la Iglesia.

Además del análisis del riesgo de agotamiento de los recursos naturales, uno de sus aspectos más reseñables es el discurso radical acerca de la libertad de las mujeres para decidir acerca de su propia maternidad, señalando en muy temprana época que la información y el libre acceso a los anticonceptivos [8] eran indispensables para la libertad de las mujeres, además de ser una exigencia para la transformación social profunda social del amor libre [9].

Respecto a la acogida de estas ideas por las mujeres, hay que pensar que el papel de las obreras era más importante del que creemos (y, como tuvieron en cuenta no sólo las mujeres que luchaban por emanciparse, sino todos los que apoyaban esta perspectiva neomalthusianista, sin libertad para las mujeres no sólo no habría justicia social, tampoco se podía lograr una sociedad equilibrada sin riesgo de superpoblación y con hijos bien atendidos). Si la presencia femenina en sindicatos y ateneos fue baja no es por desinterés, sino por otras limitaciones relacionadas con el patriarcado. Si queremos encontrar claves para superar los límites impuestos hoy en día por el contexto posibilista en que se mueve el feminismo institucional, además de tener en cuenta estas experiencias de liberación femenina, conviene recordar que las mujeres obreras trabajaban asalariadamente (en peores condiciones que los hombres) desde los inicios de la industrialización, y formaban parte de las luchas obreras también desde sus inicios.

Y antes de esa industrialización también las mujeres compatibilizaban el trabajo productivo con el reproductivo y el de cuidado (el ideal de la mujer volcada únicamente en el cuidado de sus hijos nace en una época relativamente reciente e industrializada de la mano de la burguesía, aunque haya sido posteriormente aceptado, como tantos otros valores asociados a la industrialización). Ni los anticonceptivos ni el trabajo asalariado son «regalos» que nos haya hecho el capitalismo de consumo en la década de los 70, ni tiene sentido discutir la conveniencia o no de que las mujeres compaginen la maternidad con el trabajo productivo, porque prácticamente nunca ha sido de otra manera, si atendemos a la realidad de obreras y campesinas.

Volviendo al neomalthusianismo, en el estado español, Luis Bulffí fundó en 1905 la Liga Española Salud y Fuerza (Procreación Consciente y Limitada), que propagó estas teorías hasta volverlas mayoritarias en ateneos y federaciones obreras. En su revista escribieron personajes interesantísimos como Isaac Puente, médico que conectó el neomalthusianismo con el naturismo.

Sobre la cuestión productiva

«La nueva economía del mundo de iguales y libres ha de descongestionar las monstruosas aglomeraciones urbanas. Propiciemos ya en el mundo obrero la vuelta al punto perdido: la comuna libre, y desde esa base natural y nada artificiosa, sino verdadero cimiento de la biología social, hagamos por estructurar la nueva vida a base de un reparto proporcional de las fuerzas motrices y los instrumentos mecánicos realmente útiles, pasando a enlazar el desenvolvimiento agrícola de las comunas con sus derivados industriales precisos a sus necesidades locales, es decir, industrializar en lo estrictamente preciso los productos que requiera una vida simplificada en la cual las necesidades del espíritu tengan más espacio y tiempo para su cultivo [10].»

Todo esto nos llevaría a plantearnos la relación de los anarquistas con el progreso, la tecnología y la industrialización. Esta es una cuestión enormemente compleja, porque además es muy diversa en las diferentes corrientes anarquistas. Algunas posturas anarquistas rechazaban totalmente la industrialización (comunas naturistas a las que se alude en la ponencia del Congreso de Zaragoza, como las propugnadas por Federico Urales), otras no fundamentaban una crítica profunda a esto por centrarse en los problemas inmediatos. Sin embargo, en general, si consideramos que la discusión entre diversas concepciones económicas de la sociedad anarquista desembocaron en la ponencia sobre el comunismo libertario del Congreso de Zaragoza, se podría decir que el planteamiento de la descentralización productiva basada en la comuna que tiende al autobastecimiento, gestionada localmente de forma asamblearia e integrando la (en general pequeña) industria en un equilibrio ciudad-campo se generaliza.

Desde luego no podemos hablar de un rechazo ni siquiera una desconfianza generalizada hacia la técnica (sí fue así en algunos casos), pero tampoco de una esperanza ciega en la reapropiación del sistema productivo industrial tal y como era (y sigue siendo, aumentada su nocividad). De algún modo fluye de unos a otros (Kropotkin, Geddes, Reclus, incluso Mumford) una esperanza en una nueva técnica que acompañaría a la humanidad en un cambio de rumbo [11]. No se trata, en su caso, de discernir sobre lo positivo o negativo de tal o cual avance, sino de replantear completamente la dirección productiva, en una organización social en la que las necesidades a cubrir sean una decisión colectiva y descentralizada, y no una imposición.

Esto no significa una lectura única, por supuesto. Se dieron otras posturas claramente productivistas, como las de Abad de Santillán, por ejemplo.
A la vista de la situación actual, tal vez habría que señalar una excesiva confianza en la técnica, especialmente por parte de autores como Kropotkin, como se ha hecho [12], pero no sería justo dejar de ver que no escribían desde nuestra derrota, sino desde la perspectiva colectiva de quienes consideran posible una transformación revolucionaria de la economía y la producción al completo (una perspectiva difícil de considerar actualmente). Por tanto, no les movía el deseo de limitar la voracidad del capitalismo, como a buena parte de las propuestas ecologistas actuales.

Para los anarquistas de la época fue en general una constante la voluntad de elevar el nivel de vida de la población (partían de una situación en muchos casos de miseria), pero en lo que respecta a la satisfacción de las necesidades básicas, y no a la multiplicidad de falsas necesidades del capitalismo actual (la emergencia de las clases medias y el bienestar no se había dado en la sociedad peninsular de la época). Aun cuando sea imposible saber adónde hubiera llevado la organización descentralizada de la economía y la producción que planteaban, me parece imprescindible recuperar perspectivas que pueden ser todavía inspiradoras para enfrentarnos a situaciones actuales.

Por otra parte, me parece fundamental relacionar estas ideas con el contexto del movimiento obrero que podía acogerlas, de forma no tan limitada como podríamos pensar (por ejemplo, Reclus era uno de los autores más leídos entre los obreros). Ateneos y sindicatos, junto a redes sociales de apoyo mutuo y vida en común (vecindad, proximidad), que proporcionaban una perspectiva de emancipación y se convertían, en sí, en una forma de recuperar terreno en la lucha entre la ciudad burguesa y la ciudad popular [13]. Probablemente esa es una de las perspectivas más difíciles de recuperar hoy en día, desposeídos como estamos de la comunidad, pero es fundamental tenerla en cuenta, por limitadas que sean actualmente nuestras perspectivas en ese sentido.

Todo ese movimiento popular estaba atravesado por la insistencia en la cultura y el conocimiento, y no simplemente por la voluntad de conseguir mejoras. Habría que detenerse en este punto, porque nuestra visión actual de esos conceptos puede estar muy empañada por la recuperación del Estado y el poder. La cultura y el conocimiento al que se aspiraba no eran lo que desde hace décadas han convertido en mercancía, ni (aunque sea necesario cierto escepticismo ante la fascinación cientificista de algunos teóricos anarquistas) unos avances científicos al servicio de los intereses del poder, ni el desarrollo de la técnica como una sucesión de artículos de consumo.

Era (y es) otra cosa; tal vez aquello que permite complementar la comunidad y lo colectivo con una libertad de desarrollo personal y consecuencia con las personales elecciones en la vida. El conocimiento, en ese contexto, no se sitúa exactamente en la disyuntiva actual entre institución y comunidad [14] Más allá de cuáles fueran en concreto sus creencias en el conocimiento y en la esperanza de emancipación (en eso habrá que encontrar respuestas variadas, en lo personal y colectivo), es posible, pienso, encontrar en la entremezcla de referencias que animó a ese movimiento, entre lo comunitario proveniente de lo rural, las experiencias de lucha y espacios compartidos del mundo urbano y la emancipación del conocimiento y la cultura, inspiraciones para orientarse en el difícil presente.

De ese, a veces, caos armónico se desprende la idea de progreso (humano) que pusieron sobre el tablero, bien diferente del caramelo envenenado que nos venden (o hacen engullir) ahora.

Colectivizaciones en Barcelona, 1936

En los debates libertarios de los últimos años el obrerismo (normalmente ligado a sindicalismo) ha sido un tema en constante debate. Al plantear si la autogestión, obrera o colectiva, es viable hoy en día, ha surgido multitud de veces la objeción de que una sociedad como esta no puede ser autogestionada (algo evidente), suponiendo (en mayor o menor grado) que en la tan comentada revolución del 36 los anarquistas se limitaron, en general, a plantear la autogestión del sistema productivo tal y como era.

Desde luego, hacer un análisis global y pormenorizado de esta cuestión excede el propósito y las posibilidades de estas líneas. Sí me gustaría, no obstante, señalar algunos aspectos que considero merecedores de atención, porque ayudan a retomar perspectivas que considero fundamentales sobre la transformación radical de la sociedad. Para acercarse a valorar las posibilidades de los cambios radicales que planteaban, puede ser muy interesante leer la prensa anarquista de la época, especialmente la multitud de noticias y reportajes sobre colectivizaciones aparecidos en Solidaridad Obrera [15], así como el libro de Souchy y Folgare acerca de la revolución en Catalunya, que recoge reportajes, entrevistas y testimonios directos. Estas lecturas permiten acercarse a una realidad revolucionaria en parte diferente a la que se suele evocar (a veces la historia del anarquismo, la hecha desde el movimiento y, sobre todo, la hecha desde la academia, ha tendido demasiado a centrarse en los personajes más representativos, y en el caso del período 36-39, esto se vuelva aún más complicado). Muchas transformaciones no vinieron de análisis de líderes o teóricos, sino que se dieron en el contexto de las realizaciones prácticas.

En la maternidad se realizó un proceso de cambio total, de una institución represiva dedicada a maltratar a las madres solteras para que dejaran a sus hijos en adopción a familias ricas, a un espacio de apoyo en el que se apoyaba a mujeres solas en su maternidad, dándoles un espacio de apoyo y planteando unos valores sociales de libertad [16]. Experiencias como ésta se acompañaban de cambios sociales como el impulsado por la despenalización del aborto, con un discurso de liberación sexual femenina que sería radical aún hoy en día. Profundamente transformadores, en la época, eran también los planteamientos de cambio en los psiquiátricos, priorizando las necesidades emocionales de los pacientes [17]. Se proporcionó escuelas para todos los niños (el CENU), una escuela integral y antiautoritaria, cuya convivencia se gestionaba asambleariamente por los alumnos. Estos proyectos señalan una concepción de los servicios de atención a las personas diametralmente opuesta de la «gestión de recursos humanos» disfrazada de atención social «integradora» de hoy en día.

Otras transformaciones que se movían en el terreno de lo no directamente productivo tienen que ver con las fábricas y su control por sus propios trabajadores. Por ejemplo, la realización de bibliotecas en las fábricas (como la de cervezas Damm), espacios comunitarios como comedores autogestionados, salas de conferencias...

Es cierto que, en general, el hecho de que la Revolución fuese canalizada por los sindicatos supuso una órbita productiva y política diferente de lo que hubieran sido otras posibilidades [18]. Sin embargo, por lo que respecta a la visión que tenemos, hay que observar algunos aspectos respecto a la historia que habitualmente nos ha llegado acerca de esa revolución. Una, que se ha dado muchísimo peso a los líderes de la CNT, a menudo a los más productivistas (de la batalla política del mayo del 37 está claro que la CNT salió perdedora, como explica Miquel Amorós en La revolución traicionada). Otro aspecto es la desintegración general del anarcosindicalismo en tanto que movimiento amplio tras la larguísima dictadura y la conflictiva reconstrucción de la CNT en un contexto social radicalmente diferente, que ha hecho a menudo casi imposible continuar determinados debates, manteniendo a menudo una especie de imagen gloriosa y congelada que en realidad escondía muchas más diversidades y debates (algunos especialmente contemporáneos).

Sin embargo, también queda claro que la realidad de las fábricas, talleres, comercios y servicios no iba en esa línea de concentrarse únicamente en la guerra en la guerra. Por ejemplo, pese a la claudicación política de la CNT, las fábricas y servicios resistieron colectivizados hasta el final de la guerra. Pese a toda la censura de guerra (realmente feroz), leyendo cartas y opiniones de «militantes de a pie» en Solidaridad Obrera, por ejemplo, se revela evidente el descontento de los anarquistas ante la situación política. Y esos objetivos y propuestas de los trabajadores en sus propios espacios laborales han pasado bastante desapercibidos en la historia, pero se puede intuir en ellos algunas cosas que no dejan de tener su importancia: que los intentos de transformación profunda no fueron sólo cuestión de un programa previo ni de una teoría más o menos perfecta, sino que se basaban en una reapropiación real de algo que cada hombre y mujer vivía y sabía hacer, y que (dejando aparte la cuestión de si lo hubieran conseguido) no querían limitarse a volver un sistema técnicamente más eficiente, sino volverlo acorde con sus propias necesidades en todos los aspectos. Influía tal vez un contexto que no tiene que ver directamente con ninguna ideología obrera: las personas que compartían trabajo también compartían otros espacios, como se ha visto antes, y el ambiente laboral de esos años era bastante diverso de la mayoría de nuestras experiencias.

La cuestión de la autoorganización en las fábricas barcelonesas ha sido controvertida. Para el PSUC era egoísmo e improductividad, y parece evidente que para el sector dirigente de una CNT cada vez más claudicadora ante las exigencias de limitar un proceso revolucionario era imprescindible concentrar esfuerzos en interminables exhortaciones a trabajar y producir [19]. Este es un tema muy complejo en el que haría falta detenerse muchísimo más, cosa que aquí es imposible. Mi intención es sólo la de plantear que la realidad de esas fábricas (compleja y casi inabordable, entre otras cosas por falta de documentos fiables) no tenía por qué corresponderse, pese a que sin duda fue en muchos aspectos mejorable, a determinadas acusaciones que presentaban a los trabajadores como egoístas, incapaces de pensar más allá de sus necesidades inmediatas o de hacer aún la revolución [20]. Sucede también, por otra parte, que se ha tendido a responder a las críticas de la izquierda demócrata o autoritaria respecto a una supuesta ineficiencia productiva de las realizaciones anarquistas argumentando principalmente en el terreno de la cuantificación productivista.

Parece que la necesidad de tanta llamada a la producción «sin perder el tiempo» (en otras realizaciones revolucionarias, claro) podía deberse a una falta de identificación paulatina de muchos anarquistas con el la situación política y lo que ésta les exigía (hay que recordar que esas fábricas fueron colectivizadas sin que mediara una orden de la CNT para hacerlo). Por otra parte, evidentemente no se pueden obviar las necesidades de la guerra.

La cuestión de la desaparición de sectores productivos es una de las complejas, y ahí se enfrentan grandes retos (para los que hoy tenemos pocas soluciones) Por ejemplo, un delegado de industria afirma que, aunque no sea viable suprimir sectores industriales enteros, esos sectores irán desapareciendo poco a poco y sus trabajadores serán reabsorbidos [21]. Otra vía interesante la abrieron varios ayuntamientos, que acabaron con el paro en sus municipios proporcionando un salario a todo el mundo a cambio de trabajar en los campos comunales (la propiedad de la tierra fue gestionada por los municipios). Obviamente, se trataba de experiencias en una sociedad en transición, en otro caso conceptos como «paro» no tendrían sentido, pero el planteamiento de cambiar trabajo fabril por agrario, planteado a nivel municipal, no deja de tener su interés.

Concluyendo, el motivo de estos apuntes es el de rescatar aspectos y perspectivas de las teorías y prácticas libertarias que, a mi juicio, aún siguen siendo vigentes como planteamientos. Eso no significa, por supuesto, que tengan que convertirse en dogma ni ser una especie de guía revolucionaria fija (eso, hoy en día, sería entre otras cosas un brindis al sol). Pero no está de más rescatar aspectos que puedan seguir siendo inspiradores, además de que pueden arrojar luz a perspectivas que en otras ocasiones han quedado incompletas.

También, en un momento en que algunos asocian las ideas de «movimiento obrero» sólo a lo productivo, a la defensa del estado del bienestar y al desarrollo, es importante recordar que en otros tiempos y lugares han convivido en ellos perspectivas radicalmente cuestionadoras del sistema productivo contemporáneo. Y habrá que recordar, igualmente, que esas perspectivas se han dado en el contexto de movimientos amplios, en los que análisis de este tipo se contemporizaban con la satisfacción de las necesidades más acuciantes. Tal vez sea interesante leer estos análisis y experiencias no sólo en lo teórico, sino también desde la evidencia de que sólo desde movimientos amplios, de base libertaria, diversos y centrados en lo más cercano es posible llevar a la práctica resistencias y avances efectivos en los caminos que queramos tomar en colectivo.

notas:
[1] De este autor, han sido recientemente publicados por Pepitas de Calabaza El pentágono del poder y El mito de la máquina.
[2] Sobre Cebrià de Montoliu, es interesante consultar el capítulo II (pp 87-118) de La ecología humana en el anarquismo ibérico, de Eduard Masjuan, Icaria, 2000.
[3] Urbe, artículo de Martínez Rizo publicado en Estudios, nº145, 1935.
[4] Las aportaciones de Carsí han sido recordadas también por E. Masjuan en La ecología humana en el anarquismo ibérico, (p70-74), así como en Las ilusiones renovables (Los Amigos de Ludd), Muturreko Burutazioak, 2007 (pp 94-95).
[5] Un texto interesante al respecto, de Carles Sanz, se encuentra en http: //http://www.theyliewedie.org/ressources/biblio/es/Sanz_Carles_-_Municipalismo_una_alternativa_libertaria.html
[6] Hacia una federación de autonomías libertarias
[7] Alaiz, F, Hacia una federación de autonomías ibéricas, Madre Tierra, 1993. Hay que señalar que no es exactamente una utopía, ya que Alaiz hace un recuerdo narrativo de experiencias relativas a las colectivizaciones.
[8] Desarrollaron y distribuyeron diversos tipos de anticonceptivos. A excepción de la píldora, los métodos conocidos y utilizados en la época eran los mismos que ahora.
[9] Eran abolicionistas del matrimonio y defensores de la libre unión, no de por vida. No cuestionaban específicamente la monogamia, e insistían en la validez social de ser madre soltera.
[10] Tierra y Libertad, 18 julio 1931
[11] (Sólo en esta nueva era) «aplicaremos nuestras habilidades constructivas, nuestras energías vitales, en favor de la conservación pública en lugar de dedicarlos a la disipación privada de los recursos; y a la evolución y no a la destrucción de las vidas de los otros». Patrick Geddes, en Ciudades del mañana., El Serbal, 1996 (p 155).
[12] Las ilusiones renovables, (pp 73-74).
[13] Es interesante el análisis de esta cuestión que hace Chris Ealham en La lucha por Barcelona, Alianza Editorial, 2005.
[14] Por ejemplo, no es posible leer las experiencias de la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia o el CENU como si se dieran en un contexto actual, porque no suponían una elección entre la escuela y la familia como instituciones educativas.
[15] Es necesaria, desde luego, una lectura crítica, por la censura de guerra y la progresiva limitación de la libertad de debate en este periódico, ya que se cambió durante la revolución a su director por otro más afín a la línea de los dirigentes de CNT.
[16] Solidaridad Obrera, 13/02/1938
[17] Solidaridad Obrera, 13/09/1936
[18] Luis Andrés Edo lamentó la gneral falta de atención de la CNT a la creación de las necesarias asambleas municipales. La CNT en la encrucijada, Flor del Viento,2006 (p 395)
[19] Aparte del hecho evidente de que la necesidad de tanta llamada a la producción «sin perder el tiempo» revelaba que la realidad de esos productores no cumplía esas expectativas; si hubiera sido así, no hubiera sido necesario exhortar.
[20] «Hay que tener presente también que a veces se formularon acusaciones de neocapitalismo obrero a los trabajadores de las empresas (...) sólo por el hecho de que se resistían a perder la autonomía o independencia en la gestión de su empresa», Toni Castells, les col (p46). Castells menciona también «la desconfianza de los trabajadores hacia toda forma de organización de la vida económica que superase el ámbito de la unidad de producción (…) y hacia la organización estatal en general» (p55)
[21] A. Souchy y P. Folgare, Colectivizaciones, la obra constructiva de la revolución española, Fontamara, 1977 (p. 120).

revista Ekintza Zuzena nº 39 http://www.nodo50.org/ekintza

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