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CASI NUEVE MIL DENUNCIAS DE MUJERES GOLPEADAS EN LA PROVINCIA
Por Reenvia Natimufa ((i)) -
Monday, Jan. 30, 2006 at 10:12 PM
Artículo tomado de Pagina 12
Página/12 Web :: Buenos Aires, Argentina
Sociedad | Lunes, 30 de Enero de 2006
CASI NUEVE MIL DENUNCIAS DE MUJERES GOLPEADAS EN LA PROVINCIA
"Te pega y después te llora"
Durante 2005, las comisarías de la Mujer recibieron 8800 denuncias. En la
Capital se asistió a 3700 mujeres golpeadas. En territorio bonaerense
existen refugios que las albergan, con domicilios ocultos por orden de la
Justicia.
La vida de Ana tomó otro rumbo cuando se apartó de su marido violento y fue
apoyada por sus hijos.
Subnotas
"Llegué a intentar matarme"
Un refugio para miles de madres
Leyes y teléfonos
"¿Sabe quiénes golpean? Los que no tienen capacidad de dialogar. Golpean los
que vienen de una vida frustrada, porque aprendieron que la forma de
conseguir las cosas es ejerciendo el dominio sobre el otro. Tienen poder, el
poder que da la sumisión", dice Ana, que no se llama Ana pero cuya historia
es la misma que relatan otras miles de mujeres golpeadas. En la provincia de
Buenos Aires, durante 2005, hubo más de 8800 denuncias en las comisarías de
la Mujer y 123 homicidios consecuencia de la violencia familiar. En la
Ciudad de Buenos Aires, en el mismo período, se brindó asistencia en los
Centros Integrales a 3669 víctimas, según datos de la Dirección General de
la Mujer. A nivel nacional, el Consejo Nacional de la Mujer carece de
estadísticas.
"Golpean hasta que una dice basta, porque si no te das cuenta de que entrás
en la misma espiral de violencia que él y llegás a pensar que un día podes
agarrar un cuchillo -prosigue Ana- para clavárselo y no importa lo que te
pase en la cárcel porque lo único que querés es zafar de él. No sólo me
golpeaba, no sólo me torturaba psicológicamente. Me obligaba a acostarme con
él. Yo no quería, pero tenía que hacerlo, me daba asco. Un día, después de
una discusión, fui a la cocina y agarré un cuchillo. Pero en ese momento
pensé: 'no vale la pena que por este tipo yo termine en el cárcel'."
La vida de Ana tomó otro rumbo cuando se fue de su casa, apartándose de su
marido violento y, apoyada por sus hijos, recibió la asistencia de
profesionales del Refugio Hogar Casa Abierta María Pueblo, una entidad en la
provincia de Buenos Aires, donde llegan las mujeres víctimas de violencia
sin necesidad de desprenderse de sus hijos. La dirección de la entidad se
mantiene reservada por una resolución de la Suprema Corte de la Justicia
bonaerense como medida de protección. Existen alrededor de diez refugios con
estas características.
Ana no es su verdadero nombre. La violencia que hace tiempo selló su cuerpo
hoy hace que prefiera permanecer en el anonimato, pero está convencida de
que su testimonio puede ayudar a que su historia no se repita.
La violencia familiar, como algo oculto, puertas adentro, es parte de los
testimonios. "Nadie me daba una mano por más que lo supieran. Hoy es un tema
que se instaló y yo creo que fue porque hubo muchos niños y mujeres que
murieron", sostuvo Ana.
"Si todas las mujeres que padecen violencia supieran que existen lugares
donde las pueden ayudar y que hay leyes que las protegen, las cosas serían
diferentes. Hay miles de mujeres que desconocen que existe otra vida además
de la de los golpes. Quienes padecemos estos actos tenemos un miedo que nos
aprisiona, aun cuando corre peligro nuestra vida. Yo nunca pensé en hacer la
denuncia porque probablemente lo que se me venía después era peor, sabía que
la policía no me iba a creer, que me iban a decir que algo hice. Además,
cuando hacés una denuncia te mandan a tu casa de nuevo. ¿Qué loco, no? Me
vuelvo a mi casa con el agresor", describe Ana.
Las agresiones empezaron siendo psicológicas "pero yo no me di cuenta. Un
día la perra hizo caca adentro de la casa, yo venía de trabajar. El entró
adelante y empezó a decirme que a mí me gustaba vivir en la mierda y fue al
baño y tiró el papel higiénico del tacho de basura por toda la casa. Puedo
contar cómo mi cabeza iba al inodoro, o que me agarraba del cuello y me
ponía contra la pared. Como mi autoestima estaba muy baja, que me dijeran
idiota era algo normal, o que no sirvo para nada, era algo normal. Y pasan
los años y una se va acostumbrando. Y te quedás por los hijos".
Ana insiste: "Los golpes no tienen justificación. Un hombre violento te
dice, después de que te golpea, que lo perdones, que no se dio cuenta y
promete que no lo volverá a hacer más. Vos escuchás ese verso y después te
golpea de nuevo".
Para Ana, el fin de esta historia comenzó cuando llegó un día tarde de su
trabajo después de una larga jornada. "Al día siguiente tenía que presentar
un informe. Esa noche él (su marido) me dijo que no quería que yo siguiera
trabajando porque no podía ocuparme de los chicos y la casa. Yo le dije que
iba a seguir trabajando sin importar lo que me dijera. Después, él quiso
mantener relaciones y le dije que estaba cansada. Me rompió el diskette en
el que había guardado todo lo que había hecho. Me dijo que quería una puta
en la cama y yo le dije que si quería una puta que la pagara. Sabía que
atrás de eso venía el tortazo. Entonces me levanté, me fui a la cocina.
Siguió torturándome, quiso pegarme y en ese momento yo tenía un cuchillo en
la mano y dije: no vale la pena. Me fui a la habitación, agarré mis cosas y
me fui de casa. Le dije a mi hijo que me iba y me contestó: 'Mamá, esto lo
tendrías que haber hecho hace veinte años'."
Después de un tiempo, cuando "él vio que yo no volvía a casa fue a mi
trabajo, abrió la puerta del despacho y me alzó pasándome del otro lado del
mostrador". Ese mismo día se le hizo una exclusión de hogar "porque lo que
sucedió salió en los diarios, porque yo trabajaba en el Concejo Deliberante
de La Plata. Entonces volví a mi casa, él no se podía acercar y yo contaba
con custodia policial. Cuando se levantó esa protección, entró por la puerta
de atrás violando la norma. Mi hijo me defendió y me gritó que llamara a la
policía".
La historia de Ana es la de muchas otras mujeres. Ana encontró ayuda en el
refugio Casa Abierta. Tiene domicilio real reservado según un decreto de la
Procuración bonaerense como medida de protección ante situaciones de
violencia extrema. Desde septiembre de 2001 hasta febrero del año siguiente
Ana estuvo en el refugio. "Hasta que no vieron que yo me podía sustentar
económicamente, no me dejaron ir." Ana hizo hincapié en eso porque su marido
"se quedó con todo. Por haberme golpeado fue sobreseído, adujo emoción
violenta, es decir, que la situación lo superó. No pasó nada porque yo no
tenía denuncias previas hechas".
Uno de los fundadores del hogar, Darío Witt, relató a este diario que al
hogar "se ingresa de manera voluntaria. Desde el primer encuentro las
mujeres tienen que tomar decisiones, y eso es algo a lo que antes no estaban
acostumbradas. Las víctimas de violencia nunca fueron escuchadas".
Ninguna de las personas que los llama queda sin atender. "El primer contacto
es telefónico y luego se pasa a una entrevista en un lugar neutral, público,
si es que la situación no es extremadamente urgente", explicó Witt. Y
aclara: "La alternativa de ingreso al refugio es la última, es decir, cuando
el riesgo de vida es extremo. Algunas mujeres sólo necesitan asistencia
legal o que las acompañemos para que ellas tomen decisiones".
Por otra parte, en muchas ocasiones "sabemos que va a volver con su pareja.
No condenamos a la que vuelve. La idea es que se plantee algunas preguntas,
se replantee algunas cosas, es decir, que vuelva para cambiar. La base está
no en si vuelve o no, sino en cómo vuelve". Para Witt es esencial recordar
que "una víctima hace lo que puede, no lo que quiere".
El titular del refugio hizo hincapié en los oídos sordos de la sociedad "que
escucha pero no hace nada. Es necesario que las cosas cambien. Necesitamos
que el país sea más justo en este tema".
Informe: M. S. Wasylyk Fedyszak.
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